Riki Blanco: adolescencia
Jacqueline Dunkley-Bent sabía que el bebé había muerto. La cabeza comenzó a asomar por la vulva de la madre y ella esperaba un leve movimiento, a la izquierda o a la derecha, cualquier gesto que indicara un signo de vida. No llegó. “Sabía cuáles eran los hechos. Pero en mi corazón y en mi cabeza no podía aceptarlo”, rememora la matrona jefa de la Confederación Internacional de Matronas sobre el primer parto de un mortinato al que asistió. “Vamos, muévete un poco”, repetía en silencio. “Era muy joven e ingenua. Pensaba que entraba en una profesión donde todo iba a ser vida y todo iba a ser maravilloso. Y sí, había vida, pero también había muerte”, recuerda esta matrona británica que por entonces estaba recién licenciada. Han pasado más de tres décadas, pero la escena sigue acompañándola.

Cada vez que alguien abre un grifo de agua, la Organización Mundial de la Salud (OMS) está detrás de ese gesto: establece las normas que garantizan su calidad. “También está detrás de la definición de qué tiene que llevar una crema para protegerte de los rayos ultravioletas”, asegura María Neira (La Felguera, Asturias, 64 años), la española que aspira a dirigir la OMS, para explicar el impacto en la vida cotidiana de una institución que pasa por horas bajas después de la retirada de la financiación de Estados Unidos y el desplome de su autoridad.
A woman in her 70s holds a sign against the World Health Organization (WHO) in the rain outside the World Health Summit in Berlin, one of the main international forums on global health. The image catches the eye of Gevorg Tamamyan, an Armenian physician and candidate to lead the agency. “When I was a child, the WHO meant trust. Why has that trust become so fragile?” he asks hours later during the first debate among several of the seven contenders to succeed Tedros Adhanom Ghebreyesus.