La salud también es una cuestión de clase: el tabaco y la obesidad se disparan entre los más desfavorecidos
La clase social atraviesa prácticamente todas las dimensiones de la salud. Desde cómo percibe uno su propio estado, a los hábitos, el ejercicio físico, los cuidados que presta o recibe, su bienestar mental, el tiempo que pasan los niños frente a una pantalla y hasta el acceso efectivo al dentista. En prácticamente todos los indicadores de salud de la última encuesta del INE publicada este martes, la población menos cualificada presenta peores resultados y la brecha se ensancha en cuestiones como la salud bucodental, el sedentarismo o el consumo de tabaco.
En general, 17 puntos separan a los españoles más y menos favorecidos al valorar su estado de salud: cerca del 79% de la población más cualificada considera que goza de una buena salud, frente al 62% de la que está en los estratos más bajos. Esta tendencia se reproduce en las distintas cuestiones que va preguntando el organismo estadístico en su última edición de 2025, que muestran cómo la salud empeora progresivamente a medida que se desciende en la escala social.
La desigualdad social se mantiene, por ejemplo, en indicadores como la obesidad, que afecta al 17,2% de toda la población adulta, pero que, al filtrarla por clase social, se dispara sobre todo entre las mujeres: su prevalencia pasa del 8,8% en la clase más favorecida al 23,4% en la menos favorecida. Prácticamente todos los hábitos de salud empeoran a medida que disminuye la clase social de la persona entrevistada. El tabaquismo llega incluso a triplicarse entre los hombres de clases más bajas: el porcentaje de fumadores diarios pasa del 8,8% en los estratos más altos al 26,6% en los más bajos.
Algo parecido ocurre con el sedentarismo en tiempo de ocio, donde la brecha aparece todavía con mayor claridad. Si entre las personas de las clases más favorecidas el 12,2% lleva una vida sedentaria en su tiempo libre, la proporción asciende progresivamente hasta el 36,5% entre las menos favorecidas. Es decir, el sedentarismo prácticamente se triplica entre los dos extremos de la escala social. Hasta ir al gimnasio tiene clase social: la mayoría de la población con menos recursos (el 70%) no hace nunca ejercicios de fuerza, mientras que entre los ciudadanos más favorecidos ocurre lo contrario (solo el 37% no entrena). De hecho, si uno de cada cuatro ciudadanos de las clases más altas entrena fuerza uno o dos días por semana, entre las clases más bajas apenas lo hace el 8,8%.
Pero las diferencias no se limitan a los llamados hábitos saludables. También aparecen en la capacidad para acceder a la atención sanitaria y, de forma especialmente clara, en la salud bucodental. El 18% de las personas de las clases menos favorecidas que necesitaban atención dental no acudió por motivos económicos, frente al 5,9% de las más favorecidas. En consecuencia, el 45% de la población del extremo más bajo de la escala social asegura que lleva más de un año sin ir al dentista, cuando entre los de clases más altas esa proporción se reduce al 28,6%. El resultado se refleja en su salud: el 26% de las clases más bajas tiene caries, frente al 13% de las más altas; y solo el 33% conserva sus dientes (frente al 48% de los más favorecidos).
La depresión se ceba con las mujeres de clases bajas
La brecha social es importante también en la salud mental y especialmente acusada entre las mujeres. Si se suman los cuadros depresivos mayores y otros cuadros depresivos, el 10,6% de la población de la clase social más favorecida presenta algún tipo de cuadro depresivo, frente al 19,1% de la clase menos favorecida: casi el doble. La diferencia es todavía más marcada entre las mujeres: pasan del 12,2% en el estrato más favorecido al 23,3% con algún cuadro depresivo en el menos favorecido. Entre los hombres, en cambio, la distancia es menor: del 9,2% al 13,8%.
Sobre los cuidados informales, el INE muestra datos interesantes. En general, hay más población de clases sociales altas que asegura que cuida de personas mayores o enfermos crónicos, pero la situación da un vuelco al observar el tiempo que dedican a esos cuidados: el 34% de la población de los estratos más bajos dice que dedica 20 horas o más a la semana a estos cuidados, frente al 13% de los que tienen más recursos. Es decir, menos personas de las clases bajas cuidan, pero quienes lo hacen soportan más horas. Se enfrentan a todo esto, además, con una red de apoyo mucho más reducida: solo tres de cada diez ciudadanos de las clases más bajas dicen tener más de cinco personas con las que podrían contar "en caso de necesidad", diez puntos menos que los de clases más altas.
Y las desigualdades asociadas a la clase social aparecen también antes de la edad adulta, en la infancia. Entre los niños de 1 a 14 años, el 61,1% pasa al menos una hora diaria frente a una pantalla de lunes a viernes, pero la proporción va desde el 53,7% en los hogares más favorecidos hasta el 67,2% en los menos favorecidos. La exposición prácticamente nula también es distinta: el 20% de los niños que viven en los hogares más favorecidos no pasa nada o casi nada de tiempo frente a una pantalla entre semana, el doble que los menos favorecidos.




