El pasado prometido
Setenta años de tele no caben en un telediario; de hecho no caben en casi nada, hasta el punto de que cuando se viven dejan los cuerpos maltrechos y las mentes agotadas (menos, al parecer, en el caso del centenario Eduardo Sancho y su pacto con el diablo), pero el lunes pasado RTVE intentó comprimirlos en apenas unos minutos. Desfilaron por la pantalla los rostros familiares que nos dieron las noticias determinantes de nuestra vida, y revivimos a Franco vivo y muerto, el 23-F, el Muro de Berlín, ETA, el 11-M y el 11-S, la pandemia. La llegada a la Luna, Iniesta de mi vida, los Nobel de literatura y las libertades conquistadas.
Más allá de la dulzura de la nostalgia y de cómo el pecho se entibia cuando nos reconocemos parte de la historia, esos setenta años comprimidos nos confirman que, al contrario de lo que nos dicta la memoria, nunca estuvimos a salvo. Conviene recordarlo siempre, y más ahora, cuando una parte de la política europea nos vende el pasado como una urbanización cerrada, un paraíso sin serpiente del que nos expulsaron. Ah, cuando las familias eran familias, las calles seguras, los trabajos para toda la vida, las fronteras funcionaban, la autoridad se respetaba y cada cual sabía quién era y qué lugar ocupaba. La ultraderecha ha comprendido mejor que nadie la potencia electoral de esa Arcadia: el pasado es su espacio natural y, a falta de un plan para el futuro, promete la devolución de lo robado.
Pero los archivos, en este caso el de RTVE, aguan la fiesta. En aquellos años tranquilos de orden y paz había terrorismo, miedo nuclear, dictaduras, reconversiones, paro, heroína, violencia doméstica, ley de vagos y maleantes. Unos años antes hubo hambre, emigración, tuberculosis, niños obreros y una esperanza de vida consecuente con los valores tradicionales.
Oh, sí, también se dieron los domingos felices, aquellos veranos interminables de sandía y sangría y abuelos jóvenes y padres aún más jóvenes. No falla. En esa trampa de la memoria, el pasado privado se superpone al histórico y contagiamos al país entero la seguridad que sentíamos cuando otros decidían por nosotros, cuando otros pagaban las facturas y nos daban la paga a escondidas. Toma, cómprate algo, que no se entere tu madre.
La hemeroteca ejerce siempre una forma áspera de justicia y nos recuerda que cada generación creyó vivir al borde del desastre, que convivió con el sufrimiento, la muerte y la pobreza y que, pese a ello, siguió adelante con mayor o menor fortuna. Qué remedio. Que ellos mismos se alejaban todo lo que podían de esa realidad. No caigan en esa falacia; no existe el pasado prometido.
