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'Operación Triunfo' cumple 25 años: cómo hemos cambiado, cómo seguimos emocionándonos

Un día como hoy, de hace 25 años, conocíamos a Rosa, David, Busta, Chenoa, Manu, Vero, Nuria, Gisela, Naím, Álex, Alejandro, Juan, Natalia, Javián, Mireia y Geno. Es fácil recordar cada una de sus caras con solo pronunciar cada uno de sus nombres. Porque eran cómo nosotros. E iban a cumplir su sueño como nosotros soñábamos. Sin quererlo, se estaban convirtiendo en representantes de la España que todavía creía en el ascensor social.

Nunca antes el nombre de un programa fue tan premonitorio. A nuestro lado, llegaba Operación Triunfo. Con semanas de trabajo intenso del equipo de Gestmusic para poner en pie una escuela-plató en una nave industrial, pero sin mucha pompa mediática, sin ni siquiera mucha expectativas de la propia Televisión Española. La idea había sufrido las calabazas de directivos de la televisión privada que repetían el mantra de que la música ya no funcionaba en televisión. Era la época del boom de Gran Hermano y parecía que el éxito iba unido a la polémica de la incompatibilidad de caracteres. Pero la sabiduría de Joan Ramón Mainat, Toni Cruz y Josep María Mainat se percató de que la enseñanza podía enriquecer el interés del reality puro. La audiencia no solo conectaría con gente conviviente y empatizaría con personas desarrollándose viviendo en una academia de música.

Empezaba un cambio en la forma de entender el entretenimiento, arrancaba el último gran fenómeno televisivo que fue realmente de masas antes de la segmentación de públicos en pluralidad de canales y plataformas. El público más transversal del país se iba a enganchar a la ingenuidad de una pandilla de chicos que no sabía a lo que se enfrentaba. Ahí, de hecho, radicó el atractivo inicial de OT. Poco se podía prefabricar, solo existía la posibilidad ser.

Los concursantes no conocían la repercusión exterior y tampoco tenían unos predecesores a quien copiar. Estaban sentando las bases de una nueva televisión que descubría que un reality show es mejor si va más allá de la cizaña y el público se implica con los participantes porque también aprende en sus clases. Y ve su esfuerzo, sus avances, sus temores y comprende qué circunstancias se producen hasta llegar a interpretar una canción en el gran escenario de las galas del concurso. El espectador conocía la trastienda, las dificultades, las debilidades y se sentía arte y parte de la evolución que otorga la enseñanza profesional y vital.

Porque el gran éxito de OT estuvo desde el principio en que Rosa, Bisbal, Bustamente, Chenoa y los demás podían ser nuestros vecinos del barrio. Hasta llevaban la misma ropa que podíamos comprar con nuestra madre en el mercadillo de los sábados por la mañana. Chicas y chicos de la calle que no se disfrazaban de nada. Eran transparentes. Sus decepciones y sus alegrías eran las de todos. Y el programa sabía indagar en sus estados de ánimo a través de la elección de canciones que hablaban de sus personalidades y anhelos. Escondidos e Y, ¿si fuera ella? son dos clásicos modernos ya de la edad del pavo eterna de una nación.

Y, mientras tanto, la industria discográfica tradicional se quedó descolocada. Los artistas de perfectas vidas prefabricadas, envueltas para regalo en alfombras rojas, habían sido adelantados por una pandilla de chavales con todas las imperfecciones que nos unen. El público incluso se estaba percatado con sus lloreras de tantas cosas que nos vendieron como defecto cuando eran aquello que nos hacía más singulares.

Pero los años pasan y la ingenuidad suele transformarse en reticencias. La propia Rosa López, Rosa de España, se queja, en estos días, desde sus redes sociales sobre que las cadenas ya no le llaman para cantar y que, como consecuencia, ha decidido que no participaría en un aniversario de OT. La vulnerabilidad que le llevó a la victoria continúa ahí. En vez de celebrar la suerte de vivir en primera persona una experiencia única e irrepetible aflora la resignación. Hay famas tan aplastantes que o las organizas para sobrevivir a la resaca del fervor popular o se convierten en una sombra de anhelos mal gestionados para siempre.

