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La plaza de la Villa de París es uno de esos lugares donde se anudan los hilos del poder en España. Allí está el Tribunal Supremo y también la Audiencia Nacional, pero no solo. Mires hacia donde mires desde los jardines de esa plaza madrileña, todos los puntos cardinales te explican una parte importante de nuestra historia.
Empezando por el centro de la plaza y el desahucio con el que nació.
Allí antes había un convento de monjas de clausura, el de las Salesas. Tras la revolución de 1868, el Gobierno del general Prim decidió incautarlo. El argumento fue económico: la Justicia necesitaba un edificio digno y el Estado no tenía cómo pagarlo. Las monjas resistieron durante más de un año, pero en octubre de 1870 las desalojaron, con un juez y un notario, y el convento pasó a ser el Palacio de Justicia. Donde estaban los huertos y jardines de ese convento nació la plaza de la Villa de París. ¿Y las monjas desahuciadas? El decreto, de 1870, aclara que fueron trasladadas “a otro local dentro de Madrid”, “con comodidad más que bastante”. No se quedaron en la calle.
Las monjas recurrieron a la Justicia. El pleito duró 37 años. En 1907, el Supremo sentenció que no era competente para corregir una decisión política de un Gobierno… y se quedó con el edificio.
Al norte de la plaza está la Audiencia Nacional. Y justo frente a la puerta, por donde salen y entran todos sus jueces y fiscales, hay una placa en homenaje a José Antonio Primo de Rivera, en la casa donde nació. La puso allí la dictadura, en 1951, con su yugo y con sus flechas. Sigue intacta, 75 años después: es el lugar donde aún hoy se manifiesta la Falange.
Al sur está el Tribunal Supremo, en el Palacio de las Salesas, antes convento. Durante la dictadura, compartió este edificio con el Tribunal de Orden Público: el juzgado de la represión política del franquismo. El TOP fue disuelto al llegar la democracia para renacer el mismo día como la Audiencia Nacional, con distintas funciones pero algunos de los mismos jueces. Poco después, se instaló en su actual sede al otro lado de la plaza. Literalmente, cambió de acera.
Al este estaba Bocaccio, la versión madrileña de la mítica discoteca de la ‘Gauche Divine’ barcelonesa. Abrió en la capital en 1971 y también se convirtió en el local de moda, el lugar más libre de la dictadura. Cuenta Rappel –el vidente– que solía coincidir de fiesta en esa discoteca con la hermana del dictador, Pilar Franco. Y que en Bocaccio se mezclaban esas élites privilegiadas del franquismo con el ambiente gay, que solo en lugares así se toleraba. “Con Franco hacíamos de todo… con discreción”, recuerda Rappel. No todos tenían tanta suerte o tan buenos contactos. A escasos metros de Bocaccio, en esos mismos años, el Tribunal Supremo siguió firmando condenas por “escándalo público” contra los homosexuales.
¿Y al oeste? Hay un ático tan grande, tan lujoso, que a su lado el de Ayuso parece un piso de estudiantes. Se vendió en 2021 y ese año rompió todos los récords inmobiliarios. Mide 1.200 metros cuadrados, según publicó El Confidencial: pagaron por esa casa 25 millones de euros, más de 20.000 euros por metro cuadrado.
Fue una plusmarca que no duró mucho. En 2023, otro ático en Barcelona alcanzó los 40 millones de euros. Y hace apenas un año, la familia Franco puso a la venta otro ático de lujo en Madrid por 18 millones: más barato en cifras absolutas –‘solo’ tiene 500 metros cuadrados–, pero a 36.000 euros por metro, mucho más caro que el de la Villa de París. Pertenecía a un edificio que dejó en herencia Carmen Franco, la única hija de ese dictador tan austero, tan patriota y tan honrado que convirtió a todos sus descendientes en millonarios.
Pero volvamos a la Villa de París. El ático de los 25 millones formaba parte de una promoción de superlujo, en un sitio donde no hace falta instalar una alarma. No hay lugar más vigilado en todo el centro de Madrid que la plaza de la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo.
El edificio era propiedad de la familia Espinosa de los Monteros. Entre otros, de Jorge y de Paz, hijos del marqués de Valtierra, Francisco Javier Espinosa de los Monteros. Son también los tíos de Iván Espinosa de los Monteros, el exportavoz de Vox.
