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Tétanos en perros, una enfermedad poco frecuente pero capaz de graves daños

El tétanos es una enfermedad infecciosa provocada por una toxina producida por la bacteria Clostridium tetani. El microorganismo vive en el medio ambiente y sus esporas pueden encontrarse en el suelo durante largos periodos de tiempo. Por sí mismas no suelen causar problemas cuando entran en contacto con la piel o son ingeridas, pero la situación cambia cuando consiguen acceder a tejidos profundos con poco oxígeno.

La enfermedad acompaña a la humanidad desde hace miles de años, aunque durante mucho tiempo se desconoció cuál era su origen. Hipócrates ya describía la característica rigidez muscular y las contracciones que sufrían las personas afectadas en el siglo cinco antes de nuestra era, pero no fue hasta finales del siglo XIX cuando se identificó la bacteria responsable y se comprendió el papel de la toxina que produce.

En los perros, el tétanos es poco habitual y, además, parecen presentar una cierta resistencia natural frente a la toxina en comparación con las personas y otras especies. Sin embargo, esto no significa que estén protegidos. Cuando la bacteria encuentra las condiciones adecuadas para multiplicarse dentro de una herida, puede producir una toxina capaz de alterar gravemente el funcionamiento del sistema nervioso.

Formas de contagio

La vía más habitual para que un perro contraiga el tétanos es una herida que permite que las esporas de Clostridium tetani penetren en los tejidos. Las heridas punzantes son especialmente importantes porque pueden parecer pequeñas en la superficie y, sin embargo, crear en el interior un entorno favorable para la bacteria. Una espina, una astilla, un objeto clavado o una mordedura de otro perro pueden ser suficientes si producen una lesión profunda. También puede ocurrir cuando el animal se hace una herida mientras juega o corre por terrenos donde hay tierra.

Una vez dentro del organismo, las esporas pueden transformarse en bacterias activas y comenzar a producir la toxina conocida como tetanoespasmina. Esta sustancia afecta al sistema nervioso y altera los mecanismos que normalmente permiten controlar la contracción y relajación de los músculos.

Los primeros signos suelen aparecer entre cinco y diez días después de la entrada de la bacteria, aunque el periodo puede ser más amplio. En algunos animales los síntomas aparecen apenas unos días después de la infección y en otros pueden tardar varias semanas.

Rigidez, espasmos y ‘risa sardónica’

La manifestación del tétanos depende de hasta dónde haya llegado la acción de la toxina. En algunos perros comienza de forma localizada, afectando principalmente a los músculos próximos a la herida. Una extremidad puede presentar rigidez, temblores o dificultad para moverse. En otros casos, la enfermedad se generaliza y puede afectar a buena parte de la musculatura del cuerpo. El perro camina con una rigidez muy marcada, mantiene la cola elevada y adopta una postura en la que las cuatro patas permanecen extendidas y prácticamente inmóviles.

Uno de los signos más reconocibles afecta a la cabeza. Los músculos de la cara pueden contraerse hasta producir una expresión característica conocida como risa sardónica, mientras que la mandíbula puede quedar fuertemente cerrada. La dificultad para abrir la boca también puede impedir que el animal coma o beba con normalidad. El exceso de salivación es otro signo frecuente. Además, los espasmos pueden desencadenarse o empeorar ante determinados estímulos, por lo que los perros afectados pueden mostrar una respuesta exagerada ante ruidos, movimientos, luz u otros estímulos del entorno.

Cuando la enfermedad es muy grave, la musculatura implicada en la respiración también puede verse afectada y en esos casos existe riesgo de dificultad respiratoria y la enfermedad puede llegar a ser mortal.

¿El tétanos tiene cura?

