❌

Reading view

Milei: cuando la derecha nos hace añorar el talante de Zapatero

Isabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo se acercan a un grupo de micrófonos de periodistas para atender un canutazo y dejar claro, con un mensaje contundente hacia Javier Milei: "No seremos nosotros los que estemos cerca políticamente del señor Pedro Sánchez, pero el señor Pedro Sánchez fue votado por los españoles. Por eso exigimos al jefe de Estado de Argentina que se dirija con un mínimo de respeto al que sigue siendo el primer representante del poder ejecutivo del Reino de España".

Eso no va a pasar. Los políticos de la no-izquierda española (digo "no-izquierda" porque asumo que el término "derecha" les ofende) no van a salir en defensa del presidente del país tras ser atacado por un mandatario extranjero. Como mucho, dirán que, aunque no les guste lo que dice Milei, bien merecido lo tiene Sánchez por todas las barrabasadas que dijeron antes los sanchistas contra él.

El más encantado con las descalificaciones de Javier Milei será, precisamente, Pedro Sánchez, dado que le ayudan a que su electorado lo interprete como "el enemigo de la ultraderecha mundial". Y, dado que no parece fácil que consiga que Donald Trump o Netanyahu tuiteen contra él, ataca a la figura de la que sabía que podía obtener más fácilmente una réplica visceral e hizo todo lo que pudo por provocarle para lograr una réplica vehemente. Lo consiguió. Todo un respaldo del león argentino a nuestro Maquiavelo.

El problema de las formas de Javier Milei no es a qué relato electoral pueden beneficiar o perjudicar, sino el precedente que está fijando en la diplomacia mundial. Habla de presidentes de gobiernos extranjeros con las mismas maneras con las que hablaba de la clase política cuando ejercía de panelista. Él lo venderá como que así es más auténtico, dado que habla igual que antes de ser presidente, pero parece haber olvidado que, antes de ser presidente, hablaba a título particular, mientras que ahora que lo es, cuando se dirige a las instituciones de otro país, lo hace como máximo representante de toda una nación y de todos sus ciudadanos, y eso obliga a otras formas. Y lo grave no es solo que lo normalicemos, sino que una parte de la ciudadanía lo vea como algo elogiable y eso pueda provocar un efecto "contagio".

Fidel Castro se refirió en junio de 2003, cuando aún era el mandamás de Cuba, al presidente español de la época, José María Aznar, como "führercito". No era el lenguaje más apropiado, pero a un dictador tampoco se le puede pedir un gran respeto por las instituciones o por su pueblo. Silvio Berlusconi, siendo primer ministro de Italia, dijo que el Gobierno de Zapatero le parecía "demasiado rosa". Pretendía ser una broma, aunque no fuera la más adecuada para un primer ministro hablando públicamente de un Gobierno extranjero. George W. Bush no pasó de decir que "no sabía" si podía fiarse del Gobierno de España.

Pero, sin duda, el gobernante extranjero que, antes que Milei, más lejos había llegado a la hora de descalificar a un presidente español fue Hugo Chávez, jefe de Estado de Venezuela, cuando acusó en 2007 a José María Aznar de ser un "fascista de la calaña de Adolf Hitler" y un tipo que daba "asco y lástima" y que no era humano, porque "las serpientes son más humanas que los fascistas".

Es curioso que ahora que José Luis Rodríguez Zapatero es el primer expresidente del Gobierno español imputado/investigado por la Justicia quienes lo quieren defender se centren en sus leyes ideológicas (en su gestión económica sería difícil), pero excluyan de sus elogios los dos puntos más favorables del legado de Zapatero: su RTVE y su talante. No pueden elogiar la RTVE de Luis Fernández porque, al hacerlo, pondrían en evidencia a la de José Pablo López, que fue la detonación final de aquella. Y no pueden elogiar el "talante" de Zapatero porque dejarían en evidencia el estilo de Pedro Sánchez.

El eslogan del sanchismo es, al más puro estilo de aquellos empalagosos mítines de Obama: "Yo soy el bien, la bondad y el amor", y, por tanto, mi enemigo representa el mal y el odio. Obama también se hacía acompañar por Michelle en sus actos, pero ella no tenía que responder judicialmente por cátedras. El zapaterismo era otra cosa. Era el de aquel que era capaz de elogiar al líder de la derecha la misma noche electoral y decir: "Ha sido un digno adversario".

