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El primer estado de la Península no tuvo vía libre: al norte, las comunidades levantaron poblados fortificados y combatieron

El primer estado de la Península no tuvo vía libre: al norte, las comunidades levantaron poblados fortificados y combatieron

Arqueología peninsular - Los pobladores de la Meseta y el Levante recurrieron a fortificaciones, pequeños asentamientos y relaciones comerciales para conservar su autonomía frente al crecimiento del poder argárico

La ciencia pone a prueba el anfiteatro de Itálica y descubre que sus gradas favorecen la voz frente a la música

El marfil de elefante africano llegó hace unos 4.000 años a pequeñas comunidades del Levante y la Meseta que vivían fuera del territorio de El Argar, considerado uno de los primeros Estados de Europa occidental e incluso el primer Estado conocido de la Península Ibérica.

Aquel material, procedente de redes comerciales de larga distancia, revela que las relaciones entre los pobladores del norte y la poderosa sociedad del sureste peninsular iban más allá de los enfrentamientos. Los investigadores creen que algunos objetos pudieron servir para establecer alianzas o facilitar intercambios, aunque todavía no se ha demostrado que funcionaran como una forma de dinero.

Las defensas y los intercambios marcaron las relaciones fronterizas

Un estudio de Marcello Peres y Roberto Risch, de la Universitat Autònoma de Barcelona, publicado en Journal of Archaeological Research, ha analizado 1.517 asentamientos de la Edad del Bronce para comprender cómo respondieron esas poblaciones al crecimiento de El Argar. Sus resultados apuntan a dos estrategias principales: levantar fortificaciones cerca de las zonas de conflicto y dispersarse en pequeños núcleos difíciles de controlar en territorios más alejados.

La investigación abarca unos 177.000 kilómetros cuadrados de la Meseta y el Levante, aunque solo 134 de los yacimientos incluidos habían sido excavados. Los demás se conocían mediante prospecciones arqueológicas. La comparación de los restos disponibles permitió a los autores estudiar las características generales de ambos conjuntos.

La dispersión reducía los beneficios de una posible conquista
La dispersión reducía los beneficios de una posible conquista

Las dimensiones de los poblados muestran una organización territorial muy distinta de la argárica. Más del 83% tenía menos de unos 2.000 metros cuadrados y casi la mitad no alcanzaba los 500. Apenas el 1,5% superaba una hectárea. Además, más de tres cuartas partes contaban con murallas, se encontraban sobre elevaciones rocosas o reunían ambas condiciones.

Esa distribución pudo dificultar la conquista de las comunidades septentrionales, ya que obligaba a localizar y someter numerosos núcleos de población. Los autores señalan que el 87% de los asentamientos estudiados eran nuevas fundaciones, surgidas en una época de profundas transformaciones. En La Mancha se construyeron también las llamadas motillas, fortificaciones que protegían el acceso a pozos y otros recursos hídricos.

La dispersión ofrecía otra ventaja a las poblaciones que querían mantenerse fuera del dominio argárico. Los asentamientos pequeños proporcionaban menos alimentos y personas a un posible invasor, mientras que su distribución complicaba la vigilancia del territorio. Para ilustrar ese mecanismo, los investigadores recurren al caso de los matsigenka de la Amazonía, cuyas formas históricas de poblamiento permitían eludir presiones externas.

La vida cotidiana de las comunidades septentrionales dependía principalmente de la agricultura y la ganadería. En sus yacimientos aparecen piezas de hoces, piedras de molienda y recipientes destinados al almacenamiento de alimentos. También siguieron utilizando puntas de flecha de sílex, una tecnología que había desaparecido de El Argar alrededor del 2200 a. C.

La resistencia territorial dificultó el control de las poblaciones septentrionales

Los restos humanos indican que la violencia también tuvo un papel importante en aquellas relaciones. En el norte de Murcia, una zona próxima a los límites de El Argar, hasta el 37,5% de los esqueletos analizados presentaba heridas provocadas por armas. La proporción contrasta con la documentada en regiones más alejadas.

En la Motilla del Azuer, en Daimiel, el 48% de los hombres adultos estudiados tenía lesiones compatibles con enfrentamientos, frente al 9,1% de las mujeres. Uno de los individuos, enterrado entre 2040 y 1870 a. C., había sufrido heridas causadas por distintos tipos de armas. Los análisis forenses apuntan a la intervención de varios agresores.

La expansión hacia el norte se detuvo hacia 1800 a. C.
La expansión hacia el norte se detuvo hacia 1800 a. C.

El origen de este escenario se sitúa hacia el 2200 a. C., cuando El Argar comenzó a desarrollarse en el sureste de la Península Ibérica. En unos 450 años, su territorio pasó de aproximadamente 5.500 a 34.000 kilómetros cuadrados. Sus grandes asentamientos, la concentración de recursos y los enterramientos de élites con armas y objetos valiosos reflejan una sociedad fuertemente jerarquizada.

El control de los recursos minerales fue otro componente de su crecimiento. Los análisis de isótopos de plomo indican que entre el 17% y el 24% del metal argárico estudiado procedía del distrito minero de Linares-La Carolina, en Jaén. En determinadas zonas fronterizas también se han encontrado alabardas, espadas y dagas que muestran la importancia de las armas de metal.