Sí, un perro puede superar el tétanos, especialmente cuando la enfermedad se identifica pronto y recibe atención veterinaria intensiva. Sin embargo, no es una enfermedad que pueda resolverse simplemente eliminando la bacteria, porque buena parte del problema procede de la toxina que ya ha producido. Los antibióticos suelen utilizarse para combatir la infección y evitar que continúe generándose la toxina, mientras que la atención veterinaria también se dirige a controlar las consecuencias que provoca en el organismo. Cuando existe una herida, es importante localizarla y limpiarla adecuadamente para reducir la presencia de bacterias.

El tratamiento de los casos graves requiere con frecuencia hospitalización y cuidados intensivos. El perro puede necesitar fluidoterapia, ayuda para alimentarse y medidas destinadas a controlar los espasmos y mantener sus funciones vitales. También resulta importante reducir al máximo los estímulos del entorno, ya que determinados sonidos, movimientos o luces desencadenan contracciones musculares.

El pronóstico depende en buena medida de la gravedad de la enfermedad. Los casos localizados suelen tener mejores perspectivas y pueden necesitar semanas para recuperar completamente la movilidad. Cuando el tétanos se ha generalizado, el riesgo aumenta considerablemente y la recuperación puede ser larga. Por eso, no conviene interpretar la ausencia de una herida llamativa como una garantía de que no existe riesgo. Algunas lesiones profundas son difíciles de localizar y pueden haber cicatrizado parcialmente cuando aparecen los primeros signos neurológicos.

Qué hacer ante una herida

El riesgo de tétanos no significa que haya que alarmarse cada vez que un perro se hace un corte. Tal como hemos indicado, la enfermedad es poco frecuente en esta especie. Sin embargo, las heridas profundas, especialmente las producidas por objetos punzantes, sí justifican una evaluación veterinaria.

Una herida que parece pequeña por fuera puede ser mucho más profunda de lo que aparenta y contener restos de tierra, cuerpos extraños o tejido dañado. Por eso, cuando un objeto ha penetrado en una pata, el abdomen u otra zona del cuerpo, o cuando existe una lesión profunda o contaminada, es recomendable que un veterinario valore al animal.

También conviene consultar si después de una herida aparecen rigidez muscular, dificultad para caminar, temblores, problemas para abrir la boca, salivación excesiva o una reacción exagerada ante estímulos que normalmente no le afectan.

Es importante aclarar que el tétanos no se transmite de un perro enfermo a otro animal ni de los perros a las personas.

Una enfermedad rara que no conviene ignorar

El tétanos no figura entre las enfermedades más habituales de los perros y no es necesario vivir pendientes de que cualquier contacto con tierra pueda desencadenarlo. El verdadero riesgo aparece cuando las esporas de la bacteria consiguen acceder a tejidos profundos y encuentran las condiciones adecuadas para producir su toxina.

La historia de Cuca, una cachorra de apenas tres meses que ha logrado recuperarse después de desarrollar tétanos, nos recuerda precisamente que incluso un animal tan joven puede verse afectado. La prevención pasa sobre todo por prestar atención a las heridas y no restar importancia a las lesiones profundas, aunque su aspecto exterior no resulte especialmente alarmante. Ante signos compatibles con el tétanos, la rapidez resulta especialmente importante. Cuanto antes se identifique el problema y se brinde la atención veterinaria necesaria, mayores serán las posibilidades de que el perro supere una enfermedad que, aunque poco frecuente, puede llegar a comprometer seriamente su vida.

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'Glass surfing' en pogonas: qué sabemos de este comportamiento repetitivo

Puede que quien convive con un dragón barbudo (Pogona vitticeps) haya observado cómo el reptil se acerca una y otra vez al cristal del terrario, se apoya contra él, intenta trepar o lo recorre repetidamente como si quisiera atravesarlo. Los aficionados a los reptiles llevan años utilizando la expresión inglesa glass surfing para referirse a este comportamiento, pero la razón detrás de esta conducta no estaba clara.

