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'Me acuerdo', la obra de Georges Perec que demuestra que 480 recuerdos bien elegidos valen más que una montaña de memorias virtuales

'Me acuerdo', la obra de Georges Perec que demuestra que 480 recuerdos bien elegidos valen más que una montaña de memorias virtuales

La editorial Impedimenta recupera el icónico libro del escritor francés en una nueva edición y traducción a cargo de Eduardo Berti

Sally Rooney retira sus novelas de las librerías de Reino Unido por la persecución a su apoyo a Palestine Action

Hay pocos escritores, y creadores en general, que merezcan tanto el adjetivo “original” como él: Georges Perec (París, 1936-Ivry-sur-Seine, 1982), autor de novelas, ensayos, teatro, poemas, guiones y artículos, además de miembro del grupo de experimentación literaria Oulipo. Fue un literato todoterreno, único y prolífico. Se le suele denominar un autor “de culto”, pero lo cierto es que su obra se ha leído en amplitud y hasta ha creado escuela. Al menos, con algunos de sus títulos. Entre ellos, Lugares, por el que su traductor Pablo Martín Sánchez acaba de ser galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción.

Dentro de la fértil trayectoria de Perec, el año 1978 supuso un hito al ver la luz dos de sus libros más emblemáticos: por un lado, la monumental La vida instrucciones de uso (Premio Médicis), considerada por muchos su obra maestra, una indagación en la memoria con una estructura organizada en torno a un edificio parisino y las historias de sus inquilinos a lo largo de más de un siglo; por el otro, la breve Me acuerdo, un texto de apariencia simple que muchos han imitado, aunque no siempre con la misma gracia.

Ese Me acuerdo ha vuelto este año a las librerías de la mano de Impedimenta, con una nueva edición y traducción de Eduardo Berti, autor de la casa y 'oulipiano' como Perec. Su contenido es de sobra conocido: una enumeración de recuerdos, de lo más trivial a lo profundo, expuestos en frases sencillas y sin voluntad de conformar un relato con ellos. Recuerda a personas, noticias, modas, lugares, obras, medios de transporte y anécdotas variopintas. Todo parte de lo íntimo, de las vivencias de su infancia y juventud, pero, como sin querer, conforma la radiografía de una generación, de un mundo perdido.

El texto tiene más elaboración detrás de lo que su presentación puede dar a entender: el autor le dedicó varios años, durante los que trabajaba como bibliotecario y, por lo tanto, tenía acceso a documentos que fueron su particular magdalena de Proust y despertaron esa sucesión de recuerdos. Los fue apuntando al tiempo que avanzaba en su ya citada obra magna, que por aquel entonces le ocupaba la mayor parte del tiempo.

La memoria y cómo fijamos (o no) los recuerdos

Leída hoy, Me acuerdo aporta algo más que el conocimiento de una época y un lugar determinados, o que el descubrimiento de un método narrativo singular. En general, provoca una reflexión en torno a la memoria y el modo en el que fijamos (o no) los recuerdos, en un momento en el que todo parece almacenarse (que no es sinónimo de recordar) en una nube. La nube es el espacio de Internet donde se guardan archivos y datos, pero también ese agregado de partículas que impide ver con claridad, que nos “emborrona” la vista; y ahora no nos faltan estímulos que actúan como niebla tóxica.

Sin embargo, no basta con comparar el presente hiperconectado del siglo XXI con la sociedad analógica en la que vivió Perec para entender las claves de su proyecto. De entrada, hay que tener en cuenta que toda su obra, desde sus comienzos, está marcada por la memoria de la Segunda Guerra Mundial: sus padres, polacos judíos emigrados a Francia en los años veinte, murieron durante la contienda. Perec creció con sus tíos, y no olvidó, aunque tampoco se dejó llevar por la desesperanza.

Ya se ha dicho: en sus recuerdos cabe lo grave, pero también lo ligero, lo anecdótico. Porque la vida es así, en la vida hay de todo. Lo recopilado, además, ha pasado por un filtro: frente a la acumulación a la que se tiende hoy, Perec selecciona 480 recuerdos, que pueden parecer muchos al ver la cifra, pero, comparados con el scroll infinito y la cadena de enlaces de la red, constituyen una cantidad cerrada e incluso manejable.

