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Por qué Patti Smith sigue siendo una inspiración para Rosalía y la generación Z

Por qué Patti Smith sigue siendo una inspiración para Rosalía y la generación Z

‘Éramos unos niños’, las emblemáticas memorias de juventud de la madrina del punk, vuelven a leerse gracias al impulso de las nuevas generaciones de lectores

Dos novelas inéditas de Ignacio Aldecoa aparecen en un archivo de Madrid

“Éramos unos niños es el libro que más me ha influenciado. Es un libro increíble y una cápsula del tiempo de cuando la creatividad estaba surgiendo de verdad”. Son palabras de Dua Lipa, la reina Midas de la prescripción literaria en la era de BookTok, BookTube y Bookstagram. Fue en esta última red social donde la apodada como “madrina del punk” compartió un selfi junto a Rosalía el pasado mes de octubre, tras actuar en el Teatro Real de Madrid como parte de la gira por el 50 aniversario de su mítico álbum debut, Horses (1975). “Quiero llorar”, le contestó la catalana, “Te adoro”. Poco después se sabría que una grabación de Smith aparece en una de las canciones de Lux, el último álbum de la artista española.

Dua Lipa y Rosalía no han sido las primeras en descubrir a Patti Smith (Chicago, 1946), claro, pero no todos los artistas pueden jactarse de contar entre sus incondicionales a jóvenes que han crecido con el reguetón, el trap y la música electrónica como banda sonora popular. Y, por si no fuera poco, no solo entonan sus temas, sino que la leen. Leen sus versos y sus libros de memorias. Porque resulta que Patti Smith también escribe, y dibuja, y fotografía, y hace activismo por el medio ambiente, el pacifismo y los derechos humanos, y nada de eso se le da nada mal. También lo decían Joan Didion, William S. Burroughs y Edmund White.

Su título más emblemático, Éramos unos niños (National Book Award de No ficción 2010), ha vuelto a las librerías en una nueva edición con motivo de su reciente gira y del lanzamiento inminente de lo que se han descrito como sus “memorias definitivas”, Pan de ángeles (2025), que ha llegado a las mesas de novedades este mes de noviembre. Lumen, la editorial que desde hace años se encarga de publicar su obra en castellano, reedita con una nueva cubierta este libro de memorias de juventud con traducción de Rosa Pérez.

Una niña enamorada de los libros

Érase una niña pícara, flaca y desgarbada que se enamoró de los libros. No brillaba en los estudios ni en la oración; desafiaba a la autoridad y le decían que tenía la cabeza en las nubes. Su familia, trabajadora, le transmitió el gusto por el arte en su totalidad: la lectura, las artes visuales, la música. Aquellas experiencias le provocaron epifanías silenciosas que, poco a poco, forjaron su identidad. Y así, esa chiquilla rebelde llamada Patricia Lee Smith creció entre clases de catequesis, castigos en la escuela y momentos de intimidad reveladora en compañía de Arthur Rimbaud, Pablo Picasso, Diego Rivera y los demás creadores que avivaron su imaginario y su espíritu.

No era una niña mona con falda de cuadros de colegio privado. Se identificaba más con el “chicazo” (sic) Jo March, la protagonista de Mujercitas (1868), la novela que le abrió el camino a la posibilidad de ganarse la vida con sus palabras. El clásico de Louisa May Alcott une a Patti Smith con Simone de Beauvoir, Susan Sontag, Gloria Steinem, Ursula K. Le Guin y otras muchas autoras que han reconocido la influencia crucial que tuvo el libro en su determinación de convertirse en escritoras. Ahí terminan las semejanzas: la futura cantante de rock se nutrió asimismo de artistas que entonces no eran canónicos: el arte vanguardista y la música underground, que se cruzaban con su educación religiosa.

