❌

Reading view

'Clayface': un villano de Batman en una crisis de identidad, igual que su filme

Como tantos personajes de cómic, especialmente si son longevos, Clayface (el supervillano) vive en una crisis de identidad continua. No solo por sus poderes metamórficos, sino también por una trayectoria que le ha llevado a tener ocho identidades secretas a lo largo de más de 60 años: material de sobra para armar un nuevo relato con vistas al cine, pero también para perder el norte.

De la misma manera, Clayface (la película) parece una criatura que, pudiendo adoptar múltiples formas, sufre a la hora de decidirse por su aspecto definitivo. Conforme avanza su metraje, uno no sabe si el filme de James Watkins (con guion de Hosein Amini y argumento de un Mike Flanagan que se ha distanciado prudentemente del resultado final) aspira a ser La mosca, el Darkman de Sam Raimi, La sustancia o un híbrido de todas ellas, y alguna que otra más.

El calvario de Tom Rhys Harries (actor que apunta a lo más alto hasta que, en una noche de fiesta, se lía con quien no debe) podría ser tanto una historia body horror de aniquilación personal, una sátira de ese Hollywood obsesionado con las apariencias o un cuento de venganza con antihéroe sin escrúpulos. Y hay que reconocerle al intérprete el mérito de no haber acabado como una regadera tratando de aunar todas esas visiones en un solo trabajo.

A esto, para colmo, se suma una puesta en escena que se debate entre la nefasta Joker y sus pretensiones de realismo sucio y el punto de pesadilla con neones que Matt Reeves supo darle a The Batman. Por si no se nota, el que escribe esto es mucho más partidario del segundo enfoque que del primero, aunque eso son gustos.

Pese a todo, Clayface está lejos de ser un bodrio: sus momentos más crudos impactan de verdad, el protagonista se gana nuestra simpatía incluso en sus momentos más bajos e incluso los toques de humor negro funcionan a veces (aunque no siempre). Pero es esta suma de buenas ideas la que nos hace pensar que la cinta ganaría mucho, muchísimo, si hubiera apostado por un solo enfoque en lugar de dispersarse.

Así, puestos a especular, lo mejor que podría haberle pasado a Clayface hubiera sido no titularse Clayface ni ser una película de DC, desvinculándose así de los requisitos de una franquicia y de ese legado (el de los dibujantes, escritores, directores que la han precedido) con el que nunca parece ponerse de acuerdo. Así hubiera gozado de una libertad que ahora parece tan fuera de su alcance como del de su personaje principal: la libertad de ser ella misma.

  •  

Así nació Studio Ghibli: el estudio de cine que se negó a hacer las cosas como todos los demás

Este artículo forma parte de nuestro número Especial Studio Ghibli [CINEMANÍA N372] que puedes adquirir en la tienda online.

Allá por el verano de 1973, en la periferia de Tokio, tres personas se cuecen vivas dentro de un edificio prefabricado. Los más de 40 grados de temperatura en el cuchitril, las jornadas maratonianas y la escasez de personal hacen que su trabajo (poner en marcha una serie de animación titulada Heidi) se parezca mucho al infierno, pero, con el tiempo, también le darán una aura de leyenda.

Uno de ellos, Yoichi Kotabe, acabará mudándose al campo de los videojuegos, donde hará historia con sus diseños para Nintendo; los otros dos son Isao Takahata ('Paku-chan' para los íntimos) y Hayao Miyazaki, amigos de edad similar (el primero nació en 1935, el segundo en en 1941) y bastantes rasgos en común.

Licenciados en Literatura (Takahata) y en Ciencias Políticas (Miyazaki), ambos vivieron infancias marcadas por la II Guerra Mundial, comparten una ideología cercana a la extrema izquierda y tuercen el morro ante la industria del anime y su máximo referente, el veneradísimo Osamu Tezuka. Asimismo, tras haber vivido la efervescencia política del Japón de los 60, se ven como forasteros en un país cuya juventud parece "jerarquizada, sobreprotegida y asfixiada por la sociedad".