El eclecticismo de su selección funciona como un juego: el propósito no es narrar una autobiografía a la antigua usanza, centrándose en los hechos relevantes, sino plantear algo distinto, una travesura con cierto fondo (no en vano algunos elementos son eso mismo, juegos: “444, Me acuerdo del yoyó”). El tipo de detalles que a menudo se pasa por alto en las memorias tradicionales, por tacharse de trivial o superfluo. No obstante, estas curiosidades desencadenan a su vez el reconocimiento de los lectores, cómplices del autor en su aventura por los meandros del pasado.

Un pasado que se reconstruye sin nostalgia, porque, como analiza Eduardo Berti en el prólogo, “lo que Perec propone con Me acuerdo es arrancarnos del intimismo narcisista y del goce autárquico. Me acuerdo no dice que ‘antes era mejor’, dice que antes era antes, y la lista restablece el orden en el desorden”. A Perec, como a los de su generación, no se le hubiera ocurrido idealizar el pasado, por mucho que fuera el universo de su niñez. Y, también como los de su generación, estaba curtido en el compromiso con la memoria histórica, con las víctimas; es decir, con el otro, con los derrotados de la guerra, con los expulsados de la sociedad, con los seres marginales como él mismo fue alguna vez.

El precio de tenerlo todo al alcance

¿Y qué nos dice todo esto hoy? Tenemos tan al alcance la herramienta de “guardar” que almacenamos fotografías, artículos, canciones y notas varias por doquier. La lista —o las listas— de tareas, compras, deseos, propósitos se vuelven interminables. No es culpa del individuo: el ritmo de productividad del tardocapitalismo, tanto en bienes materiales como en contenidos digitales, hace imposible su asimilación. La experiencia se vuelve superficial, fragmentada y dispersa; saltamos de una página a otra, leemos los titulares, escuchamos un audio acelerado, añadimos libros por leer, opinamos sin saber.

Esa sensación de tenerlo todo al alcance se vuelve en nuestra contra; en la práctica, es tan apabullante que obnubila, paraliza. No, no nos convertiremos en el superhéroe que es capaz de abarcarlo todo, en el artista que crea la obra total. En esa renuncia, leer Me acuerdo puede ser una válvula de esperanza. Porque recuerda el poder de lo acotado: mejor apuntar 480 (o diez, o mil) que mirar de reojo el infinito de la nube. También recuerda el atractivo de la heterogeneidad: no todo tiene que ser lo más elevado; no todos los libros tienen que ser La vida instrucciones de uso.

Y, claro, es asimismo una invitación a la risa, a tomarse menos en serio a uno mismo; listar recuerdos no tiene por qué ser un ejercicio de nostalgia funesta, esa nostalgia que hoy trata de despertar fantasmas peligrosos. Tampoco es un mero diario personal, una mirada al ombligo: los nombres, las películas y todo lo demás que se recopila se eleva a conciencia de la vivencia particular para enfatizar los vínculos que nos unen, que dan sostén a cada sociedad, cada cultura, cada época.

Hoy, cuando cada vez hay más gente que recupera costumbres analógicas, como escribir cartas, llevar un diario personal o utilizar un teléfono sin conexión a Internet, este libro de Perec puede tomarse como inspiración: no fue su obra cumbre, pero ha permanecido, ha inspirado, sigue siendo simpática. Y todo comenzó como unas frases que el autor iba apuntando en ratos sueltos. Hay algo claro: mejor tomar notas —escuchar una canción, ver una película, leer un libro, responder un correo— y asumir las limitaciones humanas que dejar el abismo para un mañana en el que no, no seremos mejores. En cambio, en ese mañana agradeceremos haber dejado algo hecho, fijado en algo más sólido que una nube; aunque solo sean unas frases escritas de nuestro puño y letra, en un cuaderno.