La expansión argárica hacia el norte terminó frenándose después de aproximadamente el 1800 a. C., aunque las causas concretas de ese límite territorial siguen abiertas a investigación. La sociedad de El Argar desapareció hacia el 1550 a. C. y el estudio plantea que las decisiones de las comunidades vecinas pudieron influir en el alcance de su poder.

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La ciencia pone a prueba el anfiteatro de Itálica y descubre que sus gradas favorecen la voz frente a la música

La ciencia pone a prueba el anfiteatro de Itálica y descubre que sus gradas favorecen la voz frente a la música

Acústica romana - Para estudiar ese comportamiento, los investigadores distribuyeron tres posiciones de emisión sonora por la arena y situaron receptores en 17 puntos del recinto

El primer estado de la Península no tuvo vía libre: al norte, las comunidades levantaron poblados fortificados y combatieron

En el anfiteatro romano de Itálica, hasta el lugar donde se sentaba cada espectador tenía su importancia, y las mejores localidades estaban reservadas a quienes disfrutaban de mayor rango social. Senadores, magistrados y caballeros seguían los espectáculos desde el podio y la ima cavea, las filas más próximas a la arena. Los ciudadanos se distribuían por la media cavea, mientras que las clases populares, las mujeres y los niños quedaban relegados a la summa cavea, en la parte superior. Una organización que también resulta interesante para estudiar cómo llegaba el sonido a las distintas zonas del recinto.

Un estudio descubre cómo se escucha actualmente el anfiteatro

La investigación realizada por Sara Girón y Manuel Martín-Castizo, de la Universidad de Sevilla, ha permitido conocer cómo se propaga actualmente el sonido por este monumento de Santiponce, en Sevilla. El trabajo, publicado en la revista científica Heritage, concluye que sus características acústicas favorecen la comprensión del habla, aunque ofrecen resultados menos adecuados para la música. Los investigadores analizaron también cómo influye la geometría del edificio en las reflexiones sonoras.

Para realizar las mediciones, el equipo instaló una fuente acústica dodecaédrica en tres posiciones de la arena y distribuyó receptores por 17 emplazamientos. Los micrófonos registraron las respuestas a barridos de frecuencias, desde los sonidos graves hasta los agudos, y permitieron determinar la procedencia de las reflexiones. Las pruebas se efectuaron sin espectadores y con niveles reducidos de sonido ambiental. La elección de los puntos tuvo en cuenta la geometría del recinto y la presencia de la fossa bestiaria, el espacio subterráneo utilizado antiguamente para albergar animales.

Los resultados sobre la inteligibilidad muestran que el 79% de la energía sonora llega dentro de los primeros 50 milisegundos, un intervalo especialmente importante para comprender las palabras. El índice medio de transmisión del habla alcanzó 0,71 en una escala de cero a uno, con calificaciones generalmente buenas o excelentes. A distancias superiores a 30 metros, la comprensión descendía hasta niveles buenos o aceptables. Estas mediciones llevaron a los autores a considerar que el anfiteatro presenta condiciones favorables para las representaciones habladas.

La música, por el contrario, encuentra unas condiciones acústicas menos apropiadas debido a la escasez de reflexiones prolongadas. El tiempo de reverberación registrado fue de 1,24 segundos, frente a los 1,08 segundos del teatro romano de Itálica. En auditorios cerrados destinados a música sinfónica suelen buscarse valores de entre 2 y 2,4 segundos, aunque los investigadores advierten de las diferencias entre estos edificios y los espacios abiertos.

La pérdida de estructuras limita la reconstrucción acústica romana

El análisis también permitió localizar situaciones en las que determinados rebotes podían perjudicar la comprensión del discurso. De las 49 configuraciones examinadas, seis presentaron riesgo de eco para el habla, todas con la fuente sonora situada cerca del foco oriental de la arena, junto a la Porta Triumphalis. En tres casos estudiados detenidamente, las reflexiones llegaron entre 92 y 115 milisegundos después del sonido inicial. Los investigadores relacionan estos fenómenos con la concentración de energía producida por la geometría ovalada y determinadas superficies del recinto.

Esa distribución acústica presenta una amplia franja de energía entre los 125 y los 2.000 hercios, especialmente importante para la voz humana. Las primeras filas del podio ofrecen respuestas equilibradas, mientras que la disposición ovalada favorece la concentración sonora cerca de determinados puntos y a lo largo de los ejes principales.

El edificio estudiado pertenece a la ampliación urbana promovida bajo Adriano, entre los años 117 y 138 d.C. Con unas dimensiones de 156 por 134 metros y capacidad estimada por los investigadores para 35.000 espectadores, fue el mayor anfiteatro de Hispania. Su construcción se produjo siglos después de la fundación de Itálica, establecida en el 206 a.C. por Escipión el Africano.

El deterioro acumulado por el monumento condiciona, finalmente, la interpretación de estas mediciones. Sus estructuras superiores han sufrido pérdidas importantes y durante siglos se extrajeron materiales para otras construcciones. Tampoco se ha evaluado todavía cómo modificarían la propagación sonora la presencia del público o la instalación de toldos. Los resultados permitirán desarrollar futuras simulaciones virtuales para investigar cómo pudo escucharse el anfiteatro cuando conservaba su configuración romana.

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