En 2015, los Espinosa de los Monteros decidieron vender ese edificio para reformarlo como pisos de lujo, que suelen ser los más rentables. Encargaron la venta a su sobrino Iván, que ya entonces era uno de los fundadores de Vox. El 14 de diciembre de 2015, firmaron con él un contrato de comisión: le prometieron el 1,5% del precio que consiguiera.
A principios de 2016, Iván Espinosa de los Monteros encontró a los compradores: la sociedad Mabel Capital, dirigida por Manuel Campos. Entre sus accionistas están Abel Matutes Prats, hijo del exministro de Aznar, y el tenista Rafa Nadal. Mabel pactó pagar otra comisión del 1% a Iván Espinosa de los Monteros cuando se cerrase la operación.
El 13 de abril de 2016 firmaron el contrato para la futura venta: 25 millones de euros por todo el edificio. Solo había un problema en este enorme negocio: los inquilinos.
Es una constante en el mercado inmobiliario. Los pisos viejos valen más si controlas el edificio al completo. De esa forma es más sencillo reformar todos de golpe para después venderlos muchísimo más caros. Por eso no interesa que dentro haya “bicho”, como llaman a los inquilinos.
Tras pactar la venta, la familia Espinosa de los Monteros presionó a los inquilinos del edificio frente a la plaza de la Villa de París para que se fueran, según publicó el periodista Pedro Jiménez en la Cadena SER. Para esa operación, crearon un chat de WhatsApp donde coordinaron toda la operativa del “desalojo”, como ellos mismos lo llamaban.
En los mensajes de ese chat que desveló la SER se ve bien cómo lo hicieron. A algunos inquilinos los convencieron con dinero: “Acabo de llegar a un acuerdo con F.M. en 150.000”, “cerrado J. en 18.000”. Pero había otro elemento de presión: unas obras con cortes de luz y de agua durante casi todo el día. “Dejaron mi vivienda como un queso gruyère”, relató una de las vecinas. “Cuando volví del verano me encontré el piso absolutamente destrozado para que no pudiera vivir. No había ascensor, no había luz hasta las ocho de la noche... Era espantoso”.
El caso más extremo fue el de una mujer de 95 años, que vivía allí con otra anciana. Según la SER, su sobrina escribió el 19 de agosto de 2016 un mensaje a los dueños del edificio: “Me parece gravísimo tener a dos personas mayores –una de 95 años de salud delicada e imposibilitada para salir del edificio puesto que habéis clausurado el ascensor– casi 24 horas sin agua”.
¿La respuesta de Jorge Espinosa de los Monteros? “Seguimos sorprendidos de que mantengas a tu tía viviendo dentro de una obra, me parece inhumano que no quieras llegar a una solución. No me entra en la cabeza pero las obras no se pueden parar”.
Aquella anciana falleció solo cuatro días más tarde. Su sobrina presentó una querella en los tribunales. Denunció que su tía había sufrido “una grave situación de angustia provocada por el permanente hostigamiento al que se vio sometida”. La Justicia archivó esa querella.
El 6 de junio de 2017, ya sin inquilinos, se cerró del todo la operación y firmaron la escritura. Los vendedores cobraron entonces los 25 millones prometidos.
Para la empresa Mabel Capital, de Abel Matutes Prats y Rafa Nadal, la operación salió redonda. Solo con la venta del ático recuperaron lo que pagaron por todo el edificio.
Iván Espinosa de los Monteros se llevó 625.000 euros de comisión en aquella operación inmobiliaria de su familia. Un 1,5% de los vendedores. Otro 1% de los compradores. En total, el 2,5% de los 25 millones de euros.
Para ahorrarse impuestos con aquella comisión, Iván Espinosa de los Monteros hizo dos cosas, según la Agencia Tributaria, que investigó la operación y acabó sancionándolo.
La primera: facturar a través de dos sociedades sin empleados, aunque el trabajo era solo suyo. Es un tipo de trampa muy habitual: el Impuesto sobre Sociedades es más bajo que el IRPF.
Es el mismo Iván Espinosa de los Monteros que insultaba a Maricarmen llamándola “jeta” días antes de que muriera. “Yo que vivo en Madrid con mis impuestos le voy a pagar el piso delante de El Retiro a Maricarmen. Es flipante”, aseguró también.
Que alguien con este historial con Hacienda nos dé lecciones sobre cómo se gastan los impuestos es más flipante todavía.
A las monjas de las Salesas las echaron del convento “con comodidad más que bastante”. Siglo y medio después, las ancianas ya no tienen tanta suerte.
Maricarmen, rodeada de vecinas y del Sindicato de Inquilinas.
