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Una carta de 1571 aporta nuevas pistas sobre el códice Rohonc, uno de los manuscritos más misteriosos de Europa

Una carta de 1571 aporta nuevas pistas sobre el códice Rohonc, uno de los manuscritos más misteriosos de Europa

Códices religiosos - El hallazgo de cuatro páginas con signos semejantes a los del manuscrito permite situar su sistema de escritura en el siglo XVI y cuestiona las antiguas acusaciones de falsificación

El desciframiento del códice Rohonc llevaba décadas acumulando teorías poco convincentes cuando dos investigadores húngaros consiguieron avanzar por un camino diferente. En 2018, el historiador del arte Gábor Tokai y el investigador Levente Zoltán Király publicaron en Cryptologia un estudio que identificaba un sistema de códigos capaz de representar palabras completas.

Aquello permitió reconocer fragmentos religiosos, especialmente pasajes bíblicos, aunque dejó pendiente un detalle nada menor. Nadie había conseguido averiguar en qué lengua había escrito su autor.

Una misiva de 1571 relaciona la escritura con un escriba

Una carta fechada el 28 de junio de 1571 ha permitido ahora relacionar aquel misterioso sistema de escritura con una persona que vivió en la Hungría del siglo XVI. El investigador Benedek Láng ha estudiado el documento y cuatro páginas manuscritas conservadas en los Archivos Nacionales de Hungría. Los resultados, publicados en 2026, proporcionan nuevas pruebas sobre la antigüedad del códice y cuestionan definitivamente las interpretaciones que lo consideraban una falsificación decimonónica.

La correspondencia fue redactada por Farkas Porhócs, administrador de las propiedades de la familia aristocrática Batthyány, y estaba dirigida al noble húngaro Boldizsár Batthyány. El investigador Béla Hanák localizó la carta, acompañada por dos hojas que contenían cuatro páginas de signos semejantes a los del códice.

Cuatro páginas manuscritas contienen pasajes del Evangelio de Lucas
Cuatro páginas manuscritas contienen pasajes del Evangelio de Lucas

Porhócs explicaba que un escriba anónimo había realizado aquel trabajo en Torony, una localidad del oeste de Hungría. El hombre aceptaba reunirse con Batthyány, pero temía sufrir burlas o malos tratos y exigía garantías de seguridad ofrecidas por un predicador.

Las cuatro páginas identificadas presentan semejanzas de tinta, papel y símbolos con el manuscrito conocido, aunque sus dimensiones y su caligrafía indican que pertenecían a otro documento. Los investigadores han reconocido en ellas pasajes del Evangelio de Lucas mediante los procedimientos desarrollados por Tokai y Király.

La carta también identifica al escriba mediante el término deák, utilizado para designar a personas instruidas que ejercían labores de escritura o secretaría. Su nombre continúa siendo desconocido y tampoco se ha determinado por qué necesitaba protección.

Las pruebas del siglo XVI cuestionan la supuesta falsificación

La fecha de aquella correspondencia obliga a revisar algunas interpretaciones anteriores sobre el momento en que se elaboró el códice. El papel del libro contiene una filigrana asociada a la producción italiana de la década de 1530, mientras que una anotación interna había sido interpretada como una fecha correspondiente a 1593. La existencia de páginas escritas con el mismo sistema en 1571 demuestra que sus signos circulaban anteriormente. Las comparaciones bíblicas apuntan incluso a que una parte considerable de la obra podría haber estado terminada entonces.

La correspondencia de Farkas Porhócs explica que el autor anónimo temía sufrir burlas o malos tratos
La correspondencia de Farkas Porhócs explica que el autor anónimo temía sufrir burlas o malos tratos

Las sospechas de falsificación comenzaron a adquirir autoridad académica en 1866, cuando el historiador Károly Szabó atribuyó el códice al anticuario Sámuel Literáti Nemes. Este último había elaborado documentos históricos fraudulentos, pero nunca apareció una prueba que lo relacionara con el manuscrito. También existe un catálogo de la biblioteca Batthyány fechado en 1743 que menciona un pequeño volumen de oraciones húngaras. Su identificación con el códice sigue sin estar demostrada.

El manuscrito llegó a la Academia Húngara de Ciencias en 1838 mediante la donación de la biblioteca familiar de Gusztáv Batthyány. Conservado actualmente con la signatura K 114, contiene 224 hojas, equivalentes a 448 páginas, y unas 87 ilustraciones con escenas religiosas. Su nombre procede de Rohonc, localidad que actualmente pertenece a Austria y recibe el nombre de Rechnitz. Las líneas manuscritas se leen de derecha a izquierda.

El desciframiento recupera oraciones sin identificar la lengua original

La escritura reúne aproximadamente 792 signos diferentes, una cantidad que dificulta interpretarla como un alfabeto convencional. Los análisis estadísticos de Miklós Locsmándi y las investigaciones posteriores de Láng permitieron estudiar sus regularidades, mientras que otros intentos de traducción recibieron críticas por asignar valores cambiantes a los mismos símbolos.

La interpretación como código de palabras ha permitido recuperar contenidos religiosos, incluidas oraciones marianas. Sin embargo, todavía se desconoce la identidad del creador y la lengua que utilizaba, así como las razones por las que decidió escribir textos devocionales mediante aquel sistema.

