Aldo Comas: «Sorprendería la cantidad de gente de derechas que hay en el mundo del espectáculo»
Aldo Comas (Barcelona, 1985) es artista multidisciplinar, empresario y una de las voces más inesperadas e incómodas del debate público actual. Alejado de los códigos clásicos de la tertulia política, sus vídeos en redes sociales han alcanzado cientos de miles de visualizaciones gracias a un discurso directo, emocional y sin filtros. Casado con la actriz Macarena Gómez, Comas se ha convertido en las últimas semanas en un fenómeno viral a raíz de sus reflexiones sobre inmigración, política, cultura y libertad de expresión.
Su vídeo acumula cientos de miles de reproducciones y reacciones. ¿Atribuye este alcance a que ha logrado poner voz al malestar real de una parte amplia de la ciudadanía que se siente desatendida por las instituciones?
Yo soy solo una voz. Una voz de la calle, una voz con una visión quizá un poco artística de las cosas que pasan, y creo que eso me diferencia. En el mundo de la tertulia y de la opinión suelen participar politólogos, políticos o personas que se dedican profesionalmente a esto. Gente que tiene experiencia, que sabe comunicar y que ha hecho de la oratoria su profesión. Yo no tengo filtro, ni para lo bueno ni para lo malo. Creo que precisamente esa falta de filtros ha ayudado a bajar a la calle ese lenguaje a veces demasiado pretencioso de muchos opinadores. De alguna manera, soy como ese cuñado de bar del que todo el mundo habla. Algunos me comparan incluso con Pocholo, no lo sé. Lo que sí sé es que hablo el idioma de la calle y que hablo desde el corazón, aunque a veces también haya algo de ira en mis palabras.
Cuando afirma categóricamente que «Francia ha caído», ¿está señalando el fracaso definitivo del modelo de integración europeo o el colapso del Estado de derecho para garantizar el orden público?
El fracaso de la inmigración en Europa es patente y lo hemos estado viendo. Además, ha sucedido por fascículos. El ejemplo más claro es Suecia. Hace 15 o 20 años era el ejemplo para todos los europeos: un país evolucionado, con ayudas sociales brutales, nadie sin casa, súper Ikea, todo perfecto. Los perfectos. En apenas unos años se ha convertido en uno de los países más peligrosos de Europa. Hay atentados, bandas y una violencia que antes no existía. Todo eso ha sido consecuencia de ese victimismo europeo, de ese empeño en ser buenos y abrir las puertas a todo el mundo. Creo que en Europa tenemos un gran complejo y un gran miedo. Todo ese buenismo, esa necesidad constante de sentirnos culpables, ha acabado convirtiéndose en una enfermedad que está destrozando muchas cosas y permitiendo la entrada de otras muy negativas. Alemania ya ha fracasado. Las estadísticas muestran un aumento claro de la criminalidad asociado a determinadas poblaciones. Y sí, Francia ha caído. El Estado de derecho no está pudiendo garantizar la seguridad en determinadas zonas. Llevan años con problemas de crimen, guetos y falta de integración. Y ahora el siguiente país es España. Hasta el chungo español ya se parece al chungo francés.
Sostiene que España es la siguiente en la lista. En términos de tiempo y gestión política, ¿considera que el país aún dispone de margen de maniobra o que la situación es ya irreversible?
España es la siguiente y puede que aún estemos a tiempo si cambia el Gobierno. Tiene que cambiar el Gobierno y endurecer las políticas migratorias. No podemos ser un Estado-ONG. Ojalá pudiéramos ayudar a todo el mundo, pero la realidad es que tenemos servicios públicos tensionados, listas de espera brutales y unos costes que pagan los contribuyentes. Aunque suene duro decirlo, no podemos alejarnos de esa realidad. El problema es que enfrentarte a ella te hace quedar mal. Lo fácil es decir: «Abramos las puertas, amor para todo el mundo». Pero no puedes abrir la puerta a toda la inmigración que viene y pretender que no haya consecuencias.
