Sam Carr, psicólogo: “Los remordimientos y las relaciones no resueltas pueden volverse más urgentes a medida que se agota el tiempo”

A medida que pasan los años la sensación de dejarse algo en el tintero puede aparecer. Una conversación con un familiar, con un amigo o con una pareja que no se llegó a terminar. Un enfado que no se gestionó o una situación que generó dolor y simplemente queda incompleta.
Las situaciones pueden variar en cada persona y en cada contexto pero el arrepentimiento, la sensación de soledad o de que el tiempo se agota puede reabrir conflictos familiares que llevaban décadas enterrados. El psicólogo Sam Carr, investigador de la Universidad de Bath, describe este fenómeno como dolor biográfico, un malestar que crece a medida que disminuyen las oportunidades de reparar lo que quedó roto.
Carr trabaja en el Centro para la muerte y sociedad de esa universidad británica, donde estudia las experiencias emocionales de las personas mayores. En sus investigaciones recogió el testimonio de Martha, una mujer que arrastra el rechazo de su madre desde la infancia. “No hay nada más doloroso que sentirse invisible para tu madre”, le confesó la mujer, según relata el propio Carr. Pero también propone maneras de gestionar esa conversación abierta y la culpa con terapia y conversaciones sobre el dolor.

El concepto de dolor biográfico fue desarrollado originalmente por el gerontólogo británico Malcolm Johnson. Lo definió como un sufrimiento psicológico y espiritual asociado al recuerdo de agravios sufridos, promesas incumplidas y relaciones que nunca se resolvieron, que se intensifica ante la conciencia de la propia finitud.
Qué es el dolor biográfico y por qué aparece en la vejez
Durante la juventud, los conflictos personales conviven con una expectativa implícita de que habrá tiempo para resolverlos. Esa posibilidad, aunque remota, permite postergar las disculpas pendientes o los reencuentros aplazados sin que el malestar se vuelva insoportable.
Con el paso de las décadas, esa sensación de margen se reduce. Las personas involucradas en los conflictos pueden haber fallecido, la salud puede haberse deteriorado o las circunstancias pueden haber cerrado puertas que antes parecían abiertas. Carr sostiene que esta etapa obliga a enfrentar una realidad concreta. “Hay poco tiempo para reescribir el guion, cambiar de rumbo o enmendar errores”, explica el psicólogo.

El dolor biográfico no se limita a las heridas provocadas por otros. También incluye la culpa por decisiones propias, el arrepentimiento por caminos no elegidos y el resentimiento acumulado por daños recibidos. Según Johnson, buena parte de este sufrimiento permanece oculto, salvo que se manifieste a través de síntomas físicos o mentales que terminan por hacerlo visible.
La psicóloga española Beatriz Berjón, del Instituto Psicológico Cláritas, explicó en este medio que ciertas figuras y vínculos de la infancia condicionan, sin que la persona lo advierta, los problemas que desarrolla en la edad adulta. Según la especialista, los conflictos antiguos que no se resuelven a tiempo tienden a reaparecer años después bajo otra forma. “En edades más adultas, estas diferencias suelen aparecer por roles familiares perpetuados, asuntos no resueltos del pasado o factores externos”, señaló Berjón en referencia a las dinámicas familiares que se arrastran durante décadas.
Escuchar sin juzgar, la clave para sanar las heridas del pasado
Los acontecimientos del pasado no pueden modificarse, pero sí puede cambiar la forma en que una persona los lleva consigo. Carr propone como respuesta la práctica de la escucha biográfica, un proceso que consiste en acompañar a quien narra su historia sin emitir juicios ni ofrecer consejos no solicitados.
El objetivo de esta técnica no es resolver los conflictos del pasado, sino ofrecer un espacio donde esos relatos puedan expresarse con libertad. “El resultado suele ser la sensación de que la propia biografía ha sido compartida, escuchada y aceptada sin juicios”, explica el investigador de Bath.

Berjón coincide en que la empatía resulta determinante para salir de un conflicto enquistado. “Sin esta empatía es difícil salir del resentimiento, la idea es poder transmitir lo que nos ha dolido sin acusaciones, juicio o comparaciones, asumiendo que en un conflicto ambas partes tienen su responsabilidad y motivos para estar dolidos”, declaró la psicóloga. La especialista recomienda, además, buscar ayuda de un profesional cuando el malestar lleva años instalado y las partes involucradas no logran avanzar por sí solas.
Cuando el dolor persiste o interfiere con la vida diaria, la terapia individual o grupal puede ofrecer herramientas específicas para procesar estas experiencias, en especial cuando faltan espacios de confianza en el entorno cercano de la persona mayor.