En la adolescencia compaginaba los estudios con un empleo en una fábrica. Nunca tuvo reparos a la hora de arremangarse; había asumido con naturalidad que tenía que arrimar el hombro, no lloriqueaba por no poder volcarse en su vocación, iba tirando. Se matriculó en la carrera de Magisterio –la primera universitaria de su familia–, aunque fue solo por el empeño del padre, y no la terminó. Tuvo un embarazo precoz, fruto de la relación con un chico aún más inmaduro que ella, y dio a su hijo en adopción. Nunca ha ocultado esa experiencia, que por supuesto la marcó, pero no se autocompadece.

Una mujer libre

Hubo un momento, en su primera juventud, en el que su cabeza hizo “clic”. Tenía que perseguir sus sueños, era ahora o nunca. Y el camino no estaba en la facultad, en el plato de comida caliente de su madre y las calles conocidas de su barrio. Tenía que marcharse, aunque careciera de certezas; tenía que seguir el camino que habían iniciado los artistas que le trastocaron la mente. El destino ya no era el París bohemio donde fumaban los poetas de principios de siglo, sino la metrópoli que por aquel entonces era la cuna del movimiento contracultural.

“Era un buen día para llegar a Nueva York. Nadie me esperaba. Todo me aguardaba”. Y así, con una mano delante y otra atrás, pero con la disposición absoluta de quien cree en sí mismo, llegó a la gran ciudad. Buscaría trabajo, haría contactos con quienes sí podían estudiar las disciplinas que le interesaban, se movería por el círculo cultural y artístico. Por supuesto, todo resultó mucho más difícil de lo que esperaba. Su falta de feminidad en el vestir y en las formas le cerró muchas puertas. Pasó hambre, durmió en la calle, se intentaron aprovechar de ella; pero lo cuenta sin victimizarse. Ya entonces era una tipa dura. Con el corazón sensible, eso siempre, pero tenaz y cabezota y libre.

Sobre todo eso, libre, una palabra que se repite como un mantra a lo largo del libro. No solo la pronuncia ella: en Brooklyn conoce a alguien que marcará su vida para siempre, como ella lo marcará a él. Serán colegas, amantes, novios, compañeros de penurias y de brotes de creatividad. Amigos, serán amigos; de los que no huyen cuando sube la marea. Ellos se enfrentaron a muchas olas, pero tanto él como ella tenían convicción, creían en sí mismos, en dedicarse al arte, aunque nadie se lo hubiera pedido, aunque nadie hubiera elogiado su talento, aunque nadie les regalara nada. Tenían su instinto, y sus manos.

Amor y traición

Él era el fotógrafo Robert Mapplethorpe (Nueva York, 1946-Boston, 1989), fallecido de complicaciones por el sida a los 42 años. Éramos unos niños, el libro dedicado a relatar los entresijos de su amistad, se abre con el momento de su muerte: era el final del sueño, el sueño de aquellos jóvenes pobres, libres y enamorados del arte que vivieron el verano del amor entre empleos de poca monta, sopas de lechuga (“mi especialidad […] Aquella exquisitez consistía en caldo de pollo aderezado con hojas de lechuga”) y varios discos rayados de tanto oírlos en bucle porque rara vez podían permitirse comprar otros.

Se conocieron mientras ella trabajaba como cajera, y más tarde un encuentro casual pero afortunado (él la salvó de un escritor que quería propasarse) los unió para siempre. Se dieron cuenta de que ambos se habían comprometido con el arte y la vida bohemia: “Era artista y lo sabía. No se trataba de una noción infantil. Se limitaba a reconocer lo que era suyo”. Compartieron habitación, libros, canciones, hundimientos. Se amaron, fueron algo parecido a una pareja. Y se traicionaron. Ella se fue a París con su hermana, halló nuevas inspiraciones. Él se perdió a sí mismo. Hasta que se volvieron a encontrar.

Es a partir de esa segunda etapa de su relación que comprendieron de qué forma podían salir adelante. Robert le confesó su identidad homosexual, que había tratado de reprimir, resultado de la educación de una familia religiosa muy estricta (a ella también la habían educado en el cristianismo, pero desde una mentalidad abierta a las nuevas costumbres). Dejaron Brooklyn atrás y se mudaron al Hotel Chelsea, popular porque por allí pasaban las figuras de la escena underground de la que aspiraban formar parte. Compartían una habitación minúscula, pero con el orgullo de poder pagarla, de no deberle nada a nadie.

