❌

Reading view

La cultura, ese invento de la ultraderecha

El consejero de Cultura, Turismo y Deporte, Alberto Díaz Pico. EFE/ Wifredo García

Si al PP la cultura no le importa demasiado, para Vox es un objetivo preferente en su guerra cultural, que es al mismo tiempo una guerra contra la cultura. Guerra cultural, en tanto que va al choque en el terreno de los valores para construir hegemonía; y guerra contra la cultura, pues para imponerse en aquella necesita laminar toda cultura disidente o crítica

El PP respalda la censura ideológica de Vox al cine en Castilla y León y lo justifica en nombre de la “libertad”

A la derecha española nunca le importó mucho la cultura, que consideró siempre una causa perdida, coto de izquierdistas a los que se podía dejar con sus cositas de artistas, siempre que no molestasen demasiado. El propio franquismo en sus últimos años fue algo menos represivo con la disidencia cultural que con el movimiento obrero o los partidos clandestinos. Y aunque la censura actuó hasta el último día y un poco más (todavía en la Transición), hubo películas, libros y obras de teatro que consiguieron sortearla pese a su carácter subversivo.

Una vez en democracia, los gobiernos del PP (que nunca contó con muchos partidarios entre los creadores) coincidieron en degradar la cartera de Cultura, reduciéndola a una secretaría de Estado dentro de un ministerio compartido con Educación; y por supuesto metieron tijera al presupuesto y a las demonizadas subvenciones (en un país donde no hay industria que no reciba dinero público). Por las mismas, en la prensa de derechas la sección de Cultura siempre ha estado más a la izquierda de la línea editorial, y los redactores suelen tener manga ancha, que la cultura es una “maría” y las cosas serias están en otras secciones.

Así fue hasta que llegó Vox con su guerra cultural, que es al mismo tiempo una guerra contra la cultura. Guerra cultural, en tanto que va al choque en el terreno de los valores para construir hegemonía; y guerra contra la cultura, pues para imponerse en aquella necesita laminar toda cultura disidente, crítica o que simplemente no se pliegue a sus valores. Tarea esta última en la que coincide con la derecha tradicional, que lleva décadas alimentando el desprecio a los creadores, con especial aversión al cine español.

Si al PP la cultura no le importa demasiado, para Vox es un objetivo preferente. En cuanto han podido, se han pedido la competencia en los acuerdos de gobierno. La han tenido en muchos ayuntamientos en forma de concejalía, y la hemeroteca está llena de casos esperpénticos en su obsesión “antiwoke”. La tuvieron en el primer gobierno valenciano, donde el vicepresidente (ex torero, que para ellos la tauromaquia es cultura) se reservó las competencias. La tienen en Castilla y León desde las anteriores elecciones, y donde ahora enseñan la patita con sus amenazas al cine “ideologizado” (con el respaldo del PP) y la cancelación de una obra de teatro sobre el asesinato de Lorca. Y si llegan al gobierno de España, no duden que se pedirán el Ministerio de Cultura, convenientemente renombrado (“Cultura Nacional”, “Cultura y Concordia”, o alguna mamarrachada similar).

El título de este artículo, habrán reconocido muchos, es paráfrasis de una famosa tribuna de Rafael Sánchez Ferlosio en 1984: “La cultura, un invento del gobierno”. En aquellos primeros años del felipismo, la mosca cojonera que siempre fue Ferlosio venía a denunciar la banalización de una cultura que desde el poder se intentaba desactivar, por la vía de regarla de dinero público y favorecer sus manifestaciones más inofensivas, para convertirla en “cultura decorativa”. Comenzaba Ferlosio aquel artículo reformulando la célebre frase atribuida a Goebbels “cada vez que oigo la palabra cultura, saco la pistola”, por esa otra de “cada vez que oigo la palabra cultura, saco el talonario”.

La nueva cultura que se nos viene puede ser un invento, sí, pero de la ultraderecha, que la usará como campo de batalla, sacará el talonario para lo suyo (los toros, las glorias históricas, ciertos valores), la motosierra para lo demás, y la pistola (metafórica, esperemos) contra toda cultura crítica.

  •  

Para Frente Amplio, el de PP y Vox

Para Frente Amplio, el de PP y Vox

El PP de 2026 no es el de 2023, y menos el de 2021. Hoy no disimula su entente con Vox, porque sabe que su electorado no le va a penalizar, y que el mayor riesgo no es que sus votantes se abstengan o busquen un partido de centro (si queda algo ahí), sino que se fuguen a Vox por encontrar a Feijóo blandengue

Tú no te acuerdas porque eres muy joven, pero hubo un tiempo en que el Partido Popular intentaba distanciarse de Vox, temía un castigo electoral si los electores sospechaban un entendimiento, y decía defender principios incompatibles con la ultraderecha.

Intenta leer lo siguiente sin reírte, o sin llorar en caso de que seas votante centrista del PP (alguno quedará): “No a la polarización, no a esa España a garrotazos, en blanco y negro, de trincheras, ira y miedo, no a esa antipolítica cainita de izquierda o de derecha destinada a hacer que los españoles se odien y se teman (…). El PP no somos ni furia ni ruido, no alimentamos fracturas, queremos cerrarlas, creemos en una sociedad abierta y libre”.

