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Normal view

I thought working in AI would put me ahead of the curve. Two years in, I've never felt more behind and tired of the topic.

18 October 2026 at 11:47
Santiago Barraza Lopez on his computeron his computer
The author works in AI and is feeling burned out.

Courtesy of Santiago Barraza Lopez

  • I'm a lawyer who decided to work in AI to try to get ahead of this technological curve.
  • Over the last two years, I've struggled to keep up because AI is advancing faster than I expected.
  • I feel overwhelmed and burned out by the constant conversations around AI.

For most of my career, I was a lawyer. There was something reassuring about how expertise worked in law. The longer I practiced, the more I knew.

But after years in a demanding profession, I burned out. It wasn't that I stopped enjoying law. I just needed a change.

Around two years ago, I started shifting my career toward AI because I thought it was the future. I didn't want to wake up 10 years later and realize technology had changed my profession without me.

It seemed like the smartest career move I could make. Now, I'm not so sure.

Joining the AI boom early seemed like the perfect career move

I made the transition while the AI boom was still gaining momentum. Ironically, I landed a job at a legal tech company thanks to a conversation with ChatGPT. It seemed like the perfect opportunity to combine my experience with my growing interest in tech.

My role involved testing the most advanced models, comparing their capabilities, and exploring how they could be used in legal work. I felt like I was ahead of a major change rather than trying to catch up with it.

I also became the go-to person for anything AI-related among my family and friends. People would ask me which tools to use, whether AI would replace their jobs, or what I thought about the latest developments. I enjoyed being the person who seemed to understand something that everyone was suddenly talking about.

But that feeling didn't last as long as I expected. Slowly, I began to realize that this wasn't just another new technology. It was something evolving at an almost frightening pace. And being close to it didn't necessarily mean being able to keep up with it.

What initially felt like an advantage was gradually becoming a source of pressure.

Things that took me weeks to learn or build became obsolete almost overnight

New frontier AI models and companies seemed to arrive every few weeks, each promising capabilities that the previous lacked. Just as I began understanding one model, another would appear, forcing me to reconsider everything I thought I knew about what AI could and couldn't do. There was barely enough time to breathe before "the next big thing" came.

What frustrated me most was how quickly my own work could lose its value. I spent weeks developing solutions to problems that a newer model could suddenly solve within a few minutes. Things I had carefully learned a couple of months earlier became unnecessary after a single product announcement. It was strange to put so much effort into something only to discover that the technology had already overtaken me.

And the constant learning didn't stop when I finished work. AI was everywhere. It was in the news, on social media, in conversations with friends, and in almost every discussion about the future of work. Sometimes, after spending an entire day testing models, the last thing I wanted to hear about was another breakthrough.

Yet I still felt an obligation to read about it, afraid that missing a single development could leave me even further behind. I was getting tired.

Accepting uncertainty became the only way forward

For years, I had measured my professional progress by how much I knew and how confident I felt about my abilities. AI challenged that completely. I began to question whether being good at my job meant knowing the latest developments or simply knowing how to adapt as everything changed. It was uncomfortable to accept that experience and hard work might not always provide the certainty I was used to.

I also started questioning how much of my personal time I was willing to sacrifice to stay relevant. I didn't want every conversation, evening, or weekend to become another opportunity to learn or talk about AI. I began making a conscious effort to disconnect after work, even if that meant missing an announcement or falling behind on the latest developments. For the first time, I was choosing not to know everything.

I don't regret moving into AI, but I no longer feel as certain about the decision as I once did. The technology isn't going to slow down. All I know for sure is that we are living through one of the most important inflection points in recent history, and perhaps that's what makes it all so overwhelming.

Read the original article on Business Insider

La izquierda de la izquierda: sumas que restan, restos que quedan en nada

17 October 2026 at 21:11

La izquierda de la izquierda: sumas que restan, restos que quedan en nada

Todo parece indicar que durante las negociaciones no ha habido debate ideológico, sino cálculo de tahúr de casino. Podemos ha intentado territorializar los acuerdos allí donde aún le queda algo de tracción electoral para no ser engullido por el Frente Amplio

La disputa electoral del próximo 29N promete emociones fuertes en el frente —menos amplio de lo que se pretendía— de la izquierda de la izquierda, un espacio político que parece haber sustituido la lucha de clases por la aritmética recreativa. La gran paradoja de esta legislatura que agoniza es que la plataforma nacida bajo el verbo Sumar ha terminado conjugando el verbo contrario. Su lideresa, Yolanda Díaz, tras un expediente impecable en el Ministerio de Trabajo, parece haber emulado a Manuela Carmena: ha cogido el portante, cansada de gestionar un parvulario de egos e inmadurez política. Lo más fascinante —y doloroso— del asunto es que este festival de la escisión se produce compartiendo el 95% del programa electoral. Se matan por las listas mientras coinciden en los diagnósticos: vivienda, impuestos, servicios públicos, desigualdad económica o impuestos a la banca. Algo que, sin duda, derecha y extrema derecha contemplan y disfrutan frotándose las manos.

