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“Debería irme a dormir, pero no voy a hacerlo”: Arthur Brooks explica qué es la procrastinación vengativa y por qué afecta la felicidad

Arthur Brooks afirma que la decisión voluntaria de postergar el descanso perjudica la felicidad personal (Yt: @Dr. Arthur Brooks)

Dormir poco no siempre es un problema de colchones, ruido o pantallas. Para muchas personas, la barrera principal está en ellas mismas: en la decisión —muchas veces inconsciente— de postergar la hora de acostarse como un acto de rebeldía contra su propia disciplina. Así lo sostiene Arthur Brooks, profesor de Vanderbilt University e investigador sénior de Harvard Business School, para quien esa resistencia puede ser el mayor obstáculo entre una persona y su felicidad.

Cómo el sueño impacta la felicidad (y la infelicidad)

A diferencia de otros especialistas que abordan el descanso desde la salud o la longevidad, Brooks sitúa su análisis en un terreno diferente: la relación directa entre dormir bien y ser más feliz. En su programa Office Hours, emitido a través de su canal de YouTube @Dr. Arthur Brooks, el profesor explica que la felicidad y la infelicidad no funcionan como extremos de una misma escala, sino como fenómenos separados que el sueño impacta de manera independiente.

Del lado de la felicidad, dormir lo suficiente permite disfrutar más de la vida cotidiana. Las personas descansadas tienden a ser más sociables, experimentan con mayor frecuencia emociones positivas y forman mejores recuerdos. “El disfrute de la vida es placer; más personas, más memoria, y las tres partes mejoran con una buena noche de sueño”, precisó Brooks.

Del lado de la infelicidad, la privación de sueño activa un estado de alerta que el cuerpo interpreta como amenaza. Las hormonas del estrés se elevan, aparece una mentalidad de escasez y la tolerancia hacia los demás se desploma. “Si notaste que estás más irritable, que pierdes la paciencia en el tránsito, que no toleras la más mínima molestia de quienes te rodean —como tus hijos—, esa es la razón”, dijo Brooks.

El descanso adecuado incrementa la sociabilidad y fortalece la memoria en las actividades cotidianas (Imagen Ilustrativa Infobae)

“No es que no puedan: es que no quieren”

Cuando una persona consulta a un especialista, la conversación suele girar en torno a condiciones físicas inadecuadas (ruido, iluminación, temperatura), malos hábitos nocturnos como la exposición a pantallas, estrés o preocupaciones, e interrupciones inevitables como el cuidado de un bebé. Brooks reconoce que todas esas barreras existen, pero sostiene que el factor que más personas perjudica es otro: la decisión voluntaria de no irse a dormir.

El fenómeno se conoce en la literatura psicológica como procrastinación de la hora de dormir. Funciona como cualquier otra decisión cortoplacista: la persona sabe que lamentará quedarse despierta, pero el costo-beneficio del momento favorece mirar un capítulo más, seguir leyendo, responder mensajes o simplemente no moverse del sillón. La inercia de estar despierto hace que el cuerpo no registre cansancio suficiente como para imponer el cambio, y la noche avanza.

Una venganza que viene desde la niñez

Existe una variante más profunda de esa postergación que Brooks denomina procrastinación vengativa de la hora de dormir. En este caso, la persona no pospone el sueño por pereza ni por distracción, sino como una forma de afirmar su autonomía. “Debería irme a dormir, pero no voy a hacerlo. ¿Por qué? Porque no tengo que hacerlo”, describe.

El origen de esa conducta, según el profesor, se remonta a la infancia. Durante años, acostarse fue una orden impuesta por los padres, y resistirse era la forma más accesible de rebeldía. En la adultez, esa dinámica se traslada: la autoridad exterior desaparece, pero una versión interna la reemplaza, y la persona se rebela contra ella con las mismas herramientas de cuando era niño.

La paradoja, apunta el profesor, es que el perpetrador y la víctima de esa venganza son la misma persona. Quien se queda despierto para ejercer control paga el precio al día siguiente con peor humor, menos energía y una felicidad reducida. Y aun así, a la noche siguiente, el ciclo se repite.

La procrastinación de la hora de dormir ocurre cuando el individuo prioriza gratificaciones inmediatas sobre la cama (Imagen Ilustrativa Infobae)

Tres pasos para romper el ciclo

Para romper ese patrón, Brooks propone un proceso que traslada la decisión nocturna desde el impulso emocional hacia el pensamiento deliberado.

