❌

Normal view

Periodistas de ministerio

19 October 2026 at 21:49
El presidente de Vox, Santiago Abascal, y la secretaria general adjuna del partido, Montse Lluis, en una reunión de CEN en Bambú

Montse Lluis va a ser la número dos de Vox por Madrid, y no es por ella en particular, sino por la figura en general, pero yo me he acordado de los periodistas que terminan en un ministerio o así, que es como pasar de ser organillero de la calle a ser clavecinista de palacio. Hay periodistas que terminan en un ministerio, como un poeta encajonado, escribiéndole al líder bajo la luz de luna de las fotocopiadoras, bajo la inspiración mística del argumentario (uno se imagina el argumentario como un códice flotante que aparece ante los asesores igual que un cáliz ante los monjes). La verdad es que tan falso puede ser un amor de pianista tísico, de poeta tísico o de presidente tísico como un argumentario de partido, así que todo depende de las debilidades de cada uno. Lo que sí me parece es que el periodista que termina en un ministerio en realidad siempre apuntó a ministro, ya quería ser desde el primer momento ministro, o secretario de ministro, mientras iba por las redacciones como si fueran cancillerías políticas y por los cafés como si fueran vagones de armisticio. Ahora, con las elecciones, hay como un murmullo de periodistas ministros, o secretarios de ministro, que quieren llegar a serlo por fin, y otro murmullo de los que temen dejar de serlo y volver al organillo de la calle o a las redacciones que huelen a sopa. Cada uno tiene la vocación que tiene, claro.

Hay periodistas que terminan en un ministerio, o en una consejería, o en un gabinete, vestidos de azafatos y haciendo de eso mismo, y de heraldos y publicistas, que es lo contrario del periodismo según la cita apócrifa de Orwell y según la experiencia y el sentido común. En realidad el periodista no suele llegar a ministro, que parece una ambición más bien de madre del periodista, como de madre de Máximo Huerta, y en este caso quedó también como decepción de madre (aquel primer gobierno de Sánchez, puro marketing del vendehúmos o vendebragas Iván Redondo, era como un casting de Gran Hermano VIP y Huerta parecía el primer expulsado). El periodista, que tiene un oficio como de entresuelo, suele más bien pasar directamente de los sotanillos de las redacciones a los sotanillos políticos, y ahí se queda inventando palabras y escribiéndoles los discursos a esos políticos que, por no escribirse sus cosas, ni siquiera sus notas o chuletas, luego parece, como Feijóo, que no saben leer. Puede llegar, eso así, a jefe de gabinete de prensa y aparecer por las comparecencias del político para hacer de carabina o de monja con regletazo, como Miguel Ángel Oliver. O puede llegar a gurú, a factótum, a Rasputín mefistofélico, a brujo con cuervos, a Merlín con rayos, como Miguel Ángel Rodríguez. En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo.

Entre el periodismo y la publicidad, y también entre los más angelicales suspiros que alientan una redacción (hay redacciones que parecen internados habitados sólo por suspiros y anhelos de escapar fuera de allí, como aquellos internados de señoritas casaderas con pololo), tenemos otro destino muy deseado, quizá el que más. Me refiero a los medios públicos, que aquí son, absolutamente todos, medios de partido. Los medios públicos sólo son públicos en el sentido de que son otro ministerio u otra consejería, de Propaganda en este caso, que existe sin existir y que se puede manejar con más o menos pudor pero tienen el objetivo de su nombre sin nombre. Cada noticia, cada programa, cada escaleta, cada guion, cada presentador como con balconcillo, cada tertuliano que da tortas o las recibe, cada cómico con sotana, esmoquin o gorra para atrás está elegido, pensado y calculado para servir al partido. Quien lo niegue es que es tonto o está comiendo de ello. Aunque quizá el más cómodo destino es quedarte en tu medio de toda la vida, en tu cabecera de mancheta antigua como una lápida antigua, a ejercer el magisterio del periodismo aun siendo más útil, más efectivo y más dócil al partido de turno que en cualquier otro sotanillo de los que hemos mencionado.