Unas memorias sinceras

“Al parecer, queríamos lo que ya teníamos, un amante y un amigo con quien crear, codo con codo. Ser fieles, pero libres”. Los años sesenta, en el ambiente en el que se movían, propiciaron una apertura de conciencias que les permitió explorar su sexualidad y tratar de construir relaciones bajo paradigmas alternativos al matrimonio tradicional. Al igual que con su vocación habían elegido apearse del camino recto para entregarse en cuerpo y alma a la incertidumbre, en el amor también buscaron su particular libertad. Porque se querían, pero tenían que construir juntos una manera de quererse que les funcionara.

Hubo idas y venidas, enfermedades, distanciamientos, tropiezos, no siempre estuvieron tan unidos como en aquellos años en que, como dijo un hombre que los vio por la calle, “eran unos niños”. A lo largo de sus memorias, la voz de Patti Smith rebosa honestidad, la sinceridad de quien no teme exponer nada, porque si algo perdió desde muy joven es la vergüenza. Ser libre es vivir sin pedir perdón ni permiso. Con respeto por el prójimo, eso siempre, pero también por uno mismo. Nunca hay que olvidarse de uno mismo.

Entró más gente a sus vidas. Siguieron creando, cada uno lo suyo, siempre compartido. Llegaron los momentos luminosos, las extraordinarias sesiones de fotografías de él y el disco y la gira y las colaboraciones de ella. Lo habían conseguido, por fin. No se habían equivocado. Y aprendieron que el éxito, a menudo, trae aparejada una negra renuncia: el nuevo compromiso con su carrera los llevó por sendas separadas, aunque nunca dejaron de quererse. Nunca dejaron de ser amigos, amigos –y perdón por la cursilería– del alma. Si alguien se merece ese calificativo, es el tándem Robert Mapplethorpe y Patti Smith.

Dos amigos con trayectorias hasta cierto punto paralelas hasta que llegó el día en el que (es inevitable) tomaron caminos divergentes, aunque siempre afines, siempre dedicados al arte, a sí mismos, a su proyecto personal. Hay sincronicidades asombrosas entre ellos; lo más impresionante, no obstante, es cómo se convierten en un soporte incondicional el uno del otro, en lo que ahora se denomina “familia encontrada” (found family). Todavía hoy, un joven que sienta que no encaja a su alrededor, que tiene una vocación contraria a lo que los demás esperan de él, puede encontrar mucha motivación en esta historia.

Patti Smith, fotografiada por David Arnoff
Patti Smith, fotografiada por David Arnoff

E incluso sin necesidad de aspirar a una carrera artística se puede aprender mucho de las vivencias de Patti Smith, porque Éramos unos niños, al igual que los libros de memorias de Jeanette Winterson, Joan Didion o Tara Westover, trasciende el interés que se pueda tener por la autora para erigirse en algo más, en algo que alumbra, alienta, acompaña. El destino le sonrió a la cantante y poeta, pero lo más valioso del trayecto es su actitud, esa convicción sin fisuras, esa perseverancia, esa confianza cuando las cosas parecen ir mal. Nunca le pareció un sueño imposible, pero sabía que tendría que transitar un terreno andrajoso para llegar.

Y aquí está hoy, cantando, contando su vida como una colega. Esa es otra clave: escribe de maravilla, y además resulta cercana, no pierde la sencillez de la mujer trabajadora. Ni víctima, ni triunfadora; ella se presenta como alguien más, alguien de los nuestros. Con unos valores inquebrantables para con sus seres queridos, su público, su arte, su sentido ético. Por todo esto, por labrarse una vida coherente consigo misma sin rendirse jamás, ha inspirado a muchas generaciones y va a seguir haciéndolo, con Éramos unos niños, con sus composiciones, con sus conciertos y con mucho más. People Have the Power.