Las conductas repetitivas (estereotipias) en animales mantenidos en cautividad pueden tener diferentes motivaciones y, cuando aparecen de forma persistente, suelen ser señal de que alguna de las necesidades del animal no está siendo adecuadamente cubierta. En el caso de los reptiles, las interacciones repetitivas con las paredes de sus tanques y terrarios se han relacionado habitualmente con un intento de escapar, aunque hasta ahora esta explicación no había sido estudiada específicamente en dragones barbudos.

Esto cambió en 2024, con una investigación que analizó durante tres años el comportamiento de 24 pogonas para averiguar si realmente dirigían estas conductas hacia las posibles salidas del recinto y qué otros factores podían estar relacionados con ellas. Los resultados respaldan en buena medida la idea de que existe una motivación de escape, pero también muestran que la conducta es más compleja de lo que sugiere la expresión glass surfing (surfear el cristal).

Qué es exactamente el ‘glass surfing’

En el estudio, los investigadores no consideraron cualquier contacto ocasional con una barrera como un comportamiento repetitivo. Para que una conducta entrara en el análisis tenía que repetirse al menos tres veces seguidas o mantenerse durante 90 segundos o más. Las 24 pogonas estudiadas, 11 machos y 13 hembras, permanecieron en terrarios con tres paredes opacas y una pared transparente situada en la parte delantera, donde se encontraba la puerta. Los investigadores realizaron seis rondas de observación a lo largo de tres años y grabaron a cada animal durante 12 horas, coincidiendo con el periodo en el que las luces permanecían encendidas.

Además de registrar cuánto tiempo pasaban interactuando con cada una de las paredes, los investigadores compararon estas conductas con otros movimientos que aparecían en las grabaciones, como la alimentación o la defecación. De esta manera podían comprobar si el glass surfing aumentaba alrededor de determinados momentos.

El resultado más claro apareció al comparar las diferentes paredes. Las pogonas interactuaban durante más tiempo con la única superficie transparente del recinto, que además era la zona por la que podían entrar y salir. Es decir, no distribuían estas conductas de manera aleatoria por las paredes del terrario, sino que mostraban una preferencia por la que identificaban como posible vía de salida.

Los investigadores hicieron además una segunda prueba. Cubrieron con papel negro aproximadamente la mitad de la única pared transparente y observaron qué ocurría. Si los animales se limitaran a interactuar con el cristal de forma indiscriminada, cabría esperar que utilizaran las dos mitades de manera similar. Sin embargo, dirigieron una proporción mayor de las interacciones hacia la parte que seguía siendo visible, reforzando la hipótesis de que las pogonas no estaban simplemente recorriendo y frotándose contra cualquier superficie, sino que orientaban su comportamiento hacia una zona que reconocen como una salida.

No siempre hay una sola causa

Aunque los resultados apoyan la relación entre el glass surfing y una motivación para abandonar el terrario, el estudio no encontró una explicación única para todas las situaciones en las que aparece este comportamiento. Una de las asociaciones más llamativas fue la que se produjo con la defecación. Las pogonas tenían alrededor de 15 veces más probabilidades de defecar durante periodos en los que también realizaban interacciones repetitivas. Los investigadores plantean que una posible explicación es que el animal trate de abandonar el espacio antes de hacer sus necesidades, algo compatible con la tendencia de muchos animales a evitar defecar cerca de las zonas que utilizan para descansar o protegerse.

Pero la relación no permite saber qué sucede primero. No está claro si la necesidad de defecar provoca que la pogona intente salir del terrario o si la propia actividad repetitiva favorece que termine defecando. Por tanto, los autores consideran que esta asociación requiere más investigación.

En cambio, no encontraron una relación clara entre el glass surfing y la alimentación, un resultado interesante porque parte de las predicciones del estudio procedían de investigaciones sobre comportamientos repetitivos en mamíferos, especialmente carnívoros, que pueden mostrar actividad relacionada con la anticipación de la comida. Las pogonas tienen una historia natural diferente. Los ejemplares adultos son mayoritariamente herbívoros y presentan periodos de actividad relativamente sedentarios, por lo que desplazarse y alimentarse no están tan estrechamente relacionados como ocurre en otros animales.