En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo

Hay periodistas que pasan de los sotanillos o las hornacinitas de las redacciones a los sotanillos o las hornacinitas de los partidos, que puede parecer que es una tontería cambiar de un encajonamiento a otro pero no lo es. La verdad es que del periodismo es difícil comer, y más difícil todavía comer y beber (creo que fue Francisco de Cossío el que le dijo a Umbral que había que escribir dos artículos diarios, uno para comer y otro para beber). Es mucho más fácil comer y beber de la política, así que más que traidores al periodismo, más que ministros, estadistas o Richelieus desperdiciados por las redacciones entre suspiros y telefonazos, lo que hay son hambreadores. Tenemos una España llena de hambreadores, por todos lados, por todas las profesiones. Los hay con más ética y con menos, igual que los hay con más hambre y con menos, pero todos parecemos banderilleros con cornada de hambre y poetas con musa de telaraña. A lo mejor no hay que juzgar tan duramente a los que se van a la política para no pasar hambre, para no tener que comer fideos de versos o de realidad. Pero el periodista que niega la realidad, o que impide que se conozca, ya es otra cosa. Y también para eso hay que tener vocación.

Hay murmullo en las redacciones y en los ministerios, hay quien sólo piensa en dejar la libreta con mancha de sopa o la mesa del periódico con luz de ciego para escribirle la mentira al ministro en papel con heráldica, y hay quien tiembla al pensar en volver a pisar la calle, que después de la moqueta es como pisar lava. Rugen los comederos, aletean los sueños, flaquean los esbirros, se buscan refugios, huyen los héroes, sonríen los ambiciosos, porque cuando todo se da la vuelta es probable que las putas y los ascetas intercambien los puestos y la experiencia. Hasta el que tiene alma y hambre de poeta puede pasar a tener alma y hambre de rapaz. No sólo en el periodismo, sino en todo. Ya dependerá de la vocación de cada uno. 

El Gran Tenedor duerme en casa

16 October 2026 at 23:03
Montse Mínguez defendiéndose en 'Espejo Público' de los "ataques personales" que la han animado a dimitir.

EL ESPEJO DE MEDUSA. Montse Mínguez tenía una portavocía maricarmenista y a la vez, como desveló Artículo 14, un churri desahuciador y Gran Tenedor (hay que ponerlo en mayúscula, que uno lo ve como un título a medio camino entre Gran Maestre y Mesonero Mayor). O sea, que era digna portavoz de este PSOE completamente disociado entre el discurso y los actos. Más que portavoz, Mínguez, con su presencia de Medusa, era algo así como el mascarón de proa del sanchismo, a la vez emblema y ariete. En las televisiones impías ponían las recopilaciones de sus frases sobre vivienda, espantando a los buitres desde la tribuna del Congreso, desde los atriles como brocales, desde la radio como un entresuelo invadido por palomas: “Con los fondos buitre o con las familias”, “de lo que se trata es de que la vivienda sea considerada como un derecho, no como un negocio”, “quieren echar a la gente de sus barrios, que haya desahucios…”. Pero parece que el buitre vive con ella, como en su pelo de nido, como en la paja de su discurso, y que el Gran Tenedor, como el Gran Satán, duerme en casa.

Ante Susanna Griso, Mínguez, incluso desplumada de discurso y hasta de pelo, o precisamente por eso, seguía siendo una purista. Se quejó del “ataque personal”, “lo peor de la política”, como si el PSOE no lo usara, y mejor; como si ellos no hubieran llegado a la alcoba chorreante y al cuello de cisne de Ayuso o Feijóo, y, sobre todo, como si una incoherencia personal pudiera ser otra cosa que eso, personal. Olvidó de repente la justicia de las calles, y esa moral de los lagrimones como aldabas, para pasar a la estricta ley, a la “empresa que se dedica al alquiler y cumple la legalidad”, como si no hicieran eso mismo los fondos buitre, los Grandes Tenedores pantagruélicos, los caseros que desclavan ancianas de sus camas, todo lo que sale en sus discursos y en sus telepedros como puro mal. Susanna Griso le recordaba que ella había llamado a la empresa del caso de Maricarmen “pyme carroñera”, y eso que sólo tenía ese piso. Pero era un piso simbólico, paradigmático, modélico, algo como el piso piloto de la estrategia sanchista, con su gancho de olor a muerto como el gancho del olor a nuevo.

