El fichaje de los populares para encabezar la lista por Barcelona se topa con un obstáculo puesto por el propio partido. Los de Feijóo prevén en sus estatutos excepciones siempre y cuando se hagan para favorecer a sus "intereses generales" y sean aprobadas por el Comité Ejecutivo Nacional
El PP elige a Albiol para competir contra Vox en Barcelona
La normativa del Congreso de los Diputados sí lo permite, pero es el PP el que tira piedras en su propio tejado: los estatutos de los populares prohíben que Xavier García Albiol, alcalde de Badalona, sea también diputado en la Cámara Baja. Pero este mismo domingo, él no ha dejado lugar a dudas. “Seguiré en Badalona”, ha aclarado el regidor durante un mitin con el propio Alberto Núñez Feijóo.
El partido anunció el pasado sábado el “fichaje” -así lo calificaban en X, con referencias futbolísticas en su publicación- confirmando que Albiol sería el cabeza de cartel por la provincia de Barcelona destacando su discurso que mezcla inmigración e inseguridad para competir con Vox. Los de Feijóo acompañaban el anuncio de un triunfante “Here we go” (“allá vamos” en inglés).
Sin embargo, el régimen de incompatibilidades de los estatutos del PP no lo tiene tan claro. “La condición de Diputado al Congreso o al Parlamento Europeo es incompatible con el desempeño de cargos de Presidente o Secretario General Insular, Provincial o Autonómico del Partido y con los de Alcalde de municipios superiores a 20.000 habitantes”, especifica el artículo 12. Badalona tiene más de 230.000 habitantes, según el INE.
El principal opositor de Albiol para la alcaldía, Fernando Carrera (PSC), ha denunciado la aparente contradicción en un vídeo en sus redes sociales: “Está claro que si es diputado, tiene que dimitir como alcalde”. “¿Dónde está la trampa?”, se pregunta.
La “trampa” es la siguiente: según el documento, le correspondería al Comité de Derechos y Garantías del partido velar por la aplicación de esta norma y resolver “las cuestiones que puedan plantearse”. Sin embargo, el PP tiene también prevista una vía para aprobar excepciones en “supuestos extraordinarios” que respondan a los “intereses generales” del partido. En estos casos, las excepciones deben ser aprobadas por el Comité Ejecutivo Nacional, encabezado por Alberto Núñez Feijóo.
La Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG) permite compatibilizar el escaño de diputado nacional con el cargo de alcalde o concejal. De hecho, muchos representantes de partidos políticos compaginan ambas funciones. Al principio de la legislatura, hasta 43 diputados mantenían este doble cargo nacional y municipal. Un caso sonado fue el de Gabriel Rufián, que compatibilizó hasta 2025 su escaño con una concejalía en su ciudad de origen, Santa Coloma.
Algunos diputados del PP también desempeñaban ambas funciones al menos hasta antes de la convocatoria electoral y disolución el Congreso, pero ninguno rompía los estatutos ya que todos ellos estaban al frente de ayuntamientos de menos de 20.000 habitantes.
A diferencia del Congreso nacional, muchas comunidades sí prohíben esta duplicidad. En los parlamentos de regiones como Andalucía o Castilla y León, la legislación autonómica declara incompatible ser diputado autonómico y alcalde (especialmente en municipios de gran población) para garantizar la dedicación exclusiva. En el caso andaluz, en 2023, al menos siete diputados del PP andaluz anunciaron que abandonarían el Parlamento para ser alcaldes, en este caso de ciudades grandes como Granada o Cádiz.
Fue José María Aznar quien impulsó esta incompatibilidad en los estatutos mientras era presidente. No obstante, él mismo ya hizo algunas excepciones con las diputadas Teófila Martínez y Celia Villalobos, que eran alcaldesas de Cádiz y de Málaga respectivamente y continuaron ejerciendo las dos responsabilidades.