  1. El primer paso es pensar durante el día, no de noche, en cómo se produce el autosabotaje. Identificar a qué hora suele ocurrir, en qué circunstancias y qué actividades lo desencadenan. Ese ejercicio de metacognición —pensar sobre el propio pensamiento— es lo que saca la decisión del terreno emocional y la lleva al analítico.
  2. El segundo paso es fijar una hora de dormir realista y, media hora antes, recordarse que se trata de una elección propia. Brooks recomienda verbalizarlo: “Estoy eligiendo irme a dormir a esta hora”. El objetivo es desactivar la sensación de imposición que alimenta la rebeldía.
  3. El tercero es revisar si el mismo patrón aparece en otras áreas de la vida. Brooks menciona la comida chatarra consumida por desafío, las llegadas tarde por principio, los gastos impulsivos como declaración de independencia. Si la procrastinación vengativa se repite fuera del sueño, el problema no es dormir: es la relación con la propia autoridad.

El sueño como herramienta, no como obligación

Más allá de las herramientas prácticas, Brooks propone un cambio de perspectiva: dejar de ver el sueño como una obligación y empezar a entenderlo como una herramienta útil para resolver asuntos pendientes.

Para sostener esta idea, recurre a dos tradiciones espirituales. Desde el hinduismo, cita al gurú Bhagavan Sri Ramana Maharshi, cuya enseñanza plantea que el sueño es un estado de conciencia pura, superior a la vigilia. Desde el catolicismo, señala la devoción al San José dormido, a quien el propio Papa Francisco confiaba sus problemas colocando un papel bajo su estatua antes de dormir.

Brooks señala que la neurociencia contemporánea respaldó esa intuición: investigaciones recientes muestran que cuando una persona lleva un asunto personal al sueño, el cerebro continúa procesándolo durante la noche. Al despertar, es posible encontrar una comprensión que no existía antes de dormir. El mecanismo exacto no está del todo descifrado, pero los resultados coinciden con lo que esas tradiciones sostienen desde hace milenios.

La práctica de llevar preguntas a la cama y registrar notas matutinas disminuye la resistencia al reposo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La propuesta práctica es concreta: elegir una pregunta que funcione como un dilema personal —un cambio de carrera, una mudanza, una relación— y llevarla al sueño. Al despertar, anotar lo que se haya comprendido durante la noche y mantener ese registro durante semanas. El beneficio, según Brooks, es directo: quien comprueba que el sueño le aporta algo concreto deja de resistirse a ir a la cama. La procrastinación vengativa pierde fuerza porque la persona ya no necesita imponerse disciplina para acostarse; quiere hacerlo.

En su propia rutina, Brooks suma las condiciones básicas: evita los dispositivos electrónicos durante la última hora del día y no come en las tres horas previas al sueño.

El profesor admite que aún tiene noches de insomnio, pero sostiene que irritarse por eso produce el mismo efecto que la procrastinación vengativa: un conflicto innecesario con uno mismo. Su postura es que una mala noche ocasional no afecta el rendimiento del día siguiente, y que aceptarla con calma forma parte de la misma lógica: dejar de pelear contra uno mismo es, en definitiva, lo que permite dormir mejor.

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Reemplazar solo el 10% de los ultraprocesados se vinculó con un menor riesgo de cáncer de intestino: qué dieta recomiendan los expertos

La sustitución del 10% de los alimentos ultraprocesados por opciones mínimamente procesadas se asoció con una reducción del 2% en la incidencia de cáncer de intestino (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sustituir el 10% de los alimentos ultraprocesados por opciones mínimamente procesadas se asoció con una reducción del 2% en la incidencia de cáncer de intestino entre más de 460.000 adultos de Estados Unidos, según un análisis de Erikka Loftfield, líder de grupo en el QIMR Berghofer, publicado en The Conversation. El resultado no implica que todos los ultraprocesados tengan el mismo efecto: la composición nutricional y el tipo de producto modificaron la asociación con la enfermedad.

Los participantes del estudio fueron seguidos durante más de 20 años y se diagnosticaron más de 10.000 casos de cáncer de intestino. La investigación no encontró una relación entre el consumo total de ultraprocesados y la incidencia del tumor.

El trabajo incluyó a adultos de entre 50 y 71 años que no tenían cáncer al incorporarse, entre los años 1995 y 1996, al NIH-AARP Diet and Health Study, una investigación de largo plazo en Estados Unidos que relevó condiciones de salud, hábitos de vida, tabaquismo, actividad física y alimentación.

