Europa, ante la ira de los jóvenes: la precariedad, la vivienda y la educación agitan las calles
De París a Tirana, el malestar de una generación ha saltado a las calles. Ciudades de Grecia, Portugal, Albania, Francia, Italia e incluso España han sido testigos de una nueva ola de descontento joven que en algunos casos ha acabado derivando en disturbios y enfrentamientos con la policía. Más allá de lo llamativo de las imágenes, lo cierto es que la crispación social ha trascendido fronteras y cuenta con pilares comunes, como apunta a LA RAZÓN la socióloga italiana Ilaria Pitti: "Tienen sus propias particularidades locales, ya que las cuestiones que están en el centro de estas manifestaciones están arraigadas en contextos políticos y sociales nacionales. Al mismo tiempo, comparten algunas características importantes".
Pitti rechaza que se trate de un único movimiento juvenil, pero apunta a la conexión entre ellos: "Los jóvenes de distintos países pueden reconocerse en experiencias similares de precariedad, vivienda inasequible, ansiedad climática, desilusión política e incertidumbre sobre el futuro, incluso cuando el detonante inmediato de la movilización es muy distinto".
Milán fue la ciudad italiana que concentró las protestas e incidentes del pasado fin de semana. Grupos de jóvenes encapuchados destrozaron mobiliario urbano y protagonizaron saqueos, en una serie de altercados que llevaron a los agentes de policía a responder con cargas, gases lacrimógenos y cañones de agua. Más tarde, el Gobierno liderado por Giorgia Meloni anunció nuevas medidas de seguridad para asegurarse de que la situación no se volviera a repetir, entre las que figura el despliegue de 500 soldados adicionales en la capital del norte hasta fin de año. No obstante, la férrea respuesta del Ejecutivo italiano no ha evitado que hayan surgido en redes sociales -cada vez más relevantes en la movilización ciudadana y difusión de discursos, especialmente entre los más jóvenes- perfiles que tratan de coordinar nuevas concentraciones.
Un clima socioeconómico incandescente
Una tesitura a la que también se enfrenta Francia. Durante semanas, los jóvenes de la República salieron a las calles y bloquearon centros educativos con demandas muy concretas: escasez de profesores, infraestructuras deterioradas y falta de recursos educativos. Un malestar que comenzó en los barrios de la periferia parisina y rápidamente se extendió a nivel nacional, como recuerda Aurélien Dubuisson, historiador francés especializado en la extrema izquierda europea: "Este movimiento ha actuado sobre todo como un detonador en un clima socioeconómico ya de por sí incandescente, dominado por una inflación generalizada".
De igual manera, identifica elementos comunes con respecto al movimiento de los "chalecos amarillos", surgido en 2018: "Al igual que la dinámica de los "chalecos amarillos", las llamadas a la movilización ciudadana para el 17 de octubre han circulado en redes sociales. La brutalidad de la respuesta policial hacia los estudiantes de secundaria ha provocado una fuerte indignación pública, avivando las protestas. Las demandas escolares se fusionaron con un descontento popular mucho más amplio, vinculado a la precariedad y al poder adquisitivo".
Este sábado, la UNEF, la principal organización estudiantil del país galo, ha convocado una nueva manifestación que prevé discurrir por el centro de París, a la que una vez más se espera que se unan los "chalecos amarillos". El Gobierno francés está decidido a evitar que las escenas del caos se repitan. Este jueves, Emmanuel Macron anunció que las autoridades restringirán las manifestaciones en los próximos días. Tras reunirse con los responsables de seguridad interior, el presidente francés ha explicado que se podrán prohibir concentraciones que no estén convocadas por organizaciones sindicales cuando exista riesgo de alteración del orden público. Asimismo, se ha modificado el recorrido de aquellas marchas autorizadas para evitar nuevos daños en comercios y edificios públicos.
Los extremos, los principales beneficiados de las protestas
Mientras tanto, a pocos meses de las elecciones presidenciales y legislativas, los extremos se disparan en las encuestas. "El Gobierno ha perdido el control de todo", sostenía la política de extrema derecha Marine Le Pen, a la que se le pronostica como hipotética ganadora en la segunda vuelta con un 68-69% de los apoyos, frente al 32% del líder de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, cuyo apoyo también ha crecido en las últimas proyecciones.
Los disturbios y la aparente incapacidad del dispositivo policial para hacer frente a la violencia están lastrando al centro político: "La dispersión de las fuerzas centristas ante una crisis social así ha tendido históricamente a acentuar la polarización, favoreciendo el acceso a la segunda vuelta de La Francia Insumisa y la Agrupación Nacional. Más allá de las medidas de emergencia inmediatas, esta ola de protestas está preparando una importante recomposición política a través de las urnas", advierte el experto en extrema izquierda europea.
