Para un desagravio de los buitres
La política española se ha vuelto de repente una fábula de Esopo o de Samaniego y se nos habla con toda seriedad de los ‘fondos buitres’ como si esa expresión, que es, en la forma y en el fondo, una metáfora, tuviera una traducción y un peso jurídicos. Pero hablar de los ‘fondos buitres’ es como hablar de los taxistas víboras o de los banqueros cuervos.
Es una licencia literaria y, como tal, forzosamente subjetiva. ¿Quién decide qué fondo es buitre o colirrojo real o mirlo blanco? ¿No puede haber políticos buitres, rapaces activistas y hasta carroñeros portavoces de la ejecutiva federal del PSOE? ¿No hay águilas harpías que poseen en propiedad vastos complejos inmobiliarios y a las que no se les cae esa palabra de la boca para perseguir al modesto jubilado que completa su pensión con la renta de un pisito que compró con sus ahorros?
Por desgracia, no bromeo. En este país hoy se es buitre o se es paloma mensajera de la paz según la ideología que se profese y la secta o la tribu política donde se milite. ¿Pero de veras se puede legislar sobre una metáfora? Y, a lo que tiene de puniblemente inviable ese carácter figurativo e hipotético del arrendador depredador, se suma lo que la acuñación léxica de los ‘fondos buitres’ encierra de opuesta al credo animalista. ¿Es que los buitres no tienen también su corazoncito? ¿Es que no les vamos a reconocer los derechos que invocamos para otras especies? ¿No merecen un acto de reparación moral? ¿Qué tienen los perros y los gatos que no tengan esos pájaros?
Al agravio comparativo se añade la errónea interpretación que hacemos de las conductas de los animales en general. Cuando hablamos de la nobleza del caballo o de la astucia del zorro, ¿no caemos en el antropocentrismo del que pretendíamos huir?
En un libro que se publicó hace unos años, ‘La inesperada verdad sobre los animales’, la zoóloga británica Lucy Cooke cuestionaba con rigor y humor la antropocéntrica visión que tenemos de la fauna que campea por nuestro planeta y dinamitaba los tópicos que hemos forjado sobre ella, atribuyéndole virtudes y defectos que son meras traslaciones de los atributos de la condición humana y de nuestra egolátrica visión del mundo. Ni los perros son nobles, ni los gatos son traicioneros, ni son cobardes las hienas, ni son tímidos los osos panda, como tampoco los buitres son la maldad personificada ni animalizada.
Sí. Se impone un desagravio nacional a los buitres en nombre de esa doctrina animalista que el Gobierno y sus populistas dicen abrazar.

