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La leyenda del pistolero Ruggierito: el misterio de su crimen, la noche que salvó a Gardel y la multitud que lo despidió

Juan Nicolás Ruggiero, en una fotografìa en su juventud. Manejó una banda que estuvo al servicio del intendente de Avellaneda, Alberto Barceló

Luego de haber pasado la tarde del sábado 21 de octubre de 1933 en el hipódromo de La Plata, Juan Nicolás Ruggiero regresó a Avellaneda. Era un pistolero de 38 años que, con su banda, controlaba el juego clandestino, los prostíbulos y amañaba elecciones en ese populoso distrito industrial, que era manejado bajo la influencia de Alberto Barceló, el caudillo local conservador.

Ruggierito, retacón y regordete, estaba en Crucecita, un barrio que debe su nombre a un arroyo que lo atravesaba. Allí, vio a una mujer antes de seguir camino hacia su casa, en avenida Belgrano al 900, frente al Hospital Fiorito, donde convivió durante diez años con Elisa Vecino, diez años menor que él. Pero nunca llegó.

Alberto Barceló. Desde 1909 hasta comienzos de la década del 40, manejó los hilos de la política en Avellaneda. Quería ser gobernador bonaerense

Había nacido a la una y media de la mañana del 24 de junio de 1895 en la isla Maciel. Su padre Francisco era un napolitano que se ganaba la vida como carpintero ebanista y su mamá Amalia Lucachi tenía 14 años cuando se casó, y al año siguiente ya había sido madre. De carácter fuerte, lo justificaba diciendo que “soy enérgica porque tengo muchos hijos para darles de comer”. Tuvieron más de 15, y habían llenado dos libretas enteras para inscribir los nacimientos.

En el cuarto año de la primaria, Ruggiero dejó el Colegio Hispano Argentino, en Mitre al 100, para ayudar a su papá en la carpintería. En su adolescencia se juntó con malas compañías y así se metió en el mundo de la marginalidad. Cuando era un joven, se tiroteó en la puerta de uno de los prostíbulos que custodiaba, propiedad de Enrique “El Manco” Barceló, hermano del intendente. Así, logró fama y un ascenso. Era 1913 y el líder conservador no demoró en ponerlo al frente de un subcomité conservador, que funcionaba en Pavón 252, frente al frigorífico La Negra.

En el comité se hacía política, se arreglaban elecciones y se repartía ayuda a los que más lo necesitaban. Y también se apostaba. Esos días colgaban de la puerta de entrada el cartel “Hoy – Escolaso – Hoy”. El joven Ruggiero cuidaba su negocio. Muchos de los que timbeaban iban de la ciudad de Buenos Aires y cuando alguien ganaba mucho, lo hacía acompañar hasta el puente del Riachuelo. “Si lo afanan en la capital que se joda, pero acá, en Avellaneda, no me asaltan nunca un cliente”, siempre decía.

Ruggierito y Carlos Gardel. Fotografía tomada en el Club Leales y Pampeanos, menos de un mes antes del asesinato del pistolero

El local contaba con la infraestructura y con el ingenio para encontrar soluciones a los problemas, a tal punto que a través de un telescopio alemán, ubicado afuera del hipódromo de Palermo, se relataban las carreras, transmitidas a través de un teléfono.

El comité funcionaba como lugar para escuchar tangos. Entre los cantantes de moda que concurrieron estaba Agustín Magaldi y también sobresalía el Pibe Ponzio, que acostumbraba a ejecutar el violín mientras colgaba de su dedo meñique un revólver.

Ruggierito también tenía negocios en la prostitución. Era socio en el Farol Colorado, el burdel más conocido de la isla Maciel, que estaba a cargo de la princesa Matilde y sus bailarinas o pupilas, como gustaba llamarlas. El prostíbulo, cuyo nombre original era “Café du Paradis”, estaba ubicado al lado de la escuela primaria de la isla y cuando ya era un establecimiento popular, se lo promocionaba como “cinematógrafo para hombres solos”, ya que allí se proyectaron las primeras películas pornográficas en el país.

Elisa Vecino, su compañera. Convivieron diez años. El era doce años mayor. Fotografía tomada en 1931

Tuvo que vérselas con matones al servicio de otros partidos. Con uno de los primeros que lidió fue con el Paraguayito, un bravucón a sueldo de los radicales que manejaba la delincuencia en Villa Industriales.

