Sabemos que la ansiedad es un síntoma transversal a casi todos nuestros malestares psíquicos. Nos dicen que fuimos diseñados para la hipervigilancia, o sea, para estar permanentemente alerta con el fin de huir de los animales que estaban por encima de nosotros en la cadena trófica y cazar a los que están por debajo. Sabemos que si nuestro estado natural hubiera sido la tranquilidad y la flema en lugar de permanecer siempre al acecho, habríamos sido devorados. Y que si en mitad de la sabana, un gurú del mindfulness prehistórico nos hubiera convencido para practicar la respiración consciente, ninguno de nosotros estaría ahora aquí.