Mínguez era puro sanchismo, pillado y desentendido en “0,2”, que eso dijo ella, que “se desconectaba en 0,2” si seguían atacándola con sus contradicciones, ese espejo de Medusa. “Si hay un inquilino que no paga, se le desahucia”, llegó a declarar, indistinguible de los fachas crucíferos. Aunque tampoco pasa nada con las contradicciones si se olvidan o se obvian y enseguida se pasa a reconducir la realidad hasta el relato, justo lo contrario de lo que debería hacer la política: “Estamos hablando de un tema que es el derecho a la vivienda, y para defender el derecho a la vivienda estamos los socialistas”. Mínguez, mascarón y aldabón de fiera, ya es la nueva heroína y mártir del PSOE, no sólo acribillada por la verdad sino por ella misma, que no puede haber cosa más facha ni más sanchista.


Felipe de paisano, un rey consolador.

MARRUECOS CON FRAGATA Y EL REY CON SUVENIRES. El rey Felipe, de paisano, no iba a Ceuta a espantar fragatas marroquíes ni a plantar las nuestras, que parece que sólo las sacamos en musicales o para colgar luces de la patrona. El rey iba a consolar al pueblo, que tenía él algo de padre o tío con regalo de la Península a Ceuta, regalo inverso al que nos hacía ilusión de pequeños, esos relojes o radios que parecían traídos de una aventura en Cipango. Se nos había pasado ese detalle, el rey de paisano, el rey de caramelos, el rey de los autógrafos de tenista, hasta que en Espejo público el general Rafael Dávila explicó que, siendo la primera vez que el rey va a Ceuta, tendría que haber sido recibido con honores militares, revista a la tropa, corona floreada de salvas y palomas espantadas. Recordaba yo el otro día a ese general como un acerico de estrellas que visitaba mi cuartel y ante el que había que presentar fusiles, botas y peroles relucientes, y no caímos en que a Ceuta llegaba el rey como capitán general y lo recibían como si fuera David Bustamante. Parece que el Gobierno sólo permite que hagan alarde militar por allí los marroquíes, mientras nuestros soldados van con escoba, como yo en la mili, y nuestro rey va con suvenires.

El general Dávila se fijó en el detalle que se nos había pasado.

Esta semana hemos conocido que, durante el asalto a Ceuta, buques de guerra marroquíes llegaron a entrar en aguas españolas, y hasta pesqueros más o menos camuflados, como esos pesqueros rusos, sospechosos de farol y quietud, de la Guerra Fría. Para el general Dávila no había duda de que esos movimientos, junto con la presencia de agentes y militares marroquíes entre los asaltantes y la atención de satélites espías, fueron planeados por un Estado Mayor. Nuestro Gobierno mandó sus fragatas de la Virgen, pero con discreción y como a vela, como el propio rey, y aquí no nos enteramos de nada. El viernes, las noticias de Antena 3 nos contaban que, según fuentes policiales, habría habido tres incursiones de buques marroquíes, la última el jueves, aunque el Gobierno lo desmiente. En los viejos tiempos, nos enterábamos hasta de que un Mig había hecho una pasada rasante, precisamente para que tomáramos conciencia de la amenaza, del enemigo, pero con Marruecos no pasa eso. Marruecos no es tratado por Sánchez como una amenaza sino como un vecino más despistado que molesto, al que se le cuela una fragata como una rama del plátano de sombra en tu jardín, sin mala intención. Al intentar explicar lo inexplicable, o mejor lo que tiene una explicación inconveniente, nuestro Gobierno, por supuesto, se lió de nuevo.

Vicente Vallés, que no necesita ni énfasis ni floripondios, que practica como un aikido del periodismo para desarmar la política con sus propios actos y palabras (como otro espejo de Medusa con frialdad de bandeja de riñón), iba haciendo rodar a los ministros. Ángel Víctor Torres calificaba el incidente de “rutinario” y Elma Sáiz de “puntual”, algo que hacía señalar a Vallés que “o fue puntual o fue rutinario, pero las dos cosas a la vez resultan difíciles de cuadrar”. Y aún más difíciles de cuadrar, continuaba, con la tercera versión, la de Félix Bolaños ante Ferreras, que explicaba que no se había divulgado el incidente (él único reconocido, de momento) simplemente porque “afecta a la seguridad nacional”. Apuntaba Vallés que se entiende que no se difunda información sobre detalles militares, pero no el hecho en sí. La verdad es que desvelar el incidente no menoscaba en nada nuestra seguridad nacional, sólo la tranquilidad de Marruecos y, claro, la imagen de un Gobierno que prioriza esa tranquilidad de Marruecos, que quizá también es la suya, a la tranquilidad de Ceuta y toda España. Tan tranquilo estaba Sánchez confundiendo cañoneras con plátanos de sombra que luego se fue a la Mareta, efectivamente, a buscar sombra y a no dar guerra.

