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Un experimento único traslada parte de unas marismas a un canal de olas para demostrar que este ecosistema frena las tormentas

Parece difícil meter un trozo de ecosistema dentro de un laboratorio para estudiar a escala real su resistencia a tormentas extremas, pero eso es justamente lo que han conseguido investigadores de Países Bajos. En un estudio publicado este miércoles en la prestigiosa revista Nature, científicos de diferentes universidades y centros de investigación neerlandeses demostraron que las marismas salinas ayudan a frenar fuertes temporales en la costa. Lo hicieron trasladando 306 metros cuadrados de este hábitat intacto a uno de los canales de olas más grandes del mundo, el Delta Flume de Deltares, en la localidad de Delft (Holanda).

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Ensamblaje de los bloques de marismas salinas en el canal de olas de Deltares, en Delft (Países Bajos).
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¿Sufrió Cataluña el primer ciclón tropical europeo? El Mediterráneo empieza a comportarse como el Caribe

Los meteorólogos no daban crédito a lo que veían sus ojos: lluvias torrenciales sin una perturbación atmosférica como fuente de inestabilidad que las causara. No había detonante. No había dana. No había vaguada. No había un culpable. Y, sin embargo, visto desde el satélite, en el torbellino de nubes se estaba formando un monstruo: un sistema que se asemejaba a una tormenta tropical en ciernes. Para más pruebas, el radar mostró un viento que podía corresponder a un giro ciclónico cerca de la costa. Si se le hubiera enseñado a un experto en huracanes de EE UU, habría jurado que era un ciclón tropical. El problema es que no estaba gestándose en el mar Caribe, sino en el Mediterráneo, frente a las costas de Cataluña, a 7.000 kilómetros del lugar donde suelen ocurrir.

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© Alejandro Garcia (EFE)

Un vehículo anegado en la ronda del Litoral, en Badalona, el 4 de octubre.
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Los ‘sin techo’, tras nueve días de lluvia en octubre en Barcelona: “No te quitas la humedad de encima”

Josep Maria, este martes ordenando sus pertenencias cerca del portal donde pasó la noche.

Este martes salió unas horas el sol en Barcelona después de dos días lloviendo. Y no pocas personas sin techo lo aprovecharon para tender mantas o tiendas de campaña mojadas. Maria Elena, en el paseo de Sant Joan, colgó una manta mojada sobre un banco, y ropa de abrigo bajo una sombrilla. En la parte peatonal de Consell de Cent alguien dejó sus cosas en un aparcamiento de bicis y lo cubrió con una tienda de campaña empapada. En la puerta del Caprabo de la calle de Provença también había una bicicleta y un carro al sol, con sacos de dormir encima. Con tantísima lluvia, a Josep Maria se le han mojado la ropa y las almohadas, pero también documentación con teléfonos de albergues, comedores o recursos municipales y de entidades. “No te quitas la humedad de encima”, decía a primera hora de la mañana Josep Maria, con las calles todavía mojadas y después de pasar la noche “con otros cuatro” en el porche de la entrada de una escuela del Eixample. Un poco más allá, Saliou, guineano que recoge chatarra, explicaba que por las mañanas deja la tienda y sus cosas en la nave donde entrega la mercancía, y la recoge cuando anochece. “Ha habido noches que hemos hecho guardia con mi hermano: uno durmiendo y el otro vigilando que no entrara agua en la tienda. El frío, horrible”, dice hablando medio en francés.

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Ropa tendida en un asentamiento de la montaña de Montjuïc de Barcelona, este martes.
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¿Habrá una dana cada año?

La dana Adam ha golpeado el Mediterráneo y ha obligado a movilizar a la UME en Baleares y en la Comunidad Valenciana. Las imágenes de calles inundadas, barrancos desbordados, vecinos atrapados y mensajes de Es-alert para que los vecinos no salgan de casa recuerdan a las inundaciones de octubre de 2024, aunque el número de víctimas no tenga punto de comparación. ¿Tenemos que prepararnos para vivir una catástrofe así cada otoño?

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