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Alfonso Lago, un maestro del judo que hizo escuela en Valladolid

El pasado lunes 19, el presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, visitó la residencia Senior Mozárbez de Salamanca y entregó una placa conmemorativa a Alfonso Lago San José en reconocimiento a toda una vida dedicada al judo. Alfonso, hermano del prestigioso periodista Julián Lago, recibe este homenaje que pone en valor a una de las figuras que más han contribuido a la implantación y el prestigio de este deporte en Valladolid, en la comunidad y en el conjunto de España.

Hablar de Alfonso Lago es hablar de historia viva del deporte. Lago es cinturón negro sexto Dan y posee las máximas titulaciones técnicas: entrenador nacional y maestro de judo, profesor de arbitraje y de katas, y entrenador nacional de jiu-jitsu. Desde 1979 es además árbitro internacional mundial, lo que le llevó a coger la maleta para recorrer numerosos campeonatos de Europa y del Mundo entre los años setenta, ochenta y noventa.

En 1980 fue designado árbitro mundial en los Juegos Olímpicos de Moscú y en 1986 dirigió grandes combates en los Campeonatos femeninos del Mundo en Maastricht.

Pero la huella de Lago en su ciudad es quizá aún más profunda. Como alma inquieta que es, en 1962 fundó el Club Universitario de Judo de Valladolid y, cinturón en mano, abrió el gimnasio Inokuma en 1968 para posteriormente abrir su templo particular en 1971, el gimnasio Kobayashi, auténtica escuela de yudocas. Introdujo el judo infantil en numerosos centros educativos vallisoletanos y formó a generaciones enteras de cinturones negros, entrenadores y deportistas, hombres y mujeres, que acabaron logrando varias medallas nacionales e internacionales.

Seguiríamos hablando de su brillante currículum como presidente de la Federación Regional Vallisoletana de Judo, de la que fue también director técnico, y ejerció como presidente del Colegio Nacional de Árbitros. Formó parte del Comité Técnico de la Federación Española, de la Comisión Nacional de Grados y del Comité de Difusión de la Federación Internacional de Judo, además de ser seleccionador y entrenador de la selección femenina de Castilla y León. ¡Todo un trotamundos por y para la disciplina de este arte marcial moderno!

Su compromiso con el judo fue más allá: dirigió la revista Judo España y otras publicaciones federativas, y en 1976 recibió el Premio Nacional de Periodismo «Jigoro Kano». A lo largo de su carrera acumuló además grandes reconocimientos como las medallas de Bronce y de Plata al Mérito Deportivo de la Federación Española de Judo, el premio al Mejor Judoca Vallisoletano, el de Mejor Árbitro Vallisoletano y el diploma del Consejo Superior de Deportes al Mejor Árbitro de Castilla y León.

Con más de tres décadas de enseñanza, arbitraje, gestión y difusión, Alfonso Lago representa al judoca completo: el deportista que se hizo maestro, el árbitro que llegó a unos Juegos Olímpicos y el regente que construyó la estructura necesaria para que otros pudieran competir. La placa recibida es el reconocimiento institucional a una trayectoria que ha marcado a varias generaciones del judo castellano y leonés.

Amante de la pesca y de la escritura, Alfonso contempla con perspectiva desde su retiro charro aquellos gloriosos días y recuerda con gran cariño a su Volkswagen Golf, al que llama «supercoche».

Quién sabe si el tatami, o los «tambores», grito de guerra que él acuñó para sus clases, siguen resonando en gimnasios de todo el país, pero desde luego puede sentirse muy orgulloso de

haber creado tendencia y escuela para cientos de deportistas que, gracias a su tesón, entusiasmo y fe, conocieron esta gran disciplina de cuerpo y alma.

¡Larga vida al judo!

© La Razón

Fernández Mañueco hace entrega a Alfonso Lago de la placa conmemorativa

© La Razón

Alfonso Lago en su época de judoka
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