Aunque OT no se ha quedado atrapado en su propia nostalgia. Y ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. También enntendiendo que la televisión no se dispersa con las redes sociales. Al contrario, se multiplica. Así vemos la tele hasta cuando creemos no verla. Y, así, el regreso de OT en 2017 comprendió que hay que estar allá donde tu público objetivo vive, otorgando contenido propio de calidad a la altura de la televisión tradicional. Entonces, el programa había parado el tiempo suficiente para que su nuevo casting viniera casi con esa ingenuidad de 2001. Eran tan jóvenes, que conocían el programa desde un recuerdo más lejano, pero no estaban influenciados. Además, ya venían muy naturalizados con las pantallas, al ser nativos digitales. Amaia, Alfred, Aitana... El casting volvía a representar a nuestra sociedad. Más diversa y con menos eufemismos que en 2001.

OT nunca se ha quedado en reproducir su propio molde y ha aprendido del punto vital y sensible en el que se encuentra su audiencia en cada momento. De hecho, su gran inteligencia es que se trata de un talent show con una vertiente de reality que con el tiempo ha logrado asumir la autocrítica. Incluso hace el saludable ejercicio de relativizar el éxito y narrar sus sinsabores a los alumnos. En eso también había aprendido OT: el éxito y el fracaso siempre son dos impostores.

Ahí la constructividad de Noemí Galera ha sido un valor añadido como imagen del formato que nació en la época del reality show sin demasiada piedad hasta llegar a tiempos en los que aprendimos de salud mental. Un poquito, al menos. Aunque todo se puede desaprender de nuevo. Ella no sólo es la directora de casting y la directora de la academia desde 2017: ha acabado siendo también el vínculo sensato entre el espectador y los propios concursantes, con la autoridad de sabérselas todas, pues ha vivido el auge y la caída del propio concurso para luego verlo resucitar. Galera es la mejor para explicar a los concursantes la fragilidad del concepto "éxito", lo efímero que es, lo fácil que resulta que la gente te olvide después de haber llenado un estadio. Y lo explica de forma clara y a la vez empática, entendiendo a esos chicos y chicas que se creen que ya lo han conseguido todo cuando descubren que miles de personas acuden a sus firmas de discos. Y en la vida nunca se termina de conseguir todo.

OT no te da un sueldo vitalicio de Nescafé. Pero, bien administrado, es un trampolín de promoción personal que, 25 años después, continúa presente en nuestra emoción colectiva. Tal vez porque, también, ha sido un reflejo del ciclo vital de aspiraciones, subidones y pérdidas de inocencia que mueven el mundo. Y vuelta a empezar. Así OT se ha convertido en un lugar seguro que, desde la mirada esperanzadora de los que todavía se piensan infinitos, nos pone a bailar con las canciones de nuestra vida. Las canciones que nunca te dejan solo. Siempre están a tu lado. Te sientas triunfador. O no.

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Un año del caos en Callao: cuando Rosalía convirtió la expectación en espectáculo

El misterio siempre hace más grandes a los artistas. Nos despierta la magia de imaginar todo lo que no puedes ver. Pero, ahora, en la sociedad hiperconectada, contemplamos casi todo. Hasta pedimos a los cantantes, actores y mocatrices una opinión de casi todo. Opinión a nuestro gusto, claro. Así solo queda decepcionar expectativas, pues es imposible reaccionar a la carta de cada uno de los followers.

¿Cómo escapar de la tiranía de la opinión deformada? Una salida está en desafiar la fantasía del público. En entrenar la incógnita, Rosalía fue maestra hace justo 365 noches. En sus redes, se había observado cómo se maquillaba, cómo conducía un coche con cigarro en mano (imprudencia que hizo que cortaran el vídeo), cómo enfundada en un vestido de novia a la fugaba corría hacia un lugar. Y el lugar parecía que era el Times Square español, pues allí, en las pantallas gigantes de las fachadas de Callao, se proyectaba una cuenta atrás. Así que todos nos pusimos a correr con ella. Para vivirlo con ella.

No se anunció nada concreto, pero la capacidad del enigma movilizó la especulación de la gente sedienta de sentirse parte de un momento histórico. El boca a boca saltó de WhatsApp a WhatsApp, de stories de Instagram a stories de Instagram, de comentarios de TikTok a comentarios de TikTok. La plaza se llenó. Todos sintiéndose parte de un acontecimiento irrepetible. Todos grabando con el móvil las pantallas con una cuenta atrás. Todos coreando al unísono los segundos que faltaban ¡5, 4, 3, 2, 1…! Pero, entonces, en la pantalla, solo salió una imagen fija de la portada del disco de Rosalía que estaba a punto de lanzarse, Lux. Una imagen fija que ya se había publicado. Decepción.