Ah, y también les sobra el talento: su Heidi arrasará dentro y fuera de Japón, dando lugar a World Masterpiece Theatre, serie antológica que acogerá versiones de Marco (1976), Ana de las Tejas Verdes (1979) y otros clásicos de la literatura infantil.

Los orígenes de Studio Ghibli

Miyazaki, el más aventurero de los dos, se estrenará como director de TV en 1978 mediante la serie Conan, el niño del futuro para después debutar en largo con El castillo de Cagliostro (1979), un título de la franquicia Lupin III. Llegado 1984, tras haber participado en una memorable adaptación de Sherlock Holmes, el cineasta se planteará mandar el anime al carajo y dedicarse exclusivamente a Nausicaä del Valle del Viento, el manga que publica desde 1982 en la revista Animage.

Pero cuando Toshio Suzuki, jefazo de la publicación, le proponga llevar su tebeo al cine, Miyazaki aceptará... y reclutará a Takahata para que le eche una mano. Así, resumiendo mucho, fue como se ensamblaron las tres piezas de Studio Ghibli.

Con Miyazaki aportando el cerebro (y la mala leche), Takahata ejerciendo de corazón en la sombra y Suzuki encargándose de la parte administrativa, Ghibli funcionará con normas estrictas: su trabajo estará destinado a la pantalla grande, nunca rodará secuelas y aspirará a la excelencia técnica frente a esa "polución cultural" en la cual, según el autor de Nausicaä..., se traducen los salvajes ritmos de producción del anime.

Qué significa "Ghibli"

El nombre del estudio, tomado de un caza italiano de la II Guerra Mundial, no solo dará pistas sobre el amor de su director insignia por la aviación, sino también sobre ciertos demonios personales: su padre, un ingeniero aeronáutico con el que tuvo una relación difícil, se había escaqueado de ir al frente tras Pearl Harbor, pero también se había forrado fabricando piezas para los aviones del ejército japonés.

Las huellas de esa contradicción, sumadas a su rechazo a la pax americana de posguerra, su amor obsesivo por el detalle y el enfado con una industria que, a su juicio, daba la espalda a la idiosincrasia nipona, conformarán a partir de El castillo en el cielo (primer largo de Studio Ghibli, 1986) una imaginería inconfundible: tanto en sus paisajes como en sus historias y su puesta en escena, la obra de Miyazaki, y la del sello en general, mirarán tanto a Europa como al Japón rural y harán bandera del pacifismo, la defensa de la naturaleza y el cuestionamiento de las jerarquías.

Eso sin olvidar el cariño por unos personajes femeninos que nadan a contracorriente: "Necesitan amigos, como todo el mundo, pero no necesitan salvadores", afirmará el director acerca de sus heroínas. Tras unas cuantas obras maestras, bien firmadas por Miyazaki, bien por otros directores como Takahata y Yoshifumi Kondō, Ghibli romperá barreras con La princesa Mononoke (1997), filme que no solo arrasará en Japón, sino que también conseguirá (¡por fin!) una distribución aceptable en Occidente.

El declive de Studio Ghibli

El viaje de Chihiro (2001) volverá a dar la campanada con su Oscar a la película de animación... y, a partir de entonces, el estudio mostrará sus grietas. Enfadado con la industria y con el mundo, Miyazaki empalmará amenazas de jubilación que nunca cumplirá del todo, mientras que la muerte de Isao Takahata en 2018 privará a Ghibli de su director más perezoso y más sensible.

Nuevos talentos como Mamoru Hosoda (que dio el portazo durante el rodaje de El castillo ambulante) abandonarán sus filas y los fans mirarán por encima del hombro a Gorō Miyazaki, hijo del sensei y autor de los peores títulos del estudio.

A estas alturas, con El chico y la garza (Miyazaki, 2023) como último título de su filmografía, el pequeño avión no parece tener planes para levantar el vuelo. Pero tampoco lo necesita: su estela sigue ahí.

  •  
❌