Pero su rival más enconado fue Julio Valea, el “Gallego Julio”, cuyo radio de acción era Barracas y hacía lo mismo que él pero para los radicales. Había llegado de España escapándole al servicio militar y vivía con dos mujeres, una italiana y otra francesa en el recién inaugurado Hotel Castelar. Fueron amigos cercanos hasta que Ruggierito impidió que asaltase a un pobre italiano, y se enemistaron para siempre. Hubo un intento de hacer las paces pero cuando una tarde Valea miraba correr a su caballo desde el techo de su vehículo -tenía prohibida la entrada al hipódromo- un certero disparo de winchester terminó con su vida.

Se había enamorado de Elisa Vecino, una chica del barrio, de 14 años. Él le llevaba doce. Y a pesar de que la mamá de ella no quería que su hija tuviera una relación con un delincuente, no pudo hacer nada. Se fueron a vivir juntos a una casa recién construida en la intersección de las calles Belgrano e Italia, con mucama, cocinera y chofer.

Se pretendió hacer pasar su muerte como una guerra entre bandas, ya que a Ruggiero le sobraban enemigos. Sin embargo, siempre quedó la sospecha que su asesinato se ordenó desde el poder político

Se hizo amigo de Carlos Gardel. El matón había intercedido por el cantante cuando el hampón Juan Garesio, dueño del cabaret Chantecler, mandó a pegarle un tiro la noche del 11 de diciembre de 1915 porque el cantante salía con su novia. Gardel recibió un disparo en el pulmón izquierdo y las gestiones de Ruggierito lograron calmar a Garesio. En agradecimiento, el dúo Gardel-Razzano amenizó los actos del partido Conservador. Y fue el propio Barceló quien le consiguió la documentación al artista para que pudiera salir de gira al exterior.

El 27 de septiembre de 1933, Gardel cantó en Avellaneda. Se planeó que fuera en el club Leales y Pampeanos, pero la multitud que se congregó lo obligó a cantar en la calle. De esa oportunidad, quedó la fotografía del cantante y Ruggierito. 25 días después lo asesinaron.

El 14 de agosto de 1929 sufrió un grave atentado cuando, con su tío Juan Lucachi, regresaba de La Boca. Había llevado un grupo de prostitutas desde la isla Maciel. En la esquina de Cevallos y Hernán Cortés fueron emboscados, su tío murió acribillado y él quedó herido. Su auto terminó con treinta impactos de bala. Mientras estuvo internado en el hospital Fiorito quisieron terminar la faena, pero un guardaespaldas frustró el ataque.

A esa altura, su familia había prosperado económicamente. Su mamá tenía acciones del Banco de Avellaneda, y la impunidad con la que se manejaba hizo que en 1929 Ruggierito -cuya banda integraba la planta permanente de la municipalidad- se apropiase de la primera línea de colectivos que unía Isla Maciel con el centro de Avellaneda, que fue la 7. Era una idea de los hermanos Bruni ante la ausencia de un medio de transporte en el barrio. Como eran siete los socios, la línea llevó ese número. Su gerente general pasó a ser Alfonso, hermano de Elisa; los Bruni quedaron con las manos vacías.

La foto de la polémica: el ataúd llevado a pulso, envuelto en la bandera argentina

Además, les regaló a sus padres una quinta en Ranelagh que se la había comprado a un comisario. El dueño de la vecina estación de servicio de la Standard Oil se encargaba de arreglar las pinchaduras de los neumáticos, producto de los impactos de bala. Su figura ya era muy popular en la ciudad y la gente no solo iba a la residencia de Barceló, en Lavalle 43, a pedir por trabajo o algún favor, sino que también hacían lo mismo en la casa de Ruggiero.

A esa altura, su nombre sonaba como sucesor de Barceló a la intendencia, ya que su jefe aspiraba a algo más grande, y que nunca obtendría, que era la gobernación de la provincia de Buenos Aires.