La violencia ha sido uno de los elementos más llamativos de esta nueva ola. En los últimos días, Francia ha vivido varios de los episodios más graves registrados en décadas; el historiador francés destaca que resulta clave analizar la asimetría entre el mantenimiento del orden y la brutalidad institucional para tratar de comprender la escalada.
"El uso de la fuerza desproporcionada contra menores, que resulta en lesiones graves e irreversibles, constituye una ruptura importante en la relación entre el Estado y su juventud. A esto se suma una violencia política más atenuada: la negativa a cualquier respuesta política sustancial ante agravios claros. Este desprecio percibido inevitablemente radicaliza el repertorio de acción de algunos de los manifestantes", explica Dubuisson. En las jornadas previas, un joven de 15 años perdió una mano en un incidente relacionado con una granada aturdidora en Lens, mientras que, en Tours, la fiscalía sospecha que un proyectil antidisturbios causó ceguera parcial a un chico de 16 años.
"De Grecia a Francia, den dinero a la educación"
Preguntado sobre si este tipo de acciones puede tener efectos negativos en el apoyo al movimiento, vuelve a referirse al precedente de los "chalecos amarillos": "Cuando la población interpreta estos excesos como consecuencia directa del estancamiento democrático y la intransigencia del ejecutivo, la desaprobación se dirige más al poder que a los propios manifestantes".
Al igual que Ilaria Pitti, el historiador francés identifica elementos comunes en la realidad de los jóvenes de distintos países y apunta a "las políticas de austeridad y los arbitrajes presupuestarios" dictados a nivel europeo como causantes de la indignación. "Producen efectos comparables en los servicios públicos y en la precariedad de los jóvenes de un país a otro", zanja.
Mientras en Francia e Italia las protestas parecen haberse contenido, al menos de forma temporal, en buena medida por las restricciones impuestas por sus respectivos gobiernos, en Grecia, Albania y Portugal continúan ganando intensidad. El miércoles, miles de estudiantes y docentes marcharon por las calles de Atenas para exigir viviendas estudiantiles asequibles y una mayor inversión estatal en educación. "La situación que vivimos a diario en nuestras escuelas ya no es simplemente distópica, sino que se ha vuelto insoportable", asegura a EFE Anna Karlafti, profesora de primaria que lleva 21 años ejerciendo en Atenas. "De Grecia a Francia, den dinero a la educación", se podía leer en una de las pancartas de los asistentes. Las reivindicaciones llevaron a los jóvenes griegos a realizar acampadas en Atenas y Salónica, siguiendo el ejemplo de otras ciudades europeas como Madrid y Lisboa.
Las demandas van más allá de los jóvenes
Precisamente en Lisboa, los manifestantes acordaron a través de una asamblea popular volver a instalarse en la céntrica plaza del Rossio -esta vez sin tiendas de campaña-, desafiando así el desalojo policial ejecutado a primera hora del martes y las severas advertencias del Gobierno luso. Al norte del país, en Oporto, donde también habían acampado decenas de personas, las protestas por el derecho a la vivienda se reanudaron. "Esto no ha terminado. Estamos aquí para todos. Juntos somos fuertes", apuntaba el Movimiento por la Vivienda, Campamento de Oporto, en un comunicado en el que confirmaba una nueva manifestación de cara al sábado.
La presión también continúa en Albania, donde las calles de Tirana siguen siendo testigo de graves enfrentamientos entre manifestantes y la Policía, mientras crece la presión contra el primer ministro del país, Edi Rama, quien por el momento se niega a dimitir. En el país balcánico, el malestar estudiantil terminó confluyendo con la llamada "Revolución de los Flamencos", nacida en rechazo a un polémico proyecto turístico vinculado a Jared Kushner -yerno de Donald Trump-, convertido en símbolo del rechazo a la gestión del territorio y a la cercanía entre poder político y grandes inversores extranjeros.
Por ahora, los jóvenes siguen ocupando el centro de estas movilizaciones, pero el malestar que expresan amenaza con desbordar los límites generacionales. Como advierte la socióloga italiana Ilaria Pitti, muchas de las cuestiones que están planteando no son exclusivamente "problemas de los jóvenes". "El aumento del coste de la vida y, en particular, la dificultad para acceder a una vivienda asequible son preocupaciones colectivas que pueden resonar entre sectores mucho más amplios de la población", apunta. La incógnita es hasta dónde puede extenderse ese malestar y, sobre todo, qué ocurrirá si los gobiernos europeos no logran dar respuesta a unas demandas que cada vez parecen menos circunscritas a una sola generación.


© EFE


© AP


© EFE