También aparecieron diferencias entre sexos y estaciones a lo largo del año. Los investigadores esperaban inicialmente que los machos aumentaran más estas conductas durante la primavera, coincidiendo con la época reproductiva, debido a los desplazamientos y comportamientos territoriales observados en poblaciones en libertad. Sin embargo, sucedió justo lo contrario. Las hembras mostraron un aumento de las interacciones repetitivas durante la primavera.

En invierno, cuatro de las hembras estudiadas realizaron el glass surfing, mientras que en primavera lo hicieron nueve, y además durante periodos de tiempo significativamente más largos. Los autores plantean que esta diferencia podría guardar relación con las estrategias de movimiento de las hembras en libertad, que pueden desplazarse por diferentes zonas en busca de recursos y parejas.

Implicaciones para quien convive con una pogona

El estudio no permite establecer que cada episodio de glass surfing tenga necesariamente el mismo significado y una interacción ocasional con el cristal no equivale por sí sola a un problema de bienestar. Lo que merece atención es que el comportamiento sea repetitivo, persistente o aparezca con frecuencia.

Ante una pogona que pasa una parte importante del tiempo intentando trepar por el cristal, recorriendo una misma pared del terrario o realizando movimientos repetitivos, conviene observar el contexto antes de atribuirlo simplemente a que el animal está inquieto. La temperatura, la iluminación, los refugios disponibles, la distribución del recinto, el acceso a los recursos y las condiciones generales de mantenimiento forman parte del entorno que debe revisarse.

También es importante observar si el comportamiento aparece coincidiendo con determinados momentos. Si se concentra alrededor de la defecación, durante la época reproductiva o después de algún cambio en el terrario, esa información puede ayudar a interpretar lo que está ocurriendo. Del mismo modo, cualquier modificación repentina del comportamiento habitual merece atención, especialmente si aparece junto a cambios en el apetito, la actividad, el peso o el aspecto general del animal.

Referencias:

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Convivir con un gato con diabetes: qué cambia en su día a día y cómo ayudarle

Recibir un diagnóstico de diabetes de un gato suele generar muchas dudas e inquietudes en el hogar. La enfermedad requiere seguimiento y, en determinados casos, administración de insulina, pero su diagnóstico no significa que el animal deje de poder llevar una vida normal. Con un tratamiento adecuado y una rutina adaptada a sus necesidades, muchos gatos diabéticos mantienen una buena calidad de vida.

Lo más importante es conocer qué necesita cada animal y aprender a reconocer sus cambios habituales. La cantidad de agua que bebe, el contenido del arenero, el apetito, el peso o incluso la forma de caminar pueden proporcionar información útil sobre su evolución. El tratamiento, además, no es idéntico para todos los gatos y debe ajustarse a la respuesta de cada paciente.

Una rutina estable

La diabetes mellitus aparece cuando el organismo no consigue utilizar correctamente la glucosa, el principal combustible de las células, porque la insulina no se produce en cantidad suficiente o porque el organismo responde peor a ella. En los gatos, la forma más habitual está relacionada con la resistencia a la insulina y guarda una estrecha relación con factores como el sobrepeso y la falta de actividad física. Una vez diagnosticada, el tratamiento tiene como objetivo mantener la glucosa dentro de unos valores adecuados, evitar sus complicaciones y conseguir que el gato conserve un peso y una condición corporal saludables. Para ello, el veterinario puede establecer un tratamiento con insulina, acompañado de cambios en la alimentación y un programa de seguimiento.

La rutina adquiere especial importancia cuando es necesario administrar insulina. Los horarios y las cantidades deben seguir las indicaciones veterinarias y antes de realizar cualquier modificación debe consultarse. No conviene ajustar una dosis por cuenta propia basándose únicamente en que el gato parezca encontrarse mejor o peor, porque tanto una glucosa demasiado elevada como una bajada excesiva pueden resultar peligrosas.