La incógnita provocó que la gente corriera a estar presente en la emoción “del todo puede pasar”. Aunque no pasara nada. El performance salió redondo para llenar de titulares los medios de comunicación al día siguiente y que empezara a estar en la conversación social lo nuevo de Rosalía. Así fue.

Felicidades. Hoy es el primer aniversario de aquella noche de emociones que llevaron al colapso a Callao. Y, sin embargo, ya habíamos olvidado tal caos. Consecuencias de la cultura del hype, donde el decorado importa más que el arte, donde cada semana hay un día histórico. Porque el talento hay que transformarlo en experiencia en tiempos de la excitación del FOMO. No es suficiente con disfrutarlo, cada espectáculo debe ser el mejor o el peor de la historia. Sin puntos medios. Tampoco basta con sentirlo, hay que protagonizarlo en tu Instagram, en tu TikTok. Y fardar al mundo de que estuviste allí, claro. El espectador ya no solo completa el arte con el criterio de su mirada, también desea protagonizarlo con su presencia en primer plano de reacción. Que para eso tenemos smartphone. Una sensación que nos lleva a buscar hasta debajo de las piedras días históricos que ni siquiera somos capaces de recordar. Porque son para posarlos más que para pensarlos, son para devorarlos más que para celebrarlos, en una dinámica de las redes sociales en la que es más fácil que nunca teledirigir qué vamos a amar o qué vamos a odiar. Aunque, al final, terminamos sobre todo olvidando. Porque entre tanto impacto escasea el margen para degustar.

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Mario Vaquerizo protagoniza 'Cabaret': ¿intrusismo o simplemente un 'show'?

Mario Vaquerizo protagoniza el retorno de Cabaret en Madrid (en Espacio Delicias). Nada más saltar la noticia, no tardó en asomar la indignación previsible: "¡Con todos los actores preparadísimos en cante, baile e interpretación que tenemos, han contratado al mediático de turno!". Indignación. Bochorno. Y poco entender la complejidad del negocio artístico. Porque que Mario Vaquerizo sea cabeza de cartel de este Cabaret no significa que exista menos trabajo para artistas de musicales. Al contrario, su popularidad puede dar una segunda oportunidad a un espectáculo que se ha versionado hasta seis veces en España. Los mediáticos como reclamo son una táctica habitual en el showbusiness desde tiempos inmemoriales. Y lo seguirán siendo. En el teatro, en la tele, en el cine. En las películas de Mario Camus, Almodóvar, Los Javis. Con Raphael, Rosario o Guitarricadelafuente. No eran actores escuela, pero han protagonizado películas. Como lo hicieron Lola Flores, como Hombres G, como tantos que llegaron a la pantalla grande y a la escena por su fenómeno social más que por su preparación interpretativa. Pero sus personajes habitualmente solo los podían hacer ellos: porque eran la atracción estética que incorporaba una curiosidad extra a la obra que va estrechamente unida al carisma que les llevó antes de este papel a la popularidad.

Su participación en una producción puede gustar más o menos, pero no reduce las posibilidades en un oficio que ya de por sí es un mar de incertidumbre. Solo recuerda un hecho realista que nunca es sinónimo de justo: para atraer el interés del público no siempre basta con buenos intérpretes, también es necesaria la guinda que otorgan los primeros espadas que atraen el interés. Ya sea de la crítica, de los medios o del murmullo nacional. Más aún en esta sociedad del hype en la que estamos inmersos.

Así el productor de Cabaret ha contado con Vaquerizo. Ya con el debate creado con el fichaje ha conseguido una publicidad previa gratis. No asegura que sea un éxito. Hasta puede ser una decisión arriesgada, pero de momento ha generado una conversación social. Por la indignación de unos, por la curiosidad de pensar ‘cómo lo hará’ en otros.

En este montaje de Cabaret, Vaquerizo interpreta a Emcee, papel de maestro de ceremonias que comparte con un gran actor, Víctor Palmero. Se turnarán, en una función que intenta volver a contar como nunca antes esta historia de la varieté en tiempos de horror. De la varieté que nos pone unos segundos a salvo del miedo.

