Paqui, de 68 años, llevaba dos sin apenas salir de casa. Su día a día transcurría entre la cama y el sofá. Comía para subsistir y cocinar o ir a comprar habían dejado de formar parte de su rutina. “Antes me preparaba el cocido; luego acabé comprándolo todo hecho, caldo y garbanzos incluidos”, recuerda en conversación con La Vanguardia. La depresión crónica la lleva acompañando desde que tenía 50 años, momento en el que se vio obligada a dejar de trabajar. Su “caída en picado” llegó cuando dejó de cuidar de su nieto, una responsabilidad que la obligaba a mantener ciertos hábitos. Cuando esa tarea desapareció, se acabó olvidando de sí misma.