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Sivia Severino, psicóloga: “Mientras más juzgues a los demás, más vergüenza vas a sentir tú”

23 October 2026 at 20:17
Tres amigos conversan sentados en una mesa al aire libre. (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Alguna vez has querido publicar un vídeo en redes sociales, vestir de un modo diferente o arrancar un proyecto personal, pero te ha paralizado el temor al qué dirán? La psicología señala que la razón por la que temes tanto ser juzgado no reside en la actitud de los demás, sino en la tuya propia. La vergüenza suele actuar como una trampa invisible que frena nuestros verdaderos deseos y nos impide mostrarnos de forma auténtica, condicionando a diario nuestras decisiones.

La psicóloga Silvia Severino, en una de sus publicaciones de TikTok, rompe con las ideas preconcebidas sobre la inseguridad y lanza una advertencia: “Mientras más juzgues a los demás, más vergüenza vas a sentir tú”. El análisis de la especialista parte de una premisa que invita a revisar la manera en la que nos relacionamos con el entorno. Tal y como explica, “la vergüenza aparece cuando crees que los demás te van a juzgar. Pero ¿sabes de dónde sale ese miedo? De cómo juzgas tú a los demás”.

Para ilustrar este mecanismo psicológico, Severino acude a situaciones cotidianas con las que miles de personas se pueden identificar en plena era digital. Uno de los terrenos donde más se evidencia este freno es la creación de contenido en internet. “Si eres de los que critica mucho a la gente que sube contenido, cuando tú quieras subir algo, vas a sentir mucha vergüenza, porque das por hecho que te van a juzgar igual que juzgas tú”, advierte la especialista sobre este comportamiento tan arraigado.

Lo que proyectas fuera condiciona tu libertad

El mismo patrón se manifiesta cuando nos referimos a la apariencia o la imagen personal. Según detalla Severino, el hábito constante de evaluar el físico ajeno deteriora directamente la relación con nuestro propio cuerpo: “Si criticas los cuerpos de otros, vas a tener vergüenza del tuyo”. Las exigencias y los cánones de belleza que imponemos al resto acaban transformándose en las barreras de nuestra propia cárcel emocional: “Lo que juzgas fuera, lo terminas teniendo dentro”.

Dos personas hablando en una cafetería. (Magnific)

Frente a esta dinámica, la vía para librarse de los complejos no pasa por ignorar al resto, sino por transformar la mirada individual. “Por eso hay una forma muy simple de tener menos vergüenza, y es juzgar menos a los demás”, sostiene Severino, quien recuerda que la paz mental empieza por rebajar la exigencia que proyectamos hacia el exterior.

Asimismo, la psicóloga remarca que dar este paso no solo transforma de forma positiva las relaciones interpersonales, sino que relaja la mente de manera inmediata. Romper el hábito del juicio constante alivia la hipervigilancia a la que nos sometemos en el día a día. “Cuando dejas de criticar, dejas de sentir que te están criticando”, concluye Severino.

En un entorno marcado por la exposición continua y el escrutinio en redes, la experta invita a cambiar el enfoque. Dejar atrás la vergüenza no exige armarse de corazas, sino cultivar una mirada más compasiva. Al final, dejar de juzgar a los demás se convierte en el mejor acto de autocuidado para quitarse peso de encima y vivir con autenticidad.

El primer encuentro entre un padre y su hijo tras darle en adopción hace 42 años: “Quiero darle todo el cariño y el amor que nunca le di”

23 October 2026 at 19:47

Un reencuentro que ha tardado más de 42 años en llegar. Un par de horas después de que el avión tocara tierra en la capital, Carlos e Idelmo se fundieron en un abrazo que resumió más de cuatro décadas de ausencia. Con la emoción a flor de piel y ajenos al bullicio de los viajeros, padre e hijo se vieron por primera vez cara a cara tras meses de contacto a través de las pantallas.

Eran las 14:30 horas cuando Carlos esperaba impaciente en la zona de llegadas de la T4 del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Los nervios y las ganas iban en aumento con cada minuto que marcaba el reloj. Después de todo, ¿qué eran unas horas de espera tras 42 años? Tic, tac, tic, tac. Hasta que, por fin, a las 16:20 horas, la figura de su padre cruzó la puerta. En ese instante, Carlos no pudo contener la emoción y gritó su nombre a pleno pulmón.

