La ruina del gasoil
Casi un 60% de los vehículos que circulan en España lo hacen con motores diésel. Entre ellos está el mío, un coche que compré hace años cuando se consideraba que el gasoil era lo más ecológico al emitir menos dióxido de carbono (CO2) que la gasolina, principal preocupación de Europa en ese momento para combatir el cambio climático.
Ahora, este tipo de motores, que se supuso entonces que aprovechaban mejor la energía y gastaban menos litros por kilómetro que la gasolina, están mal vistos. Los automóviles diésel eran algo más caros que sus hermanos de gasolina, pero compensaba porque el litro de combustible salía bastante más barato que el de la super 95. Todo eso pertenece al pasado; el otro día llené el depósito que antes no pasaba de los 60 euros y pagué más de 100. Salvo las low cost, la inmensa mayoría de las gasolineras lo tienen en torno a los dos euros el litro y eso a pesar de los 20 céntimos de rebaja fiscal que el gobierno mantendrá en noviembre.
Los combustibles ya subieron a causa de la guerra de Ucrania, pero nunca tanto como ahora. Este último arreón se lo debemos al inefable Donald Trump y a su amigo Netanyahu, que le lió para atacar a Irán sin un plan mínimamente racional, lo que desembocó en el cierre del estrecho de Ormuz, activando la auténtica arma nuclear del régimen de los ayatolás. Es bueno que la gente sepa que cuando le sale por un riñón llenar el depósito y el IPC se dispara al 4,9%, es en gran medida culpa de esos dos indeseables, no de la Unión Europea ni de ninguno de sus gobiernos. En Estados Unidos sí parece tenerlo claro al menos una parte importante de su ciudadanía, a la que Trump prometió que bajaría los precios de los carburantes y la inflación en general no ha dejado de subir. Un estado de opinión que sitúa su índice de popularidad en el 30%, el más bajo de un presidente en muchos años.
Esto en las vísperas de unas elecciones de medio mandato en las que puede perder tanto apoyo en ambas cámaras que le convierta en un pato cojo lo que le queda como presidente. Su perspectiva electoral es tan desesperada que no se le ha ocurrido otra que negociar con Putin un acuerdo para importar de forma inmediata 300.000 toneladas de diésel al mercado estadounidense y hasta 3 millones en los próximos meses.
Unas cifras que pueden parecer gruesas, pero que no lo son tanto si tenemos en cuenta que en el mundo se consumen 4 millones de toneladas en un solo día, y Estados Unidos más de 550.000 toneladas, o sea, un parche. Está por ver, además, si Moscú cumplirá o es solo un anuncio a la desesperada de Trump, porque Rusia tenía prohibida desde hace meses la exportación de este combustible ante la escasez que provocaron los bombardeos ucranianos a sus refinerías.
En esa misma línea hay que situar el último fake del presidente norteamericano cuando el pasado domingo anunció con su pompa habitual una tregua energética entre Rusia y Ucrania que, por supuesto, él había logrado gracias a sus grandes dotes negociadoras. De ese acuerdo no tenían constancia ni en Moscú ni en Kiev y tanto es así que a las pocas horas del anuncio Rusia bombardeó infraestructuras energéticas en Ucrania. Trump no solo reprocha a Zelensky sus ataques a las refinerías rusas; también le culpa de no aceptar lo que él pacta con Putin a sus espaldas para alargar la guerra. Ahora, sin embargo, lo que más le preocupa es el precio del diésel, cuyo coste tiene indignados a los usuarios de camiones, camionetas y vehículos relacionados con la actividad industrial y agrícola, donde él tenía un buen caladero de votantes. La ruina económica que está causando al resto del mundo no le importa nada.