Cuando Donald Trump desató su furia sobre Irán a finales de febrero, el resto del planeta se echó a temblar. No era para menos. Casi ocho meses después, el estrecho de Ormuz continúa bloqueado –no lo estaba antes del comienzo de la guerra– y los precios se encuentran por las nubes. Sin embargo, más allá del impacto en los bolsillos el conflicto está provocando un efecto dominó en Oriente Medio. Y es que, los misiles de Irán y sus aliados siguen cayendo por toda la región, lo que ha llevado al resto de países a reconsiderar sus afinidades.
Bien está que el conflicto entre Estados Unidos y la República Islámica se ha estancando desde hace meses, aunque en los últimos días se han intensificado los ataques a petroleros en Ormuz. Sin embargo, el foco ahora está en Yemen. Allí, una ofensiva de los rebeldes hutíes a principios de septiembre ha cogido por sorpresa a sus enemigos: el gobierno oficial del país y Arabia Saudí.
En cuestión de semanas, Riad ha visto cómo su poderío militar en la región es incapaz de hacer frente a un grupo insurgente de un país vecino. Sus ataques contra el aeropuerto de la capital saudí han dejado un reguero de muertos. También la empresa petrolera estatal –que engloba en torno al 10% de la producción mundial– ha sido objetivo de los hutíes. Los rebeldes están golpeando donde más duele.
El nuevo frente ha puesto de manifiesto que la lógica de alianzas en Oriente Medio ha cambiado. El estatus de major non-NATO ally ("aliado importante no-OTAN") de Arabia Saudí da buena cuenta del lugar privilegiado de los saudíes en la red de socios de Washington. Al menos así era hasta ahora. Pero, cuando el príncipe heredero Mohamed bin Salmán pidió auxilio a Donald Trump para frenar los ataques hutíes, éste le cerró la puerta en las narices.
EEUU ni está ni se le espera
A lo largo de estos meses, Trump ha mostrado su incapacidad o, directamente, indiferencia hacia la protección de sus aliados en el Golfo. Este semana, una investigación de Reuters ha desvelado que los ataques de Irán y sus aliados han alcanzado 135 objetivos críticos para las cadenas de suministro energético en la región. Mientras los misiles llovían sobre sus socios, la Casa Blanca miraba hacia otro lado.
Washington estaba centrado en los ataques contra sus bases militares en la región, cuyos daños ha tratado de minimizar durante estos meses. Sin embargo, la cadena CBS reveló el pasado mes de septiembre imágenes que mostraban los daños generalizados y la destrucción en múltiples posiciones estadounidenses en todo Oriente Medio como resultado de los ataques.
Manifestación contra de Arabia Saudí en Sanaa, la capital de Yemen, controlada por los hutíes | EFE/EPA/YAHYA ARHAB
La sensación de abandono en los Estados del Golfo es generalizada. Se suponía que las bases estadounidenses eran su garantía de seguridad. En cambio, esas instalaciones han sido el principal motivo por el que han sufrido los ataques de Irán. Y la Casa Blanca no ha movido un dedo para evitarlos.
Ahora, con su no intervención para auxiliar a los saudíes, EEUU refuerza aún más esta percepción. En un análisis para el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, un think tank con sede en Washington, Michael Ratney lo explica así: "La reticencia de Estados Unidos a involucrarse alimenta la percepción de que ha abandonado a un socio en su momento de mayor necesidad. Mientras Arabia Saudí, su aliado, está siendo atacado, el presidente estadounidense le dice al mundo que no lo está ayudando". En este mismo análisis, sugiere que Riad buscará nuevos socios, como bien demuestra el reciente Pacto de la Meca.
Turquía y Pakistán al rescate
El pasado agosto Arabia Saudí, Pakistán y Turquía firmaron el Pacto de la Meca. Algunos analistas lo han definido como una "OTAN musulmana", bien está que solo lo componen tres países. Aunque en un primer momento los pakistaníes y los turcos se mostraron reacios a ayudar a Riad, finalmente han aceptado acudir en su auxilio. Tropas enviadas por Islamabad ya se encuentran en suelo saudí, mientras que en el caso de Ankara, el Parlamento turco debe dar el visto bueno.
