La inclusión no limita la creatividad, la multiplica
En más de una sala de reuniones, rodeada de publicistas y comunicadores, me he enfrentado a una idea que todavía se repite con fuerza en cuanto se lee un briefing: que una campaña inclusiva es una campaña con corsé. "Si la hacemos accesible, la matamos", viene a ser el argumento. Pensar en subtítulos, en lectura fácil, en contraste de color o en una representación respetuosa de la diversidad, dicen, le quita chispa a la idea. Y obliga a ceñirse a tantas normas que el resultado acaba siendo menos atractivo.
Desde hace años trabajamos para demostrar que la creatividad y la inclusión no están reñidas. Que todo eso es un mito. Y conviene desmontarlo cuanto antes, porque nos está haciendo perder muy buenas ideas.
La creatividad inclusiva no es una creatividad con frenos. Es más exigente, eso sí, porque obliga a hacerse más preguntas antes de encender la cámara o de escribir la primera línea del guion. ¿Quién se queda fuera de este mensaje? ¿Cómo lo va a vivir una persona ciega, una persona sorda, alguien con discapacidad intelectual o una persona mayor que no se maneja con el móvil? Estoy segura de que ninguna de esas preguntas recorta el campo de juego. Al contrario, lo amplía. Es lo que podríamos llamar creatividad consciente, la que incorpora la accesibilidad desde el primer briefing y no la deja para el final como un trámite de postproducción. Hace unas semanas, la industria publicitaria nos dio la mejor prueba. I'm Not Remarkable, la campaña de Apple sobre accesibilidad, ganó el Emmy al mejor anuncio del año. Es un musical de tres minutos ambientado en la universidad. Lo protagonizan estudiantes con discapacidad que estudian, se equivocan, cantan y viven su día a día con normalidad gracias a herramientas como VoiceOver, los subtítulos en directo o el acceso braille. La canción huye a propósito del cliché del superhéroe, porque sus protagonistas no son extraordinarios. Simplemente usan las herramientas adecuadas para vivir en igualdad de condiciones.
La campaña tiene muchísima fuerza. Y no es porque hable de discapacidad, sino porque lo hace con humor, con ritmo y con un código visual y musical que se reconoce al instante. Es una idea que nace de la mirada inclusiva, con estudiantes reales de distintas comunidades de personas con discapacidad de todo el mundo. Y es, sobre todo, una idea que se queda en la memoria, lo más difícil y lo más valioso que puede conseguir un anuncio.
Cuando veo piezas así, me acuerdo de Luis Bassat, que siempre ha defendido que la buena publicidad dura toda la vida. Tuve la suerte de conocerle durante mi etapa en Ogilvy, cuando la agencia todavía llevaba su nombre.
Bassat fundó su agencia en 1975, dirigió al equipo creativo de las ceremonias olímpicas de Barcelona 92 y recibió el Premio Nacional de Publicidad. Es, probablemente, el publicista español más influyente del último medio siglo.
Los subtítulos o los asistentes de voz nacieron para unos pocos y hoy los usamos todos. Con la creatividad ocurre lo mismo
Muchas veces le oí defender una idea que había aprendido de David Ogilvy y es que la campaña que no arriesga corre el mayor peligro de todos, que es pasar inadvertida. Esas palabras me vienen a la cabeza cada vez que alguien dice que la inclusión limita. Porque hoy lo verdaderamente arriesgado no es incluir, sino seguir dirigiéndonos a un público medio que no existe, con las mismas caras, los mismos códigos y los mismos formatos de siempre.
La diversidad es un motor creativo de primer orden. Ya lo contábamos en esta misma columna al hablar de la accesibilidad como motor de la innovación digital. Por ejemplo, los subtítulos o los asistentes de voz nacieron para unos pocos y hoy los usamos todos. Con la creatividad ocurre lo mismo. Un relato contado desde otra experiencia vital trae historias que nunca habíamos escuchado. Un formato pensado para que lo entienda todo el mundo obliga a una síntesis brillante. Y nuevos códigos, como la audiodescripción creativa, la lengua de signos integrada en la narrativa o la lectura fácil, abren lenguajes que la publicidad apenas ha empezado a explorar.
Las marcas que ya trabajan así no lo hacen solo por responsabilidad. Lo hacen porque conectan mejor, llegan a más personas y generan una confianza que no se compra con espacios publicitarios.
En definitiva, que la inclusión no rebaja el listón creativo. Lo sube.
