La historia de Idelmo y Carlos, un padre y un hijo que están a punto de abrazarse por primera vez: un mensaje cambió sus vidas
Érase una vez... Así suelen comenzar los cuentos, y este se remonta a hace 42 años, cuando Carlos aún no había nacido e Idelmo tenía apenas 20 y pasaba sus días entre libros y apuntes. A principios de 1983, Idelmo vivía en la casa de su prima mayor en Maracaibo (Venezuela) mientras estudiaba el último semestre de Metalurgia y Siderurgia. Allí trabajaba como empleada doméstica Digna Rosa, una joven de origen colombiano. De aquel breve encuentro surgió una noticia inesperada.
“Yo salí de vacaciones y, al regresar a buscar algo que se me había olvidado en el apartamento, ella me dijo que estaba embarazada. En un primer momento no le creí, porque esa misma noche era imposible saberlo. Me quedé con la duda”, relata Idelmo a Infobae. Poco después, ella se marchó sin dejar rastro ni un número de teléfono. Más tarde le contaron que la mujer había dado a luz a una niña en diciembre, pero él no pudo encontrarlos, ni a ella ni al bebé.
Idelmo no lo sabía, pero aquel bebé no era una niña ni nació en diciembre. El 16 de noviembre de 1983, a las cinco de la mañana, nació en el hospital de El Vigía un niño llamado Carlos. Su madre biológica lo entregó al nacer por no poder criarlo y desapareció del hospital esa misma mañana. Tras ser dado en adopción, el pequeño se trasladó a San Cristóbal junto con su madre adoptiva —quien había perdido a su marido un mes antes—, y creció ajeno a la historia de su origen.
Una verdad sin anestesia
Sin embargo, a los 12 años, una discusión rompió aquella realidad. Su madre adoptiva le reveló “sin anestesia” que era adoptado. “Para ese niño de 12 años cambió toda la realidad. Fue muy traumático, muy doloroso. El suelo donde yo pisaba se desvaneció”, confiesa Carlos a Infobae. La tragedia no dio tregua: solo cuatro años después, a los 16, su madre adoptiva falleció de cáncer y el joven se quedó completamente solo en el mundo.
Con 22 años, Carlos preparó las maletas y cruzó el océano para rehacer su vida en España. Se instaló en la localidad vasca de Urnieta (Guipúzcoa), pero la pregunta de quién era en realidad nunca dejó de acompañarlo. Decidido a reconstruir su identidad, compró un test de ADN en la plataforma MyHeritage y comenzó a atar cabos. “Cual investigador genealógico, empecé a contactar a los nombres que salían en los resultados”, relata.
Un mensaje inesperado
Siguiendo la pista de un primo lejano, que había fallecido tan solo un mes antes de que Carlos recibiera los resultados de la prueba, la viuda de este decidió ayudarle y revisó la agenda telefónica del difunto. Entre los contactos encontró un número guardado bajo la palabra “primo”. El pasado 15 de enero, Carlos se armó de valor y mandó un mensaje de WhatsApp a ese teléfono, sin saber que al otro lado de la pantalla estaba su verdadero padre.
Idelmo, que con los años se había convertido en pastor evangélico en Venezuela y que solo unos meses antes le había pedido a Dios conocer la verdad sobre si aquel bebé existía, llamó al número que le había escrito. Al descolgar, Carlos no se anduvo con rodeos. “Me preguntó si en 1983 yo había tenido una relación con una doméstica en Maracaibo. Le dije que sí. Y me dijo: ‘Hay muchas posibilidades de que seas mi padre’. Me quedé en un shock del que todavía no he despertado”, cuenta Idelmo a Infobae.
Decidieron iniciar una videollamada para verse por primera vez. En ese mismo instante, la electricidad se cortó en la casa de Idelmo en Venezuela, como si la intensidad del momento hubiera sobrecargado el ambiente. “Cuando le vi la cara dije: ‘¡Guau, este es hijo mío!’”, recuerda el padre.
42 años por recuperar
Para que la ciencia confirmara lo que el corazón ya sabía, Mariel, una de las hijas de Idelmo, que vive en Houston, se realizó una prueba cruzada que confirmó que ella y Carlos eran hermanos. Poco después, un test enviado directamente desde España certificó la paternidad con un 100% de seguridad. Como curioso guiño del destino, los análisis revelaron que Idelmo tiene un 40% de ADN de origen vasco, la tierra donde su hijo lo espera.
Desde aquel 15 de enero, las pantallas de sus teléfonos echan humo con mensajes diarios y videollamadas constantes para intentar condensar 42 años en unos pocos meses. Una experiencia tan intensa que Idelmo ya ha volcado en las páginas de un libro que publicará próximamente. Eso sí —y siento defraudar a los más curiosos—, el título todavía lo mantiene bajo secreto.
Ahora, la cuenta atrás ha llegado a su fin. Idelmo despegará de Venezuela este 22 de octubre, hará una escala de más de diez horas en Bogotá y aterrizará en Madrid el viernes por la tarde, listo para poner rumbo a Guipúzcoa y pasar un mes entero con su hijo. Un mes no bastará para recuperar cuatro décadas de ausencia, pero servirá para empezar a escribir una historia compartida.
“Me siento muy feliz porque he tenido mucha suerte de encontrarme a alguien culto y cariñoso. Es extraño porque nunca he tenido una figura paternal, no sé qué es tener un papá, pero no me voy a quitar la ilusión de disfrutarlo al máximo”, expresa Carlos, emocionado. Su padre coincide: “Si esto ha ocurrido es porque Dios definitivamente tiene un propósito con la vida de Carlos y la mía”.
Para Carlos, la búsqueda no termina aquí. Aunque celebra este milagro o regalo del destino, no olvida la última pieza para completar el rompecabezas: encontrar a su madre biológica, Digna Rosa, de quien sabe que es colombiana y que hoy tendría entre 75 y 80 años. “Ojalá entre todos podamos hacer algo de ruido para dar con ella. Cualquier dato o pista, por pequeña que sea, me ayudaría a cerrar el círculo”, pide.