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Han Kang, una premio Nobel que reflexiona sobre su escritura y la forma de cultivar su jardín

Han Kang, una premio Nobel que reflexiona sobre su escritura y la forma de cultivar su jardín

La autora surcoreana publica ‘La luz y el hilo’, un compendio de textos de no ficción en los que aborda las preguntas que alimentan su literatura y un diario de jardinería en el que cultivar la tierra se convierte en otra forma de explorar la vida

Han Kang utiliza la violencia de la tinta y la sangre contra el trauma

Cuando en 2024 recibió el Premio Nobel de Literatura, Han Kang (Guangju, 1970) se convirtió en una de las galardonadas más enigmáticas del panorama literario. No solo porque por aquel entonces apenas se habían traducido unos pocos libros suyos; tampoco por la distancia sociocultural entre su país, Corea del Sur, y Occidente. Se trataba de una barrera mucho más íntima: Han Kang no es una autora que se prodigue en entrevistas ni apariciones públicas, ni suele hablar de sí misma (al menos de forma abierta) en su obra.

También hay que tener en cuenta que el reconocimiento internacional le llegó, más que tarde, a destiempo: había publicado La vegetariana, su gran éxito, en 2007, pero no fue hasta casi diez años más tarde, en 2016, cuando la traducción al inglés obtuvo el Premio Booker Internacional, que propició numerosas traducciones alrededor del globo. Ella ya se encontraba en otro punto de su carrera y de su vida cuando el público —el extranjero, pero también el coreano, porque durante un tiempo no contó con el beneplácito de sus compatriotas— descubrió con fascinación aquella demostración de genio de su juventud.

Sea como sea, lo cierto es que la imagen de Han Kang se limitaba a esa maravilla de la narración experimental estremecedora que es La vegetariana, y a aproximaciones a las consecuencias de los traumas políticos en títulos como Actos humanos (2014). Una narrativa, por lo tanto, marcada por la violencia humana en sus múltiples encarnaciones, con la excepción, quizá, de Blanco (2016), un texto breve y poético, más personal, en el que enlaza pequeñas meditaciones a partir de la muerte de su hermana mayor, a los dos meses, una pérdida que marcó a su familia y por ende a ella; este libro es, en cierto modo, la demostración de que su prosa también puede ser luminosa.

Lo bueno del siempre controvertido Premio Nobel es que, al menos, genera un aluvión de traducciones, y Han Kang no está siendo una excepción. Tras recuperar las novelas Imposible decir adiós (2021) y Tinta y sangre (2010), el libro de poemas Guardé el anochecer en un cajón (2013) y el cuento infantil Hada del trueno, hada del relámpago (2007), llega a las librerías La luz y el hilo (2025), un compendio de textos de no ficción entre los que se cuentan sus primeros escritos tras recibir el galardón.

En las primeras páginas encontramos cavilaciones de Han Kang en torno a su escritura, algo parecido a lo que hace Annie Ernaux en sus diarios, solo que sin recrearse tanto en sus vivencias personales. Recuerda la génesis de algunas de sus obras más importantes, de La vegetariana a Imposible decir adiós, y cómo algunas preguntas clave espolearon su proceso creativo: “¿Por qué el mundo es tan violento y doloroso? ¿Y cómo es posible que aun así sea tan bello?”.

El amor y la violencia, pilares fundamentales

El amor y la violencia son dos pilares de su universo narrativo, aunque eso es algo de lo que ella misma ha ido tomando conciencia con el tiempo. No es una autora que lo tenga todo claro antes de sentarse a escribir, sino que, más bien, se toma cada nuevo proyecto como una búsqueda, una búsqueda que a su vez la salva a sí misma de la angustia de la existencia terrenal: “Lo que me impulsó a la vida fue simplemente el acto de escribir”. Y es que escribir, ahondar en una investigación, es una forma de mantenerse en pie.

Como punto de partida de estos apuntes, Han Kang vuelve sobre dos preguntas que encontró en un diario infantil; unas frases en apariencia inocentes que, sin embargo, se han revelado casi proféticas de su concepción del hecho literario, de su acercamiento a la vida y por extensión a la literatura: “¿Dónde está el amor? Dentro de mi pecho palpitante” y “¿Qué es el amor? El hilo dorado que une nuestros corazones”.

