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Cómo reducir el riesgo de artrosis tras la menopausia: "El gran error es asumir que el dolor articular es un peaje inevitable"

20 October 2026 at 15:00

Cómo reducir el riesgo de artrosis tras la menopausia: "El gran error es asumir que el dolor articular es un peaje inevitable"

La menopausia no solo trae sofocos y osteoporosis, también puede provocar dolores en las articulaciones que en ocasiones se pasan por alto pensando que son simples consecuencias del envejecimiento. El traumatólogo Félix López explica cómo tratarlo

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Muchas mujeres de mediana edad, incluso las que se han mantenido activas, pueden en algún momento experimentar dolores punzantes o crónicos en rodillas, caderas o muñecas. Estos dolores pueden pasarse por alto pensando que son una consecuencia más de la edad, o intentar gestionarlos con antiinflamatorios o analgésicos, pero no siempre se piensa en la menopausia como una posible causa, ni que pueden tener una solución.

La menopausia se asocia a los sofocos, las alteraciones del sueño y el riesgo de osteoporosis, pero el dolor de las articulaciones es una consecuencia también muy preocupante. Un metaanálisis de 2020 que revisó estudios con un total de casi 6.000 mujeres cifraba la prevalencia de dolor musculoesquelético en la perimenopausia en un 71%, un riesgo mucho mayor que en las mujeres premenopáusicas. El dolor articular no es un accidente de la mediana edad, sino el final de la cadena de cambios producidos por la caída hormonal.

Lo que le ocurre al cartílago cuando bajan los estrógenos

Los estrógenos no son únicamente hormonas reproductivas. Actúan como reguladores del tejido conectivo en todo el organismo. Regulan la síntesis de colágeno en tendones y ligamentos, controlan la hidratación del líquido sinovial y, sobre todo, protegen el cartílago. Una revisión de estudios de 2008 ya explicó lo que ocurría a nivel celular. Los condrocitos, las células que regeneran el cartílago, tienen receptores de estrógenos. Cuando la hormona desaparece, la síntesis de nuevo cartílago cae, al tiempo que aumenta la producción de las enzimas que lo degradan. Así, el cartílago pierde su capacidad de retener agua y amortiguar cargas.

Con esto, mujeres que antes no habían tenido problemas con las articulaciones pueden empezar a sufrir dolores incapacitantes. “Muchas pacientes acuden a la consulta sorprendidas por la rapidez con la que ha aparecido el dolor”, dice el doctor Félix López, traumatólogo y director de la Unidad de Preservación Articular del Hospital Memorial Puglio Cordón de Madrid. “En cuestión de meses pasan de hacer vida normal o practicar deporte a sentir un dolor punzante al bajar escaleras, rigidez matutina en las manos o inflamación persistente en la rodilla”, añade.

No es solo la caída de estrógenos

La caída de estrógenos no actúa sola, sino que también afecta al organismo en todos los niveles. A nivel celular, hay un mayor estrés oxidativo, lo que afecta a las mitocondrias, las productoras de energía de las células. Hay mayor resistencia a la insulina, y mayor riesgo de ganar grasa abdominal. Este estado de inflamación y baja energía llega al cerebro, donde los sofocos son solo un síntoma de la caída de neurotransmisores, asociada a los cambios de estado de ánimo y el insomnio.

Todos estos efectos encadenados aceleran la sarcopenia, la pérdida progresiva de masa y potencia muscular. Hay que tener en cuenta que las articulaciones no son estructuras aisladas, sino que dependen del músculo que las rodea para distribuir cargas, estabilizar el movimiento y evitar el contacto directo entre los huesos. Cuando ese músculo mengua, las articulaciones quedan expuestas a unas fuerzas que no pueden absorber, y el desgaste del cartílago se acelera.

“Siempre digo a mis pacientes que el músculo es el elixir de la juventud”, afirma el doctor López. “No hay que tener un cuerpo de gimnasio, sino simplemente ser capaces de levantarnos de una silla, subir una escalera, llevar la compra, coger a tu hijo, poder jugar un partido o cargar una mochila”, concreta. 