De cara a los próximos procesos electorales en España, ¿cree que la crisis de seguridad y cohesión social va a condicionar el voto por encima de las tradicionales propuestas económicas?
Tú no puedes abrir la puerta a todo el mundo, tener fronteras abiertas y, al mismo tiempo, garantizar vivienda, colegios, sanidad y servicios para todos sin límites. El sistema progresista va a petar por algún sitio porque no se sustenta físicamente. Por tanto, la izquierda va a tocarte el corazón y la derecha, el cerebro. Creo que cada vez más gente está empezando a votar pensando en cuestiones de seguridad, identidad y cohesión social, no solo en economía.
¿Considera que los partidos políticos tradicionales están ofreciendo respuestas a la altura de esta preocupación, o percibe un distanciamiento irrecuperable entre las prioridades de los votantes y el discurso de sus líderes?
Yo creo que el único partido que se está planteando de verdad una solución al problema ahora mismo es Vox, al plantear la remigración. Tú vienes aquí, trabajas y, cuando acaba el permiso de trabajo, te piras. Y las cotizaciones y ayudas acumuladas se te pagan en tu país. Aunque parezca duro, me parece una vía realista. El Partido Popular no se está mojando demasiado con este tema. Y los partidos de izquierdas siguen con el mensaje de puertas abiertas, barra libre para todos. Y eso no es sostenible. En España muchísima más gente piensa estas cosas de lo que parece, pero pocos se atreven a decirlo. Estamos en la era del buenismo. Para mí, el buenismo es la degradación de muchos de los valores que han sostenido nuestra sociedad durante décadas. Somos una sociedad cristiana, católica y europea, y mucha gente siente que esos valores se están erosionando al mismo tiempo que se evitan determinados debates culturales y migratorios. No tiene ningún sentido preconizar el feminismo y luego llamar libertad al burka. Estamos en una decadencia de Occidente que mucha gente percibe aunque no se atreva a verbalizarla.
Con el panorama político actual, ¿hay motivos reales para tener miedo al auge de la extrema derecha, o se trata de un miedo agitado e infundado para anestesiar el debate?
El auge de la extrema derecha es falso, no existe. Hemos visto a cuatro gatos en manifestaciones alzando el brazo a Franco, pero no he visto una amenaza organizada como la que algunos describen. Mientras tanto, vemos una izquierda que considera que determinadas personas no tienen ni derecho a hablar o a organizar un mitin. Yo recibo amenazas de muerte, insultos y humillaciones constantemente. Lo que pasó en Francia está, en mi opinión, impulsado por movimientos de extrema izquierda que llevan años trabajando en ello. Y mientras tanto nos repiten constantemente que viene la ultraderecha, como si fueran a venir los Panzer por la Diagonal e instaurar un nuevo fascismo. Para mí, es la falsedad más grande, el bulo más grande inventado. El auge de la ultraderecha no existe. En España antes se podía debatir con Santiago Carrillo y no pasaba nada. Había confrontación política, pero existía debate. Ahora parece que hay opiniones que directamente no pueden expresarse. El verdadero problema, el verdadero virus y el verdadero drama es la ultraizquierda. También el movimiento woke, que considero una derivada de esa forma de entender la política y la sociedad. Y, por supuesto, el buenismo.
Rostros conocidos como Vicky Martín Berrocal, Fran Rivera o Inés Sastre han reaccionado a sus publicaciones. ¿Recibe en privado más apoyos de los que la gente se atreve a mostrar públicamente por miedo al qué dirán?
