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Crítica de 'Wildwood: El bosque salvaje': un nivel nunca visto en stop motion, un pequeño milagro hecho a mano

Los estudios Laika llevan desde sus inicios siendo un pequeño milagro, una rara avis en el medio de la animación dedicada por completo a la artesanía y a ensalzar la disciplina del stop motion. Gran parte de la razón es que existen por amor al arte, naciendo de esas apuestas, cada vez menos comunes, en las que un heredero millonario (aquí Travis Knight, hijo del fundador de Nike) decide usar su poder para invertir en las artes en vez de convertirse en un supervillano de tebeo dentro del capitalismo tardío.

Wildwood es su culminación hasta la fecha. Dirigida por el propio Knight, una década después de debutar con la notable Kubo. La película es tan ambiciosa en su forma, alcanzando un nivel de producción nunca antes visto en stop motion, que a ratos es fácil olvidar su fondo: un canto al arte hecho a mano, situado en Portland (hogar físico del propio estudio), sobre una adolescente que ha perdido la fe en la magia viéndose obligada a adentrarse en un mundo de fantasía.

En manos de otra productora, la premisa podría resultar cliché. Bajo Laika, es una oda a su propio lugar en el mundo, uno de los últimos bastiones de la capacidad del cine animado para resultar genuinamente mágico.

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