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Cómo los intentos por tener un hijo pueden pasar factura en el terreno sexual

El instinto maternal de Marta, una madrileña de 53 años, nunca había hecho acto de presencia hasta que conoció a alguien que lo despertó. “De repente, ambos queríamos tener un hijo. El problema es que yo tenía 42 años y mi pareja tenía pocos espermatozoides y eran algo lentos, condición que se conoce con el extraño nombre de oligoastenozoospermia”. La pareja decidió entonces recurrir a las técnicas de reproducción asistida y así estuvieron durante casi dos años hasta que, tras una fecundación in vitro, se quedó embarazada. “Siempre se habla del calvario de los tratamientos. En mi caso, lo peor fue comprobar que todo el proceso había desgastado nuestra vida sexual. De repente, éramos padres que habíamos triunfado en la batalla de la concepción, pero perdimos la de la pareja. Habíamos interiorizado que el sexo sin fruto era vacío, frustrante, falso. Una suerte de maldición que la madre naturaleza nos lanzaba por no poder cumplir con el deber de perpetuar la especie. Y así, como una bruja malvada, nos quitó el deseo”, cuenta.

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© milan2099 (Getty Images)

Tanto si se ha tenido descendencia como si no, la sexualidad de la pareja que intenta tener hijos puede sufrir mucho en todo el proceso.
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