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'Me acuerdo', la obra de Georges Perec que demuestra que 480 recuerdos bien elegidos valen más que una montaña de memorias virtuales

'Me acuerdo', la obra de Georges Perec que demuestra que 480 recuerdos bien elegidos valen más que una montaña de memorias virtuales

La editorial Impedimenta recupera el icónico libro del escritor francés en una nueva edición y traducción a cargo de Eduardo Berti

Sally Rooney retira sus novelas de las librerías de Reino Unido por la persecución a su apoyo a Palestine Action

Hay pocos escritores, y creadores en general, que merezcan tanto el adjetivo “original” como él: Georges Perec (París, 1936-Ivry-sur-Seine, 1982), autor de novelas, ensayos, teatro, poemas, guiones y artículos, además de miembro del grupo de experimentación literaria Oulipo. Fue un literato todoterreno, único y prolífico. Se le suele denominar un autor “de culto”, pero lo cierto es que su obra se ha leído en amplitud y hasta ha creado escuela. Al menos, con algunos de sus títulos. Entre ellos, Lugares, por el que su traductor Pablo Martín Sánchez acaba de ser galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción.

Dentro de la fértil trayectoria de Perec, el año 1978 supuso un hito al ver la luz dos de sus libros más emblemáticos: por un lado, la monumental La vida instrucciones de uso (Premio Médicis), considerada por muchos su obra maestra, una indagación en la memoria con una estructura organizada en torno a un edificio parisino y las historias de sus inquilinos a lo largo de más de un siglo; por el otro, la breve Me acuerdo, un texto de apariencia simple que muchos han imitado, aunque no siempre con la misma gracia.

Ese Me acuerdo ha vuelto este año a las librerías de la mano de Impedimenta, con una nueva edición y traducción de Eduardo Berti, autor de la casa y 'oulipiano' como Perec. Su contenido es de sobra conocido: una enumeración de recuerdos, de lo más trivial a lo profundo, expuestos en frases sencillas y sin voluntad de conformar un relato con ellos. Recuerda a personas, noticias, modas, lugares, obras, medios de transporte y anécdotas variopintas. Todo parte de lo íntimo, de las vivencias de su infancia y juventud, pero, como sin querer, conforma la radiografía de una generación, de un mundo perdido.

El texto tiene más elaboración detrás de lo que su presentación puede dar a entender: el autor le dedicó varios años, durante los que trabajaba como bibliotecario y, por lo tanto, tenía acceso a documentos que fueron su particular magdalena de Proust y despertaron esa sucesión de recuerdos. Los fue apuntando al tiempo que avanzaba en su ya citada obra magna, que por aquel entonces le ocupaba la mayor parte del tiempo.

La memoria y cómo fijamos (o no) los recuerdos

Leída hoy, Me acuerdo aporta algo más que el conocimiento de una época y un lugar determinados, o que el descubrimiento de un método narrativo singular. En general, provoca una reflexión en torno a la memoria y el modo en el que fijamos (o no) los recuerdos, en un momento en el que todo parece almacenarse (que no es sinónimo de recordar) en una nube. La nube es el espacio de Internet donde se guardan archivos y datos, pero también ese agregado de partículas que impide ver con claridad, que nos “emborrona” la vista; y ahora no nos faltan estímulos que actúan como niebla tóxica.

Sin embargo, no basta con comparar el presente hiperconectado del siglo XXI con la sociedad analógica en la que vivió Perec para entender las claves de su proyecto. De entrada, hay que tener en cuenta que toda su obra, desde sus comienzos, está marcada por la memoria de la Segunda Guerra Mundial: sus padres, polacos judíos emigrados a Francia en los años veinte, murieron durante la contienda. Perec creció con sus tíos, y no olvidó, aunque tampoco se dejó llevar por la desesperanza.

Ya se ha dicho: en sus recuerdos cabe lo grave, pero también lo ligero, lo anecdótico. Porque la vida es así, en la vida hay de todo. Lo recopilado, además, ha pasado por un filtro: frente a la acumulación a la que se tiende hoy, Perec selecciona 480 recuerdos, que pueden parecer muchos al ver la cifra, pero, comparados con el scroll infinito y la cadena de enlaces de la red, constituyen una cantidad cerrada e incluso manejable.