Ese sábado 21 de octubre, cerca de las nueve de la noche, el auto chapa 2817, manejado por José María Caballero, estacionó en Dorrego 2049, en el barrio Crucecita. El pistolero iba a visitar a una mujer. Ni el chofer ni su guardaespaldas Moretti repararon en el Chevrolet azul estacionado en la vereda de enfrente. En el momento que Ruggierito salió de la casa y se agachó para entrar al auto, un hombre apareció de la oscuridad y le disparó un tiro por la espalda. La bala le salió por la garganta.

Rápidamente el agresor subió al auto. Caballero y Moretti lo siguieron y cuando lo tuvieron a tiro, el auto de los agresores frenó sorpresivamente y efectuó una cerrada descarga. Reventaron el neumático trasero derecho y el parabrisas del auto de los perseguidores. Luego, huyeron por la avenida Mitre y desaparecieron.

Sepultado en el cementerio de Avellaneda, su bóveda está muy cerca de la de Barceló, su antiguo patrón

Ruggierito ya había sido llevado al Hospital Fiorito, donde murió minutos después de la medianoche. Con su mirada, alcanzó a despedirse de sus seres queridos.

Fue velado desde el domingo a la mañana hasta el lunes a la tarde en el subcomité de Pavón, avenida que permaneció cortada por la cantidad de vehículos. Cuando llegó el momento de llevarlo al cementerio, la gente transportó a pulso el féretro de caoba borravino. En ese momento un diputado provincial colocó una bandera argentina, asida por un crespón negro. Así lo llevaron hasta la iglesia, donde se rezó un responso. En camino al cementerio local, la policía frenó la carroza fúnebre y quitó la bandera, que quedó como una suerte de trofeo de guerra en la comisaría. Actuaron por orden del comisario Esteban Habiague, que desde que había asumido en febrero de 1932 fue un enemigo declarado del muerto.

El crimen nunca se esclareció. El auto de los agresores fue hallado abandonado en La Boca. El parabrisas tenía un orificio de bala, realizado desde adentro hacia afuera y los asientos estaban bañados en sangre. La policía adjudicó el hecho a peleas entre bandas, aunque la sospecha que pesaba sobre su patrón Barceló, nunca se disiparon.

Al año, los Ruggiero echaron a Elisa de la casa de la avenida Belgrano. Ruggierito no había puesto nada a su nombre. Debió empeñar las joyas que le había regalado para poder vivir y aunque su hermana las rescató, ella no quiso volver a tenerlas. Consiguió un trabajo de vendedora en una casa de ropa y se casó con un empleado bancario, aunque tiempo después se separó. Cuando su ex marido falleció, se volvió a casar. No tuvo hijos. Falleció en 1974.

La mamá encargó una estatua de cuerpo entero de su hijo, a la que hizo colocar en la quinta de Ranelagh. Allí, junto a sus viejos amigos del bajo fondo, le festejaba su cumpleaños.

Dicen que Barceló había montado en cólera cuando en un acto político le gritaron en la cara “Ruggierito si; Barceló, no”. Y que también vio pasar el cortejo fúnebre asomado desde la ventana de su mansión de Lavalle, hoy sede de una escuela técnica secundaria.

En la bóveda de Ruggierito, siempre hay una flor fresca que alguien deja entre los dibujos de la reja de la puerta y cerca, se encuentra el sepulcro de Barceló, que por años mostró signos de abandono, dos caras de una triste y trágica realidad.

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La denuncia de vandalismo y el reglamento elaborado por la Comisión de Familiares de Caídos para proteger el Cementerio de Darwin

Placas conmemorativas y de homenajes que habían sido colocadas en el cementerio argentino de Darwin, sin autorización

Las imágenes que difundió el canal chileno Teletrece -que llamó a las islas Malvinas “Falklands”- de placas de homenajes esparcidas sobre la turba obedecen, por un lado, a obras que se están realizando en el cementerio, y al cumplimiento de disposiciones elaboradas por la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

En tal sentido, su presidenta María Fernanda Araujo, explicó a Infobae que existe un reglamento que especifica qué se puede hacer y qué no en dicho cementerio.

