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La derecha nunca tuvo 12 millones de votos

La derecha nunca tuvo 12 millones de votos

Aunque escuchar a Rosa Díez hoy no ofrezca dudas sobre su posición ideológica derechizada, obviar su evolución y dar por hecho que en 2011 pensaba igual constituye un sesgo retrospectivo del tamaño de la catedral de Burgos. Y vicia el análisis sobre las perspectivas electorales de PP y Vox el 29N

Andan diciendo algunos que el máximo respaldo de la derecha en unas elecciones generales fueron los 12 millones de votos que en 2011 obtuvieron PP y UPyD, pero esa cuenta es un disparate.

Aunque escuchar a Rosa Díez hoy no ofrezca dudas sobre su posición ideológica derechizada, obviar su evolución y dar por hecho que en 2011 pensaba igual constituye un sesgo retrospectivo del tamaño de la catedral de Burgos. Y vicia el análisis sobre las perspectivas electorales de PP y Vox el 29N. El voto de UPyD de 2011 no se puede considerar de derechas ni por la procedencia de sus votantes, ni por el programa del partido ni por sus cuadros ni por su militancia. 

En las generales de 2008 UPyD obtuvo 300.000 sufragios y en 2011, 1.140.000. Es decir, ganó 800.000 votos. En el mismo periodo el PSOE perdió cuatro millones. Estábamos en plena crisis económica y financiera, Zapatero había hecho los primeros recortes impopulares y se había gestado un hondo descontento, una de cuyas manifestaciones fue el 15M. Pese a que el bipartidismo tocó su cima electoral en 2011, estaba herido de muerte en los corazones de la gente, solo que la grieta se empezó a abrir bajo el suelo del PSOE. El PP mejoró su resultado en unos 600.000 votos. 

Para sus estudios postelectorales, los encuestadores del CIS preguntaron a los votantes de UPyD de 2011 a quién habían votado en 2008, lo que se llama “recuerdo de voto”. Más o menos un tercio venía de la propia UPyD, un 37% del PSOE y el tercio restante se repartía entre el PP (13%), la abstención, otros partidos y nuevos votantes. Los datos corroboran una transferencia masiva del PSOE a UPyD, lo cual casa con el incremento simultáneo del PP. 

Se podría pensar que todos esos ex votantes del PSOE se habían derechizado de golpe, pero entonces ¿por qué votar a un partido de fuerte impronta socialdemócrata? El programa de UPyD tenía una orientación social indiscutible, por ejemplo, en la garantía de las pensiones y su financiación con cargo a los presupuestos de ser necesario. UPyD nunca mantuvo el discurso restrictivo de la derecha (de entonces y de ahora). Es más, proponía innovaciones sociales, como la prestación por hijo a cargo. La regeneración democrática era netamente progresista y la abolición del sistema fiscal vasco y navarro constituye una política fiscal progresista, pues quiere eliminar privilegios históricos que enriquecen a territorios ya ricos.

Sin duda, UPyD era un partido jacobino. Defendía un Estado común fuerte, pero no por motivos esencialistas, sino sociales y de igualdad. Que la Educación y la Sanidad fueran competencia del Estado fortalecía el Estado del Bienestar y garantizaba la igualdad de todos los ciudadanos. Viendo hoy con qué facilidad la Comunidad de Madrid ningunea a los profesores en huelga se entiende cuánto mayor sería su fuerza si la protesta fuera estatal.

Ya desde el Congreso de 2009, bajo inspiración alemana, el partido apostó por un “Estado federal cooperativo”. Federal, sí, ese sinónimo de “anticristo” en los diccionarios de la derecha. Muchos votantes de UPyD pensaban —pensábamos— que el nacionalismo esencialista es conservador por naturaleza, también cuando viene de las periferias. UPyD defendía con naturalidad España y eso facilitó a muchos arrinconarlo en la derecha por pereza intelectual o interés táctico, pero nunca con rigor analítico.

Por tanto, si el voto procedía en gran parte del PSOE, si el programa era de raigambre socialdemócrata y la propuesta de Estado, federal, ¿era un pato o no era un pato? Los líderes dan pistas: Rosa Díez procedía del Partido Socialista, como el recientemente fallecido Luis de Velasco. De los otros cuatro diputados del Congreso, al menos tres habíamos publicado suficientes libros y artículos como para que se conociera nuestra orientación a la igualdad, la estrella polar de la izquierda. 

En mi experiencia como diputada independiente celebré numerosas reuniones con los líderes y cuadros autonómicos, hablé con numerosos afiliados de base. Era gente de centro, de centroizquierda y, en una cantidad no menor, muy de izquierda. Más allá de mi intuición, según el CIS los votantes de UPyD se autoubicaban en el 4 y el 5, centro y centro-izquierda. Hubo gente de derechas, sin duda, pero eran los menos. 