En manos de Feijóo y Ayuso podría haber estado desautorizar los insultos de Milei para demostrar el respeto institucional que merece quien aún es el presidente

Y el zapaterismo escenificó su mejor momento cuando le paró los pies al comandante Chávez, que se pensaba que ese presidente iba a reírle las gracias y se encontró con un ZP que pedía (exigía) respeto para Aznar porque, aunque él no estaba nada cerca de la posición política de Aznar, este "fue votado por los españoles" y hacía que muchos ciudadanos nos sintiéramos orgullosos de nuestro presidente aquel día y de su talante.

Los mismos motivos que pueden tener Feijóo y Díaz Ayuso para despreciar lo que representa políticamente para ellos Pedro Sánchez los tenía Zapatero respecto a lo que representaba para él Aznar. Si para Feijóo y Ayuso podría suponer un riesgo político desaprobar públicamente a Milei, incluso de cara a una parte de su propio electorado, el mismo problema podía haber tenido Zapatero entonces, que sabía muy bien lo mucho que una parte de su electorado podía reprocharle que defendiera al Aznar de la guerra de Irak, el 11-M o el Prestige.

Pero Zapatero lo hizo aquel día. Y en ese campo mostró un respeto que no han tenido otros líderes políticos, ni de la izquierda ni de la antiizquierda. Ahora toca deshumanizar. No se le puede pedir a Santiago Abascal que sea patriota y defienda a su presidente, dado que ese presidente y todo su equipo llevan deshumanizándolo a él desde que entró en el Congreso. Pero en manos de Feijóo y Díaz Ayuso podría haber estado desautorizar los insultos de Milei para demostrar el respeto institucional que merece quien aún es el presidente designado por el Parlamento democrático español ante los ataques de un gobernante extranjero.

La única excepción que recuerdo fue la de Luis Herrero en 2009. Cuando era eurodiputado del Partido Popular, se enteró, por el periódico Libération, de que Nicolas Sarkozy, presidente francés de derechas (o de no-izquierda), había dicho que Rodríguez Zapatero, presidente español, le parecía "no muy inteligente". Y cuando la mayoría de los representantes de la oposición apostaban por utilizar a Sarkozy para demostrar lo desacreditado que estaba Zapatero, Herrero comentó ante las cámaras de TVE que Zapatero era su presidente y que la próxima vez que se cruzara con Sarkozy le diría: "¿De qué vas, enano?". Quizá no era la forma más caballerosa de responder, pero sí de demostrar que, como español, defendía a su presidente, aunque fuera de la otra trinchera, ante el ataque de un mandatario extranjero. Igual por cosas como esa Rajoy lo sacó de sus listas.

Pero difícilmente se verán en Esther Muñoz o en Tellado actitudes como las de aquel Luis Herrero de 2009. El deplorable estado del respeto de los políticos hacia las propias instituciones que representan queda acreditado por el hecho de que el mayor referente de talante en 2026 tenga que seguir siendo Rodríguez Zapatero.

  •  

¿Niegan los vocales progresistas del CGPJ la presunción de inocencia del PSOE?

No tengo duda de la valía profesional de la mayoría de las personas que forman o han formado parte del Consejo General del Poder Judicial en las últimas décadas, pero, con la hemeroteca en la mano, no es precisamente la institución que más elogios se ha llevado en los últimos tiempos, y esta semana se ha vuelto a cubrir de gloria.

Como máximo órgano de gobierno de la judicatura española, prestar amparo a un juez que está siendo atacado o amenazado por elementos a los que investiga parecería una de sus obligaciones más elementales. De hecho, en la historia reciente ha tenido que hacerlo en más de una ocasión.

Un caso especialmente reseñable es el de 2006, cuando el CGPJ en pleno dio amparo al juez Juan del Olmo por los ataques verbales que le había dirigido Federico Jiménez Losantos en su programa de radio, donde lo había ridiculizado, y en un artículo de prensa. Y es reseñable porque, según aseguran quienes siguieron el tema, el instructor del 11-M ni siquiera tuvo que pedir amparo: el CGPJ actuó por iniciativa propia para defender al juez. Aunque, en realidad, las críticas que más molestarían a Juan del Olmo no serían tanto las que venían de fuera del sector judicial como las que procedían de dentro, como bien explicó el periodista José Yoldi, uno de los máximos cronistas de las batallas con togas de este país.