El documento se llama “Reglas de comportamiento y recomendaciones durante una visita al “Cementerio Militar Argentino de Darwin”. En uno de sus apartados, especifica que “no está permitido adosar o fijar placas conmemorativas u otro tipo de recuerdo, sobre las cruces de las tumbas o sobre el muro del mármol del Cenotafio (que contiene únicamente los 649 nombres de los héroes caídos durante el conflicto), a fin de mantener la respetuosa excelencia y uniformidad estética del Cementerio”

Parte del reglamento que determina qué se puede hacer y qué no

Más adelante consigna que “no se permiten realizar inscripciones, señales o signos y dibujos sobre las piedras, muros o instalaciones del Cementerio”.

Araujo remarcó que el propósito de la Comisión es la de mantener el cementerio “prolijo, austero y bonito”, evitando la proliferación de placas o recuerdos. Es que, explicó que , mucho de lo que en distintos viajes se ha dejado referenciaban a consignas políticas o a dirigentes. La ex diputada nacional contó que algunas de ellas contenían la leyenda “Gestión…” aludiendo a dirigentes.

“Es dificilísimo mantener el cementerio”, aseguró. Aclaró que las tumbas solo deben tener el nombre del caído, que solo se pueden dejar rosarios de plástico, ya que los de metal terminan manchando de óxido el mármol blanco, o flores de tela blancas.

Sobriedad y uniformidad: solo cruces blancas, coronadas con rosarios, y una placa de mármol con el nombre del caído

Araujo señaló que en estos momentos el cementerio se halla en plena reconstrucción, ya que es preciso realizarle refacciones debido al riguroso clima de las islas. Detrás de la cruz mayor, había crecido un cerco que con los fuertes vientos pegaban contra las lajas adosadas a la cruz que, además, soportaban períodos de congelamiento. Esto hacía que terminasen desprendiéndose.

Las obras que se están realizando, siempre con el apoyo de Aeropuertos Argentina, su titular Eduardo Eurnekian y coordinadas por el capitán de navío retirado Roberto Curilovic -veterano de Malvinas- incluyen quitar la vegetación e incorporar un sistema de drenaje para que el agua de lluvia y la nieve derretida pueda escurrir más fácilmente.

Aeropuertos Argentina, en un comunicado, también explicó que todo se debe a obras que comenzaron en septiembre que finalizarán a fines de este mes. Asimismo, con el consentimiento de la comisión, se retiraron las placas que habían sido colocadas sin autorización “con el objetivo de preservar la integridad y la sobriedad del sitio”. Cabe destacar que dicha empresa participó de la puesta en valor del cementerio desde su establecimiento, en el 2004, y tiene a su cargo el mantenimiento desde el 2010.

En los viajes de familiares, un sacerdote ora por los caídos. Al costado, la imagen de la Virgen (Matías Arbotto)

El cementerio se halla en la isla Soledad, cerca de Puerto Darwin y a casi noventa kilómetros de Puerto Argentino.

La presidenta de la Comisión -hermana del soldado Elbio Eduardo Araujo, de la Compañía B del Regimiento 7, caído en el combate de Monte Longdon- adelantó que el reglamento se colocará en el cementerio para que los visitantes sepan qué se puede hacer y qué no, y evitar que se peguen placas sin consultar previamente o se coloquen stickers en el vidrio que protege la imagen de la Virgen, como ha ocurrido.

Hasta el momento, Araujo aclaró que no hay previsto ningún viaje de familiares, ya que los anuncios del presidente Javier Milei respecto a Malvinas aumentó la susceptibilidad de los pobladores. El primer viaje de familiares se hizo en marzo de 1991 y se regularizaron a partir de 1999.

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Hombres hacinados que pedían limosna, verdugos temibles y una fuga frustrada: cuando en el fondo del Cabildo funcionaba una cárcel

Aspecto que el Cabildo de Buenos Aires lució por años, antes de que fuera cercenado. Allí funcionaba también una cárcel

Al fin el día había llegado. Terminaba un cruel hacinamiento de décadas en celdas inmundas, derruidas y húmedas. Los presos de la cárcel que funcionaba en el Cabildo serían trasladados a la flamante Penitenciaría Nacional.

Se dispuso que el traslado fuese el lunes 28 de mayo de 1877. Y la leyenda asegura que los presos, confiados en la laxitud del traslado, tenían un plan de fuga.