También hoy. El problema es que la polémica se ha convertido en la actualidad en en uno de los entretenimientos más adictivos. La era de las redes sociales nos anima a repartir carnés. Incluso afirmar quién puede y quién no interpretar un personaje con la excusa de que otro más preparado se queda sin trabajo. Pero qué es estar más preparado en un mundo tan subjetivo como el actoral. El cantante Guitarricadelafuente cuántas carreras actorales ha hecho para protagonizar La bola negra. Tenía otras virtudes para el papel. Como Mario Vaquerizo tiene las suyas. Pero estamos enganchados al enfrentamiento que nos enreda más que cambia el mundo a menor. Porque, en el fondo, no busca eso. Simplemente alimenta el regustillo del individualismo que nos hace sentirnos mejores que los demás. Es la moral de la abreviatura mental digital que acorta las posibilidades del arte. La precariedad actoral no termina vetando a Mario Vaquerizo. La riqueza actoral, en cambio, sí que se ensancha entendiendo la cultura como el arte de mezclarse, dudar, intercambiar papeles. Hasta percatarse cuando hay sentencias firmes que solo fueron fruto de la subjetividad de antipatías personales más que de reivindicaciones colectivas.

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Lola Flores y cómo se adelantó a 'Gran Hermano VIP'

“¿Tú crees que tu madre habría acabado concursando en GH VIP o Supervivientes?”, pregunta Jorge Javier Vázquez por nota de vídeo a Lolita que está invitada en De Viernes. Qué buena pregunta. Porque el éxito de Lola Flores fue que siempre fue hábil adaptándose a las nuevas formas de folclore popular. De hecho, su arte creció en la intuición para el marketing que hace a una artista más inolvidable Así se adelantó a las fake news inventándose un eslogan para la posteridad: “Ni canta ni baila, pero no se la pierdan”, que ella misma atribuyó a The New York Times. Entonces, era imposible de contrastar. Pero el titular era tan bueno y tan realista, también, que se ha quedado con nosotros para siempre.

Lola era así: capaz de enriquecer la realidad con mentiras que permitían a la sociedad soñar. Este desparpajo le permitió ir saltando de los escenarios al cine del cine a la televisión de la televisión a las revistas, donde lo mismo negociaba un posado robado en Interviú que sufría porque su hija no podía casarse en la iglesia tras una invitación bastante amplia de la propia Lolita en Estudio Abierto de José María Íñigo. A las puertas de la sacristía, ante todo el tumulto colapsando el templo cristiano, gritó otra frase que rápido se convirtió de todos: “Si me queréis, irse”. Lola no lo sabía. Pero estaba inventando el género del reality show por su capacidad de compartir su vida con un desparpajo que nos hacía a todos partícipes de sus emociones. También cuando perdía un pendiente en directo en la emisión de Esta noche… fiesta desde Florida Park. “Iñigo, no lo puedo perder, que mi dinerito me ha costado”.

Lo encontró. Y años más tarde regresó a la tele dispuesta a contar cada momento estelar de su existencia en El Coraje de Vivir. Ella mirando a solas al objetivo, verbalizando sus intimidades con una arrebatada pasión que impedía a la audiencia parpadear. Como las influencers de hoy, Lola no necesitaba nada más que a sí misma, una cámara con un buena antorcha de luz y el brillo de sus ojos que no se opera.

La pregunta de Jorge Javier se responde sola, pues: claro que Lola Flores entraría en Gran Hermano. Si casi lo inventa. Ya lo protagonizó a su manera con las técnicas y los medios de su tiempo. Pero Lolita lo contesta mejor que nadie, que para eso Lola Flores la parió: “Mi madre a Supervivientes ya te digo yo que no. Pero si le daban mucho dinero y entraba con gente a la que ella le apeteciese, en Gran Hermano a lo mejor... Aunque entraría con un contrato diciendo ‘yo estoy tres semanas, me pagáis tanto y a las tres semanas me echáis”. Lola Flores cien por cien Lola de España, la de la picaresca que venimos con la fantasía del arte que somos.

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El Telediario de la bendita ingenuidad

Hay palabras bonitas que vamos rechazando por la sociedad de la competitividad. La ingenuidad es una de ellas. Nos suena a la debilidad de la niñez cuando, en realidad, representa la sonrisa de la curiosidad que nos permitía imposibles en aquellos años en los que veíamos un avión en un boli Bic, una serpiente en un cable enrollado y un micrófono en el secador de pelo.