Vicente Vallés surfeando las contradicciones del Gobierno en Ceuta.

PURGATORIO SIN SÁNCHEZ. Silvia Intxaurrondo, monja con pizarrín del sanchismo, no pudo sino escandalizarse, exactamente como esa monja del sanchismo, dejando caer el pizarrín y levantando las cejas como manos que claman al cielo. Quien había provocado su escándalo era la descocada Irene Montero, sacerdotisa de esa izquierda blasfema que a veces siente la necesidad de blasfemar contra otras izquierdas e incluso contra el propio Sánchez, que les dio el sustento. Le había preguntado Intxaurrondo a Montero, como la monja que pregunta la lección, si Podemos se iba a integrar en el Frente Amplio, e Irene Montero contestó que no. Fue como si hubiera contestado “no” a una pregunta no política sino teológica, como si hubiera contestado “no” a la primera y fundante pregunta del catecismo de Ripalda, ese “¿sois cristiano?” que no cabía contestar sino con toda la gracia del Señor y toda la inconsciencia de los chiquillos. Intxaurrondo, con las cejas en el cielo, como alas devotísimas e iracundas, incrédula pero aún piadosa, parecía darle otra oportunidad: “¡¿No?¡”. Montero sonreía satánicamente, como comulgando su chicle de fresa de colegiala perversa, y repetía: “No”.

Solo sí es sí y no es no: Montero desafiando descarada a una incrédula Intxaurrondo.

La izquierda unida es un oxímoron. La izquierda verdadera está hecha de purismos que se desprecian, de sectas que se odian, de mesías que se arrancan las barbas, las cejas y los aperos herreros y guerrilleros unos a otros. El único que quiere una izquierda unida es Sánchez, ni siquiera Rufián, que sólo está buscando nuevo acomodo. Después de ser algo así como el mozo de cuadra castigador de Sánchez, se prepara para volver a ser ese corresponsal ateo, cínico y amargo del independentismo en el Vaticano del Estado español. También Irene Montero busca su sitio, no ideológico sino físico, su escañito como una mecedora de abuela, que ella ya parece la abuela del negocio de su populismo, como la abuela con negocio de confituras. Igual que Ada Colau busca su mitología, siempre sacrificial y llagosa, y Maíllo yo creo que busca, aristotélicamente, algún punto entre la utopía y el posibilismo. Cuando escribo aún puede haber sustos, apreturas y recolocaciones en esta izquierda extrema que, además, también parece izquierda terminal, con mucho menos para repartir y más para pelear. Pero lo cierto es que cada uno busca su sitio, su cuartel de invierno, su consuelo, su tabernita o su chocita, que la izquierda tiene muchas. La sorpresa de Intxaurrondo, la incredulidad de Intxaurrondo, que luego le dio mucha caña a Irene Montero, con aires de venganza divina, es la sorpresa y la incredulidad del sanchismo que no quiere darse cuenta de que hasta su izquierda fervorosa empieza a buscarse la vida o el purgatorio sin él.

Matarile a una juez

15 October 2026 at 21:49

A la juez Biedma la querían quitar de en medio por instruir el caso del hermano lírico y patético del presidente Sánchez, y eso es más PSOE y más España (este PSOE, esta España) que Maricarmen con hornacina de butacón y hasta que el chati de Montse Mínguez, ese Gran Tenedor, que parece la cosa una gama de Pescanova. Ya somos un país completamente tercermundista, no sólo con apagones cataclísmicos o trenes ardiendo igual que caravanas del Oeste, sino con todo el Estado al servicio de un cacique zumbón y de sus corruptos y pistoleros, que hacen negocio del caos, la impunidad y la arbitrariedad. A la sombra de Ferraz y de la Moncloa, putrefactas como la de la tapia de un cementerio, los cargos institucionales se convierten en esbirros con puñal o veneno, los políticos mandan a sicarios o los sicarios mandan a políticos, los corruptos van del ministerio al mangazo o del mangazo al ministerio, y no se tiene reparo en ordenar darles un susto o darles matarile civil o criminal a jueces, policías, fiscales, funcionarios y particulares. Ya somos una Sicilia con toreros, un Chicago con chiringuitos, una Venezuela con chistorras, y hasta somos una Cuba casi igual que Cuba, con brigadas de actores, monociclistas, cantautores y maniseros alabando la gloria de la mierda y de la tiranía, por mamandurria o, los más tontos, por puro fetichismo.