Lo dijo Pablo Casado, uno que fue breve presidente del PP hace lo menos ochenta o noventa años, y que no era precisamente del ala izquierda. Lo dijo en el Congreso de los Diputados, en 2021, en la moción de censura presentada por Vox. A Santiago Abascal le dijo en toda la cara: “No somos como usted porque no queremos ser como usted”, y remató con un rotundo y orgulloso “¡hasta aquí hemos llegado!”.

Luego llegó Alberto Núñez Feijóo, que venía de Galicia con vitola de centrista, derecha moderada, hombre de Estado y política para adultos. Pues hasta él mantuvo durante un tiempo el discurso de “no somos como Vox”. En las elecciones de 2023 sudó la gota gorda por los pactos que sus barones regionales y alcaldes ya negociaban con la ultraderecha, pero el líder del PP repitió una y otra vez que no pensaba gobernar con Abascal de vicepresidente.

Su portavoz, el moderadísimo Borja Sémper, presentó aquella precampaña en una playa de mentirijilla (“Verano azul” la llamaron), habló de “alegría, ilusión y fiesta”, y prometió que el PP “no va a acceder al poder a cualquier precio que perjudique los avances sociales ni los espacios de libertad”, “no renunciaremos a nuestros principios”, “no nos vamos a dejar contaminar”. (Nota para el editor: añadan aquí unas risas en lata).

El mismo portavoz moderadérrimo que hoy defiende las posibles listas al Senado pactadas con Vox porque “hay que hacer cosas para garantizar el cambio en España”, tomar “decisiones históricas”. El mismo portavoz moderado-plus-ultra que, desde que regresó a la política, se ha tragado un sapo tras otro sin perder la sonrisa, y ha justificado todos los acuerdos autonómicos y cada mercancía comprada a la ultraderecha, incluida la “prioridad nacional”.

El PP de 2026 no es el de 2023, y menos el de 2021. El PP hoy no disimula su “frente amplio” con Vox, porque sabe que su electorado no le va a penalizar, y que el mayor riesgo no es que sus votantes se abstengan o busquen un partido de centro (si queda algo ahí), sino que se fuguen a Vox por encontrar a Feijóo blandengue. También cree el PP que la entente de la derecha y la ultraderecha no asusta tanto ni moviliza al votante de izquierda como podía hacerlo hace tres años, a la vista de las victorias autonómicas que ha seguido cosechando, y la mayoría que le auguran las encuestas.

En otros países europeos también hay partidos de centroderecha y tradición democristiana que se entienden con la pujante ultraderecha, pero han tardado décadas en sentarse siquiera a hablar. Aquí Vox llegó a las instituciones hace ocho años, y está a punto de sentarse ya en el Consejo de Ministros. Aquella broma que se hacía sobre “el largo viaje al centro” del PP, que parecía no llegar nunca, pues mira lo rápido que ha corrido para regresar a la derecha, y seguir corriendo más allá.

  •  

París en llamas, en Sol huele a pis

París en llamas, en Sol huele a pis

Es notable el contraste entre las protestas violentas de Francia y otros países, y nuestras tranquilas acampadas, siendo todas movilizaciones por un mismo malestar: el aumento del coste de la vida, que es la vivienda pero también la cesta de la compra y el combustible. Deberían tenerlo en cuenta algunos que tanto se quejan de las protestas de nuestros jóvenes

La acampada de Sol por la vivienda se convirtió este fin de semana en un escenario de guerra: los acampados quemaron coches, autobuses y mobiliario urbano, saquearon comercios de la calle Preciados, intentaron asaltar el Corte Inglés y lograron entrar en el edificio de la Presidencia madrileña, que acabó en llamas. En Gran Vía levantaron barricadas, arrojaron adoquines a la policía, y los violentos choques dejaron cientos de heridos, algunos de gravedad. Normal que el Gobierno regional y el Ayuntamiento pidan el inmediato desalojo de la acampada, antes de que destrocen la ciudad entera.

Espera, que no, que no fue el centro de Madrid sino el de París y las principales ciudades francesas. Cientos de heridos, más de 2.000 detenidos en su mayoría menores, 1.500 comercios saqueados o destrozados, edificios públicos tomados al asalto, un ayuntamiento incendiado, coches quemados, barricadas, y a punto de asaltar las parisinas Galerías Lafayette, mientras la policía respondía con cañones de agua, gases lacrimógenos y granadas aturdidoras que dejaron varios mutilados. “Clima prerrevolucionario”, dijo la prensa francesa, con la policía desbordada, el Gobierno fuera de juego, la ultraderecha pidiendo mano dura y el país entero conmocionado.

En Italia, fuertes choques entre jóvenes y policías en varias ciudades, también con gases y cañones de agua, y decenas de heridos. En Bélgica, violentas cargas policiales y más de 200 jóvenes detenidos. En Albania, enfrentamientos en la capital, edificios oficiales atacados, y parte de la sede del Tribunal Supremo quemada.