El control en casa también forma parte del seguimiento. Dependiendo del caso, el veterinario puede enseñar a la familia a medir la glucosa y a registrar datos como la dosis administrada, la hora de cada tratamiento, la comida ingerida, el consumo de agua y la cantidad de orina. Llevar un registro facilita detectar cambios y permite al profesional ajustar el tratamiento cuando sea necesario.

La alimentación constituye otro de los pilares en el manejo de la diabetes felina. En general, las estrategias nutricionales buscan reducir la carga de carbohidratos y mantener una condición corporal adecuada, pero no existe una dieta universal que sirva para todos los gatos diabéticos. También hay que tener en cuenta enfermedades que puedan coexistir y las preferencias del propio animal.

Por esta razón, cambiar de alimentación tampoco debería hacerse de manera brusca. Algunos gatos rechazan los cambios de comida y, en un animal diabético, dejar de comer se puede convertir en un problema. Las recomendaciones actuales para los cuidadores aconsejan introducir las modificaciones de forma progresiva una vez que el tratamiento esté estabilizado y siempre teniendo en cuenta la respuesta del felino. Si existe sobrepeso, perderlo puede formar parte del tratamiento, pero debe hacerse de manera controlada. Una reducción excesivamente rápida también puede perjudicar al gato, por lo que el objetivo de peso y la velocidad de pérdida deben establecerse individualmente.

Las señales más visibles

Una de las señales clásicas de la diabetes es que el gato bebe y orina más de lo habitual. La elevada concentración de glucosa en sangre hace que los riñones eliminen más glucosa a través de la orina y, con ella, se pierda más agua. El animal responde aumentando la ingesta para compensar esas pérdidas.

Por eso, observar la caja de arena puede convertirse en una herramienta sencilla para detectar cambios, aprendiendo a conocer cuál es el comportamiento habitual del gato y comunicar cualquier modificación significativa. También es importante facilitar siempre el acceso al agua, especialmente porque un gato diabético puede ser más vulnerable a la deshidratación.

Otro signo que puede aparecer en gatos con diabetes es el plantigradismo, una alteración que hace que el animal apoye una parte mayor de las extremidades posteriores y adopte una postura diferente al caminar. Se produce por una afectación de los nervios periféricos asociada a la exposición prolongada a concentraciones elevadas de glucosa y puede provocar debilidad en las patas traseras. La buena noticia es que, cuando está relacionado con la diabetes, puede mejorar si se consigue controlar la enfermedad.

La evolución de cada gato es diferente y el seguimiento no termina cuando desaparecen los síntomas. Algunas enfermedades concurrentes pueden dificultar el control de la diabetes y, por ello, forman parte de la valoración veterinaria. Problemas pancreáticos, infecciones, enfermedades dentales o determinados tratamientos pueden influir en la resistencia a la insulina y hacer necesario revisar el plan establecido.

También es importante conocer los signos de una posible hipoglucemia, es decir, una concentración de glucosa demasiado baja. Señales como debilidad, desorientación, somnolencia marcada, alteraciones de la coordinación, temblores o convulsiones requieren atención veterinaria urgente, especialmente si el gato está recibiendo insulina.

La remisión es posible en algunos gatos

A diferencia de lo que puede pensarse al escuchar que un gato tiene diabetes, el diagnóstico no implica necesariamente que vaya a necesitar insulina durante el resto de su vida. Algunos pueden alcanzar la remisión, que se produce cuando mantienen niveles adecuados de glucosa sin necesidad de recibir insulina durante un periodo determinado.

Las posibilidades son mayores en algunos gatos diagnosticados y tratados de forma temprana y que consiguen un buen control de la glucemia, aunque no existe un único factor que permita predecir con seguridad qué gatos alcanzarán la remisión. Además, incluso después de conseguirla, la diabetes puede reaparecer y el animal continúa necesitando vigilancia.

