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El triunfo de la mediocridad política

En una entrevista reciente, Jorge Valdano sentenciaba que le preocupaba la mediocridad política. Tiene dos virtudes esta afirmación: la primera, que constata un hecho irrefutable como es la vulgaridad rampante de los políticos españoles; y, la segunda, que esa constancia le produce preocupación. Imagino que en España acontece lo mismo que ocurre en todos los lugares del mundo: que mediocres y corruptos han vencido.

La mediocridad es la gran pandemia de nuestra época, ameritada por la marmita de la inteligencia artificial. Los mediocres, a la manera de El planeta de los simios, se han hecho con el mundo, sometiéndolo a su merced. Y en esa colonización ingente no ha habido espacio que no hayan ocupado: la cultura, el periodismo, la universidad, la filosofía, la religión y, sobre todo, la política. Huelga decir que hay excepciones, pero esas excepciones prefieren vivir en la ignorancia o en la amoralidad de la tribu porque les va la vida en ello.

En la moderna teledemocracia, el profesional de la política baila, el profesional de la política lee un discurso que alguien le ha redactado y que no entiende, el profesional se hace un video de consumo interno para sus redes sociales, con la finalidad de honrar la bendita misericordia de quien lo va a colocar en unas listas electorales. A su manera, con mayor o menor intensidad, unos y otros mienten sin escrúpulos. "No el que me hayas mentido, sino el que yo ya no te crea a ti, eso es lo que me ha hecho estremecer", escribió Nietzsche.

Actualmente, las personas sin talento, pero con gran capacidad amoral de adaptación, hallan el terreno fecundo para un rápido ascenso en política, ante la mirada cansada e incrédula del talentoso, quien acaba retrayéndose ante tal espectáculo. Los mediocres siempre compiten mejor. Comunican con el aplauso al líder, se protegen con el amiguismo de trinchera de otros colegas supervivientes y se deshacen, como brutos que son, de cualquier destello de luz inteligente. El conocimiento es un monstruo sin control que les atemoriza.

Hay alguna razón patológica, susceptible de estudio, que lleva a las sociedades a premiar al bruto, al mediocre, en definitiva, al más tonto. Hemos convertido la mediocridad en sistema. Lo peor es que, en su mediocridad, los que nada saben creen que dicen lo que piensan cuando recitan argumentarios, aunque solo mascullan dogmas. Nos queda esperar un milagroso cambio, pero no llegará por la mera espera. De momento, y hasta las próximas elecciones, la mediocridad seguirá expresándose impúdicamente en entrevistas y redes sociales, porque la estupidez es incontrolable. Al menos, Jorge Valdano también lo ha visto.

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