Los productos ultraprocesados con asociaciones opuestas

Los ultraprocesados abarcan productos como galletitas industriales, fideos instantáneos, bebidas azucaradas, carnes procesadas y papas fritas. La categoría también puede incluir refrescos, refrigerios envasados, panes elaborados a gran escala, yogures de fruta, salchichas y comidas listas para consumir.

El estudio sobre dieta y salud siguió a más de 470.000 adultos Unidos durante dos décadas y detectó 10.000 intestinales (Imagen Ilustrativa Infobae)

La clasificación Nova divide los alimentos y las bebidas en cuatro grupos de acuerdo con la naturaleza, la magnitud y el propósito de su procesamiento industrial:

  • El primer grupo reúne alimentos sin procesar o mínimamente procesados, como frutas y verduras frescas, semillas, huevos, leche y carne no procesada, entre ella el bistec.
  • El segundo grupo contiene ingredientes culinarios procesados, como aceites, manteca y azúcar.
  • El tercero incluye productos elaborados al combinar elementos de los dos grupos anteriores, como verduras conservadas en salmuera, fruta entera en almíbar, panes caseros y carnes curadas.
  • El cuarto grupo corresponde a productos elaborados con ingredientes, como emulsionantes sintéticos, o técnicas que no están disponibles para quienes cocinan en sus hogares, como la extrusión. La clasificación ubica allí a los alimentos ultraprocesados.

Al analizar por separado los distintos tipos de ultraprocesados, el estudio encontró que el mayor consumo de productos cárnicos reconstituidos, como las salchichas, se vinculó con una mayor incidencia de cáncer de intestino. En cambio, los postres congelados y productos lácteos como los yogures de fruta se asociaron con una menor incidencia.

Los cereales de desayuno y el pan también se relacionaron con menos casos. A su vez, los aportes de cereales integrales, fibra, lácteos y calcio procedentes de alimentos ultraprocesados mostraron una asociación con menor incidencia de la enfermedad.

Los alimentos como el pan, los cereales de desayuno y los yogures de fruta registraron una asociación con una menor incidencia de la enfermedad (Imagen Ilustrativa Infobae)

El alcance y los límites de la investigación

Los investigadores calcularon la ingesta diaria habitual de ultraprocesados a partir de la frecuencia y las porciones declaradas por cada participante. Aunque el cuestionario alimentario no había sido diseñado para medir el grado de procesamiento, una parte de los participantes aportó información detallada sobre todo lo que consumía y permitió contrastar las estimaciones. La comparación mostró que los cálculos del cuestionario coincidían estrechamente con esos registros más detallados.

Para el análisis se tuvieron en cuenta factores demográficos, de salud y de estilo de vida, entre ellos la actividad física, el tabaquismo y el consumo de alcohol. La investigación también evaluó por separado los aportes de lácteos, cereales integrales y carne según provinieran de fuentes ultraprocesadas o no ultraprocesadas. El reemplazo parcial de ultraprocesados por alimentos mínimamente procesados se calculó por peso equivalente.

Los resultados coinciden con las recomendaciones dietarias para prevenir el cáncer de intestino: priorizar frutas, verduras, cereales integrales y otros alimentos ricos en fibra; limitar la carne roja y procesada, incluidas las salchichas y carnes curadas; y reducir el consumo de alcohol.

Aun así, la asociación observada no permite establecer una relación de causa y efecto, ya que se trata de un estudio basado en cuestionarios y relaciones estadísticas. Estudios previos habían ofrecido resultados dispares: algunos asociaron una mayor ingesta de ultraprocesados con más casos de cáncer de intestino, mientras otros no detectaron esa relación.

La sustitución del 10% de los alimentos ultraprocesados por opciones mínimamente procesadas se asoció con una reducción del 2% en la incidencia de cáncer de intestino (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cuáles son los hábitos más frecuentes que dañan la salud ocular por el mal uso de los lentes de contacto

El agua atrapada entre el lente de contacto y la córnea genera las condiciones necesarias para el desarrollo de infecciones oculares (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un video viral en TikTok encendió las alarmas entre millones de usuarios de lentes de contacto en todo el mundo: una joven de 19 años aseguró que ducharse sin quitarse los lentes le está provocando la pérdida progresiva de la visión. La publicación acumuló más de 4,8 millones de “me gusta” y superó los 35.000 comentarios, lo que reavivó un debate que los especialistas en salud ocular intentan instalar desde hace años.

¿Exageración de redes sociales o riesgo real? Tres oftalmólogos citados por la revista Parade coincidieron en que la amenaza existe, aunque se trata de un escenario poco frecuente. El problema tiene nombre: Acanthamoeba keratitis, una infección parasitaria de la córnea causada por un microorganismo microscópico presente en el agua corriente.