Recibo muchísimo apoyo, muchísimo ánimo y, sobre todo, muchísimo apoyo del mundo del cine. Porque existe la idea de que todo el sector cultural es de una determinada ideología, y eso no es verdad. La derecha no va a quitar las subvenciones culturales. El arte es una de las grandes cartas de presentación de un país y tiene que estar apoyado. La diferencia es que la cultura tiene que ser libre y no depender de criterios ideológicos. No puede ser que una película tenga más facilidades simplemente porque encaja con un determinado discurso. Tú tienes que poder hacer una película sobre transexuales en el desierto o una sobre Hernán Cortés. La cultura tiene que ser libre. En el momento en que se escapa la creatividad añadiendo determinados filtros ideológicos empezamos a trabajar para la maquinaria del régimen. Y el cine siempre ha servido para mostrar vulnerabilidades, mundos desconocidos y realidades distintas, pero nadie tiene que decirme qué historia debo contar. Muchísimos productores, actores y directores me han escrito para darme las gracias. Y sí, te sorprendería saber cuánta gente hay de derechas en el mundo del espectáculo. Mucha más de la que la gente imagina.
Mirando al horizonte electoral y social de Europa, ¿confía en que las urnas traigan un cambio de rumbo estructural o cree que la civilización occidental ya ha rebasado su punto de no retorno?
Espero que las próximas elecciones nos den un gobierno de derechas para que haya más frescura y un cambio de rumbo. Creo que el Gobierno de Pedro Sánchez acumula tal cantidad de escándalos que, si algo parecido hubiera ocurrido en el Partido Popular, la reacción habría sido inmediata. También creo que necesitamos reducir burocracia, duplicidades y gastos que no son prioritarios mientras hay ciudadanos que no llegan a fin de mes o no pueden acceder a una vivienda. Confío en que va a haber un cambio. Francia es un ejemplo claro. Ese libro, Sumisión, de Michel Houellebecq, refleja muchos de los temores que hoy se debaten en Europa. Y si no gana ahora Marine Le Pen, con Jordan Bardella, a tomar por culo. Pero, gobierne quien gobierne, yo voy a seguir siendo igual de crítico. No trabajo para nadie. Soy un ser libre, para lo bueno y para lo malo. Lo que no compro es el relato del auge de la ultraderecha. No hay tal auge. Lo que hay es gente de derechas que ha empezado a hablar sin complejos. La derecha, durante años, no ha sabido vender bien sus ideas. Los otros han tenido siempre la victoria del relato. Son los dueños del bien y de la moral, y te señalan con el dedo para decirte que tú no eres un buen ciudadano. Y si fuera por algunos, te tendrían muerto. Los mensajes que he recibido son esos: «Tú deberías estar en una cuneta».
En sus intervenciones insiste mucho en el papel del relato, del buenismo y de lo políticamente correcto. ¿Le preocupa más el rumbo político de Europa o que cada vez haya menos gente dispuesta a decir lo que realmente piensa?
Yo creo que ese es el gran problema. Muchísima gente piensa determinadas cosas y no las dice por miedo a las consecuencias. En España hay mucha más gente de derechas de la que parece, igual que en el mundo de la cultura o del espectáculo. Lo que pasa es que durante mucho tiempo unos han tenido el monopolio del relato y de la moral. Vivimos en una época en la que si discrepas de ciertos dogmas te convierten automáticamente en sospechoso. Vivimos en la era de las cancelaciones. Y todo esto viene de la izquierda. Hay muchisimo miedo al boicot. Y eso genera silencio, autocensura y miedo. Yo prefiero equivocarme diciendo lo que pienso que callarme para caer bien. Me preocupa el adoctrinamiento, el dogma y esa idea de que hay opiniones que directamente no pueden expresarse. Porque una sociedad sana necesita debate, contraste y libertad para equivocarse. Y si algo tengo claro es que voy a seguir diciendo lo que pienso gobierne quien gobierne. Si mañana la derecha hace algo que me parece una barbaridad, lo diré exactamente igual. No trabajo para nadie. Lo que no podemos hacer es seguir viviendo en una realidad donde unos pueden opinar y otros tienen que pedir perdón por hacerlo. Porque ahí es cuando una sociedad empieza a perder la libertad de verdad. Y te pongo el ejemplo de Rosalía cuando alabó a Picasso y tuvo que pedir casi perdón.


© PHOTOGRAPHERS
©Gonzalo Pérez


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