En España, tras varias semanas de manifestaciones pacíficas, plazas ocupadas sin incidentes por todo el país, y cientos de personas acampadas en la Puerta del Sol durante más de 20 días, el Gobierno madrileño, la derecha y algunos medios criminalizan a los jóvenes que reclaman vivienda digna: los han acusado de tener cuchillos para hacer bocatas, usar adoquines para apuntalar las tiendas de campaña, ponerle un pañuelo palestino a la estatua del oso y el madroño, dar mala imagen a los turistas, y lo último, el no va más de la violencia: bañarse en la fuente un día de calor, tirar los cubos de fregar por un respiradero del metro pensando que era una alcantarilla, y dejar un olor a pis que justificaría cerrar la estación de Sol varios días.

Si comparo las protestas violentas de Francia y otros países con nuestras tranquilas acampadas, no es porque me entusiasmen las barricadas parisinas ni critique la mansedumbre española, que no soy yo de los que tiran el adoquín y esconden la mano, ni tampoco de esos revolucionarios de salón que no pisan la acampada pero les dicen lo que deberían hacer. Que cada uno saque sus conclusiones; yo solo lo comento porque el contraste es notable, siendo todas movilizaciones por un mismo malestar: el aumento del coste de la vida, que es la vivienda pero también la cesta de la compra y el combustible.

En España, cuya crisis de vivienda es seguramente la más grave, y con similar sensación de empobrecimiento de la clase trabajadora, no arden las calles, y nuestros jóvenes indignados y sin futuro organizan turnos para barrer en la acampada y evitan hacer ruido después de medianoche. No sabemos si esa calma se terminará en algún momento, hay quien vaticina que la furia social que ya incendia otros países acabará llegando aquí también. Mientras tanto, los gobernantes sobreactuados y los periodistas escandalizados deberían agradecer que lo peor que pase en nuestras calles sea un poco de olor a pis.

  •  

¡A por los rojos! ¡A por los moros!

¡A por los rojos! ¡A por los moros!

La democratización del ejército y de las fuerzas de seguridad, y su sometimiento a la ley y a los derechos humanos, es siempre una tarea inacabada. En el caso de España, la Transición lo hizo solo a medias, y sin haber completado ese proceso, llegó la ola reaccionaria que sin sorpresa se extiende también entre militares y policías

Un grupo de legionarios jalea y corea al ultra Vito Quiles, que grita “¡a por los rojos!” al terminar el desfile del 12 de octubre. Otro grupo de militares en Ceuta se pitorrea y presume de pegar a los migrantes hasta hacerlos llorar. Más militares, también de Ceuta, denunciados por migrantes, vecinos, organizaciones sociales y Amnistía Internacional, por dar palizas, desnudar, romperles los móviles, acosar y humillar a quienes malviven en las calles y montes de la ciudad desde hace más de dos meses. Incluidos menores.

Son todos casos aislados, minoritarios, no representativos, incluso anecdóticos dirán algunos. No sé, a mí me aterrorizan igual. El odio, el racismo y la violencia dan más miedo cuando vienen de quienes van armados, y de quienes depende nuestra seguridad. El mismo terror que me dan los antidisturbios de porra fácil, y ya tengo una edad y muchas huelgas y manifestaciones para haber visto de todo. Siempre son casos aislados, minoritarios, no representativos, incluso anecdóticos dirán algunos, pero nunca faltan en cada protesta ciudadana.

Doy por hecho que ni los soldados violentos ni los policías violentos siguen órdenes en sus palizas y porrazos, que son individuos descontrolados, que ni las palizas y la humillación a migrantes son una política de acoso para que se vuelvan “voluntariamente” por donde vinieron, ni los tradicionales excesos policiales en huelgas y manifestaciones una forma de disuadir la protesta. Pero tampoco es muy tranquilizador que haya elementos así en el ejército o en la policía, que pueden usar a capricho su monopolio de la violencia. Menos tranquilizador aún que las denuncias suelan caer en saco roto, sus mandos minimicen los hechos, los compañeros les cubran y protejan, y las investigaciones no lleguen a ninguna parte. Es decir, que queden impunes.

La democratización del ejército y de las fuerzas de seguridad, y su sometimiento a la ley y a los derechos humanos, es siempre una tarea inacabada, y exige el mayor celo de los gobernantes. En el caso de España, la Transición lo hizo solo a medias, y durante décadas hemos arrastrado restos antidemocráticos y violentos, que de vez en cuando asomaban la patita. Sin haber completado ese proceso, llegó la ola reaccionaria mundial, con su capítulo español, que sin sorpresa se extiende también entre militares y policías. Aislados, minoritarios, no representativos y hasta anecdóticos si quieres, pero todos sabemos que entre los hombres armados que nos defienden hay cada vez más trazas de ultraderecha. Y cada vez con menos disimulo.

Solo falta que el ministerio del Interior o el de Defensa caigan en manos de la ultraderecha, o ni eso: basta con que forme parte del gobierno. ¡A por los rojos! ¡A por los moros!

  •  
❌