La televisión con la que varias generaciones pegamos el estirón nos motivaba a aquella imaginación desde la reunión de iguales y, a la vez, de diferentes. Los vecinos de Robledillo de la Jara, un pueblo de poco más de 80 habitantes en la sierra de Madrid, lo saben bien. Tanto que decidieron bautizar como Plaza de TVE a su espacio público principal. Un cruce de caminos perfecto para celebrar la edición especial del Telediario de las tres de la tarde con motivo del 70 aniversario de Televisión Española. Hasta allí fueron los camiones de la tele de 2026. Como antaño. Esta vez, cargados de recuerdos compartidos de la que caja lista: dos Electroduentes, La Bruja Avería, la bola original de La bola de Cristal, la Ruperta. Hasta Don Pimpón estaba por allí. Personajes que seguimos recordando porque fueron los protagonistas de programas que confiaban en el criterio propio de la audiencia. Creían en nuestro espíritu crítico. Incluso lo estimularon.

Igual que pasaba en los sesenta, setenta, ochenta y noventa, los vecinos de Robledillo se pusieron las mejores galas para recibir a la tele. Con la permanente hecha, sacaron las sillas a su Plaza de TVE. Aunque, al final, tuvieran que taparse el look con un abanico para esquivar un sol abrasador. En la polarización que legitima la excitación del furioso que arranca el micrófono del reporteros, aquí nos encontramos con ciudadanos festejando la tele sin susceptibilidades ni sometimientos. Gente con ilusión. Porque la buena tele siempre se parece a una plaza pública, como esta, en la que nos saludamos y terminamos empatizando. Porque mirándonos a los ojos es más fácil encontrarse con todo lo que nos une.

Esa sensación fue puesta en práctica en el pletórico directo del TD. Gente congregada a través de la artesanía audiovisual que pone en pie las ideas. El realizador Ole Marcos buscando el mejor encuadre, Ana de Roque emocionada con el aplauso de un público descubriendo que estaba presentando uno de sus últimos ‘partes’ meteorológicos antes de la jubilación, la familia de Ana Ibáñez viendo detrás de cámaras a su mamá, la vecina del pueblo Eva entusiasmada porque amigas que hace tiempo que no ve le estaban escribiendo porque "había salido" por la tele, Pablo López homenajeando a las sintonías de su vida y el guionista y cómico Lalo Tenorio dando vida al traje original de Don Pimpón. Él que ni siquiera había nacido en los ochenta del Barrio Sésamo de Espinete y Don Pimpón. Él ha conseguido meterse en el estrecho traje que pasó tantos años perdido en los estudios de Prado del Rey, domar los alambres que escondía en su interior y darlo una segunda oportunidad.

Al frente, Alejandra Herranz ordenando todas las ideas con su capacidad de demostrar que la precisión del rigor no está reñida con la espontaneidad. Tampoco con la cordialidad, que tantas veces se olvida en el nervio de la exigencia de los platós y la competitividad ultraprocesada. Me percaté cuando en pleno directo, al acabar de entrevistarme en la plaza, Alejandra me guiñó el ojo con la generosidad de los que siempre son aliados. De los que el frenesí de la tele no les cambia. De los que saben que la vida es equipo. Y, entonces, apareció en mi la sonrisa de la ilusión. No estaba solo entre egos luchando contra sí mismos, como tantas veces en la tele de hoy. Estaba sintiéndome partícipe de la tele genuina. La tele que sigue guiñando el ojo como ejercicio de complicidad. Porque tiene claro que "solo no puedes, con amigos sí". La tele que sabe que nos necesitamos. Sabe que el público es quien siempre completa la historia. Mejor si es con un parpadeo de aliada ingenuidad.

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Un nuevo canal llamado La Séptima

Llego al Ateneo de Madrid. Hay cola en la puerta. Entro. Dentro, se presenta un nuevo canal que está de gira en busca de hacer partícipe al público de su lanzamiento el 5 de noviembre. Ya han conseguido un hito difícil: tienen fans antes de emitir. Aunque, sobre todo, parecen fans de uno de sus fichajes. "¡Guapa!", gritan. Como si fuera Aitana o un paso de Semana Santa. La superestrella es Sarah Santaolalla, que ha logrado capitalizar el lado izquierdo de la polarización con su verborrea perfecta para destacar en las tertulias de los tiempos de TikTok.