P.D. Me manda esta bellísima foto su autor, Diego Cobo, socio de elDiario.es. Maricarmen, rodeada de vecinas y del Sindicato de Inquilinas, que la acompañaron hasta el final.
Muchos la insultaron. Mucha más gente la abrazó, como en esta foto.
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Entre el Frente Amplio y las confluencias de Canarias y la Comunitat Valenciana suman 15 partidos distintos. El decimosexto se ha quedado fuera. Ha sido más fácil para todos ellos pactar con el PSOE que con Podemos.
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“Yo planteé un proyecto y ese proyecto ha fracasado”, dijo el viernes Gabriel Rufián. “He fracasado”, insistió. También pidió “disculpas a la ciudadanía por el espectáculo dantesco” y confesó: “Me he planteado irme”. No lo hará, aclaró, porque “sería decepcionar a mucha más gente”. Dice que se queda “por responsabilidad”.
Es un fracaso muy peculiar. Porque todo lo ocurrido, al mismo tiempo, supone un éxito para el propio Rufián. Por tres motivos.
Primero, porque ha reforzado su posición dentro de ERC. Rufián tenía muy mala relación personal con la mitad de los diputados de Esquerra en el Congreso, con quienes apenas se hablaba. La posibilidad de liderar a la izquierda –que aumentó su tirón electoral– le ha dado más fuerza para negociar con Oriol Junqueras un equipo más afín. El resultado: en la nueva lista de ERC al Congreso no repetirán Francesc-Marc Álvaro, Pilar Vallugera ni Jordi Salvador, tres de los diputados con los que peor relación tenía.
Segundo, porque Rufián se lleva los votos de Podemos en Catalunya. No eran muchos, pero tampoco irrelevantes: en las últimas europeas, la candidatura de Irene Montero obtuvo 94.000 votos en la provincia de Barcelona. Una cifra que puede inclinar la competición entre ERC y el Frente Amplio en estas generales. En las anteriores, Sumar –con Podemos dentro– superó a ERC en Barcelona por 77.000 votos.
Tercero, porque este desenlace deja muy tocados a los Comuns, uno de los principales competidores de ERC.
Rufián planteaba que la izquierda española y la izquierda soberanista debían confluir en el partido más votado de cada circunscripción. Pero su propuesta encerraba una evidente contradicción: en Barcelona, la fuerza más votada a la izquierda del PSOE en 2023 fue Sumar, no ERC. Pese a ello, encontró más respaldo y generosidad entre dirigentes de los Comuns –como Ada Colau y Gerardo Pisarello– que en la dirección de ERC, que siempre se cerró en banda a este acuerdo. Junqueras solo aceptaba la fórmula con la que finalmente ha transigido Podemos: incorporar a la lista electoral a alguna persona como independiente, con un perfil lo menos conocido posible y en un puesto sin el escaño asegurado. Podemos se lleva el sexto por Barcelona, donde ERC tiene ahora cuatro diputados. Para Esquerra es un regalo. Para Rufián también.
Así que no, Rufián no ha fracasado en estos tres frentes: el interno, el electoral y el de la competencia. En los tres sale ganando. El final del culebrón le ha dejado buenas cartas, aunque tampoco creo que esta carambola fuera su plan. Estoy seguro de que habría preferido otro final. No miente cuando dice que lo vive como un fracaso.
Honestamente, creo que Gabriel Rufián sí quería unir a la izquierda. Habría preferido una lista conjunta en Catalunya, como las que sí se han logrado en la Comunitat Valenciana o en Canarias sin tantos reproches ni alharacas. No dudo de que su intención fuera buena. Pero las buenas intenciones no siempre bastan.
En su ya larga carrera política, Rufián ha demostrado dos cosas: un olfato privilegiado para la táctica, una enorme ceguera estratégica. Es el mejor en las redes sociales, quien primero entendió el lenguaje de los jóvenes, el de los zascas y los memes. Sabe captar la atención y leer la pulsión de su gente. Al mismo tiempo, esa habilidad insuperable para subirse a las olas y acertar con los tuits más afilados, en ocasiones, le conduce al desastre. Es lo que pasó con sus famosas “155 monedas de plata”, que cambiaron para siempre –y para mal– la historia de Catalunya y de España.
El mejor en la táctica, el peor en la estrategia. Como demostró con su oposición a la reforma laboral porque no le interesaba que Yolanda Díaz tuviera esa victoria –¡menos mal que Alberto Casero salvó a dos millones de trabajadores en precario que hoy tienen contratos indefinidos!–. O como ha vuelto a demostrar esta semana, con ese pacto entre ERC y Podemos que ha acabado siendo determinante en la ruptura definitiva de la izquierda.
