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Las joyas de la última reina de Portugal y la histórica tiara de su madre se subastarán en Ginebra

21 October 2026 at 08:30

Las joyas de la última reina de Portugal y la histórica tiara de su madre se subastarán en Ginebra

Sotheby's ofrecerá tres piezas vinculadas a la familia de Orleans en una venta prevista para el 11 de noviembre. El conjunto incluye una tiara de diamantes del siglo XIX y dos joyas con esmeraldas colombianas que pertenecieron a Amalia de Portugal

La derrota medieval que acabó con un rey prisionero durante 11 años y cambió la historia de Europa

La casa de subastas Sotheby's sacará a la venta el próximo 11 de noviembre en Ginebra tres joyas históricas vinculadas a Amalia de Orleans, última reina consorte de Portugal, y a su madre, María Isabel de Orleans, condesa de París. La colección reúne una tiara de diamantes creada en 1862, un brazalete y un broche con esmeraldas colombianas, piezas que han formado parte de distintas colecciones aristocráticas y privadas. La subasta permitirá recuperar parte de la historia de una familia vinculada a las monarquías francesa, española y portuguesa.

La tiara fue elaborada por la firma francesa Mellerio dits Meller, una histórica casa de joyería que la creó para la Exposición Internacional de Londres de 1862. Está confeccionada con diamantes y presenta un diseño geométrico inspirado en el meandro griego, un motivo ornamental caracterizado por la repetición de líneas angulares. Su estructura permite desmontarla para utilizarla como collar, una característica que ampliaba las posibilidades de uso de estas piezas en las ceremonias y reuniones de la aristocracia europea. Sotheby's calcula que su precio podría situarse entre aproximadamente 320.000 y 540.000 euros, según las equivalencias recogidas en la información sobre la venta, y es la pieza económicamente más valiosa.

La pieza pasó a manos de María Isabel de Orleans en 1864, cuando sus padres, Antonio de Orleans, duque de Montpensier, y la infanta Luisa Fernanda de Borbón, se la regalaron con motivo de su matrimonio con Felipe de Orleans, conde de París. Posteriormente, la condesa legó la joya a su hijo Fernando de Orleans, duque de Montpensier, que contrajo matrimonio en 1921 con María Isabel González de Olañeta e Ibarreta, marquesa de Valdeterrazo. Esta última llegó a lucirla durante la década de 1920. La tiara permaneció después en colecciones privadas, según la procedencia documentada por Sotheby's.

La tiara de Isabel de Orleans
La tiara de Isabel de Orleans

Dos esmeraldas colombianas entre las piezas de Amalia de Portugal

El brazalete, realizado alrededor de la década de 1880, incorpora una esmeralda colombiana de 27,38 quilates rodeada de diamantes. La piedra central, tallada en cabujón, forma parte de un elemento desmontable que permite modificar la composición de la joya. Sotheby's le atribuye una estimación de entre 70.000 y 100.000 francos suizos, equivalentes aproximadamente a entre 75.500 y 110.000 euros. Su diseño combina el protagonismo de la gema verde con un marco de diamantes de diferentes tallas, una disposición característica de determinadas piezas de alta joyería del siglo XIX.

La tercera pieza es un broche de época similar que también combina esmeraldas y diamantes. Su composición presenta una piedra verde central rodeada por dos hileras de diamantes y una segunda esmeralda en forma de lágrima, suspendida mediante un elemento de unión engastado con otra piedra preciosa. Esta parte inferior puede separarse del conjunto. La casa de subastas establece para el broche la misma valoración que el brazalete. A diferencia de la tiara, ambas joyas pertenecieron a la colección personal de la reina Amalia y siguieron una trayectoria familiar común antes de llegar al mercado internacional.