Leire es más España que Franco ecuestre y que el inquilino yacente, y Cerdán es más PSOE que Ana Belén. Bueno, a lo mejor esto último no, porque no darse cuenta de lo que está pasando en el PSOE y dedicarse, ya con edad de dama de Elche de la progresía, a enhebrar la misma flor, la misma muralla, la misma guitarra, el mismo poemita pubescente, ya no es ceguera sino colaboracionismo. O sea que Leire es más España que las dos Españas pero su PSOE, que es el de Cerdán y es el de Sánchez y es el de Zapatero, a lo mejor es el PSOE de siempre, porque ni los más viejos ni los más jóvenes parecen distinguir la ortodoxia socialista de la pura mafia. Sí, a ver si nos damos cuenta de lo que pasa, entre las panderetas y barreduras de las ideologías (o de otra cosa, porque ni los más viejos ni los más jóvenes parecen ser conscientes de que este PSOE no es ideológico, sino meramente instrumental). Y lo que pasa es que a la juez que investigaba al hermanísimo del One le querían mandar a Los Rochos, y emisarios de la muerte o de la prudencia se presentaban en el colegio de sus hijos, y los grababan en el parque, y el otro día, después de declarar en la Audiencia Nacional, Biedma se percató de que se le ponía en paralelo con el coche, como un pandillero o como un terminator, ese exjuez quitinoso y escalofriante, Sáenz de Tejada, que se viste todavía de juez como de vampiro o de bata de cola.

Lo que pasa es que con Sánchez ya se han traspasado todos los límites, lo que pasa es que ya cualquier cosa puede pasar, lo que pasa es que ya no hay nada que resulte increíble ni imposible después de haber visto lo que hemos visto, incluida una mafia que se atrevía con la Guardia Civil, con la policía, con fiscales y con jueces, que no se mete uno ahí sin hacer pie. No hay nada aquí tan importante, ni nuestro secular atraso ni nuestra orgullosa pereza ni nuestras épicas guerras a garrotazos o botijazos, como esa certeza que nos va asaltando de que lo que parece con Sánchez efectivamente es. Y lo que parece es que Sánchez no tiene escrúpulos, que es capaz de todo, que sabía nada más montarse en el Peugeot, que era como un coche del Vaquilla, con quiénes iniciaba el viaje y qué iba a pasar, y que lo consideraba un reclutamiento o una inversión. Sí, lo que parece es que nunca le interesó la política, ni siquiera el poder efectivo (sólo gobierna, como una gobernanta, su casa y sus cocinas, o sea la Moncloa y las instituciones que dependen de ella), sino sólo el pavoneo. Diría que Zapatero le fue convenciendo de su impunidad y de su gracia, pero el caso es que se rodeó no de políticos sino de soldados, no de ministros sino de mucamitas, y no de altos funcionarios sino de esbirros. Algunos están ya condenados y otros esperan en capilla, probándose ya el traje a rayas como Sáenz de Tejada se prueba togas o medias.

Este PSOE ya sin siglas como sin dientes, que ni siquiera es un partido sino una secta entregada a un vividor, es el PSOE de Sánchez

Aquí estamos, hablando de alquileres o pensiones, de servicios o sus ausencias, de Sol con manguerazo o con utopía, de la España cuartelera y de la España guitarrera; aquí estamos con Sánchez poniéndose cachirulo como una servilleta de mesón y con la prensa del Movimiento poniéndose pietista, con la izquierda siendo otra vez sopa de letras y juego de sillas o guillotinas y la derecha sospechando de todo, incluso de su gafe. Sabíamos que Sánchez no puede hacer promesas porque no tiene ni palabra ni memoria, y que no se dedica a la política sino a la supervivencia. Pero ahora sabemos que esa supervivencia no sólo supone vender el Estado como una comodita isabelina, sino que puede implicar que la gente molesta acabe con cabeza de caballo entre las piernas, con puta con jeringa entre los brazos o con los peces de la mar entre las orejas. Los hombres de Sánchez se han dedicado al saqueo institucional, a la instrumentalización de lo público, a la evangelización de la mentira y al mangazo porcino, pero eso ahora parece una tontería. Sí, porque querían quitar de en medio a una juez, y no hay otra cosa, ni en este atribulado momento ni en nuestra historia reciente, comparable a esto.