Hasta la construcción del Cabildo, lo que se usó como cárcel en la ciudad de Buenos Aires eran algunas dependencias del Fuerte, que se levantaba donde ahora está la Casa Rosada. Hasta entonces, insólitamente, los que cometían delitos eran encerrados en las casas de los funcionarios. Y cuando el Cabildo entró en funcionamiento, los cabildantes debieron ceder despachos para habilitarlos como lugares de encierro.

El garrote vil. Al condenado se lo sentabam se lo sujetaba al respaldo desde el cuello y un tornillo era accionado en su nuca

En 1682, se proyectó ampliar el Cabildo a dos plantas, y se contemplaron celdas para hombres, otras para mujeres y unas terceras para presos vip. Sin embargo, esta idea quedó en la nada.

A principios del 1700, cuando se decidió levantar un edificio de planta baja y primer piso, también se mantuvo su Cárcel Real o Cárcel Pública, como se la conocía.

Al encierro iban a parar los que robaban comida, gallinas o ropa; los que mataban, los muchachos que rompían compromisos de casamiento, los deudores, dementes, padres que pedían encerrar a sus hijos, a esclavos desobedientes o por simple portación de cara. Porque entonces lo que primaba era la presunción de culpabilidad.

En un principio, las mujeres también eran encerradas allí. Hasta que el virrey Juan José Vértiz dispuso la creación de una Casa de Corrección, ubicada en la actual Humberto Primo y Defensa. Allí iban a parar prostitutas, hijas que no obedecían a sus padres, esposas que hacían lo propio con sus maridos, las esclavas que se fugaban del hogar de sus amos y las indígenas indomables capturadas por el ejército en sus raids por las tolderías. Con el correr de los años, sería la Cárcel Correccional para mujeres, un edificio que se venía abajo y era administrado por la Sociedad de Beneficencia.

A los condenados se los solía ejecutar frente al Cabildo. En la imagen, una litografía de Bacle recrea la muerte de los implicados en el asesinato de Facundo Quiroga

Las mujeres podían terminar en esa institución solo con el pedido del padre, esposo o hermano. En su encierro deberían enfrentar un infierno de maltratos y abusos sexuales. Realizaban manualidades, y era estricta la práctica de la religión católica.

Los presos del Cabildo no cumplían sus penas ahí, ya que la cárcel funcionaba como una suerte de custodia transitoria. Porque un individuo podía ser condenado a muerte, a presidio, a trabajos forzados, a azotes o al destierro. Si era la pena de muerte, había verdugos que se ocupaban de tan ingrata tarea. Uno de los primeros fue Diego de Ribero, quien actuó a partir de 1611, lo sucedió el negro Cristóbal y luego Lorenzo de Ulate. A partir de 1772 verdugos como el Negro Félix o el portugués José Acosta hacían uso del garrote vil y luego colgaban el cuerpo del infortunado a la expectación pública. Era común que a las ejecuciones públicas los adultos llevasen a sus hijos para que vieran lo que le pasaba a los que delinquían.

Uno de los últimos verdugos fue el negro Bonifacio Calixto, quien además era pregonero. Siempre se quejó de los escasos 150 pesos que ganaba al año pero nunca obtuvo un aumento. Fue protagonista de un sonado romance con la esclava Tomasa, y debió intervenir el Cabildo porque el dueño de la mujer no quería aprobar su casamiento. Calixto fue quien colgó a los ejecutados en el Motín de las Trenzas en diciembre de 1811 y a los conjurados del Motín de Alzaga en 1812.

En esta imagen de 1940 pueden verse las antiguas rejas de lo que era la cárcel (Imágenes del IAA, FADU, UBA)

Si la condena era a presidio, el condenado era destinado a algún fuerte del interior como los de Carmen de Patagones, Islas Malvinas, Isla Martín García o Montevideo.

Hasta 1770 las paredes de la cárcel del Cabildo eran de adobe, y las fugas eran frecuentes, luego se empleó el ladrillo. Como la comida escaseaba, crónicas de 1790 mencionan que los presos criaban cerdos y carneros. Es más: los presos estaban separados de la vía pública por una reja, y era común que pidiesen limosna a los transeúntes, porque ellos debían procurarse la forma de conseguir alimento. El gobierno de Martín Rodríguez, en 1823, prohibió dicha práctica, ya cuando los cabildos habían sido eliminados y transformados en sedes de justicia.

