«Negocios turbios»: tres capítulos para entender por qué privatizar el agua puede salir muy caro
Hay series que buscan hacernos reír, otras que quieren hacernos llorar, asustarnos o volarnos la cabeza. También las hay que pretenden concienciarnos, hacernos especular sobre un misterio o arrancarnos un «uy, uy, uy» cuando descubrimos que el marido tiene una amante. Y luego están las que quieren radicalizarnos. Las que nos remueven la conciencia hasta tal punto que, al terminarlas, nos entran ganas de salir a quemar cuatro contenedores. Algunas, como «Un futuro desafiante», no lo consiguen. Otras, como «El cuento de la criada», pierden fuelle por el camino. Pero cuando funcionan, como «Mr Bates contra Correos» o «Dopesick», su impacto en el espectador es tremendo. En este grupo entra «Negocios turbios», una miniserie británica recién llegada a Movistar Plus que, al terminar sus tres capítulos, hace prácticamente imposible no pensar que el 8 de abril de 2013 fue uno de los días más felices para la humanidad. Esto lo digo, por supuesto, porque aquel día investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Lausana presentaron los resultados de un estudio sobre unas diminutas estructuras llamadas nanohilos, capaces de captar hasta doce veces más luz de lo esperado.
La acción nos lleva a un pequeño pueblo de Oxfordshire. Allí viven Ash (David Thewlis) y Peter (Jason Watkins). El primero fue policía y el segundo, profesor en Oxford, pero ahora son dos jubilados más. Dos jubilados con tiempo de sobra para, por ejemplo, darse cuenta de que el Windrush, el río que atraviesa su localidad, está cada vez más marrón. Y no solo eso: cada vez aparecen más peces muertos flotando en su superficie. Intrigados por lo que ocurre, empiezan a hacer preguntas y descubren que Thames Water, la empresa encargada del suministro y el saneamiento del agua en la zona, vierte aguas residuales sin tratar directamente al río. En teoría, solo puede hacerlo en determinadas circunstancias, como cuando se producen lluvias torrenciales, pero los números no terminan de cuadrar. Así que Ash, tirando de su pasado como policía, empieza a exigir explicaciones, mientras Peter se dedica a analizar los datos que les proporciona la compañía. Lo que comienza como una cruzada de la tercera edad acaba destapando un escándalo de dimensiones mucho mayores, en el que están implicados empresas multimillonarias, organismos reguladores y unas autoridades que llevan años mirando hacia otro lado.
Esto no solo les afecta a ellos. También a Heather, una niña de ocho años que muere tras contraer una infección por E. coli en una playa de Devon. O a Reuben, un surfista del mismo condado que desarrolla la enfermedad de Ménière —un trastorno crónico del oído interno que afecta al equilibrio y la audición— tras bañarse en esas mismas aguas. Si se fijan, no estoy indicando qué actores los interpretan. Porque da igual. Tanto Heather Preen y Reuben Santer como Ash y Peter son personas reales. Igual que las empresas, las instituciones y el escándalo que retrata la serie. En 1989, el Gobierno de Margaret Thatcher decidió privatizar el suministro y el saneamiento del agua en Inglaterra. La promesa era que la gestión privada permitiría modernizar las infraestructuras y ofrecer un servicio más eficiente. Pero las deudas se acumularon, las instalaciones se deterioraron y buena parte de la vigilancia ambiental acabó dependiendo de los datos que facilitaban las propias compañías. ¿El resultado? Solo en 2024 se registraron más de 450.000 vertidos de aguas residuales. Más de 1.200 al día.
Esta tragedia, consecuencia directa de la privatización y el neoliberalismo, ocurre a 1.300 kilómetros de aquí, pero no nos resulta una realidad tan lejana. Por eso «Negocios turbios» consigue su objetivo, que no es otro que contarla de la forma más clara y sencilla posible, para que todo el mundo la conozca y tenga claro quiénes son sus responsables. Lo hace a través de la agitación, generando un enorme sentimiento de frustración y rabia, especialmente ante el sufrimiento irreversible de las víctimas, y por puro avasallamiento. Joseph Bullman, su creador, ni quiere ni necesita ser sutil. Todo es explícito, con una estética casi documental que incluye imágenes reales y numerosos diálogos extraídos, como se aclara en pantalla, de declaraciones y comunicaciones auténticas. Una apuesta que elimina prácticamente cualquier amago de profundidad en los personajes (Thewlis y Watkins los sostienen más por tablas que por lo que les da el guion), que alarga innecesariamente la narración repitiendo escenas, enfrentamientos y escenarios y que vomita su postura con la más gorda de las brochas. Pero hace falta. Porque aquí lo importante es que el mensaje llegue, aunque sea a base de martillazos, y porque, con todas sus imperfecciones, «Negocios turbios» es una serie, nunca mejor dicho, de servicio público.


© Movistar Plus