Las articulaciones más afectadas por esta combinación de déficit hormonal y pérdida muscular son las rodillas, las caderas y la articulación trapeciometacarpiana de las manos (la base del pulgar), por ser las que soportan mayor carga mecánica o requieren más precisión de agarre en el día a día.

Cuando no se toman medidas contra el dolor articular, comienza un círculo vicioso que empeora la situación. “A las mujeres les duelen las articulaciones, hacen menos ejercicio, se mueven menos, y entonces pierden masa muscular y tienen más dolor en las articulaciones”, advierte el doctor López. 

Los analgésicos son un parche

La respuesta más habitual ante el dolor articular en esta etapa es el antiinflamatorio, que puede aliviar los síntomas, pero no soluciona el problema. “El gran error en esta etapa es asumir que el dolor articular es un 'peaje inevitable' de la edad o limitarse a pautar antiinflamatorios crónicos que solo enmascaran el síntoma mientras el cartílago continúa degradándose”, explica el doctor López. El músculo como la primera medicina para las articulaciones

El ejercicio de fuerza acumula la evidencia más sólida en prevención del dolor articular. Un metaanálisis de 2023 de estudios aleatorizados y controlados con mujeres de entre 40 y 60 años encontró que el entrenamiento de fuerza mejoraba significativamente la masa muscular magra y la fuerza de extensión de rodilla en mujeres menopáusicas. Todo esto, con tres sesiones semanales de 20 a 90 minutos durante al menos seis semanas.

El doctor López anima a las mujeres a moverse regularmente: “En la silla, te sientas y te levantas diez veces, una vez cada hora. Ahí hemos hecho sentadillas sin darnos cuenta”. El hecho de tener síntomas no debe impedir hacer estos ejercicios, sino todo lo contrario. “Está demostradísimo por miles de estudios que el ejercicio del músculo previene la artrosis. Incluso, una vez instaurada una artrosis, puede reducir la sintomatología”, añade el especialista.

En esta fase los suplementos como la vitamina D, omega-3, o el magnesio pueden compensar una alimentación deficiente, pero el doctor López pide rigor: “Si sospechamos de una carencia, lo primero que hay que hacer es una analítica, para confirmar que la hay. Con la vitamina D, por ejemplo, no todas las personas responden igual a la misma dosis”.

Los tratamientos cuando la artrosis ya ha aparecido

Cuando los cartílagos se desgastan todavía es posible intervenir para mejorar la calidad de vida, y la medicina regenerativa ofrece alternativas a los analgésicos. “Los tratamientos con tu propia sangre, como es el plasma rico en plaquetas, ayudan a mejorar la función articular y modular un poquito el avance de la degeneración”, explica el doctor López. Un metaanálisis de 2023 confirmó que estas las infiltraciones mejoran el dolor en artrosis de rodilla, cadera y tobillo.

Más allá, en los últimos años se han desarrollado terapias con las llamadas células madre. “En los pacientes se obtienen células del tejido adiposo y de la médula ósea que modulan la inflamación y retrasan el avance de la artrosis”. En ambos casos el objetivo es preservar el cartílago, no solo tratar el dolor.

La menopausia por el momento es inevitable, pero el deterioro acelerado de las articulaciones no. “La edad no es ningún diagnóstico, y cumplir años no significa que tengas que vivir con dolor”, concluye el doctor López.

Cómo construir un "colchón fisiológico" contra el estrés

18 October 2026 at 20:47

Cómo construir un "colchón fisiológico" contra el estrés

Las mismas situaciones de estrés pueden destruir a unas personas, mientras que otras las superan. La diferencia puede estar en los recursos de nuestro organismo para amortiguar sus efectos

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Dos personas pueden tener el mismo trabajo, los mismos plazos imposibles que cumplir y el mismo jefe insoportable. Sin embargo, una desarrolla hipertensión, insomnio y un trastorno de ansiedad, mientras que la otra sufre, pero su salud no se resiente. Es sencillo atribuirlo al carácter de cada una, pero la diferencia tiene mucho que ver con el 'colchón', es decir, los recursos fisiológicos, psicológicos y sociales que amortiguan el impacto del estrés en nuestra vida.