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Hace 7.300 años, Japón sufrió una erupción apocalíptica y sus habitantes lograron sobrevivir a una amenaza devastadora

Hace 7.300 años, Japón sufrió una erupción apocalíptica y sus habitantes lograron sobrevivir a una amenaza devastadora

Supervivencia prehistórica - El estudio, publicado en la revista científica Science Advances, analiza las consecuencias del episodio Kikai-Akahoya sobre las poblaciones jomon

Los volcanes que desactivan su propia furia: la nueva teoría que lo explica por fin

La silueta del monte Fuji forma parte de la identidad cultural de Japón, aunque detrás de esa imagen tan reconocible se encuentra también un volcán. Su presencia recuerda que buena parte de la historia del archipiélago está vinculada a una actividad geológica capaz de transformar territorios enteros.

Y el Fuji, con toda su fama, está lejos de ser el único protagonista de esa historia. Otro volcán, situado frente al sur del país, desencadenó una catástrofe que alteró profundamente la vida de sus habitantes prehistóricos.

Un volcán submarino transformó la vida del Japón prehistórico

Una investigación internacional dirigida por la Universidad de Lund, en Suecia, ha descubierto que la erupción Kikai-Akahoya, ocurrida hace aproximadamente 7.300 años, provocó respuestas demográficas muy diferentes entre las comunidades japonesas.

El estudio, publicado en la revista científica Science Advances, revela que algunas poblaciones disminuyeron considerablemente, mientras otras siguieron creciendo pese a la destrucción ambiental. Los resultados cuestionan las explicaciones que atribuían a la catástrofe consecuencias similares para todas las sociedades afectadas.

A la izquierda, los lugares donde se recogieron muestras para conocer su antigüedad. A la derecha, las zonas afectadas por las cenizas volcánicas.
A la izquierda, los lugares donde se recogieron muestras para conocer su antigüedad. A la derecha, las zonas afectadas por las cenizas volcánicas.

La explosión se produjo en una caldera submarina situada aproximadamente a 30 kilómetros al sur de Kyushu, cuando Japón estaba habitado por comunidades Jomon dedicadas a la caza y la recolección. Alcanzó el nivel 7 del índice de explosividad volcánica y expulsó entre 332 y 457 kilómetros cúbicos de materiales.

Peter Jordan, profesor de arqueología de la Universidad de Lund, describe su violencia: “Esta erupción debió de ser devastadora, al estallar desde el fondo marino prácticamente sin previo aviso”. El episodio desencadenó terremotos, enormes tsunamis y depósitos de ceniza de varios metros de espesor.

Los desplazamientos favorecieron la recuperación de algunas poblaciones

Las consecuencias humanas de aquella explosión habían enfrentado durante décadas a los arqueólogos, divididos entre dos interpretaciones de la supervivencia prehistórica. Una defendía que las comunidades próximas al volcán habían desaparecido casi por completo. La otra planteaba que determinados grupos consiguieron permanecer incluso en territorios cercanos a la erupción. Sin embargo, las diferencias regionales identificadas por los investigadores impiden explicar toda la evolución demográfica mediante cualquiera de esas dos hipótesis.

El sur de Kyushu presentaba una situación de debilitamiento demográfico anterior a la catástrofe, circunstancia que modifica la interpretación de sus efectos posteriores. Cuando se produjo la explosión, quedaban relativamente pocos habitantes y buena parte del territorio recibía principalmente visitas de pequeños grupos de cazadores-recolectores con gran movilidad. Por lo tanto, la erupción agravó las dificultades de una región cuya población ya estaba disminuyendo.

Principales secuencias tipocronológicas de Kyushu.
Principales secuencias tipocronológicas de Kyushu.

La zona septentrional de Kyushu experimentó una evolución distinta, puesto que sus habitantes continuaron aumentando incluso después de sufrir graves alteraciones ambientales. Los investigadores consideran posible que la llegada de supervivientes procedentes del sur contribuyera a ese crecimiento. También identificaron desplazamientos desde el interior hacia la costa norte, donde los ecosistemas marinos se recuperaron con mayor rapidez y proporcionaron nuevas oportunidades alimentarias.

Los cambios demográficos alcanzaron igualmente regiones japonesas alejadas del centro de la explosión, pese a que allí sus poblaciones habían crecido anteriormente. Tras la catástrofe, esa expansión se detuvo en algunos territorios y llegó a invertirse en otros, incluidos sectores de la costa del Pacífico. Esta distribución amplía considerablemente el alcance territorial de las consecuencias identificadas por el estudio.

Las dificultades alimentarias impulsaron nuevas formas de supervivencia

Entre las posibles explicaciones de esos descensos figuran alteraciones climáticas temporales y problemas relacionados con la disponibilidad de alimentos. Los científicos también plantean que la ceniza pudo provocar un desgaste dental intenso en ciervos y jabalíes, animales utilizados como alimento por las comunidades Jomon. Sin embargo, las pruebas disponibles todavía impiden determinar qué mecanismos ambientales tuvieron mayor responsabilidad.

La supervivencia también exigió cambios en la organización de las comunidades afectadas, que buscaron alternativas para desenvolverse en territorios profundamente transformados. Enrico Crema, profesor de la Universidad de Cambridge y autor principal de la investigación, señala que los supervivientes emigraron, establecieron nuevas relaciones sociales y desarrollaron actividades económicas diferentes. Estas respuestas permitieron que determinados grupos recuperaran capacidad de crecimiento en condiciones posteriores a la catástrofe.

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