Ni los líderes, ni los cuadros, ni los intelectuales vinculados a UPyD eran de derechas en 2011. Mucho menos lo era el millón largo de votantes. No sé dónde están hoy y averiguarlo es un trabajo arduo, pero tiene un punto de partida inequívoco: la derecha no obtuvo 12 millones de votos en 2011. Afirmarlo es una falsedad histórica y siembra confusión sobre las expectativas reales del PP y Vox el 29N. 

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El chico de los recados viene a España ¡otra vez!

El chico de los recados viene a España ¡otra vez!

La pasión de Milei por España resulta conmovedora: somos el segundo país del mundo al que más veces ha viajado desde que es presidente, siete incluyendo esta. Paradójicamente, nunca ha hecho una visita oficial

Los líderes de partidos pequeños, minúsculos e ínfimos de izquierdas han alcanzado un acuerdo: no se soportan entre sí y eso les importa más que cualquier otra cosa. Muy bien. No voy a escribir sobre ello: la espuma que me sale por la boca anegaría mi sintaxis y le tengo aún respeto.

Entretanto, las encuestas otorgan unos 14-15 puntos de ventaja al bloque de la derecha que, pese a la holgura, no da nada por ganado. En los próximos días una de las glorias de la ultraderecha mundial, Javier Milei, aterrizará en España para movilizar el voto ultra. Veremos al presidente argentino haciendo campaña en nuestras elecciones. Participará en actos de Vox y es previsible que se reúna con Ayuso. La sintonía con Milei no ofrece dudas: él lo llama “motosierra”; Vox, “desregulación”. Él habla de los “zurdos hijos de puta”; Ayuso lo concreta en una persona. Los tres son fabricantes de odio.

Hace años que la ultraderecha se coordina de forma global en cuestiones políticas, electorales y, en algunos casos, financieras. Se prestan apoyo mutuo, comparten estudios, programas, lemas, objetivos. Pero sobre todo comparten adversario político y eso les motiva suficiente para actuar coordinados.

La pasión de Milei por España resulta conmovedora: somos el segundo país del mundo al que más veces ha viajado desde que es presidente, siete incluyendo esta. Paradójicamente, nunca ha hecho una visita oficial. Ahora tampoco. Solo hay un país que Milei haya visitado más que el nuestro, Estados Unidos. Allí sus viajes son perrunos, con perdón para los perros: cuando al partido de Milei le auguraban una derrota en las elecciones legislativas de 2025, firmó un rescate financiero con EEUU. Al momento, los bonos y las encuestas se dieron la vuelta. Es una de esas deudas que Milei no terminará nunca de pagar.

Ahora los argentinos lo llaman el che pibe de Trump, o sea, su chico de los recados, pero yo me confieso admirada de la capacidad de coordinación de la ultraderecha global. Aplican a cualquier problema una mirada de apisonadora sin matices. Cuando hay elecciones, en cambio, su sutileza es florentina: dado que la mayor parte de la opinión pública española y europea juzga mal a Trump, nos manda al che pibe. Así crece y se perfecciona el bucle de la coordinación y el apoyo mutuo: yo te salvo unas elecciones, tú me haces campaña en España y Brasil.

Ah, que no se me pase lo de Brasil: país con gobierno progresista, hay que observarlo bien. En la primera vuelta el presidente argentino hizo campaña activamente por Flavio Bolsonaro o, mejor dicho, contra Lula. Lo llamó “ladrón”, “corrupto” y “presidiario”. Que un presidente insultara a otro era una práctica insólita, pero Milei la ha convertido en costumbre. Podemos esperar lo mismo, y no será la primera vez. Por eso Ayuso quiere también recibirle: no puede quedarse atrás en el ranking de insultadores de Pedro Sánchez. Y ella es la más interesada en que la alianza ultra global la identifique como socia preferente.

Milei no fue el único que actuó en la campaña brasileña: Meta, la tecnológica de Mark Zuckerberg, ha sido obligada por el Tribunal Electoral brasileño a proporcionar información en pie de igualdad de los dos candidatos, después de la denuncia de que su IA era más generosa con Bolsonaro. O es un despiste muy tonto o es una prodigiosa unidad de acción -formal o informal- de la ultraderecha y los magnates tecnológicos. El domingo que viene veremos si en Brasil triunfan Trump y Peter Thiel, que dan por difunta la democracia y el Estado de bienestar. En realidad, el Estado sin más.

En estos momentos, Milei tiene más predicamento en España que en Argentina. Y trae dinámicas electorales inducidas desde Washington contra cualquier gobierno que se vea como enemigo. También son previsibles en nuestras elecciones injerencias rusas, como en otros países de los que hablé hace un par de semanas. Pero siempre serán opacas y con ese aire carbonario que tiene todo lo que hace Putin. Nunca nos ofrecerá el insuperable espectáculo del che pibe.

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