Carlos e Idelmo se funden en un emotivo abrazo en la T4 de Barajas tras 42 años sin conocerse. (Infobae/Irene Herrero)

“Yo escuché el grito al salir y volteé para buscarte”, le recordaba Idelmo a su hijo unas horas más tarde entre risas. En ese instante, al cruzarse las miradas, Carlos salió de inmediato a su encuentro y ambos se fundieron en un largo abrazo. Fue ahí, con los brazos rodeando el cuello del otro, cuando los dos rompieron a llorar.

“Cuando lo vi, dije: ‘¡Guau, se parece demasiado a mí!’”, confesaba Carlos con una sonrisa aún incrédula a Infobae. “He dicho: ‘Buah, tengo a mi papá enfrente después de 43 años’. No me lo creía, para mí era irreal hasta que se dio. Estaba muy nervioso esperándolo; pensé que igual se le había complicado el viaje, pero al final ya estamos aquí juntos”, añadía.

En medio de ese primer abrazo tan soñado, Carlos le susurró al oído las palabras que llevaba toda una vida guardando: “Te encontré 43 años después, pero al final estamos juntos”. Sin soltarse del todo, Idelmo sacó su teléfono y conectó de inmediato una videollamada con sus familiares en Venezuela para que pudieran ver, por fin y en tiempo real, a su hijo junto a él.

Carlos espera con nervios en la zona de llegadas de la T4 a que su padre cruce la puerta. (Infobae/Irene Herrero)

En noviembre soplarán juntos por primera vez las velas

Más allá de la alegría del cara a cara, Idelmo piensa volcarse de lleno en la familia que Carlos ha construido: “De esta visita espero compartir mucho con Carlos, pero también con mi nieto Daniel y con Andrea”. Además, ambos disfrutarán de su primer viaje como padre e hijo este fin de semana en Madrid, donde el venezolano ya ha confesado sus ganas de probar “un buen cocido”, mientras su hijo le propone llevarlo también a degustar una paella.

Consciente de las cuatro décadas perdidas, el pastor venezolano asume este nuevo capítulo apoyándose en su fe y con una promesa clara: “Quiero darle lo que pueda en esto, poco o mucho, que me quede de vida; sobre todo el cariño y el amor que nunca le di como padre. Ese padre que él nunca tuvo, porque quien lo iba a recibir murió dos meses antes de que él naciera, pero ahora sí lo tiene”.

Tras este primer fin de semana en la capital, viajarán a Urnieta (Guipúzcoa) para convivir durante un mes entero bajo el mismo techo. Aunque aseguran que no tienen una agenda cerrada —“no lo sabemos todavía, vamos a improvisar: salir a caminar, a comer, a tomar un café, a charlar y a estar en familia”, señalaba Carlos con una sonrisa—, sí hay una fecha señalada en rojo en el calendario: el próximo mes de noviembre soplarán juntos, por primera vez en la vida, las 43 velas de Carlos.

Carlos e Idelmo se ven en persona por primera vez tras meses hablando por videollamada. (Infobae/Irene Herrero)

Además, la mirada de ambos ya está puesta en un futuro viaje a tierras venezolanas. Al ser preguntado si tiene pensado cruzar el océano próximamente, fue el propio Idelmo quien tomó la palabra entre risas para responder por su hijo: “Yo respondo por él: ¡Sí, va a viajar! Dios va a acomodar todo para que él vaya con su familia”. “Tenemos muchas ganas de que vayan a conocer. Somos de un pueblo muy humilde, pero con un corazón muy grande”, concluyó.

Una prueba de ADN y un mensaje que lo cambió todo

Más de 7.000 kilómetros, una escala de diez horas en Bogotá y 42 años de espera condensados en un solo billete de avión. El viaje de Idelmo comenzó este jueves en Venezuela con una meta fija: cruzar el Atlántico, aterrizar en Madrid para encontrarse con Carlos y poner rumbo a Guipúzcoa para compartir, por primera vez en sus vidas, un mes entero bajo el mismo techo en Urnieta.

