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Ayuso: ¿Quién no respeta a quién?

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. EFE/ Sergio Pérez

Ayuso está indignada. Dice que los profesores en huelga no la respetan. He tratado de hacer un ejercicio de memoria sobre la retahíla de descalificaciones e insultos de Ayuso durante los últimos años. Empiezo por lo más reciente. La presidenta ha llamado a esos profesores “coro rociero”, “violentos” y gente “untada por los sindicatos”

Ayuso está indignada. Dice que los profesores en huelga no la respetan. Sostiene que están politizados, aunque la huelga indefinida se acordó en mayo y tuvo fecha fijada en junio, y aunque llevan tres cursos pidiendo lo mismo sin atisbo de respuesta. Exige respeto Ayuso, cuando resulta bastante difícil (si no imposible, lo dejo en vuestras manos) recordar a un presidente autonómico que haya faltado tantas veces al respeto a una parte de la ciudadanía a la que gobierna. Ayuso exige respeto mientras insulta, proclama la libertad como lema mientras desacredita las protestas que no le favorecen y denuncia la violencia verbal ajena mientras lleva años practicando la agresividad retórica. Ella y su entorno, con Miguel Ángel Rodríguez como maestro de ceremonias, por supuesto, del festival del agravio.

He tratado de hacer un ejercicio de memoria sobre la retahíla de descalificaciones e insultos de Ayuso durante los últimos años. Hay hemeroteca para rato, advierto. Y seguro que me dejo algo. Empiezo por lo más reciente. La presidenta ha llamado a los profesores en huelga “coro rociero”, “violentos” y gente “untada por los sindicatos”. Los llamó “violentos”, de hecho, el mismo día en que la policía cargó y lanzó pelotas de goma contra una concentración de profesores a las puertas de un acto suyo, para abrirle paso. A los manifestantes por la vivienda los llamó “saltimbanquis con Macintosh”, a los de Sol casi que terroristas, gente que no ha estudiado ni sabe de qué va la vida. Con las mujeres feministas tiene una larga trayectoria. Dijo de ellas que su forma de ver la vida era “propia de malcriadas que aspiran a llegar solas y borrachas”. Y este mismo año las animó, nos animó, a irnos “solas y borrachas por Teherán” y a llevarnos amigos gais, “a ver cuándo los cuelgan de las grúas”. Las asociaciones de familiares de fallecidos en las residencias durante la pandemia han tenido que escuchar cómo las calificaba de “plataformas políticas” repetidamente, mientras despachaba las preguntas de la oposición sobre las residencias con un “siempre con las mismas mierdas”. Siendo las “mierdas”, en este caso, las reclamaciones de explicaciones y responsabilidades por la muerte de miles de mayores, muchos de ellos sin recibir la atención hospitalaria que necesitaban. A los profesionales de Atención Primaria llegó a insinuarles un boicot porque no se atendían las llamadas telefónicas. 

Para la presidenta madrileña parece haber dos clases de ciudadanos, aunque su obligación sea representarlos a todos. Por un lado están quienes pueden expresarse libremente porque piensan como ella. Por otro, quienes al protestar se convierten automáticamente en violentos, manipulados, malcriados o saltimbanquis. El poder solo se puede cuestionar en una dirección, la que mira hacia Moncloa. A quienes lo hacen en esa dirección, sobre todo en la esquina de la calle Ferraz, se les aplaude, se les anima y se les moviliza. Si Pedro Sánchez sale corriendo de Paiporta, es “el galgo de Paiporta”, apodo que la propia Ayuso se encargó de popularizar. Si es Ayuso quien tiene que salir por una puerta lateral entre protestas, estamos ante un atropello intolerable.

¿Con qué autoridad puede denunciar Ayuso la crispación si contribuye a alimentarla sin descanso? Sería extraordinario verla defender su gestión sin faltar al respeto a quienes la cuestionan, que están en todo su derecho de hacerlo. Ayuso reclama respeto para la autoridad, pero olvida con demasiada frecuencia el respeto que la autoridad debe a los ciudadanos, a todos y cada uno de ellos. 