Avances en la diabetes felina

Además de la insulinoterapia, existen medicamentos administrados por vía oral que pueden ser apropiados para determinados gatos. La investigación también está explorando nuevas formas de facilitar el control de la enfermedad. En mayo de 2026 se comunicó el primer caso de un gato tratado mediante un sistema automatizado de administración de insulina que combinaba un sensor continuo de glucosa, una bomba y un algoritmo para ajustar el suministro. El animal consiguió retirar completamente la insulina después de 33 días y permanecía sin signos de diabetes dos años después, aunque se trata de un único caso y los propios investigadores señalan que hacen falta más estudios antes de considerar esta tecnología una alternativa generalizada.

Por el momento, convivir con un gato diabético significa sobre todo incorporar la enfermedad a la rutina sin convertirla en el centro de toda la vida del animal. Una alimentación adecuada, un peso saludable, la administración correcta del tratamiento cuando sea necesario, controles periódicos y la observación cotidiana permiten detectar cambios y actuar con rapidez. La diabetes requiere constancia, pero no impide que un gato siga disfrutando de sus rutinas, sus juegos, sus siestas y esa particular capacidad felina para comportarse como si todo estuviera bajo control.

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El retriever de pelo liso, el Peter Pan de los perros con un carácter juguetón

El retriever de pelo liso nació en Inglaterra durante el siglo XIX como perro de trabajo especializado en la recuperación de piezas de caza. Su nombre original fue wavy-coated retriever, en referencia al pelo ondulado de los primeros ejemplares, y durante décadas los distintos tipos de retriever se clasificaron conjuntamente.

La raza se fue formando a partir de diferentes perros de trabajo, entre ellos los antiguos perros de agua de San Juan, antepasados de los actuales labradores, además de perros de tipo setter, spaniel y otros perros empleados para la caza y el cobro de piezas. La influencia exacta de cada uno de estos grupos no está completamente documentada, pero el objetivo era reunir resistencia, olfato y facilidad para trabajar con las personas.

Hacia finales del siglo XIX comenzó a diferenciarse del resto de retrievers y adoptó su denominación actual. Su manto negro, liso y con flecos en las patas, el pecho y la cola, proporcionaba protección frente al agua fría, la vegetación densa y las condiciones meteorológicas propias de su trabajo.

Durante la primera mitad del siglo veinte perdió popularidad frente a otras razas , especialmente el labrador y el golden retriever, hasta el punto de que después de la Segunda Guerra Mundial su supervivencia llegó a ser preocupante. La cría selectiva permitió recuperar la población y mantener sus aptitudes de trabajo y su temperamento. Actualmente continúa siendo una raza poco numerosa, eclipsado por sus compañeros del grupo retriever.

“Madurez no localizada”

El estándar de la Federación Cinológica Internacional describe al retriever de pelo liso como un perro dotado de aptitudes naturales para el trabajo, de carácter optimista, amistoso, seguro de sí mismo y muy amable. El estándar estadounidense añade tres características que resumen bastante bien su fama: alegre, confiado y de buen humor.

Su carácter juvenil es precisamente uno de sus rasgos más conocidos y valorados. La raza madura lentamente y conserva durante muchos años comportamientos propios de un perro joven, desde las ganas constantes de jugar hasta cierta tendencia a meterse en pequeños líos por puro entusiasmo. De ahí procede la habitual comparación con Peter Pan en cinología, utilizada para describir a estos perros como los retrievers que nunca terminan de crecer.

También son perros muy orientados hacia las personas, con gran disposición para cooperar y un fuerte deseo de participar en lo que hace su familia, siempre que tengan suficiente actividad física y mental.

Energía y acompañamiento

Su pasado como perro de caza explica una buena parte de sus necesidades actuales. El retriever de pelo liso es una raza activa que necesita ejercicio diario y oportunidades para utilizar su capacidad de exploración, olfato y captura.

