Patti Smith, Premio Princesa de Asturias de las Artes: una hija secreta, un padre desconocido y una vida llena de rosas y espinas
La madrina del punk no necesita presentaciones. Patti Smith suma a su laureada carrera sobre los escenarios un Premio Princesa de Asturias, la máxima distinción en España que reconoce el trabajo y el talento en el campo científico, técnico, cultural, social y humanitario, algo así como los Nobel patrios.
La suya es de esas historias que no se escuchan todos los días. Nació en Chicago en el seno de una familia religiosa, aunque creció y pasó su infancia en Deptford, en Nueva Jersey. Las dificultades económicas que atravesaba su familia la obligaron a empezar a trabajar en una fábrica de bicicletas cuando todavía era muy joven, aunque compaginó el empleo con sus estudios universitarios en el Glassboro State Teachers College, donde se formaba en Arte.
Sin embargo, tras quedarse embarazada con apenas 20 años, dejó sus estudios y se marchó a Nueva York. Cuando nació su bebé decidió entregarlo en adopción, con la condición de que la niña acabara en una familia católica. Es uno de los episodios más íntimos y personales de su vida, sobre el que se sinceró por primera vez en 2010, en sus aclamadas memorias “Éramos unos niños” (Just Kids).
Años después, la cantante y la chica, de nombre Jesse, entablaron contacto y ahora es una más de la familia. De hecho, fue ella, su hija mayor, quien ayudó a Patti a descubrir la identidad de su verdadero padre. Aunque creció creyendo que su padre era Grant Smith, un trabajador ferroviario, las dudas sobre sus orígenes siempre la acompañaron. Tras someterse a pruebas genéticas de ADN y realizar una investigación genealógica, su hija descubrió que su abuelo, y por tanto el verdadero progenitor de Patti, era un piloto llamado Sidney, fallecido en 1965, un revelador hallazgo que permitió a la artista atar por fin los cabos sueltos de su pasado.
Amor y tragedia a partes iguales
La vida de Smith ha estado marcada por el amor y la tragedia a partes iguales. A su llegada a la Nueva York bohemia de finales de los sesenta, con lo puesto y sin un dólar en el bolsillo, conoció al fotógrafo Robert Mapplethorpe. Juntos se instalaron en el mítico Hotel Chelsea y comenzaron una historia de amor que inspiró sus respectivas obras artísticas. El uno se convirtió en la musa del otro, forjando un estrechisimo vínculo que fue mutando con el tiempo en un ‘contexto de “amor libre” que tanto se pregona hoy.
Por desgracia, en 1989, Mapplethorpe murió a causa del sida y su pérdida provocó un profundo dolor a Patti, que tardó dos décadas en cumplir la promesa que le hizo en su lecho de muerte: escribir “Éramos unos niños” para contar al mundo su historia compartida.
Su otro gran amor fue Fred “Sonic” Smith, el guitarrista de la banda MC5. En 1980, en el pico de su carrera sobre los escenarios, Patti se despidió de la música para mudarse a un suburbio de Detroit, convertirse en ama de casa y criar a sus dos hijos, Jackson y Jesse. Encontró la paz en los quehaceres diarios, en la lectura y en la cocina, pero la muerte volvió a llamar a su puerta en 1994, cuando Fred falleció repentinamente de un ataque al corazón a los 46 años. Apenas un mes después, su hermano Todd murió de forma fulminante.
Sumergida en una espiral de dolor, fueron sus amigos más cercanos -como el poeta Allen Ginsberg o Michael Stipe, vocalista de R.E.M.- quienes la animaron a agarrarse de nuevo a la guitarra y regresar a los escenarios como un proceso casi terapéutico para sanar y salvarse de su propio duelo. Una existencia atravesada por luces y sombras, una vida llena de rosas y espinas que terminaron de moldear el profundo mundo interior que la ha convertido en una de las artistas más relevantes y fascinantes de la historia contemporánea.


© Gtres


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