Esta obsesión por el sentido del amor puede chocar en una autora que escribe de manera tan cruda sobre la violencia social y política, la guerra, el trauma. Ella misma medita al respecto, para concluir que el dolor y el amor no dejan de ser dos caras de una moneda, que al escribir sobre las ruinas y las heridas incurables evoca al mismo tiempo un latido interior —una esperanza— que lucha por abrirse camino, por resistir a pesar de todo.

La escritora Han Kang firma libros durante la diada de Sant Jordi
La escritora Han Kang firma libros durante la diada de Sant Jordi

Sus fuentes de inspiración van desde los sueños a los hallazgos históricos que la han obsesionado durante décadas, sin olvidar la importancia de los paseos por esa naturaleza en ocasiones árida que tanto se respira en obras como Imposible decir adiós. El libro recoge asimismo algunos poemas, una forma de canalización más breve e inmediata de sus desasosiegos. Termina sus reflexiones con una mirada a su próxima novela: “¿No debería escribir sobre las cosas que hablan de la vida mientras tenga vida?”.

Cultivar un jardín, cultivar las palabras

Cerca de la mitad de La luz y el hilo recoge las páginas de un diario de jardinería escrito entre 2021 y 2023, en el que la autora narra la evolución del modesto jardín que empezó a cultivar en su último hogar. De los consejos de un jardinero experto sobre los cultivos más adecuados o el truco de utilizar un espejo para aprovechar mejor la luz del sol a los minúsculos descubrimientos cotidianos estación tras estación, la maravilla de observar cómo la naturaleza tiene sus ciclos y, a la vez, es asombrosa, deslumbrante.

Son muchos los escritores que a lo largo de la historia han desarrollado esta afición. De Emily Dickinson a Antonio Muñoz Molina, hay algo en el trabajo con las manos en la tierra que conecta al autor con la materia viva y robustece una actividad tan intelectual como la escritura. El trabajo de mantener un huerto o un jardín tiene paralelismos con la escritura: ambos son oficios que requieren paciencia, pero constancia; ambos necesitan partir de una mirada asombrada, para advertir los cambios en las plantas y para contar el mundo desde una perspectiva reveladora, única; y ambos son hábitos humildes, gestos no destinados a la productividad, que no dependen de tecnologías complejas y que a lo largo de los siglos no han cambiado más que en lo superficial.

Han Kang posa en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB)
Han Kang posa en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB)

Y, para autores como Han Kang, el jardín, el hecho de aprender a estar en armonía con la naturaleza, constituye una inspiración poética: “Pero incluso en esta casa introvertida, hay un lado abierto al exterior: el cielo del patio. Me quedé mirando durante un largo rato la nieve que caía de allí arriba”. El jardín como espacio de sosiego, de conexión con lo vivo, de expansión de sí misma; ni más ni menos que lo mismo que la literatura.

La luz y el hilo, que está traducido por Sunme Yoon, su traductora habitual, forma parte del nuevo proyecto de Penguin Random House: Láurea, una colección de textos breves, tanto inéditos como ya publicados, firmados por escritores “laureados” con el Nobel. La intención es que sirva tanto como primera toma de contacto con estos autores como, para quien ya los haya leído, una vía para profundizar en ellos o redescubrirlos desde otra perspectiva. Los primeros siete títulos incluyen además a Albert Camus, Doris Lessing, José Saramago, Mario Vargas Llosa, J.M. Coetzee y Svetlana Alexiévich.

La crisis de la atención sin duda influye en esta proliferación de líneas de publicaciones breves que se está viviendo en los últimos años, como los Nuevos Cuadernos Anagrama o las colecciones en pequeño formato de editoriales como Libros del Asteroide, Nórdica o Tránsito. Más allá de la oportunidad de negocio, ojalá iniciativas como Láurea vayan más allá de la anécdota y despierten de verdad la curiosidad por continuar leyendo.

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