El eclecticismo de su selección funciona como un juego: el propósito no es narrar una autobiografía a la antigua usanza, centrándose en los hechos relevantes, sino plantear algo distinto, una travesura con cierto fondo (no en vano algunos elementos son eso mismo, juegos: “444, Me acuerdo del yoyó”). El tipo de detalles que a menudo se pasa por alto en las memorias tradicionales, por tacharse de trivial o superfluo. No obstante, estas curiosidades desencadenan a su vez el reconocimiento de los lectores, cómplices del autor en su aventura por los meandros del pasado.

Un pasado que se reconstruye sin nostalgia, porque, como analiza Eduardo Berti en el prólogo, “lo que Perec propone con Me acuerdo es arrancarnos del intimismo narcisista y del goce autárquico. Me acuerdo no dice que ‘antes era mejor’, dice que antes era antes, y la lista restablece el orden en el desorden”. A Perec, como a los de su generación, no se le hubiera ocurrido idealizar el pasado, por mucho que fuera el universo de su niñez. Y, también como los de su generación, estaba curtido en el compromiso con la memoria histórica, con las víctimas; es decir, con el otro, con los derrotados de la guerra, con los expulsados de la sociedad, con los seres marginales como él mismo fue alguna vez.

El precio de tenerlo todo al alcance

¿Y qué nos dice todo esto hoy? Tenemos tan al alcance la herramienta de “guardar” que almacenamos fotografías, artículos, canciones y notas varias por doquier. La lista —o las listas— de tareas, compras, deseos, propósitos se vuelven interminables. No es culpa del individuo: el ritmo de productividad del tardocapitalismo, tanto en bienes materiales como en contenidos digitales, hace imposible su asimilación. La experiencia se vuelve superficial, fragmentada y dispersa; saltamos de una página a otra, leemos los titulares, escuchamos un audio acelerado, añadimos libros por leer, opinamos sin saber.

Esa sensación de tenerlo todo al alcance se vuelve en nuestra contra; en la práctica, es tan apabullante que obnubila, paraliza. No, no nos convertiremos en el superhéroe que es capaz de abarcarlo todo, en el artista que crea la obra total. En esa renuncia, leer Me acuerdo puede ser una válvula de esperanza. Porque recuerda el poder de lo acotado: mejor apuntar 480 (o diez, o mil) que mirar de reojo el infinito de la nube. También recuerda el atractivo de la heterogeneidad: no todo tiene que ser lo más elevado; no todos los libros tienen que ser La vida instrucciones de uso.

Y, claro, es asimismo una invitación a la risa, a tomarse menos en serio a uno mismo; listar recuerdos no tiene por qué ser un ejercicio de nostalgia funesta, esa nostalgia que hoy trata de despertar fantasmas peligrosos. Tampoco es un mero diario personal, una mirada al ombligo: los nombres, las películas y todo lo demás que se recopila se eleva a conciencia de la vivencia particular para enfatizar los vínculos que nos unen, que dan sostén a cada sociedad, cada cultura, cada época.

Hoy, cuando cada vez hay más gente que recupera costumbres analógicas, como escribir cartas, llevar un diario personal o utilizar un teléfono sin conexión a Internet, este libro de Perec puede tomarse como inspiración: no fue su obra cumbre, pero ha permanecido, ha inspirado, sigue siendo simpática. Y todo comenzó como unas frases que el autor iba apuntando en ratos sueltos. Hay algo claro: mejor tomar notas —escuchar una canción, ver una película, leer un libro, responder un correo— y asumir las limitaciones humanas que dejar el abismo para un mañana en el que no, no seremos mejores. En cambio, en ese mañana agradeceremos haber dejado algo hecho, fijado en algo más sólido que una nube; aunque solo sean unas frases escritas de nuestro puño y letra, en un cuaderno.