Todo parece indicar que durante las negociaciones no ha habido debate ideológico, sino cálculo de tahúr de casino. Podemos ha intentado territorializar los acuerdos allí donde aún le queda algo de tracción electoral para no ser engullido por el Frente Amplio. Por otro lado, Gabriel Rufián también ha jugado sus propias bazas, aprovechando su innegable tirada mediática para asegurarse un puesto de salida de ensueño sin el engorroso trámite de salir a buscar 400 avales, como se ve obligado a hacer todo hijo de vecino en ERC, ni pagar 155 monedas de plata. Y, como golpe de efecto final, el retorno de Ada Colau, la alcaldesa inopinada de los tiempos prometeicos del “Sí se puede”. Su mística original se fraguó con los desahucios de la crisis financiera del 2007, esos mismos dramas habitacionales que, curiosamente, siguen ejecutándose hoy en día. Lo que demuestra, lamentablemente, que los gobiernos de izquierda —una rara avis ya en la Europa actual— han sido incapaces de deshacer el nudo gordiano de la ortodoxia neoliberal, ese que considera la vivienda una mercancía más y la maximización de beneficios el único mandamiento: las claves de bóveda del problema de la vivienda que ha acabado estallando socialmente y llevándose por delante una legislatura ya de por sí convulsa.

Esta propensión al fraccionamiento de la izquierda no es nueva, es el ADN de la casa. Ya en los tiempos fundadores de Marx y Engels las divisiones entre reformistas socialdemócratas y revolucionarios eran legendarias. También ahora unos y otros se culparán del fracaso a la hora de conformar una candidatura conjunta, aunque fuera por motivos puramente electorales con el único fin —no lo olvidemos— de intentar desviar la borrasca extremista que domina el clima político español. El desafío era y es formidable. La respuesta, decepcionante —si no mezquina—, no ha estado ni mucho menos a la altura.

En mitad de este patio de vecindarios mal avenidos, Pedro Sánchez observa el tablero con la tranquilidad de quien conoce las debilidades del rival. Al PSOE nunca le ha temblado el pulso a la hora de practicar el canibalismo electoral: ya en 2008 dejó a Izquierda Unida tiritando en el Congreso, con apenas dos escaños, gracias a la implacable guadaña del voto útil. La gran incógnita es si Sánchez realmente cree que puede reeditar la aritmética mágica de 2023 —una carambola que hoy parece inviable con esta macedonia incomprensible de siglas— o si, en un alarde de ese pragmatismo maquiavélico que le achacan sus enemigos, ha convocado el adelanto electoral para dejar a su partido en la oposición, pero en unas condiciones más ventajosas de lo que el curso de la legislatura permitía imaginar. 

El verdadero drama para la izquierda no se jugará en los platós de televisión, sino en la fría contabilidad electoral de las circunscripciones pequeñas y medianas, esas que reparten 219 de los 350 escaños. En 2023, la candidatura unitaria de Sumar y Podemos ya sufrió la penalización de un sistema que no entiende de purezas inmaculadas: mientras en las grandes capitales el voto resultó eficiente, en las provincias de menos de seis escaños se convirtió en humo. Más allá del 5% oficial, el umbral real para rascar un diputado en provincias pequeñas como Ávila, Cuenca o Teruel oscila entre un prohibitivo 12% y 18%. En las medianas, como Jaén o Zaragoza, la barrera real se sitúa entre el 8% y el 12%. Presentarse por separado aboca a ambas listas a quedarse en un letal 5% o 7%: un porcentaje muy digno para el orgullo de partido, pero equivalente a un cero absoluto en escaños. Lo trágico es que el 57% de los votantes progresistas pedía a gritos esta unidad para frenar un gobierno de PP y Vox. 

El filósofo Ernst Bloch afirmaba que la izquierda se caracteriza por mantener siempre encendido el principio de la esperanza, que ahora se ve seriamente amenazada por la implacable lógica de la Ley D'Hondt. Para una izquierda alternativa que, en su gran mayoría, se declara agnóstica o directamente atea, creer en los milagros electorales no deja de ser un contrasentido. Creer, además, que el milagro de 2023 se va a repetir con papeletas divididas es casi tanto como creer en la segunda venida de Cristo. Pero, ante el frío veredicto de los datos y las artimañas de los tahures, solo nos queda ese viejo vicio de no perder la esperanza.

