Diabetes, esquizofrenia, problemas del corazón… Todos tenemos estas alertas en nuestro ADN
Si pudiéramos leer nuestro ADN como quien consulta un informe médico, probablemente encontraríamos motivos para preocuparnos incluso estando sanos. Nuestro genoma contiene millones de diferencias respecto al de otras personas, algunas relacionadas con enfermedades y otras con características tan cotidianas como la digestión de ciertos alimentos. Pero ¿cuántas de esas señales anuncian un problema real y cuántas forman parte de la variación normal de nuestra especie?
Un estudio liderado por la Universidad de Exeter, en Reino Unido, ha analizado datos de cerca de un millón de personas para establecer qué cabe esperar de un genoma humano y cómo interpretar sus posibles señales de enfermedad. Los resultados, publicados en Genome Medicine y presentados en la reunión anual de la Sociedad Estadounidense de Genética Humana, ofrecen una referencia para entender las pruebas genéticas sin convertir cada hallazgo en una amenaza.
La primera conclusión es que la variación es la norma. Cada persona presenta alrededor de cinco millones de variantes genéticas, es decir, posiciones del ADN en las que su secuencia difiere de la referencia utilizada. Unas 10.000 alteran la secuencia de los genes y pueden tener efectos muy diversos: desde contribuir a la intolerancia a la lactosa hasta modificar la respuesta a un medicamento. Muchas, sin embargo, son biológicamente neutras.
Los autores, liderados por Caroline F. Wright, también encontraron que cada genoma contiene entre una y tres variantes raras previamente relacionadas con enfermedades genéticas graves. A ellas se suman unas 50 variantes poco frecuentes cuya relevancia clínica todavía se desconoce. Identificar estas alteraciones no significa necesariamente que vayan a provocar una enfermedad: su efecto depende, entre otros factores, de cómo afectan al organismo y del contexto clínico de cada persona.
El equipo de Wright fue más allá de las enfermedades raras y analizaron las llamadas puntuaciones de riesgo poligénico. Estos indicadores combinan los efectos de numerosas variantes genéticas para estimar la predisposición a desarrollar patologías comunes. Al estudiar 28 condiciones, entre ellas la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la esquizofrenia, comprobaron que la mayoría de las personas sería clasificada como portadora de un riesgo genético elevado para aproximadamente tres de ellas.
La cifra puede resultar inquietante, pero hay una diferencia fundamental entre una probabilidad y un diagnóstico. El estudio no examinó el estado de salud de los participantes ni determinó si habían desarrollado esas enfermedades. Por tanto, sus resultados no demuestran que esas personas estén enfermas ni que vayan a estarlo. La edad, el estilo de vida, las exposiciones ambientales y otros factores biológicos también influyen en el desarrollo de muchas patologías.
“La secuenciación del genoma completo se ha convertido en una herramienta muy importante para diagnosticar enfermedades genéticas, y cada vez avanzamos más hacia el cribado genético para predecir enfermedades – señala Wright -. Sin embargo, la mayoría de las personas desconoce cuánta variación genética contiene un genoma, cuando en verdad, la variación es la norma”.
Para Wright, disponer de una descripción de lo que cabe esperar en un genoma corriente puede ayudar a médicos y pacientes a interpretar los resultados de las pruebas. La especialista insiste en que es necesario considerar los síntomas, los antecedentes familiares y otros factores clínicos y ambientales. Encontrar una variante es solo el primer paso: comprender qué significa para una persona concreta es el verdadero desafío.
El estudio también examinó las mutaciones de novo, aquellas que aparecen por primera vez en un individuo y no están presentes en el ADN de ninguno de sus progenitores. En las familias analizadas, cada persona presentaba alrededor de 63 variantes nuevas. La mayoría surgió durante la formación de los espermatozoides y una parte en los óvulos. Además, el número aumentaba con la edad del padre, a un ritmo aproximado de 1,2 variantes adicionales por año.
Estas mutaciones no son necesariamente perjudiciales, ya que muchas carecen de consecuencias clínicas relevantes. El hallazgo ayuda a comprender cómo cambia el genoma entre generaciones, aunque no permite predecir por sí solo la salud de un futuro hijo. Los resultados tienen una limitación importante: aunque las bases de datos utilizadas (UK Biobank, en Reino Unido, y All of Us, en Estados Unidos) reúnen una cantidad extraordinaria de información, las personas de ascendencia europea occidental están sobrerrepresentadas. El estudio señala que hacen falta datos de poblaciones más diversas para mejorar la interpretación de las variantes y la precisión de las estimaciones de riesgo.
La medicina genómica aspira a detectar enfermedades antes de que aparezcan y adaptar la prevención a cada persona. Pero cuanto más capaces seamos de encontrar señales en el ADN, más importante será distinguir entre una amenaza real, una probabilidad aumentada y una variación sin consecuencias. Nuestro genoma puede ofrecer pistas sobre el futuro, pero no es una sentencia escrita de antemano.


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