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Han Kang, una premio Nobel que reflexiona sobre su escritura y la forma de cultivar su jardín

Han Kang, una premio Nobel que reflexiona sobre su escritura y la forma de cultivar su jardín

La autora surcoreana publica ‘La luz y el hilo’, un compendio de textos de no ficción en los que aborda las preguntas que alimentan su literatura y un diario de jardinería en el que cultivar la tierra se convierte en otra forma de explorar la vida

Han Kang utiliza la violencia de la tinta y la sangre contra el trauma

Cuando en 2024 recibió el Premio Nobel de Literatura, Han Kang (Guangju, 1970) se convirtió en una de las galardonadas más enigmáticas del panorama literario. No solo porque por aquel entonces apenas se habían traducido unos pocos libros suyos; tampoco por la distancia sociocultural entre su país, Corea del Sur, y Occidente. Se trataba de una barrera mucho más íntima: Han Kang no es una autora que se prodigue en entrevistas ni apariciones públicas, ni suele hablar de sí misma (al menos de forma abierta) en su obra.

También hay que tener en cuenta que el reconocimiento internacional le llegó, más que tarde, a destiempo: había publicado La vegetariana, su gran éxito, en 2007, pero no fue hasta casi diez años más tarde, en 2016, cuando la traducción al inglés obtuvo el Premio Booker Internacional, que propició numerosas traducciones alrededor del globo. Ella ya se encontraba en otro punto de su carrera y de su vida cuando el público —el extranjero, pero también el coreano, porque durante un tiempo no contó con el beneplácito de sus compatriotas— descubrió con fascinación aquella demostración de genio de su juventud.

Sea como sea, lo cierto es que la imagen de Han Kang se limitaba a esa maravilla de la narración experimental estremecedora que es La vegetariana, y a aproximaciones a las consecuencias de los traumas políticos en títulos como Actos humanos (2014). Una narrativa, por lo tanto, marcada por la violencia humana en sus múltiples encarnaciones, con la excepción, quizá, de Blanco (2016), un texto breve y poético, más personal, en el que enlaza pequeñas meditaciones a partir de la muerte de su hermana mayor, a los dos meses, una pérdida que marcó a su familia y por ende a ella; este libro es, en cierto modo, la demostración de que su prosa también puede ser luminosa.

Lo bueno del siempre controvertido Premio Nobel es que, al menos, genera un aluvión de traducciones, y Han Kang no está siendo una excepción. Tras recuperar las novelas Imposible decir adiós (2021) y Tinta y sangre (2010), el libro de poemas Guardé el anochecer en un cajón (2013) y el cuento infantil Hada del trueno, hada del relámpago (2007), llega a las librerías La luz y el hilo (2025), un compendio de textos de no ficción entre los que se cuentan sus primeros escritos tras recibir el galardón.

En las primeras páginas encontramos cavilaciones de Han Kang en torno a su escritura, algo parecido a lo que hace Annie Ernaux en sus diarios, solo que sin recrearse tanto en sus vivencias personales. Recuerda la génesis de algunas de sus obras más importantes, de La vegetariana a Imposible decir adiós, y cómo algunas preguntas clave espolearon su proceso creativo: “¿Por qué el mundo es tan violento y doloroso? ¿Y cómo es posible que aun así sea tan bello?”.

El amor y la violencia, pilares fundamentales

El amor y la violencia son dos pilares de su universo narrativo, aunque eso es algo de lo que ella misma ha ido tomando conciencia con el tiempo. No es una autora que lo tenga todo claro antes de sentarse a escribir, sino que, más bien, se toma cada nuevo proyecto como una búsqueda, una búsqueda que a su vez la salva a sí misma de la angustia de la existencia terrenal: “Lo que me impulsó a la vida fue simplemente el acto de escribir”. Y es que escribir, ahondar en una investigación, es una forma de mantenerse en pie.

Como punto de partida de estos apuntes, Han Kang vuelve sobre dos preguntas que encontró en un diario infantil; unas frases en apariencia inocentes que, sin embargo, se han revelado casi proféticas de su concepción del hecho literario, de su acercamiento a la vida y por extensión a la literatura: “¿Dónde está el amor? Dentro de mi pecho palpitante” y “¿Qué es el amor? El hilo dorado que une nuestros corazones”.