Ley de nietos y aprendices de brujo

17 October 2026 at 21:11

Ley de nietos y aprendices de brujo

Dentro de unos días, el Tribunal Supremo contemplará desolado que sus órdenes no se han podido cumplir y arderá Troya. Viendo que se ignora cuántos de estos 163.020 españoles inscritos en el CERA son nietos de represaliados y cuántos no, privará del derecho a todos, que Dios reconocerá a los suyos

Si quieren leer la última resolución del Tribunal Supremo en la que insiste en privar del derecho al voto a centenares de miles de españoles, les sugeriría que se pongan de música de fondo El aprendiz de brujo de Paul Dukas y se dejen cautivar por la agonía de quien, a medida que intenta tapar su desatino, ve multiplicarse las incongruencias y los charcos. Aquí tenemos a unos magistrados, vestidos de toga y capirote, que enredando entre calderos pretenden separar el agua dulce de la salada, y tienen muy poco tiempo, apenas nada, para hacerlo. Pillados en su imprevisión, se enfadan y retuercen, mientras chapotean en el agua que sale a borbotones por las rendijas de sus argumentos.  

Ya conocen ustedes el contexto, el ‘lore’ que dicen ahora. La Ley de Memoria Democrática ofreció la nacionalidad a los hijos y nietos de los exiliados por motivos políticos, ideológicos, de creencia u orientación sexual. Para facilitar la demostración de todo ello y ahorrar a los interesados pruebas imposibles de recabar, una Instrucción posterior incluyó una presunción: se presumirán exiliados todos los que abandonaron España en la posguerra, desde 1936 hasta finales de 1955. La Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo (entre cuyos miembros no figuran muchos descendientes de exiliados o represaliados por el franquismo, dejémoslo ahí) está en desacuerdo con esta Instrucción, que considera excesiva. Opinan que la opción para recuperar la nacionalidad debería concederse únicamente a los nietos que demuestren fehacientemente que sus abuelos fueron perseguidos por Franco, olvidando que una dictadura persigue a todos sus ciudadanos, aunque solo castigue a los más débiles. Estos magistrados querrían quitar la nacionalidad a estos nietos, pero no pueden, al menos por ahora; nadie se lo ha pedido. Pero aprovechando que el azar ha puesto en su camino el recurso contra una decisión de la Junta Electoral Central, han borrado a estos nuevos españoles del censo de expatriados y les han quitado un derecho, el de votar, que está garantizado como fundamental en la Constitución que juraron respetar. 

Y aquí empieza el juego de los calderos, con estos aprendices brincando en un piélago inundado. Según el Instituto Nacional de Estadística, el censo electoral cerrado a primero de agosto de 2026 lo conforman 38,7 millones de personas. Dentro de este gran depósito se encuentra uno más pequeño, el llamado Censo Electoral de Residentes Ausentes, el famoso CERA, que integra a los españoles que residen fuera de España; este caldero tiene 2,7 millones de personas de las que, en realidad, votan bastantes pocos. Y dentro de esta tinaja del CERA pululan 163.020 españoles que han obtenido la nacionalidad en aplicación de la Ley de Memoria Democrática. 

La música empieza a sonar. El 10 de septiembre pasado el Tribunal Supremo tomó la decisión de eliminar del CERA y suspender el derecho al voto a todos los españoles que hubieran obtenido su nacionalidad por aplicación de la Ley de Memoria Democrática; al mismo tiempo, y para salvar la excepción que se disponen a aceptar, permitió la incorporación de aquellos nuevos españoles que hubieran demostrado que su padre o su abuelo habían sido efectivamente perseguidos. Debió de pensar el Supremo que la operación era tan fácil como meter el cazo en el caldero del CERA y retirar los garbanzos negros, pero alguien les susurró que en aquel potaje no era sencillo distinguir el solvente del soluto y que la cosa iba para largo.

¿Cómo se retira a estos españoles del censo? Habría que saber cómo han obtenido la nacionalidad, pero el Registro de Matrícula Consular no permite conocer este dato de manera inmediata; se necesita una comprobación manual para distinguir aquellos que optaron a la nacionalidad conforme a la Ley de Memoria Democrática del resto. La información necesaria para la inscripción en el CERA no incluye la relativa a cómo se adquirió la nacionalidad. ¿Se puede certificar el motivo que ofreció cada optante para obtenerla? Sin duda, pero el expurgo llevaría meses, porque habría que revisar uno a uno los expedientes de nacionalización, desperdigados en 172 oficinas consulares de España. 