No hubo maldad, sí algo de narcisismo. Rufián sobreestimó su poder, su capacidad de arrastre. Pensó que su tirón electoral era tan grande que podría mover el centro de gravedad de todos los partidos, incluido el suyo. El preferido de todas las encuestas estaba plenamente convencido de que esa firma entre ERC y Podemos forzaría al resto a entenderse. Rufián pensaba –así se lo transmitió a otros líderes de la izquierda– que ese pacto sería solo el primero, el que provocaría el acuerdo mayor y definitivo.
Hoy es evidente que estaba equivocado.
Dos no pactan si uno no quiere. Y Podemos no ha querido. El pacto con Rufián remaba, pero en la dirección equivocada: era un incentivo para que no se llegara a un acuerdo, como finalmente pasó.
Alargaría mucho esta carta explicar todos los motivos por los que Podemos no quería pactar, y tampoco creo que toda la culpa sea de este partido: vetar a Irene Montero en las listas de 2023 dejó una herida muy profunda. Podemos mira a todo ese espacio, salvo IU, como una escisión. Son sus antiguos cuadros, y entre unos y otros se acumula una cuenta de agravios, personales y políticos, imposible de saldar. Al mismo tiempo, Podemos no asume que ya no tiene la fuerza que tuvo. Tampoco habría sido muy coherente llamar “cómplices del genocidio” en Gaza a tus antiguos compañeros de coalición, como hizo Ione Belarra, y después acordar con ellos unas listas conjuntas.
Las primarias, obviamente, siempre fueron una excusa: ¿qué primarias se han celebrado con Rufián? ¿O en Canarias? ¿O en la Comunitat Valenciana? El viernes por la mañana, la coordinadora de Podem en Catalunya se lamentaba de enterarse por la prensa de quién iría de su partido en la lista de ERC cuando ni siquiera se conocía el resultado de las primarias en su autonomía.
Dos no pactan si uno no quiere. Y la dirección de Podemos no ha querido, a pesar de las numerosas ofertas que ha recibido. La última de todas ellas, pública y a la desesperada, les garantizaba puestos de salida en Madrid y Barcelona, además de una portavocía. En la práctica era el número dos de Madrid para Irene Montero, como también desveló Emilio Delgado. Pese a ello, Podemos nunca quiso pactar con el Frente Amplio ni en Madrid ni en Catalunya. Y eso que allí le ofrecían un puesto más seguro que el que le dará ERC.
Solo habrá confluencia en Canarias y en la Comunitat Valenciana. En Extremadura, Murcia, Castilla-La Mancha y Cantabria las negociaciones regionales estaban bastante avanzadas, y en el resto de autonomías, salvo Madrid y Catalunya, el acuerdo habría sido posible. El principal escollo, el que llevó a Izquierda Unida a levantarse de la mesa, fue que Podemos quería una coalición solo con IU: en el reparto de recursos y en las listas. Fuera todo lo que oliera a Sumar o al antiguo Más País. Y, por supuesto, ni rastro de las palabras “Frente Amplio” en ninguna papeleta. Izquierda Unida se negó, aunque en algunos territorios, especialmente en Andalucía, le saldrá muy caro.
No es verdad, como argumenta Podemos, que en las provincias más grandes no pase nada por ir separados. La división tiene un coste político: los mensajes cruzan las fronteras provinciales y resulta difícil explicar por qué atacas en Madrid a quienes son tus aliados en Valencia. Y también puede tener un coste directo en escaños. En 2023, Sumar consiguió en Madrid 550.000 votos y seis diputados. El último entró por apenas 9.000 votos. Con esos mismos 550.000 votantes, en dos listas, lo más probable es que solo sumen cinco escaños.
Pero si la división es mala en Madrid, ni te cuento en las Castillas, en Aragón, en Extremadura… El único consuelo está en la sabiduría de los votantes, que históricamente se han coordinado incluso mejor que los partidos a la hora de no tirar sus votos a la basura.
“Yo planteé un proyecto y ese proyecto ha fracasado”, dijo Rufián. Irene Montero no dirá nada parecido. Porque Podemos también tenía un proyecto: ir solos, aunque solo compitieran por Madrid, para así garantizar la autonomía y la continuidad de su partido. Al menos la primera parte ya la ha conseguido.