Juegos de búsqueda, actividades de olfato, deportes y ejercicios pueden proporcionar una salida adecuada a algunas de sus capacidades naturales. La combinación de actividad física y estimulación mental suele ser especialmente importante en perros criados durante generaciones para trabajar junto a las personas.

Por sus características, encaja mejor en hogares que puedan incorporar al perro a una vida activa y ofrecerle tiempo para pasear y realizar actividades compartidas. Una familia con niños y otros animales es una opción adecuada siempre que exista supervisión y que tanto el perro como los menores aprendan a relacionarse correctamente. Su buena disposición hacia las personas no elimina las necesidades propias de cualquier perro, especialmente cuando se trata de un animal grande y enérgico.

En cuanto a su mantenimiento, no requiere una rutina especialmente compleja, aunque el cepillado ayuda a mantenerlo en buenas condiciones y permite retirar pelo muerto y revisar la piel. Después de nadar o de realizar actividades en zonas con vegetación, conviene comprobar el estado del manto y de la piel. El pelo abundante de algunas zonas puede ocultar pequeñas heridas, espigas u otros elementos que hayan quedado atrapados durante el paseo. Las orejas también requieren atención dentro de las revisiones habituales, especialmente después de actividades acuáticas.

Para ampliar información, se recomienda contactar con el Club Español de Retrievers, entidad reconocida por la Real Sociedad Canina de España. Desde Animaleros, recordamos que conviene valorar la adopción de un perro que necesite un nuevo hogar.

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Anatomía felina: el mapa de las glándulas odoríferas que tienen tus mascotas

Cuando un gato frota la cabeza contra una persona, se restriega contra un mueble o se estira en la pared con las uñas fuera, no solo está dejando pelos o algún que otro arañazo visible. Su cuerpo dispone de numerosas glándulas capaces de producir sustancias olorosas que forman parte de su sistema de comunicación. Para nosotros muchas de esas señales pasan completamente desapercibidas, pero para otros gatos contienen información relevante.

Estas glándulas se encuentran en diferentes zonas del cuerpo y sus secreciones no son exactamente iguales. Algunas tienen especial importancia en la comunicación facial y social, mientras que otras participan en el marcaje mediante el rascado o en la comunicación asociada a la zona posterior del animal.

Un mapa de olores repartido por todo el cuerpo

Entre las principales zonas con glándulas odoríferas se encuentran diferentes regiones de la cabeza. Hay glándulas periorales alrededor de la boca y las comisuras de los labios, temporales en la zona situada entre los ojos y las orejas y submandibulares en la barbilla.

También existen glándulas asociadas a la zona caudal, especialmente alrededor de la base de la cola, y glándulas interdigitales en las almohadillas de las patas. La distribución tiene sentido si se observa el comportamiento cotidiano del gato. La cara entra fácilmente en contacto con personas, animales y objetos cuando se frota contra ellos, mientras que las patas participan en el marcaje cuando el animal araña determinadas superficies.

A estas estructuras hay que añadir los sacos anales, situados a ambos lados del ano. Su contenido tiene una composición y una función diferentes de las secreciones de las glándulas faciales y puede producir un olor especialmente intenso. Los problemas en esta zona, como la impactación de los sacos anales, pueden causar molestias y requieren valoración veterinaria.

Qué deja un gato cuando se frota contra nosotros

Cuando un gato frota la cabeza o la cara contra otro gato, una persona u objetos, deposita secreciones procedentes de las glándulas de esas regiones. Mediante esta acción comunicativa con señales químicas, los gatos obtienen información sin necesidad de establecer un contacto directo prolongado y contribuyen a crear un entorno olfativo familiar.

Por eso, cuando un gato frota la barbilla o los laterales de la cara contra una persona, el comportamiento está utilizando una parte de su sistema natural de comunicación. Las secreciones también participan en la familiaridad entre individuos. En grupos de gatos que mantienen relaciones sociales, el contacto físico y el acicalamiento mutuo pueden contribuir a mezclar olores individuales y crear un olor compartido del grupo.