Veinte años después, el actual CGPJ, en cambio, no parece estar por la labor de amparar a la jueza Beatriz Biedma, a quien unos individuos han estado siguiendo, al igual que a sus hijos. Se da la desafortunada coincidencia de que son los vocales propuestos por un espacio político los que estaban a favor del amparo, mientras que los propuestos por el otro espacio son los que no han querido concedérselo, alegando que el caso aún está sub iudice.

La sombra del desprestigio sobre el CGPJ aparece cuando sus vocales parecen actuar en función del perjuicio que sus decisiones puedan ocasionar a los políticos a los que deben su puesto

La justicia tendrá que resolver el grado de peligro real que había en los intentos de amedrentar a esta mujer y si los responsables de esos intentos tenían o no las conexiones que se les atribuyen con la llamada "cloaca" sanchista. Pero que hubo presiones, atacando a la jueza por su lado más personal, parece fuera de toda duda desde el momento en que se ha acordado proporcionarle protección y escolta. ¿Los indicios que sirven para ponerle guardaespaldas no sirven para que el CGPJ le conceda el amparo? ¿Había más argumentos para dar amparo al juez Del Olmo por los excesos verbales de un comentarista que a la jueza Biedma por actuaciones de tinte mafioso?

La sombra del desprestigio sobre el CGPJ aparece cuando sus vocales parecen actuar no tanto en función de la gravedad de los hechos que evalúan como del perjuicio que sus decisiones puedan ocasionar a los políticos a los que deben su puesto.

En 1995, el juez instructor del caso Filesa, Marino Barbero, se sintió muy atacado porque Juan Carlos Rodríguez Ibarra lo comparó con los asesinos de ETA. El entonces presidente de Extremadura consideraba que el instructor que investigaba la financiación ilegal del PSOE tomaba decisiones para hacer daño a los socialistas. El malestar de Barbero era comprensible porque, a pesar de las muchas críticas que podía merecer su instrucción, que ya se hacía eterna, si se abría la puerta a que los cargos institucionales despreciaran al Poder Judicial, se entraba en una deriva peligrosa. Pero resultó que todos los consejeros del bloque progresista votaron en contra de darle el amparo a Barbero. Cuatro abstenciones y solo tres votos a favor. Podría pensarse que los tres que votaron a favor eran los que mantenían algo de dignidad, pero, dado que entre ellos estaba Luis Pascual Estevill, el juez de los sobornos (esta semana hemos despedido a su principal cómplice, Joan Piqué Vidal), aquello parecía más una votación en la que cada uno se posicionaba en función de los intereses de su bloque.

Más recientemente se vio un caso en sentido inverso. El juez José Ricardo de Prada pidió amparo al CGPJ, harto de que medios que situaba en la órbita pepera (ABC, El Mundo, La Razón) o políticos peperos (José Antonio Monago) cuestionaran su actuación en la sentencia de la Gürtel. Y los vocales conservadores del CGPJ, como no podía ser de otra manera, se opusieron, dejando claro a qué obedecía cada uno de ellos. Unirse para protestar contra un periodista petardo es fácil, pero hacerlo contra los políticos a los que se debe el asiento ya es más complicado.

Pero el caso de la jueza Biedma no tiene comparación con estos. Biedma no se queja de un artículo que ironice o haga burlas contra ella, ni de un tertuliano que la haya ridiculizado en antena, ni de un miembro del Gobierno que la haya cuestionado, aunque algo de eso haya habido. El amparo se solicitaba ante el cruce de una línea roja: la de pretender amedrentar a alguien en aquel punto donde cualquier persona es más vulnerable. Y a nadie se le escapa que, si en este proceso judicial no estuviera la hipótesis de que el partido en el Gobierno tenga algo que ver, los vocales progresistas no se opondrían.

No sabemos si se probará o no una implicación del PSOE y de su actual cúpula con las cloacas de Leire Díez. Lo que sí podemos afirmar es que los vocales progresistas del CGPJ están convencidos de que el PSOE está en el ajo, dado que, al negarle el amparo, han seguido el modus operandi de "nunca votar contra los nuestros", que es lo mismo que reconocer que los hostigadores de la jueza pertenecen al bando de "los suyos". La dirección socialista debería mosquearse con la falta de confianza en la presunción de inocencia que han mostrado sus vocales en el Poder Judicial.

No faltará quien piense que, al negar el amparo a la jueza atacada, los vocales han perdido una oportunidad de recuperar el prestigio del CGPJ, pero, para realizar esa afirmación, primero habría que asegurarse de si en algún momento dicha institución lo ha tenido.

  •  
❌