El estrés crónico es más que nervios

El estrés agudo existe para salvarnos la vida. Cuando detectamos una amenaza, un sistema que nace en el cerebro llamado eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA) dispara el cortisol y la adrenalina, las hormonas del estrés, y moviliza la glucosa en sangre, al tiempo que aumenta la alerta en el cerebro y la visión se enfoca. Todo nos prepara para luchar o huir. Una vez resuelta la amenaza, el sistema se apaga y el cuerpo vuelve al estado de equilibrio. Pero si el problema es un informe que hay que presentar, el interruptor no se apaga nunca.

“El estrés mantenido altera principalmente la regulación del cortisol, una de las principales hormonas implicadas en la respuesta del estrés. Esto afecta al metabolismo, favorece la grasa abdominal, altera los niveles de glucosa y contribuye al desarrollo de resistencia a la insulina”, explica la doctora María Jesús González Juárez, jefa del servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario Sanitas Virgen del Mar. El daño no se detiene ahí. “También daña el sistema nervioso e inmunitario, favoreciendo problemas de memoria, concentración, ansiedad, alteraciones del sueño y una mayor vulnerabilidad a determinadas infecciones”, añade la especialista.

Todos estos daños acumulados se denominan carga alostática en medicina, algo que se puede interpretar como “desgaste”. Es el precio que paga el organismo por mantener la respuesta de emergencia encendida durante meses o años, y la factura se paga años después en forma de enfermedades cardiovasculares, bajada de defensas o alteraciones metabólicas.

El modelo de amortiguación del estrés

La investigación sobre el estrés ha identificado a lo largo de los años qué factores pueden proteger al organismo de ese daño acumulado. El modelo de stress buffering que surgió en los años 80 (amortiguación del estrés) plantea que ciertos factores vitales no reducen el estrés, pero actúan como amortiguadores entre el estresor y la respuesta fisiológica, reduciendo el impacto sobre el eje HPA.

Esta amortiguación se interpreta en la actualidad como resiliencia, “la capacidad de afrontar situaciones estresantes o difíciles, de resolverlas y en cualquier caso adaptarse a ellas sin descompensarse personalmente”, explica el doctor Luis Caballero Martínez, jefe del servicio de psiquiatría del Grupo HM. “Siempre se tiende a pensar que eso es una cualidad del carácter o el temperamento de algunas personas, pero depende de las experiencias previas, del conocimiento que tiene del problema a afrontar, del aprendizaje de estrategias que haya podido tener y, desde luego, del apoyo social”, añade.

Siempre se tiende a pensar que eso es una cualidad del carácter o el temperamento de algunas personas, pero depende de las experiencias previas, del conocimiento que tiene del problema a afrontar, del aprendizaje de estrategias que haya podido tener y, desde luego, del apoyo social

Luis Caballero Martínez — psiquiatra

Las relaciones sociales, el amortiguador más potente

Las penas compartidas son menos penas, dice el refrán, y la literatura científica le da la razón. El apoyo de las personas que nos rodean es el factor que aparece más citado en la literatura científica como protector frente al estrés crónico. Una revisión de 23 metaanálisis de 2021 concluye que la evidencia es “altamente consistente” entre el apoyo social y reducción de la mortalidad y la enfermedad. El trabajo también identifica los mecanismos por los que el apoyo social actúa, ya que inhibe la activación defensiva del eje HPA y del sistema nervioso autónomo, y regula la respuesta del sistema inmune.

“El apoyo social no es una cualidad estrictamente personal, aunque tiene un componente personal muy importante. Los entornos, desde luego, son muy determinantes para que una persona sea suficientemente resiliente”, coincide el doctor Caballero, pero introduce un matiz importante: “Las relaciones sociales son a la vez causa y solución del problema. Cuando las relaciones sociales se envenenan, se complican, parece que no tienen solución y nadie cede en sus posiciones, pues son una fuente de estrés”, afirma.