Y en esto llegó Pedro Sánchez y convocó elecciones, con lo que las puertas del censo se cerraron inopinadamente. En cumplimiento de los plazos electorales, el 12 de octubre el censo se puso a disposición de ayuntamientos y consulados para consultas durante ocho días. Pasado ese plazo, el próximo 23 de octubre se publicará oficialmente y quedará bloqueado e inmodificable a todos los efectos. Entre el 24 y el 30 de octubre los inscritos en el CERA empezarán a recibir la documentación electoral. ¡Qué desastre!

El mismo día 12 de octubre el Supremo desestimó el recurso presentado contra su decisión de excluir del CERA a los nuevos españoles. Lo primero que llama la atención de este auto es, sin duda, el enfado con el que está redactado. Está firmado por hombres enormemente irritados, con todo el mundo: con la Abogacía del Estado, con los Registros Consulares, con el Instituto Nacional de Estadística... Y un juez enojado nunca dicta una buena sentencia. El verdadero motivo de su enfado es que el conflicto se les va de las manos, las escobas de brujo se multiplican y el agua se derrama por doquier. Ahora han comprobado que su decisión no se puede cumplir en el tiempo disponible; ahora han caído en la cuenta de que tienen que llamar al procedimiento a los 163.020 españoles a quienes han quitado el derecho a votar (se les ha convocado por tablón de anuncios porque se ignora quiénes son); ahora han advertido que sin revisar los expedientes no se puede conocer qué motivo dieron para optar a la nacionalidad. Pero huyen hacia adelante. 

Como único argumento para mantener contra viento y marea su decisión imposible, el Supremo reitera su anhelo de garantizar unas elecciones inmaculadas e impolutas: el auto reitera la necesidad de asegurar su limpieza (palabra que repite tres veces), pureza (se repite en dos ocasiones) y pulcritud (otras dos), en expresiones de mañana de domingo y ropa recién lavada, palabras que no dicen nada. Porque la única elección pura, limpia y pulcra es aquella donde pueden votar todos y no se deja a ningún español sin voz ni voto. 

Con estas reflexiones el Tribunal Supremo parece comprar el argumentario de la ultraderecha más rancia, que no solo desprecia a los extranjeros sino que, en su arrogancia, pretende decidir quiénes son españoles y quiénes no, para permitir el voto solo a los limpios, puros y pulcros... que viven aquí. ¿Será este el pulso que late en el fondo de esta falsa polémica? Tal vez: con la excusa de cuestionar la Instrucción de 2022, que no distingue entre residentes y ausentes, en realidad el Supremo se dispone a limitar el voto solo de quienes viven en el extranjero, dejando incólume el derecho al sufragio de los nuevos españoles que, aplicándoseles la misma Instrucción que tienen por sospechosa, residen en España. La Constitución reconoce en su artículo 68.5 el derecho al voto de los españoles que viven fuera de España, pero quienes reparten patentes de patriotas han decidido que esos españoles ausentes, hijos de exiliados, de represaliados o simples hijos del proletariado emigrado en una dictadura, no merecen participar en unas elecciones pulcras, limpias y puras. Es, de nuevo, el resentimiento de los vencedores. 

No se vayan, que hay más. Dentro de unos días, el Tribunal Supremo contemplará desolado que sus órdenes no se han podido cumplir y arderá Troya. Viendo que se ignora cuántos de estos 163.020 españoles inscritos en el CERA son nietos de represaliados y cuántos no, ya ha decidido que privará del derecho a todos ellos, que Dios reconocerá a los suyos. Pero todavía hay algo más grave, como recordó la Abogacía del Estado al Tribunal Supremo: esta cifra de 163.020 se conoce por información general estadística, pero no está individualizada. No hay un listado de estas personas ni se conocen sus nombres y apellidos, por lo que el proceso de extraerlos del CERA llevaría un tiempo que no tenemos, así que la única alternativa real es esta: o se suspende el derecho a votar a todos los españoles inscritos en el CERA o no se suspende a ninguno, porque es materialmente imposible el expurgo ordenado en el plazo del que se dispone. Claro que, en tal caso, en lugar de tener a ciento y pico mil afectados a sus puertas, el Supremo tendría que lidiar con más de dos millones y medio de afectados; más escobas acarreando agua entre sus tinajas. ¿Qué hará el Supremo? Nadie lo sabe. La experiencia enseña que un juez suele ser prudente cuando sabe que su fallo es irrecurrible; de estos magistrados, que saben que el Tribunal Constitucional revisará pronto sus decisiones, puede esperarse cualquier cosa.  

En la balada que inspiró a Paul Dukas su conocida melodía, Goethe advertía a los aprendices de brujo: cuidado con los espíritus que invocáis; os será difícil libraros de ellos. Sigan atentos a la pantalla, porque esto no ha terminado.

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