El PSOE, partido de Gobierno incapaz de gobernar, faro tuerto del progreso, ayatolá de la moral o la moralina con metro para medir la falda y las palabras, vivero en flor de intelectuales ensopados, sobremesa de adinerados diletantes y arlequines mustios; el PSOE, consuelo o certeza de los pobres que nunca saldrán de pobres y de los ricos que van de pueblo llano, salvador del mundo con pancartas y playlists aunque no sea capaz de salvar España ni de Marruecos ni del tercermundismo; este PSOE ya sin siglas como sin dientes, que ni siquiera es un partido sino una secta entregada a un vividor; este PSOE de Sánchez, de los hombres de Sánchez, de la España de Sánchez, tenía soldados por los despachos y soldados por los callejones, tenía los frisos del Estado para sus asuntos particulares y tenía el pistolón o la rata muerta para avisarte del destino, tenía ministros dedicados a la propaganda o a desmontar la democracia y tenía fontaneras y chatos dedicados a la extorsión, a la amenaza y, por lo que se sabe, hasta a procurar el entierro civil o real, junto a serpientes de cascabel, de algunos desventurados. Una juez, querían darle matarile a una juez, y eso que sólo investigaba un enchufe de un músico aterido de sus propios mocos, colgantes y anhelantes como semicorcheas. Ya no puede darles miedo nada, que es justo lo que hace sensato que los demás tengamos miedo de todo. 

Los reyes en la orilla de España

13 October 2026 at 21:53

Los reyes han bajado a Ceuta, abandonada como los naufragios, sola como una dama en la orilla, y ahora súbita y suciamente limpia, como la cocina del cuartel cuando venía el general. Yo me he acordado del general, el que fuera, que venía arrastrando sables, cornetas y constelaciones de metal, tintineando por delante de su sombra de palcos, guiones y bosques de laurel, y convertía todo nuestro ejército de mal sueño y gallinero de cantina en un ejército de barrenderos. El general luego se iba, claro, y la mierda volvía a crecer en el cuartel, engrandeciéndolo y enclaustrándolo como la hiedra de los castillos, y nuestro ejército volvía al mal dormir y al tabaco de serrín de la cantina, que ésa era nuestra única guerra, contra el sueño y la mierda. Aquel general, del que sólo recuerdo su presencia lejana y quizá invisible, como si sólo nos sobrevolara, su inminencia y su distancia por el patio de armas y las baterías recién mojadas, no nos aportaba nada, ni consuelo ni sentido ni solución, sólo un zafarrancho de cepillos, de marinería con jabón, de artillería contra las cucarachas. La verdad es que el rey Felipe, general de generales ante los soldados y la ciudadanía que van con escoba y sin esperanza (los militares en Ceuta están un poco así, como nosotros en la mili), hace bonito pero tampoco soluciona nada. Al menos, por sí solo.

Todos en Ceuta, desde la tropa a la ciudadanía pasando por los políticos, están entre barrer, desesperar y no dormir. Pero no es como cuando uno, armado de estropajo, betún, un cigarro descapullado y un glorioso cansancio o escepticismo, aguardaba al general. En Ceuta sí parecen sentirse consolados por la simbología de los reyes, que han venido directamente tras la Fiesta Nacional como montados en sus toisones de oro, en sus lienzos del Prado, en sus palcos a vela, en sus sellos como alfombras voladoras. Seguramente en Ceuta se sienten tan abandonados que hasta la simbología acompaña, sobre todo la simbología del Estado, del que ellos yo creo que se sienten un poco expósitos. Los reyes han bajado a Ceuta como la solitaria dama a la orilla de España, y es que seguramente también los reyes están solos y hasta abrumados, cargando toda la heráldica del Estado como maceros de ellos mismos, como naipes traídos a la vida con sus copones y espadines. Mientras el Gobierno de Sánchez no es que se inhiba sino que dinamita todo, de las instituciones a las fronteras, casi lo único que tienen en Ceuta para sentirse España es que vengan los reyes con su silueta de moneda, con su armiño de bandera, con sus constelaciones en los puños y su mano de madera, sagrada y descoyuntada como el pie de un crucificado.