Un acuerdo de este tipo pone a Irán en un lugar especialmente comprometido. Los saudíes son unos de sus principales rivales en la región. Sin embargo, el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ha valorado la triple alianza como "un paso adelante" en la unión entre musulmanes, asegurando que su país está "listo" para participar en el proceso.
Prisioneros leales al Gobierno oficialista de Yemen liberados este sábado por los hutíes | EFE/EPA/YAHYA ARHAB
Tras conocerse el acuerdo, el Institute for National Security Studies, un think tank israelí vinculado a la Universidad de Tal Aviv, analizó las implicaciones del pacto para Irán. Aunque el declive de la hegemonía militar estadounidense en la región es una pequeña victoria para la República Islámica, el acuerdo entraña riesgos. ¿Y si en un futuro supusiese una amenaza?
Fuentes iraníes consultadas por El Independiente se limitan a subrayar que el Pacto de la Meca es un acuerdo de defensa, no ofensivo. Además, señalan que Pakistán es un buen aliado de Teherán. No obstante, algunos análisis publicados en medios iraníes han cargado contra Islamabad, a quien acusan de estar jugando a dos bandas.
Las milicias hutíes de Yemen forman parte del Eje de Resistencia, la red de alianzas orquestada por Teherán contra EEUU, Israel y sus aliados. A su vez, son enemigos de Arabia Saudí, que apoya al Gobierno oficialista yemení, en guerra con los rebeldes desde hace más de una década. Así, Pakistán, amigo de los ayatolás, colabora ahora con los saudíes para acabar con los socios iraníes en la región.
El factor israelí
Quizás el elemento más complicado de encajar en la ecuación sea Israel. El periódico Haaretz ha revelado los supuestos planes de Benjamín Netanyahu para unirse a Arabia Saudí en los ataques contra los hutíes. El primer ministro israelí anda buscando la normalización de las relaciones con los saudíes desde hace tiempo. Sumarse a su ofensiva contra las milicias rebeldes sería un buen aliciente.
No obstante, el príncipe israelí se muestra reticente a dar este paso. Aunque Riad y Tel Aviv colaboren al margen de los canales oficiales, aunar a Netanyahu a su alianza contra los hutíes son palabras mayores. Las fuentes iraníes consultadas por este medio no creen que esto vaya a suceder. También descartan que la República Islámica acudiese en auxilio de los rebeldes de Yemen si Israel se uniese a los ataques. Están centrados en su propia guerra con EEUU.
Cartel en contra de Benjamín Netanyahu en el centro de Teherán | EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH
Además, está la barrera de Turquía, con quien Israel mantiene una intensa rivalidad desde hace meses. Hasta el punto de que Netanyahu ha llegado a afirmar que este país "es el nuevo Irán". La pugna entre estos dos Estados tiene mucho que ver con Siria, donde el Gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha ido ganando influencia desde la llegada del islamista Ahmed al Sharaa al poder. Desde Tel Aviv ven la creciente cooperación entre Damasco y Ankara como una amenaza a sus intereses en los Altos del Golán, territorio sirio que ocupan desde hace dos años.
De hecho, el portal estadounidense Axios aseguró a principios de mes que el Gobierno sirio estaba barajando también la posibilidad de enviar tropas a Yemen a luchar contra los hutíes. Un movimiento sorpresa desmentido por Damasco, aunque siguen llegando informes que apuntan en esta dirección.
Así, mientras los combates se recrudecen en Yemen –donde los desplazados internos superan los 233.000, según la Organización Internacional para las Migraciones–, el juego continúa en el tablero geopolítico en Oriente Medio. El vació dejado por Washington está siendo aprovechado por las potencias regionales, aunque todavía no queda claro hacia dónde terminarán de realinearse estos nuevos intereses.
En más de una sala de reuniones, rodeada de publicistas y comunicadores, me he enfrentado a una idea que todavía se repite con fuerza en cuanto se lee un briefing: que una campaña inclusiva es una campaña con corsé. "Si la hacemos accesible, la matamos", viene a ser el argumento. Pensar en subtítulos, en lectura fácil, en contraste de color o en una representación respetuosa de la diversidad, dicen, le quita chispa a la idea. Y obliga a ceñirse a tantas normas que el resultado acaba siendo menos atractivo.