Esta obsesión por el sentido del amor puede chocar en una autora que escribe de manera tan cruda sobre la violencia social y política, la guerra, el trauma. Ella misma medita al respecto, para concluir que el dolor y el amor no dejan de ser dos caras de una moneda, que al escribir sobre las ruinas y las heridas incurables evoca al mismo tiempo un latido interior —una esperanza— que lucha por abrirse camino, por resistir a pesar de todo.

La escritora Han Kang firma libros durante la diada de Sant Jordi
La escritora Han Kang firma libros durante la diada de Sant Jordi

Sus fuentes de inspiración van desde los sueños a los hallazgos históricos que la han obsesionado durante décadas, sin olvidar la importancia de los paseos por esa naturaleza en ocasiones árida que tanto se respira en obras como Imposible decir adiós. El libro recoge asimismo algunos poemas, una forma de canalización más breve e inmediata de sus desasosiegos. Termina sus reflexiones con una mirada a su próxima novela: “¿No debería escribir sobre las cosas que hablan de la vida mientras tenga vida?”.

Cultivar un jardín, cultivar las palabras

Cerca de la mitad de La luz y el hilo recoge las páginas de un diario de jardinería escrito entre 2021 y 2023, en el que la autora narra la evolución del modesto jardín que empezó a cultivar en su último hogar. De los consejos de un jardinero experto sobre los cultivos más adecuados o el truco de utilizar un espejo para aprovechar mejor la luz del sol a los minúsculos descubrimientos cotidianos estación tras estación, la maravilla de observar cómo la naturaleza tiene sus ciclos y, a la vez, es asombrosa, deslumbrante.

Son muchos los escritores que a lo largo de la historia han desarrollado esta afición. De Emily Dickinson a Antonio Muñoz Molina, hay algo en el trabajo con las manos en la tierra que conecta al autor con la materia viva y robustece una actividad tan intelectual como la escritura. El trabajo de mantener un huerto o un jardín tiene paralelismos con la escritura: ambos son oficios que requieren paciencia, pero constancia; ambos necesitan partir de una mirada asombrada, para advertir los cambios en las plantas y para contar el mundo desde una perspectiva reveladora, única; y ambos son hábitos humildes, gestos no destinados a la productividad, que no dependen de tecnologías complejas y que a lo largo de los siglos no han cambiado más que en lo superficial.

Han Kang posa en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB)
Han Kang posa en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB)

Y, para autores como Han Kang, el jardín, el hecho de aprender a estar en armonía con la naturaleza, constituye una inspiración poética: “Pero incluso en esta casa introvertida, hay un lado abierto al exterior: el cielo del patio. Me quedé mirando durante un largo rato la nieve que caía de allí arriba”. El jardín como espacio de sosiego, de conexión con lo vivo, de expansión de sí misma; ni más ni menos que lo mismo que la literatura.

La luz y el hilo, que está traducido por Sunme Yoon, su traductora habitual, forma parte del nuevo proyecto de Penguin Random House: Láurea, una colección de textos breves, tanto inéditos como ya publicados, firmados por escritores “laureados” con el Nobel. La intención es que sirva tanto como primera toma de contacto con estos autores como, para quien ya los haya leído, una vía para profundizar en ellos o redescubrirlos desde otra perspectiva. Los primeros siete títulos incluyen además a Albert Camus, Doris Lessing, José Saramago, Mario Vargas Llosa, J.M. Coetzee y Svetlana Alexiévich.

La crisis de la atención sin duda influye en esta proliferación de líneas de publicaciones breves que se está viviendo en los últimos años, como los Nuevos Cuadernos Anagrama o las colecciones en pequeño formato de editoriales como Libros del Asteroide, Nórdica o Tránsito. Más allá de la oportunidad de negocio, ojalá iniciativas como Láurea vayan más allá de la anécdota y despierten de verdad la curiosidad por continuar leyendo.

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