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Más egos que escaños

Más egos que escaños

Parte de la izquierda ha optado por ofrecer el espectáculo frívolo de enzarzarse en disputas por el orden de las listas, atrapada en el madrileñocentrismo de siempre, como si los escaños que pudieran perderse por el camino fuesen un daño colateral asumible, siempre que los egos propios salgan indemnes

Llevaba Rufián implorando un frente común desde la pasada primavera. En el mes de abril lo resumió con la vieja idea de que “si no nos unimos, nos matarán por separado”. Seis meses después, la frase es incluso más cierta, pero el frente común ha resultado una entelequia, una más del catálogo ya interminable de la fragmentación de la izquierda. Hasta el título del nuevo libro de Rufián corre el riesgo de engrosar la estantería de ciencia ficción antes de que termine la campaña de ventas navideña. ‘Cómo ganar a los fachas’, así se llama, sale a la venta a finales de mes con el subtítulo “leer antes de votar”. Hubiese estado bien incorporar también un “sumar antes de votar”, pero no. 

Los últimos días, el espacio a la izquierda del PSOE ha ofrecido un espectáculo que el propio Gabriel Rufián, reforzado internamente en su partido, acabó calificando como nefasto y poco generoso antes de pedir disculpas a los votantes y admitir que habían fracasado por no haber conseguido hacer ‘Frente Amplio’. No habló de fracaso como tal Irene Montero que lleva días incidiendo en que lo valioso del acuerdo alcanzado es que Rufián y ella van a hacer equipo. Ione Belarra ha ido más lejos y lo ha presentado como “el equipo titular, el que puede ganar este partido”, como si la aritmética electoral se basase en el mejor once de purezas ideológicas. 

España vota en 52 circunscripciones con la ley D’Hondt, y más de la mitad reparten cinco escaños o menos. El resultado es que, en muchas provincias pequeñas y medianas, todo esto significará mirar al PSOE con pura resignación aritmética. En Soria, con dos diputados, o en provincias que eligen tres, cuatro o cinco, la fragmentación puede convertir decenas de miles de votos en una magnífica colección de buenísimas intenciones. Recordemos por ejemplo que Sumar, con todo el espacio unido, se quedó sin escaño en Castelló con un 14,3% de los votos. 

La derecha y la ultraderecha se están mostrando durante esta precampaña sin complejos, especialmente en redes sociales donde ya incluso presumen del “malismo” de sus recién incorporados community managers (que llaman directamente “guarros” a los manifestantes de Sol, por ejemplo) porque han hecho de esa desinhibición parte de su estrategia política. Y mientras la derecha y la ultraderecha (a ratos ya indistinguibles) se muestran sin complejos, las siglas a la izquierda del PSOE siguen empeñadas en ofrecer una exhibición permanente de los complejos propios, con egos que crecen en proporción inversa a las expectativas electorales de unos y otros.

El votante, que no es tonto y ya se está movilizando, sabe que el 29 de noviembre no se disputa únicamente quién ocupará La Moncloa, sino qué reglas políticas y sociales van a imponerse durante los próximos años. Circula estos días por redes un vídeo del 2025 en el que Buxadé y Figaredo dicen que la “motosierra de Milei se va a quedar en nada” cuando ellos gobiernen. 

Es que ni siquiera hace falta imaginar lo que querrán hacer de llegar al poder porque llevan años anunciándolo sin complejos, como decía. Y frente a semejante escenario, parte de la izquierda ha optado por ofrecer el espectáculo frívolo de enzarzarse en disputas por el orden de las listas, atrapada en el madrileñocentrismo de siempre, como si los escaños que pudieran perderse por el camino fuesen un daño colateral asumible, siempre que los egos propios salgan indemnes.

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