'Operación Triunfo' cumple 25 años: cómo hemos cambiado, cómo seguimos emocionándonos
Un día como hoy, de hace 25 años, conocíamos a Rosa, David, Busta, Chenoa, Manu, Vero, Nuria, Gisela, Naím, Álex, Alejandro, Juan, Natalia, Javián, Mireia y Geno. Es fácil recordar cada una de sus caras con solo pronunciar cada uno de sus nombres. Porque eran cómo nosotros. E iban a cumplir su sueño como nosotros soñábamos. Sin quererlo, se estaban convirtiendo en representantes de la España que todavía creía en el ascensor social.
Nunca antes el nombre de un programa fue tan premonitorio. A nuestro lado, llegaba Operación Triunfo. Con semanas de trabajo intenso del equipo de Gestmusic para poner en pie una escuela-plató en una nave industrial, pero sin mucha pompa mediática, sin ni siquiera mucha expectativas de la propia Televisión Española. La idea había sufrido las calabazas de directivos de la televisión privada que repetían el mantra de que la música ya no funcionaba en televisión. Era la época del boom de Gran Hermano y parecía que el éxito iba unido a la polémica de la incompatibilidad de caracteres. Pero la sabiduría de Joan Ramón Mainat, Toni Cruz y Josep María Mainat se percató de que la enseñanza podía enriquecer el interés del reality puro. La audiencia no solo conectaría con gente conviviente y empatizaría con personas desarrollándose viviendo en una academia de música.
Empezaba un cambio en la forma de entender el entretenimiento, arrancaba el último gran fenómeno televisivo que fue realmente de masas antes de la segmentación de públicos en pluralidad de canales y plataformas. El público más transversal del país se iba a enganchar a la ingenuidad de una pandilla de chicos que no sabía a lo que se enfrentaba. Ahí, de hecho, radicó el atractivo inicial de OT. Poco se podía prefabricar, solo existía la posibilidad ser.
Los concursantes no conocían la repercusión exterior y tampoco tenían unos predecesores a quien copiar. Estaban sentando las bases de una nueva televisión que descubría que un reality show es mejor si va más allá de la cizaña y el público se implica con los participantes porque también aprende en sus clases. Y ve su esfuerzo, sus avances, sus temores y comprende qué circunstancias se producen hasta llegar a interpretar una canción en el gran escenario de las galas del concurso. El espectador conocía la trastienda, las dificultades, las debilidades y se sentía arte y parte de la evolución que otorga la enseñanza profesional y vital.
Porque el gran éxito de OT estuvo desde el principio en que Rosa, Bisbal, Bustamente, Chenoa y los demás podían ser nuestros vecinos del barrio. Hasta llevaban la misma ropa que podíamos comprar con nuestra madre en el mercadillo de los sábados por la mañana. Chicas y chicos de la calle que no se disfrazaban de nada. Eran transparentes. Sus decepciones y sus alegrías eran las de todos. Y el programa sabía indagar en sus estados de ánimo a través de la elección de canciones que hablaban de sus personalidades y anhelos. Escondidos e Y, ¿si fuera ella? son dos clásicos modernos ya de la edad del pavo eterna de una nación.
Y, mientras tanto, la industria discográfica tradicional se quedó descolocada. Los artistas de perfectas vidas prefabricadas, envueltas para regalo en alfombras rojas, habían sido adelantados por una pandilla de chavales con todas las imperfecciones que nos unen. El público incluso se estaba percatado con sus lloreras de tantas cosas que nos vendieron como defecto cuando eran aquello que nos hacía más singulares.
Pero los años pasan y la ingenuidad suele transformarse en reticencias. La propia Rosa López, Rosa de España, se queja, en estos días, desde sus redes sociales sobre que las cadenas ya no le llaman para cantar y que, como consecuencia, ha decidido que no participaría en un aniversario de OT. La vulnerabilidad que le llevó a la victoria continúa ahí. En vez de celebrar la suerte de vivir en primera persona una experiencia única e irrepetible aflora la resignación. Hay famas tan aplastantes que o las organizas para sobrevivir a la resaca del fervor popular o se convierten en una sombra de anhelos mal gestionados para siempre.
Aunque OT no se ha quedado atrapado en su propia nostalgia. Y ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. También enntendiendo que la televisión no se dispersa con las redes sociales. Al contrario, se multiplica. Así vemos la tele hasta cuando creemos no verla. Y, así, el regreso de OT en 2017 comprendió que hay que estar allá donde tu público objetivo vive, otorgando contenido propio de calidad a la altura de la televisión tradicional. Entonces, el programa había parado el tiempo suficiente para que su nuevo casting viniera casi con esa ingenuidad de 2001. Eran tan jóvenes, que conocían el programa desde un recuerdo más lejano, pero no estaban influenciados. Además, ya venían muy naturalizados con las pantallas, al ser nativos digitales. Amaia, Alfred, Aitana... El casting volvía a representar a nuestra sociedad. Más diversa y con menos eufemismos que en 2001.
OT nunca se ha quedado en reproducir su propio molde y ha aprendido del punto vital y sensible en el que se encuentra su audiencia en cada momento. De hecho, su gran inteligencia es que se trata de un talent show con una vertiente de reality que con el tiempo ha logrado asumir la autocrítica. Incluso hace el saludable ejercicio de relativizar el éxito y narrar sus sinsabores a los alumnos. En eso también había aprendido OT: el éxito y el fracaso siempre son dos impostores.
Ahí la constructividad de Noemí Galera ha sido un valor añadido como imagen del formato que nació en la época del reality show sin demasiada piedad hasta llegar a tiempos en los que aprendimos de salud mental. Un poquito, al menos. Aunque todo se puede desaprender de nuevo. Ella no sólo es la directora de casting y la directora de la academia desde 2017: ha acabado siendo también el vínculo sensato entre el espectador y los propios concursantes, con la autoridad de sabérselas todas, pues ha vivido el auge y la caída del propio concurso para luego verlo resucitar. Galera es la mejor para explicar a los concursantes la fragilidad del concepto "éxito", lo efímero que es, lo fácil que resulta que la gente te olvide después de haber llenado un estadio. Y lo explica de forma clara y a la vez empática, entendiendo a esos chicos y chicas que se creen que ya lo han conseguido todo cuando descubren que miles de personas acuden a sus firmas de discos. Y en la vida nunca se termina de conseguir todo.
OT no te da un sueldo vitalicio de Nescafé. Pero, bien administrado, es un trampolín de promoción personal que, 25 años después, continúa presente en nuestra emoción colectiva. Tal vez porque, también, ha sido un reflejo del ciclo vital de aspiraciones, subidones y pérdidas de inocencia que mueven el mundo. Y vuelta a empezar. Así OT se ha convertido en un lugar seguro que, desde la mirada esperanzadora de los que todavía se piensan infinitos, nos pone a bailar con las canciones de nuestra vida. Las canciones que nunca te dejan solo. Siempre están a tu lado. Te sientas triunfador. O no.





