La propaganda no construye casas
Los datos son tozudos. Desde que Pedro Sánchez gobierna España, el precio de metro cuadrado en compraventa de vivienda se ha incrementado un 85 por ciento y el del alquiler un 40 por ciento. En paralelo, la oferta inmobiliaria se ha hundido un 38 por ciento en la venta y un 44 por ciento en el alquiler. Además, con unas economías domésticas que no levantan cabeza, cosidas a impuestos, los desahucios se cuentan por decenas de miles cada año, ante la imposibilidad de muchas familias de hacer frente a unos precios disparados, y el alquiler de habitaciones, en malas condiciones de salubridad, ha dejado de ser la excepción, especialmente, entre el colectivo de los inmigrantes. Tras ocho años de propaganda gubernamental, en los que no se ha cumplido ninguna de las promesas realizadas por el inquilino de La Moncloa en materia de vivienda y en los que las políticas de urgencia impulsadas por la extrema izquierda no han hecho más que contraer el mercado, no es de extrañar que la odisea de encontrar un techo decente bajo el que vivir se haya convertido en el primer problema de los españoles, cuando antes del regreso de los socialistas al poder ocupaba el puesto 17. Coexisten muchos factores en el drama de la vivienda, pero la causa principal, el nexo de todos ellos, hay que buscarlo en la proverbial incompetencia de los gobiernos sanchistas. Ahora bien, si algo hay que reconocerle a los ejecutivos de la coalición social comunista es el olfato para la propaganda y la creación de realidades alternativas, como en el caso del desahucio de Maricarmen, uno entre los 20.000 que se producen en España anualmente desde que gobierna Sánchez, pero que, desafortunadamente, no pueden sustituir a una buena política de vivienda social. La propaganda puede crear efectos instantáneos entre la parte más desavisada de la opinión pública, pero una correcta planificación urbanística para fomentar el mercado inmobiliario ni se improvisa ni suele llegar a tiempo para dar resultados electoralistas. Se argüirá, y es cierto, que el Ejecutivo central carece de competencias directas en vivienda, transferidas a las comunidades autónomas, pero también es cierto que el Gobierno sanchista ha preferido la confrontación con las autonomías, esencialmente, las gobernadas por el Partido Popular, en lugar de procurar acuerdos institucionales, apoyados por la financiación europea, que desarrollaran los programas de vivienda social que reclamaba el enorme crecimiento de la población, tras la sucesivas oleadas de inmigración registradas en España. Baste señalar, como paradigma de la falta de previsión gubernamental, que la población residente ha pasado de 46.937.060 habitantes en 2018 a 49.801.559 entre 2018 y 2026, incremento que se debe atribuir exclusivamente a la llegada de extranjeros, puesto que el crecimiento vegetativo de la población de origen español ha sido negativo. Pero a la izquierda no se le ocurrió pensar que habría que proporcionarles casas.


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