El brazalete y el broche fueron heredados por Esperanza de Borbón-Orleans, sobrina y ahijada de la última reina consorte portuguesa. Posteriormente, esta los entregó como regalos de boda a su hija María de la Gloria de Orleans-Braganza, que contrajo matrimonio en 1972 con Alejandro de Yugoslavia. Las piezas aparecieron en una subasta de Sotheby's celebrada en Nueva York en diciembre de 1981, donde fueron adquiridas por la coleccionista Gabriele Murdock. Durante su etapa en esta colección se realizaron modificaciones en el broche para permitir su utilización como collar mediante un cierre intercambiable. La documentación de Sotheby's también recoge una nueva venta de ambas joyas en Nueva York en diciembre de 1999.

El broche de esmeraldas colombianas
El broche de esmeraldas colombianas

Un legado entre las casas reales de Francia, España y Portugal

La procedencia de las piezas refleja los vínculos familiares de la dinastía de Orleans. María Isabel de Orleans, condesa de París, era nieta del rey Luis Felipe I de Francia por vía paterna y sobrina de Isabel II de España por vía materna. Su padre, Antonio de Orleans, era duque de Montpensier, mientras que su madre, Luisa Fernanda de Borbón, era hermana de la reina española. En 1864 se casó con su primo Felipe de Orleans, conde de París y pretendiente al trono francés por la rama orleanista. Su hija mayor, Amalia, nació en 1865 y acabaría vinculando esta familia con la Corona portuguesa.

Amalia de Orleans contrajo matrimonio en 1886 con Carlos de Portugal, que ascendió al trono en 1889 como Carlos I. La reina consorte vivió la última etapa de la monarquía portuguesa, abolida tras la proclamación de la República en 1910. Sus tres hijos fallecieron antes que ella, entre ellos Manuel II, último rey de Portugal, y su colección de joyas quedó repartida entre distintos familiares. Parte de aquel patrimonio pasó posteriormente por subastas y colecciones privadas, hasta que algunas de sus piezas regresaron al mercado internacional. La venta anunciada en Ginebra reunirá tres objetos asociados a ese legado dinástico, más de un siglo después del final de la monarquía portuguesa.

Patones de Arriba, el pueblo de pizarra que, según la leyenda, Napoleón nunca encontró

21 October 2026 at 07:30

Patones de Arriba, el pueblo de pizarra que, según la leyenda, Napoleón nunca encontró

A unos 60 kilómetros de Madrid, esta localidad conserva un conjunto histórico de arquitectura negra reconocido oficialmente en 1999

La ruta con la que descubrir hasta una docena de molinos papeleros construidos a partir del siglo XVIII

Entre barrancos y laderas de la Sierra Norte de Madrid se encuentra Patones de Arriba, una pequeña localidad conocida por sus construcciones de pizarra y por una leyenda según la cual las tropas de Napoleón nunca consiguieron encontrarla. El relato sostiene que su emplazamiento apartado permitió que pasara inadvertida durante la ocupación francesa. Sin embargo, la versión ha sido cuestionada por documentación histórica y no puede considerarse un hecho demostrado. Más allá de esta historia, el pueblo conserva un patrimonio arquitectónico que fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico mediante un decreto aprobado el 18 de marzo de 1999.

Situado a 832 metros de altitud, Patones de Arriba forma parte del municipio de Patones, integrado también por Patones de Abajo, en la vega del río Jarama. Según las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), el conjunto del municipio contaba con 617 habitantes en 2025 (279 hombres y 338 mujeres). La distribución actual de sus núcleos responde a un proceso de transformación iniciado durante el siglo XX, cuando gran parte de los vecinos del asentamiento de montaña se trasladaron a la zona inferior, especialmente después de la Guerra Civil. El antiguo pueblo mantuvo así buena parte de su configuración tradicional, mientras Patones de Abajo concentraba una proporción creciente de la población.