Desde 2007, cuando fue don Juan Carlos ya un poco escorado de bribonería, como su velero, no iba un rey a Ceuta. Ceuta parecía que estaba ahí como farallón de moros, torre de legionarios como de migueletes y pontón de España, un poco a la deriva de la vida del país. Apenas sabíamos que allí se hacía una mili mitológica, casi cartaginesa, y el nombre de Ceuta nos sonaba a nuestra Siberia de arena, entre castigo y oasis, con aromas de bazar y cachivaches como de Rota (igual que Rota era una América en Cádiz, Ceuta era una especie de América en África, a la vez que un Cádiz en África). Ni los reyes, tan viajeros, parecían querer ir mucho por allí, no sé yo si por culpa de Marruecos o de una españolidad de secano y comodonería. Yo creo que nos estamos dando cuenta ahora de la importancia de Ceuta, que no es ya histórica sino democrática. Me refiero a que es Marruecos el que tiene un concepto mitológico de su existencia y su señorío, y por eso incluye territorios preexistentes al propio reino. Al contrario, la españolidad de Ceuta, como la de Melilla, es la prueba civilizatoria de que lo político es superior a lo geográfico y la ciudadanía es superior a la etnia, la cultura e incluso a la historia, que eso es justamente el Estado moderno, ciudadanía. También unos reyes que van a recalcar la ciudadanía de los habitantes de Ceuta son más modernos que los progres que están entre las tribus montunas y el sultanato de Sánchez.

Los reyes han bajado a Ceuta como la solitaria dama a la orilla de España, y es que seguramente también los reyes están solos y hasta abrumados, cargando toda la heráldica del Estado

Recalcar y defender la españolidad de Ceuta y Melilla es recalcar y defender la ciudadanía por encima de las supersticiones y la homogeneidad, de las tierras otorgadas por los dioses y de las banderas repartidas según los clanes o el folclore. Ceuta y Melilla son, en realidad, lo más moderno que tenemos entre antiguos reinos de gigantes y cabezudos, o los menos antiguos pero más cargantes nacionalismos de la etnia, la pela o la zanfoña. Puede parecer que no es cuestión de españolidad, pero sí lo es. Si hubieran entrado 80.000 personas por una playa de Barbate, incluidos agentes y soldados extranjeros, y, al mismo tiempo, hubiera amanecido un buque de guerra marroquí enfilando la barra del Guadalquivir, nadie hubiera dudado en llamar invasión a la invasión y ataque al ataque. Lo que ha hecho Sánchez es expulsar a Ceuta de España, considerarlo menos que Cádiz y hasta menos que El Perejil. Lo que ha hecho Sánchez, que ya excluyó a Cataluña del Estado para convertirlo en una especie de ínsula sin ley, es dejar sin su derecho a la seguridad y a la integridad territorial a una parte de España. Así que lo primero quizá es recordar que son España.

Los reyes han bajado a Ceuta, se han paseado, rodantes, por sus calles (la monarquía siempre parece moverse con ruedas, como carrozas, hasta cuando van a pie, que yo creo que lo más importante es que no se les noten las piernas, ni cuando andan por la calle ni cuando se sientan sobres sus plisados). Los reyes, sin más que llevar una bandera que ni siquiera se ve, que a lo mejor sólo nos sobrevuela, como el general que vino a mi cuartel, sin duda no van a arreglar nada, pero nos recuerdan y nos recalcan lo más obvio pero lo más importante (quizá la monarquía está para eso ya, únicamente). O sea, que Ceuta es España, no un pontón a la deriva ni un zócalo de legionarios ni un cementerio de radiocasetes. Yo no sé si a Feijóo, cuando se le acercó la embajadora marroquí, lenta, siseante y apabullante como una duna, le dio tiempo a decirle mucho, pero hubiera bastado con eso, que lo demás viene solo. Se irán los reyes, como aquel general mío, y volverán los cañizos a las playas y la incertidumbre a la noche, igual que volvía la pringue a nuestros peroles y el mal coñá a los sargentos. Los reyes señalan lo obvio, como en Navidad o en los discursos con académicos o guardiamarinas, pero eso no basta. Sigue haciendo falta alguien que gobierne, que es algo que no podemos pedirles a los símbolos, por mucho que consuelen a veces. La verdad es que hay que sentirse muy solo para que te consuelen los símbolos, como si fueran esos barcos de botella de los solitarios.

❌