Desde hace años trabajamos para demostrar que la creatividad y la inclusión no están reñidas. Que todo eso es un mito. Y conviene desmontarlo cuanto antes, porque nos está haciendo perder muy buenas ideas.
La creatividad inclusiva no es una creatividad con frenos. Es más exigente, eso sí, porque obliga a hacerse más preguntas antes de encender la cámara o de escribir la primera línea del guion. ¿Quién se queda fuera de este mensaje? ¿Cómo lo va a vivir una persona ciega, una persona sorda, alguien con discapacidad intelectual o una persona mayor que no se maneja con el móvil? Estoy segura de que ninguna de esas preguntas recorta el campo de juego. Al contrario, lo amplía. Es lo que podríamos llamar creatividad consciente, la que incorpora la accesibilidad desde el primer briefing y no la deja para el final como un trámite de postproducción. Hace unas semanas, la industria publicitaria nos dio la mejor prueba. I'm Not Remarkable, la campaña de Apple sobre accesibilidad, ganó el Emmy al mejor anuncio del año. Es un musical de tres minutos ambientado en la universidad. Lo protagonizan estudiantes con discapacidad que estudian, se equivocan, cantan y viven su día a día con normalidad gracias a herramientas como VoiceOver, los subtítulos en directo o el acceso braille. La canción huye a propósito del cliché del superhéroe, porque sus protagonistas no son extraordinarios. Simplemente usan las herramientas adecuadas para vivir en igualdad de condiciones.
La campaña tiene muchísima fuerza. Y no es porque hable de discapacidad, sino porque lo hace con humor, con ritmo y con un código visual y musical que se reconoce al instante. Es una idea que nace de la mirada inclusiva, con estudiantes reales de distintas comunidades de personas con discapacidad de todo el mundo. Y es, sobre todo, una idea que se queda en la memoria, lo más difícil y lo más valioso que puede conseguir un anuncio.
Cuando veo piezas así, me acuerdo de Luis Bassat, que siempre ha defendido que la buena publicidad dura toda la vida. Tuve la suerte de conocerle durante mi etapa en Ogilvy, cuando la agencia todavía llevaba su nombre.
Bassat fundó su agencia en 1975, dirigió al equipo creativo de las ceremonias olímpicas de Barcelona 92 y recibió el Premio Nacional de Publicidad. Es, probablemente, el publicista español más influyente del último medio siglo.
Los subtítulos o los asistentes de voz nacieron para unos pocos y hoy los usamos todos. Con la creatividad ocurre lo mismo
Muchas veces le oí defender una idea que había aprendido de David Ogilvy y es que la campaña que no arriesga corre el mayor peligro de todos, que es pasar inadvertida. Esas palabras me vienen a la cabeza cada vez que alguien dice que la inclusión limita. Porque hoy lo verdaderamente arriesgado no es incluir, sino seguir dirigiéndonos a un público medio que no existe, con las mismas caras, los mismos códigos y los mismos formatos de siempre.
La diversidad es un motor creativo de primer orden. Ya lo contábamos en esta misma columna al hablar de la accesibilidad como motor de la innovación digital. Por ejemplo, los subtítulos o los asistentes de voz nacieron para unos pocos y hoy los usamos todos. Con la creatividad ocurre lo mismo. Un relato contado desde otra experiencia vital trae historias que nunca habíamos escuchado. Un formato pensado para que lo entienda todo el mundo obliga a una síntesis brillante. Y nuevos códigos, como la audiodescripción creativa, la lengua de signos integrada en la narrativa o la lectura fácil, abren lenguajes que la publicidad apenas ha empezado a explorar.
Las marcas que ya trabajan así no lo hacen solo por responsabilidad. Lo hacen porque conectan mejor, llegan a más personas y generan una confianza que no se compra con espacios publicitarios.
En definitiva, que la inclusión no rebaja el listón creativo. Lo sube.