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La cumbre de Shenzen: una vuelta al colonialismo

Entre 1884 y 1885 —ha llovido mucho desde entonces— se celebró en la capital de Alemania la ominosa Conferencia de Berlín, en la que las potencias europeas se repartieron África “equitativamente” —tanto tienes, tanto vales— sin invitar a ninguno de los pueblos del continente. En aquella conferencia, por cierto, obtuvo España el Sáhara Occidental, una migaja colonial que quisimos convertir en provincia española pero que, casi un siglo después, presionados por la ONU, aceptamos devolver a sus pobladores. Es una pena que en dos etapas históricas bien diferentes, a consecuencia de la Marcha Verde de 1975 y del asalto a la valla de Ceuta de 2021, dos gobiernos españoles de muy distinto signo hayan olvidado nuestro deber moral de defender a los saharauis de la rapacidad de Marruecos… pero ese asunto —que histórica y políticamente no tiene nada que ver con Ceuta o con Melilla— no es hoy nuestro tema.

El reparto de Berlín estuvo mal, es verdad; pero no repugnaba demasiado a la mentalidad de una época en la que todavía sobrevivía la esclavitud en algunas regiones del planeta. Como había ocurrido en América o en las Indias Orientales, la colonización estaba basada en la convicción de que, si no la raza, la superioridad de la cultura europea —religión incluida— nos daba derecho a prevalecer sobre los pueblos de la Tierra.

Siglo y medio después, Vladimir Putin propone una reunión a tres bandas en la ciudad china de Shenzhen para que, como ocurrió en Berlín —y antes en Tordesillas, entre Castilla y Portugal; y después en Yalta—, Donald Trump, Xi Jinping y él mismo empiecen a repartirse las “zonas de influencia” que los tres creen merecerse. No se trata solo de Ucrania, no se engañe el lector. Si les dejamos, también querrán repartírsenos a usted y a mí.

¿A cuenta de qué? ¿Cuáles son los méritos del trío de autodesignados emperadores para dominarnos? No hay entre el “destino manifiesto” que siempre ha seducido a la democracia norteamericana, el sueño imperial de la dictadura nacionalista de Putin y el falsificado comunismo chino una cultura común o una religión que sirva de coartada. Solo la fuerza militar ampara su pretendido derecho, una fuerza basada en la tecnología y en el dinero en el caso de los EE.UU. y, en menor medida, de China, pero solo en las armas nucleares —en las que ellos tienen y en las que no tenemos los demás— en el caso de Rusia. Nunca fue tan barato comprar un Imperio.

¿Qué implica —se preguntará algún lector— que nuestro suelo sea declarado como “zona de influencia” de una gran potencia? Implica en primer lugar que, como ocurrió en Ucrania cuando sus habitantes decidieron masivamente que su futuro estaba en la UE, Putin, Trump o Xi, juntos o por separado, se arroguen el derecho a decidir sobre los asuntos que nos conciernen sin consultarnos. En la práctica, nuestro derecho al voto estará devaluado porque, como ya ocurre en Bielorrusia y en Venezuela, solo podremos hacerlo por el títere de alguno de los verdaderos señores que mueven los hilos de la Humanidad. Esa era la esencia de la llamada “doctrina Brezhnev de soberanía limitada” que justificó las invasiones de Hungría y Checoslovaquia… y que el dictador ruso quiere aplicar a Ucrania o Bielorrusia, dos repúblicas que, no lo olvidemos, en el pasado no eran subordinadas, sino iguales a la Federación Rusa dentro de la URSS.

Implica también, y eso es quizá más importante a corto plazo para España, que la integridad territorial deja de ser un derecho de las naciones para convertirse en una limosna de los poderosos. Lo que ocurre en Ucrania está a la vista de todos, pero ¿tiene el lector claro lo que Trump, Putin y Xi podrían decidir sobre Ceuta y Melilla, desde luego sin preguntarnos, si se les da la oportunidad? Yo no me atrevería a hacer una apuesta.

No quisiera ser alarmista. Algún día todos hemos de morir pero, como decía el perro Snoopy, los demás días no. Nuestra vida, la vida de nuestra nación, continuará y continuaremos ocupándonos de otras cuestiones tan importantes como la vivienda, la inflación o la inmigración. La conferencia de Shenzhen, si llega a celebrarse —no es fácil, porque solo puede haber un gallo en cada gallinero— fracasará porque afortunadamente el pueblo ucraniano, primera piedra en el camino del reparto del globo, va a seguir resistiendo a pesar de las traiciones de Trump… de las que Europa, por cierto, acaba por fin de tomar nota. Me alegra ver a la comisaria Kallas acusando a los EE.UU. de presionar a Ucrania para que se rinda, pero eso es algo de lo que todos nos habíamos dado cuenta cuando Trump echó a Zelenski de la Casa Blanca mientras tendía para Putin la alfombra roja de los días de gala.

La conferencia de Shenzhen, si llega a celebrarse fracasará porque el pueblo ucraniano, primera piedra en el camino del reparto del globo, va a seguir resistiendo a pesar de las traiciones de Trump

No vamos a morir, insisto, pero tampoco quisiera parecer demasiado complaciente. Aunque fracase la cumbre de Shenzhen, aunque no llegue nunca a realizarse, la ambición está ahí. Lo seguirán intentando. Si algo debemos aprender los españoles de lo que ocurre en Ucrania, de lo que cada día hacen Putin, Trump o Xi, es lo que Mark Carney, el primer ministro de Canadá, proclamó valientemente en la última cumbre de Davos: “Hoy hablaré de una ruptura en el orden mundial, del fin de una grata ficción y del comienzo de una dura realidad, en la que la geopolítica no está sujeta a límites ni restricciones.”

Políticamente situado en el centro izquierda —lo que sugiere que la ideología no tiene mucho que ver con la capacidad de aceptar la realidad del mundo que nos rodea— Carney dejó en su intervención una frase para la historia: “Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.” Ojalá quien gane las próximas elecciones generales en España sepa arrimar el hombro para estar a la altura de este desafío.

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