Para llegar a este abrazo ha hecho falta una cadena de casualidades casi milagrosas. La historia se remonta a principios de 1983 en Maracaibo (Venezuela), cuando Idelmo, un joven estudiante de 20 años, tuvo un breve encuentro con Digna Rosa, una joven colombiana que trabajaba en la casa de su prima.

Idelmo conecta por videollamada con su familia de Venezuela tras abrazar a su hijo Carlos. (Infobae/Irene Herrero)

Tras quedar embarazada, la mujer se marchó sin dejar rastro e Idelmo solo llegó a saber que el bebé había nacido en noviembre. Entregado en adopción al nacer, el pequeño creció en San Cristóbal bajo el nombre de Carlos, ajeno por completo a sus verdaderos orígenes.

No fue hasta los 12 años cuando descubrió que era adoptado, y a los 16 se quedó completamente solo tras el prematuro fallecimiento de su madre adoptiva. Con 22 años emigró a España para rehacer su vida en la localidad guipuzcoana de Urnieta, pero la incógnita sobre su familia biológica jamás lo abandonó.

Decidido a reconstruir su pasado, compró un test de ADN de MyHeritage. El resultado lo llevó a contactar con la viuda de un primo lejano en Venezuela, quien, al revisar la agenda telefónica de su difunto marido, encontró un número guardado bajo la palabra “primo”: era el contacto de Idelmo.

Padre e hijo se funden en un largo abrazo en Barajas tras toda una vida separados. (Infobae/Irene Herrero)

El pasado 15 de enero, Carlos se armó de valor para enviarle un mensaje de WhatsApp que terminaría cambiando la vida de ambos. Tras el shock inicial y las correspondientes pruebas genéticas, la ciencia confirmó la paternidad con un 100% de certeza. Desde entonces, las videollamadas diarias han servido para acortar la distancia.

Ahora les queda por delante un mes conviviendo en tierras vascas para condensar más de 40 años sin conocerse y seguir escribiendo juntos este nuevo capítulo como padre e hijo. Sin embargo, para cerrar esta historia del todo, a Carlos todavía le falta encontrar la última pieza del rompecabezas: dar con el paradero de su madre biológica, Digna Rosa.

La historia de Idelmo y Carlos, un padre y un hijo que están a punto de abrazarse por primera vez: un mensaje cambió sus vidas

23 October 2026 at 18:47
A la izquierda, Carlos; a la derecha, su padre Idelmo. (Cedida)

Érase una vez... Así suelen comenzar los cuentos, y este se remonta a hace 42 años, cuando Carlos aún no había nacido e Idelmo tenía apenas 20 y pasaba sus días entre libros y apuntes. A principios de 1983, Idelmo vivía en la casa de su prima mayor en Maracaibo (Venezuela) mientras estudiaba el último semestre de Metalurgia y Siderurgia. Allí trabajaba como empleada doméstica Digna Rosa, una joven de origen colombiano. De aquel breve encuentro surgió una noticia inesperada.

“Yo salí de vacaciones y, al regresar a buscar algo que se me había olvidado en el apartamento, ella me dijo que estaba embarazada. En un primer momento no le creí, porque esa misma noche era imposible saberlo. Me quedé con la duda”, relata Idelmo a Infobae. Poco después, ella se marchó sin dejar rastro ni un número de teléfono. Más tarde le contaron que la mujer había dado a luz a una niña en diciembre, pero él no pudo encontrarlos, ni a ella ni al bebé.

Idelmo no lo sabía, pero aquel bebé no era una niña ni nació en diciembre. El 16 de noviembre de 1983, a las cinco de la mañana, nació en el hospital de El Vigía un niño llamado Carlos. Su madre biológica lo entregó al nacer por no poder criarlo y desapareció del hospital esa misma mañana. Tras ser dado en adopción, el pequeño se trasladó a San Cristóbal junto con su madre adoptiva —quien había perdido a su marido un mes antes—, y creció ajeno a la historia de su origen.

A la izquierda, Carlos de niño; a la derecha, su padre Idelmo en su juventud. (Cedida)

Una verdad sin anestesia

Sin embargo, a los 12 años, una discusión rompió aquella realidad. Su madre adoptiva le reveló “sin anestesia” que era adoptado. “Para ese niño de 12 años cambió toda la realidad. Fue muy traumático, muy doloroso. El suelo donde yo pisaba se desvaneció”, confiesa Carlos a Infobae. La tragedia no dio tregua: solo cuatro años después, a los 16, su madre adoptiva falleció de cáncer y el joven se quedó completamente solo en el mundo.