Parásito en el agua de ducha ataca la córnea

Jorge Agi, profesor asistente de oftalmología en la Universidad del Sur de Florida y jefe del área en el Tampa General Hospital, precisó que el contacto de los lentes con el agua expone al ojo a diversos microorganismos. Entre ellos, el más peligroso es la Acanthamoeba, que infecta la superficie transparente del ojo y puede derivar en daños graves.

Cuando el agua contaminada queda atrapada entre el lente y la córnea —sobre todo si esta última presenta algún tipo de compromiso previo—, las condiciones son ideales para que la infección se desarrolle. Así lo señaló Daniel Brocks, oftalmólogo y director médico de BostonSight, quien advirtió que, aunque poco común, el riesgo no justifica el hábito de ducharse con los lentes puestos.

La dificultad para tratar esta infección agrava el panorama. Benjamin Lin, oftalmólogo de Texas Retina Associates y profesor asistente voluntario en el Bascom Palmer Eye Institute, precisó que la Acanthamoeba es capaz de formar quistes que permanecen latentes durante períodos prolongados, lo que convierte al tratamiento en un proceso complejo y doloroso.

Ducharse con lentes de contacto expone la superficie ocular a la Acanthamoeba keratitis, un parásito presente en el agua corriente (Imagen Ilustrativa Infobae)

Riesgos más allá de la Acanthamoeba con lentes

Además de la Acanthamoeba keratitis, existe otra amenaza bacteriana vinculada al uso de lentes de contacto en ambientes húmedos. Lin indicó que la bacteria Pseudomonas puede provocar úlceras corneales asociadas al uso de estos dispositivos. “Ambas pueden causar pérdida permanente de visión si la úlcera no se trata con rapidez. Incluso con un tratamiento agresivo, en ocasiones no logramos controlar la úlcera, y queda una cicatriz permanente en la córnea”, detalló el especialista.

Los síntomas de una infección corneal grave incluyen dolor intenso, enrojecimiento, sensibilidad a la luz y visión borrosa. En los casos más severos, las cicatrices en la córnea pueden ser irreversibles.

La regla se aplica a todas las aguas

La ducha no es el único entorno de riesgo. Agi fue categórico al respecto: “La misma regla general aplica para piscinas, lagos, ríos, océanos y jacuzzis. Lo ideal es retirar los lentes de contacto antes de exponer los ojos al agua”.

Para quienes dependen de los lentes para ver con claridad, prescindir de ellos en actividades acuáticas puede parecer complicado. El especialista recomendó como alternativa el uso de gafas de natación con prescripción, que permiten mantener una buena visión sin poner en riesgo la salud ocular.

“El consejo más sencillo que le doy a mis pacientes es que los lentes de contacto y el agua no deben mezclarse. Eso incluye el agua de la ducha, aunque parezca perfectamente limpia”, resumió Agi.

Los oftalmólogos recomiendan el uso de gafas de natación con prescripción para evitar la exposición al agua en piscinas y ríos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Prácticas de higiene que no se deben descuidar

Más allá de evitar el contacto con el agua, los especialistas coincidieron en que existen otras prácticas esenciales para prevenir complicaciones. Los lentes de contacto son dispositivos seguros cuando se utilizan de forma adecuada, pero, como recordó Agi, “son dispositivos médicos que se apoyan directamente sobre la superficie del ojo, por lo que la higiene importa”.

Entre las recomendaciones clave figuran lavarse y secarse bien las manos antes de manipular los lentes, nunca enjuagarlos ni almacenarlos con agua de grifo, y alternar su uso con gafas convencionales para permitir que la córnea reciba oxígeno suficiente. Brocks sugirió reducir las horas de uso diario cuando sea posible, ya que alternar con anteojos disminuye la sequedad ocular y baja la probabilidad de infecciones.

El experto también subrayó que dormir con los lentes puestos —incluso durante una siesta breve— eleva de forma considerable el riesgo de infecciones que podrían dañar la visión de manera permanente. Esto ocurre porque el lente impide que el oxígeno llegue a la córnea durante el sueño.

Otro hábito riesgoso es utilizar lentes de contacto vencidos. Estos dispositivos tienen fecha de caducidad, y prolongar su uso más allá de lo recomendado puede provocar inflamación e infecciones bacterianas. Con estas precauciones, el riesgo de complicaciones graves —incluida la ceguera— se mantiene bajo.

El agua atrapada entre el lente de contacto y la córnea genera las condiciones necesarias para el desarrollo de infecciones oculares (Imagen Ilustrativa Infobae)
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