De qué está hecho el olor que deja un gato

Las secreciones de las glándulas odoríferas son mezclas de numerosos compuestos químicos, entre ellos distintos ácidos grasos y otras moléculas orgánicas. Su composición cambia según la zona del cuerpo y también puede variar de un gato a otro. En las glándulas de la cara, algunas de las sustancias identificadas están relacionadas con los lípidos, es decir, con componentes grasos, como los ácidos grasos oleico y el palmítico. También se han encontrado otros compuestos presentes en cantidades menores.

Curiosamente, no conocemos todavía la proporción exacta de cada componente en todas las glándulas odoríferas del cuerpo ni sabemos qué información transmite cada molécula por separado. La investigación sí ha permitido identificar diferentes mezclas químicas asociadas a determinadas zonas, pero el significado de muchas de ellas todavía no está completamente descifrado.

Algo parecido ocurre con las secreciones de las patas. Las glándulas asociadas a las almohadillas producen sustancias que quedan sobre las superficies cuando el gato camina. Entre ellas se han identificado distintos ácidos grasos y otros compuestos, que contribuyen al perfil químico de la marca que deja el animal.

Por su parte, los sacos anales tienen una química diferente y producen un olor mucho más intenso. Sus secreciones contienen, entre otros componentes, ácidos grasos de cadena corta y numerosos compuestos volátiles. Además, las bacterias que viven en esa zona pueden transformar algunas sustancias y contribuir al olor final. Por eso el perfil químico de un gato no procede únicamente de sus propias glándulas, sino también de las interacciones entre esas secreciones y los microorganismos de la piel.

Zonas de marcaje

La zona facial es probablemente la más evidente, pero el gato dispone de otros lugares para depositar señales químicas. Las glándulas situadas alrededor de la base de la cola contribuyen a las señales odoríferas que el animal deja en determinados lugares. Las patas tienen además glándulas asociadas a las almohadillas y el movimiento con el que se afilan las uñas permite combinar señales químicas con una marca física muy visible.

Cuando un gato araña un árbol o un mueble, por tanto, no está produciendo únicamente una marca que otro animal pueda ver. El contacto de las patas con la superficie también permite depositar sustancias procedentes de las almohadillas, reforzando así la información que queda en ese lugar.

No todas las secreciones tienen el mismo significado

No existe una única ‘feromona del gato’ que sirva para todo. Las secreciones producidas en diferentes partes del cuerpo contienen mezclas químicas distintas y cumplen funciones diferentes. Si nos ponemos rigurosos, la ciencia ha categorizado las secreciones faciales en cinco fracciones (de la F1 a la F5), siendo la F3 la que el gato utiliza para marcar su territorio como seguro (y la base de las feromonas sintéticas de difusor comercial). En cambio, las sustancias procedentes de la zona anal tienen otras funciones biológicas y una composición diferente. También pueden variar las señales depositadas en función del contexto y del propio animal.

El olor de un gato, por tanto, forma parte de un sistema de comunicación en el que el contexto y las características individuales importan mucho. Para nosotros, gran parte de esta información es prácticamente invisible porque nuestro sentido del olfato no permite interpretar las señales químicas felinas de la misma manera, pero para otro gato, un objeto que ha sido marcado puede formar parte de un entorno olfativo mucho más informativo.

Comunicarse mediante olores

Desde las comisuras de la boca hasta la base de la cola y las almohadillas, el gato lleva incorporado un auténtico mapa de puntos de comunicación química. Cada zona aporta sus propias secreciones y algunas intervienen en comportamientos que forman parte de la vida cotidiana del animal.

Así que ese cabezazo contra la mano, el frotamiento insistente contra una esquina o las marcas que deja al arañar no son gestos aislados, sino parte de un sistema de comunicación que utiliza sustancias químicas, contacto y comportamiento para construir información sobre el entorno y sobre otros individuos.

Referencias:

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