Los pobres esclavos que eran encerrados a pedido de sus amos por ser desobedientes, finalmente eran dejados en libertad porque nadie quería ocuparse de ellos y era habitual que hombres, detenidos por meses por faltas menores, escribiesen al virrey pidiendo clemencia, que por lo general era otorgada.

Frente de la Penitenciaría Nacional, sobre la calle Chavango, luego cambiada por Las Heras

Durante la gobernación de Emilio Castro, se lanzó un concurso para levantar una cárcel modelo, cuyo diseño estuvo a cargo de Ernesto Bunge, primer graduado de arquitectura en la Universidad de Buenos Aires, y de Valentín Balbín, también perteneciente a la camada de los primeros 13 ingenieros, grupo en el que estaba Luis Huergo. La obra significó un presupuesto de dos millones de pesos oro.

La nueva cárcel tenía una disposición radial, con siete pabellones, cada uno con 120 celdas. En total, tenía capacidad para alojar a 704 hombres. La rodeaban altísimos muros de ocho metros y todo el predio -donde hoy está el Parque Las Heras- estaba rodeado por una reja. Tenía la entrada principal por la calle Chavango, que el intendente Torcuato de Alvear cambió, en 1884, por el nombre de Las Heras.

Enrique O’Gorman, hermano de Camila -fusilada junto al cura Ladislao Gutiérrez el 18 de agosto de 1848- fue el primer director. O’Gorman había sido juez de paz y en 1867 había sido designado jefe de policía, donde impuso diversas innovaciones. Además, creó un cuerpo de bomberos y tuvo una destacada actuación en la organización cuando la ciudad fue asolada por las epidemias del cólera y la fiebre amarilla.

Enrique O'Gorman, primer gobernador que tuvo la Penitenciaría

Fue nombrado primer gobernador de la flamante penitenciaría, cargo que ocuparía hasta 1887, cuando se jubiló.

Los primeros en protestar fueron los familiares de los presos, quienes se quejaron por lo lejos que quedaba el penal. Es que por 1877, la zona era puro campo.

Se calculaba que en la ciudad de Buenos Aires vivían unos 270 mil personas, y las calles afirmadas con un empedrado estaban dentro del perímetro de México, Tucumán, Callao y Entre Ríos. Más allá, había edificaciones, pero las calles eran de tierra. En días de tiempo seco, volaba el polvo y cuando llovía, eran intransitables.

El traslado de los presos hacia la nueva unidad penal se lo pensó hacerlo de a grupos, manteniendo la discreción y el bajo perfil del operativo. Los penados habrían ideado un plan. Esperarían estar en la vía pública y calculaban escapar de los guardias y correr en diversas direcciones.

La flecha señala el emplazamiento de la Penitenciaría, según el plano de Pedro Uzal de 1879 (A. Taullard, Los planos más antiguos de Buenos Aires)

Pero lo que no tuvieron en cuenta fue que el operativo llevado a cabo por la Guardia Provincial incluía engrillarlos de a dos. Se los organizó en grupos y así unos 300 hombres recorrieron los casi siete kilómetros que los separaba de la Penitenciaría Nacional.

Les esperaba un régimen novedoso. Celdas individuales, aislados, donde los internos eran identificados con un número -estaba prohibido usar nombre- sin poder hablar salvo que pidiesen permiso y trabajo en diversos talleres que tenía el penal.

Los presos del Cabildo no lograron su cometido. La primera fuga registrada fue el 29 de diciembre de 1889 cuando un preso escapó vestido con ropas de mujer y al año siguiente otro alcanzó la libertad escondiéndose en un tacho de basura. Recién en 1911 se produciría una evasión cuando una docena de presos cavaron un túnel.

Portones de la Penitenciaría. En 1961 fue demolida y actualmente el predio que ocupaba es un parque (Museo Penitenciario Antonio Ballvé)

El barrio fue creciendo, los vecinos no dejaban de protestar por los disturbios, los gritos que de noche se escuchaban y por años sobrevoló la idea de un traslado, que recién se concretaría el 6 de septiembre de 1961 cuando comenzó su demolición. Hoy es un parque, y en el subsuelo quedaron toneladas de escombros y estructuras de un presidio que fue inaugurado por los presos del Cabildo, cuya idea de fuga quedó en un sueño imposible de cumplir.

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