Un año del caos en Callao: cuando Rosalía convirtió la expectación en espectáculo
El misterio siempre hace más grandes a los artistas. Nos despierta la magia de imaginar todo lo que no puedes ver. Pero, ahora, en la sociedad hiperconectada, contemplamos casi todo. Hasta pedimos a los cantantes, actores y mocatrices una opinión de casi todo. Opinión a nuestro gusto, claro. Así solo queda decepcionar expectativas, pues es imposible reaccionar a la carta de cada uno de los followers.
¿Cómo escapar de la tiranía de la opinión deformada? Una salida está en desafiar la fantasía del público. En entrenar la incógnita, Rosalía fue maestra hace justo 365 noches. En sus redes, se había observado cómo se maquillaba, cómo conducía un coche con cigarro en mano (imprudencia que hizo que cortaran el vídeo), cómo enfundada en un vestido de novia a la fugaba corría hacia un lugar. Y el lugar parecía que era el Times Square español, pues allí, en las pantallas gigantes de las fachadas de Callao, se proyectaba una cuenta atrás. Así que todos nos pusimos a correr con ella. Para vivirlo con ella.
No se anunció nada concreto, pero la capacidad del enigma movilizó la especulación de la gente sedienta de sentirse parte de un momento histórico. El boca a boca saltó de WhatsApp a WhatsApp, de stories de Instagram a stories de Instagram, de comentarios de TikTok a comentarios de TikTok. La plaza se llenó. Todos sintiéndose parte de un acontecimiento irrepetible. Todos grabando con el móvil las pantallas con una cuenta atrás. Todos coreando al unísono los segundos que faltaban ¡5, 4, 3, 2, 1…! Pero, entonces, en la pantalla, solo salió una imagen fija de la portada del disco de Rosalía que estaba a punto de lanzarse, Lux. Una imagen fija que ya se había publicado. Decepción.
La incógnita provocó que la gente corriera a estar presente en la emoción “del todo puede pasar”. Aunque no pasara nada. El performance salió redondo para llenar de titulares los medios de comunicación al día siguiente y que empezara a estar en la conversación social lo nuevo de Rosalía. Así fue.
Felicidades. Hoy es el primer aniversario de aquella noche de emociones que llevaron al colapso a Callao. Y, sin embargo, ya habíamos olvidado tal caos. Consecuencias de la cultura del hype, donde el decorado importa más que el arte, donde cada semana hay un día histórico. Porque el talento hay que transformarlo en experiencia en tiempos de la excitación del FOMO. No es suficiente con disfrutarlo, cada espectáculo debe ser el mejor o el peor de la historia. Sin puntos medios. Tampoco basta con sentirlo, hay que protagonizarlo en tu Instagram, en tu TikTok. Y fardar al mundo de que estuviste allí, claro. El espectador ya no solo completa el arte con el criterio de su mirada, también desea protagonizarlo con su presencia en primer plano de reacción. Que para eso tenemos smartphone. Una sensación que nos lleva a buscar hasta debajo de las piedras días históricos que ni siquiera somos capaces de recordar. Porque son para posarlos más que para pensarlos, son para devorarlos más que para celebrarlos, en una dinámica de las redes sociales en la que es más fácil que nunca teledirigir qué vamos a amar o qué vamos a odiar. Aunque, al final, terminamos sobre todo olvidando. Porque entre tanto impacto escasea el margen para degustar.