El nuevo canal, al que ha dado licencia este Gobierno, se llama La Séptima. Es una idea de un veterano de la tele, José Miguel Contreras, que ha estado detrás de tantos programas bien pensados, bien entrenados y bien desarrollados: El Club de la Comedia o El Intermedio son dos estandartes de su trayectoria.

Pero La Séptima nace con una peculiaridad: no viene con el presupuesto de una televisión generalista y va a tirar del género más barato de la televisión: la tertulia desde un único plató, el mismo donde se realizó Cuentos Chinos con Jorge Javier Vázquez.

En la presentación, que no era una presentación como tal, más bien un mitin para amigos, devotos y aspirantes a encontrar trabajo en el canal, estuvieron el propio Contreras y los que serán principales rostros de la cadena: Javier Ruiz, Luján Argüelles, Sarah Santaolalla, Héctor de Miguel 'Quequé’, Noor Ben Yessef y Alba Carrillo, que dio la única primicia de la tarde. Y, paradójicamente, no era sobre La Séptima: "Mañana es mi último día en El Sótano", soltó impulsivamente como respuesta a la pregunta inteligente de una persona del público que quería conocer las diferencias de su programa en Ten y su programa en La Séptima. La contundente contestación no dio lugar a dudas. Para asombro de todos. Aunque el desahogo directo y sin eufemismos de Carrillo no sea ya una sorpresa para nadie.

Y, de repente, observando cómo contaban, cómo se excitaban y cómo bromeaban hubo un déjà vu en mi cabeza. Todo me recordó a la incontinente presentación de La familia de la tele. Hasta en la forma con la que Sarah Santaolalla ponía caras mientras hablaba su compañera de cadena Luján Argüelles. Como hace Belén Esteban cuando alguien defiende a Jesulín de Ubrique.

El lanzamiento del frustrado Sálvame que se intentó realizar en TVE dejó muchas enseñanzas, además de que los desfiles exentos de humildad no interesan. Ya desde la presentación en el Teatro Eslava, se intuía que se estaba confiando todo el éxito del programa en el mero reclamo de los personajes protagonistas. Creyeron que con su presencia bastaba. Y no se concretaba mucho más. En este estado de ánimo libre de síndrome del impostor, ayudó que poseían el contagioso aplauso de cuatro fans en redes que te invita a sentirte más importante de lo que eres. Sin embargo, escaseó un arco narrativo claro de programa, una propuesta firme de contenidos diferenciados y, como consecuencia, les faltó la fidelidad de la audiencia transversal que consolida el negocio audiovisual. Ni siquiera ayudó forzar el meme.

Al final, la tele es toda la compañía que no cabe en la jocosidad de un reel de Instagram o TikTok. Ahí va a estar el hándicap real de La Séptima, un canal que llega a la TDT cuando tal vez su hábitat de frenético directo esté ya más en el lenguaje al que han derivado las redes sociales. Contreras lo sabe. Contreras incluso se adelanta a la crítica. Lo hizo en el Ateneo. Veremos si da la vuelta a las hipótesis agoreras que, de momento, servirán como marketing para reivindicarse como contracorrientes. Los comienzos rara vez son sencillos, pero un nuevo medio de comunicación siempre es una magnífica noticia por los puestos de trabajo que genera y porque amplía las posibilidades de elección del público. Si aporta historias que animen a la alternativa, claro. Y si hay inversión económica, también. Porque la televisión clásica de calidad es muy cara de producir a pesar de todos los adelantos tecnológicos que han abaratado costes. Lo que no ha cambiado es que la tele, como la propia vida, crece con la creatividad que aprende de lo diferente y se confina cuando solo quiere oírse a sí misma. Oírse, que no escucharse. Quizá ahí nacen tantos males del impetuoso hoy. De hecho, demasiados que reivindican la pluralidad en la teoría luego solo quieren su propia pluralidad en la práctica. Entonces, no hay pluralidad: hay egos en contienda. La pluralidad nunca debería confundirse con lucha épica, pues es el enriquecedor punto de encuentro, descubrimiento y empatía desde donde se ensancharon los derechos humanos.

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