Con 22 años, Carlos preparó las maletas y cruzó el océano para rehacer su vida en España. Se instaló en la localidad vasca de Urnieta (Guipúzcoa), pero la pregunta de quién era en realidad nunca dejó de acompañarlo. Decidido a reconstruir su identidad, compró un test de ADN en la plataforma MyHeritage y comenzó a atar cabos. “Cual investigador genealógico, empecé a contactar a los nombres que salían en los resultados”, relata.

Idelmo con fotografías de Carlos cuando era pequeño. (Cedida)

Un mensaje inesperado

Siguiendo la pista de un primo lejano, que había fallecido tan solo un mes antes de que Carlos recibiera los resultados de la prueba, la viuda de este decidió ayudarle y revisó la agenda telefónica del difunto. Entre los contactos encontró un número guardado bajo la palabra “primo”. El pasado 15 de enero, Carlos se armó de valor y mandó un mensaje de WhatsApp a ese teléfono, sin saber que al otro lado de la pantalla estaba su verdadero padre.

Idelmo, que con los años se había convertido en pastor evangélico en Venezuela y que solo unos meses antes le había pedido a Dios conocer la verdad sobre si aquel bebé existía, llamó al número que le había escrito. Al descolgar, Carlos no se anduvo con rodeos. “Me preguntó si en 1983 yo había tenido una relación con una doméstica en Maracaibo. Le dije que sí. Y me dijo: ‘Hay muchas posibilidades de que seas mi padre’. Me quedé en un shock del que todavía no he despertado”, cuenta Idelmo a Infobae.

Decidieron iniciar una videollamada para verse por primera vez. En ese mismo instante, la electricidad se cortó en la casa de Idelmo en Venezuela, como si la intensidad del momento hubiera sobrecargado el ambiente. “Cuando le vi la cara dije: ‘¡Guau, este es hijo mío!’”, recuerda el padre.

42 años por recuperar

Para que la ciencia confirmara lo que el corazón ya sabía, Mariel, una de las hijas de Idelmo, que vive en Houston, se realizó una prueba cruzada que confirmó que ella y Carlos eran hermanos. Poco después, un test enviado directamente desde España certificó la paternidad con un 100% de seguridad. Como curioso guiño del destino, los análisis revelaron que Idelmo tiene un 40% de ADN de origen vasco, la tierra donde su hijo lo espera.

Desde aquel 15 de enero, las pantallas de sus teléfonos echan humo con mensajes diarios y videollamadas constantes para intentar condensar 42 años en unos pocos meses. Una experiencia tan intensa que Idelmo ya ha volcado en las páginas de un libro que publicará próximamente. Eso sí —y siento defraudar a los más curiosos—, el título todavía lo mantiene bajo secreto.

Momentos de las videollamadas familiares entre Carlos e Idelmo. (Cedida)

Ahora, la cuenta atrás ha llegado a su fin. Idelmo despegará de Venezuela este 22 de octubre, hará una escala de más de diez horas en Bogotá y aterrizará en Madrid el viernes por la tarde, listo para poner rumbo a Guipúzcoa y pasar un mes entero con su hijo. Un mes no bastará para recuperar cuatro décadas de ausencia, pero servirá para empezar a escribir una historia compartida.

“Me siento muy feliz porque he tenido mucha suerte de encontrarme a alguien culto y cariñoso. Es extraño porque nunca he tenido una figura paternal, no sé qué es tener un papá, pero no me voy a quitar la ilusión de disfrutarlo al máximo”, expresa Carlos, emocionado. Su padre coincide: “Si esto ha ocurrido es porque Dios definitivamente tiene un propósito con la vida de Carlos y la mía”.

Para Carlos, la búsqueda no termina aquí. Aunque celebra este milagro o regalo del destino, no olvida la última pieza para completar el rompecabezas: encontrar a su madre biológica, Digna Rosa, de quien sabe que es colombiana y que hoy tendría entre 75 y 80 años. “Ojalá entre todos podamos hacer algo de ruido para dar con ella. Cualquier dato o pista, por pequeña que sea, me ayudaría a cerrar el círculo”, pide.

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