La arquitectura negra constituye el principal rasgo distintivo del casco histórico. Las viviendas tradicionales presentan muros y cubiertas de lajas de pizarra, un material abundante en el entorno que también se empleaba en construcciones destinadas al ganado. Los edificios se distribuyen sobre un terreno escarpado, entre calles estrechas y pendientes, siguiendo la disposición natural de las laderas. Según la descripción patrimonial de la Comunidad de Madrid, las viviendas ocupaban las zonas inferiores del asentamiento, mientras que los espacios ganaderos y las eras se situaban a mayor altura. Esta organización permite reconocer la relación entre la arquitectura y las actividades rurales que sustentaron la vida del pueblo.

Acueducto en el conjunto histórico de Patones de Arriba, en el municipio de Patones
Acueducto en el conjunto histórico de Patones de Arriba, en el municipio de Patones

El pueblo que llegó a tener su propio rey

La historia de Patones está vinculada a otra tradición singular: la existencia del llamado Rey de los Patones. El escritor y viajero Antonio Ponz recogió el relato de una comunidad gobernada por una autoridad cuyo cargo se transmitía de padres a hijos. La documentación histórica difundida por la Comunidad de Madrid presenta este sistema como una forma peculiar de gobierno local que, tras la etapa andalusí, permaneció subordinada a los monarcas españoles. La tradición sitúa sus orígenes en una población que habría buscado refugio en las montañas durante la presencia musulmana en la Península Ibérica, aunque ese relato no permite reconstruir con certeza cómo surgió aquella organización.

También es necesario distinguir entre la antigüedad de Patones y la del núcleo que puede visitarse actualmente. Aunque algunas narraciones sitúan sus orígenes en la Edad Media y existen referencias documentales desde el siglo XVI, la Comunidad de Madrid fecha el desarrollo del asentamiento histórico actual a principios del XVIII. Hasta entonces, el núcleo primitivo se encontraba en Los Pradales, a unos tres kilómetros. El sistema de gobierno hereditario desapareció durante el reinado de Carlos III y, después de su vinculación con la jurisdicción de Uceda, Patones se constituyó como término independiente en 1769.

Un recorrido por su patrimonio y su entorno natural

Uno de los edificios más representativos es la antigua iglesia de San José, situada a la entrada del pueblo y cuyos orígenes se remontan al siglo XVII. El inmueble, que dejó de desempeñar su función religiosa habitual tras el traslado de población a Patones de Abajo, se utiliza actualmente para actividades culturales y de información turística. Desde este punto pueden conocerse distintos aspectos del patrimonio local mediante recorridos que muestran antiguas bodegas, hornos, eras y dependencias ganaderas. Estas construcciones permiten comprender cómo se organizaban la producción de alimentos, el almacenamiento y el cuidado de los animales en una comunidad vinculada históricamente a la agricultura y la ganadería.

El paisaje que rodea Patones de Arriba amplía las posibilidades de la visita. Entre las excursiones más conocidas figuran las rutas hacia el Cancho de la Cabeza y el Pontón de la Oliva, además de los caminos que recorren el entorno del Jarama. Desde las zonas elevadas pueden contemplarse panorámicas del valle y de las montañas próximas. El casco histórico también cuenta con restaurantes de cocina castellana, alojamientos rurales y pequeños comercios de artesanía, actividades que han adquirido protagonismo con el desarrollo turístico de la localidad y la recuperación de parte de sus antiguas edificaciones.

Para acceder a Patones de Arriba, una de las alternativas recomendadas es estacionar en Patones de Abajo y realizar a pie la subida por la senda ecológica de El Barranco. El recorrido dura aproximadamente 20 minutos y presenta pendientes que conviene tener en cuenta, especialmente para quienes tengan dificultades de movilidad. Esta opción permite evitar parte de los problemas de acceso y aparcamiento que pueden producirse durante los fines de semana y los periodos de mayor afluencia. La visita combina así el descubrimiento de un conjunto arquitectónico protegido con el conocimiento de una historia local en la que conviven documentos, tradiciones y leyendas.

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