El ejercicio físico para combatir el estrés

El ejercicio físico se presenta como una forma de conservar la salud, mejorar y prolongar la vida, pero una buena parte se debe también a sus efectos sobre el estrés. A corto plazo, una sesión de ejercicio aeróbico es una fuente de estrés, ya que eleva el cortisol durante el esfuerzo. Sin embargo, después se producen adaptaciones que a largo plazo hacen más fácil 'bajar las revoluciones' cuando el estrés psicosocial nos ataca. Una revisión de 2023 en Frontiers in Physiology concluye que el ejercicio aeróbico regular mejora la salud del cerebro y las capacidades cognitivas, y esto se puede explicar por los cambios que produce en los sistemas que regulan el estrés.

“Hay muchísima literatura científica en casi todas las especialidades médicas que muestran aspectos beneficiosos de la actividad física en funciones psicológicas, y en funciones puramente fisiológicas”, confirma el doctor Caballero. La doctora González Juárez integra el ejercicio en una estrategia más global para amortiguar el estrés: “El ejercicio regula la respuesta fisiológica al estrés, mientras que dormir lo suficiente favorece la recuperación del organismo y el equilibrio de los sistemas hormonales”.

El ejercicio regula la respuesta fisiológica al estrés, mientras que dormir lo suficiente favorece la recuperación del organismo y el equilibrio de los sistemas hormonales

María Jesús González Juárez — médico internista

Sin un buen sueño, todo lo demás falla

El sueño es el momento en que las hormonas del estrés bajan, los tejidos se reparan, el cerebro elimina toxinas y los recuerdos y emociones se consolidan. Por eso la falta o mala calidad del sueño tiene efectos tan negativos en la regulación del estrés. Un estudio experimental de 2021 encontró que el cortisol se elevaba tras una noche sin dormir y no recuperaba los valores normales después de cinco días, aunque no llego a establecer los efectos concretos sobre el cerebro.

Tanto Caballero como González Juárez hablan del descanso como la piedra angular de un sistema de amortiguación del estrés del que forman parte los otros factores que promueven la resiliencia: la actividad física, la buena alimentación y la vida social.

Respiración y mindfulness como reguladores

Las técnicas de respiración, relajación y meditación ayudan al sistema nervioso a salir del estado de alerta y actúan como una herramienta de amortiguación del estrés. Un metaanálisis de 2016 pudo comprobar que la práctica de meditación consciente (mindfulness) reducía el cortisol, con reducciones mayores cuantas más sesiones se hacían. 

“Hay que tomarse un tiempo, y eso se puede hacer a través de la relajación o de la meditación. Aprender a evitar responder a las situaciones complejas con emociones básicas”, resume el doctor Caballero, que insiste en que esta capacidad de regulación del estrés se puede aprender: “Se puede aprender a regularse emocionalmente, se puede aprender a ser más flexible. Ante los problemas concretos el pensamiento positivo es capaz de acotar un poco los problemas y centrar los esfuerzos en aquello que de verdad va a ser útil, que va a representar un cambio”, añade.

Los factores que destruyen el colchón contra el estrés

Hay factores en nuestra vida que van desgastando nuestra capacidad de amortiguar el estrés. La mala dieta no se asocia tanto con el estrés, aunque es un factor determinante. “Una dieta equilibrada, rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y pescado es fundamental para disminuir la inflamación y desarrollar una mejor respuesta del organismo ante situaciones de estrés prolongado”, corrobora la doctora González Juárez.

El alcohol, el tabaquismo y la falta de sueño perturban el eje HPA y el sistema nervioso autonómico, manteniendo el estrés elevado y evitando que nos podamos recuperar. No hay sorpresas, por tanto. Los pilares habituales de una vida sana son precisamente los que construyen nuestro colchón contra el estrés. “Son los aspectos básicos, los que todos conocemos y no siempre practicamos”, concluye el doctor Caballero.

Darío Pescador es editor y director de la Revista Quo y autor del libro Tu mejor yo.

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