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Crítica de 'La maleta': un disparatado cóctel de tiros y coqueteos que recuerda a 'Mentiras arriesgadas'

Tras El campeón (2024), Carlos Therón regresa a su terreno predilecto: la comedia de enredos en clave policíaca. La maleta sigue a Laura y Nacho, dos jóvenes que se conocen en un vuelo. Tras coquetear, Laura acaba proponiendo un juego: si, al llegar al aeropuerto, su equipaje sale primero, pasarán la noche juntos; si no, cada uno continuará por su lado. Ella, tramposa, echa mano de la primera maleta que ve para asegurarse la victoria, sin imaginar que está robando a un grupo terrorista.

Con guion de Sara Antuña y Carlos Pando, la película sitúa en el centro un improbable romance entre dos personajes de temperamentos antagónicos abocados a vivir, en una única noche, una delirante y vertiginosa aventura contrarreloj que trae a la memoria títulos como Cuando llega la noche o Mentiras arriesgadas.

Therón da la vuelta, eso sí, a los roles: aquí es Laura quien lleva las riendas mientras Nacho, asustadizo, permanece a merced de las circunstancias. Pese a su puesta en escena algo funcional y su factura algo televisiva, la película encadena las suficientes situaciones rocambolescas para que la peripecia nunca pierda fuelle; su ritmo endiablado y la vis cómica de Lucía Caraballo hacen el resto.

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Crítica de 'Sentido y sensibilidad': esta adaptación no perdurará, pero Daisy Edgar-Jones es una 'chica Austen' perfecta

Joe Wright y Orgullo y prejuicio han sido para el romance de época lo que Christopher Nolan y su Batman para el cine de superhéroes: encumbraron sus respectivos géneros y, consciente o inconscientemente, sentaron las bases tonales y estilísticas a imitar por todas sus sucesoras. En el caso de Wright, su influencia en la nueva Sentido y sensibilidad se palpa en la fotografía cuidada, en la dinámica romántica o en la aproximación naturalista a la historia.

Es difícil adaptar a Jane Austen, probablemente la escritora más sobreexplotada en pantalla, sobre todo cuando la última versión del libro que pretendes llevar a la pantalla perdura en la memoria colectiva con los nombres de Ang Lee, Emma Thompson, Kate Winslet o Alan Rickman ligados a ella. De ahí que el gran acierto de la interpretación de la directora Georgia Oakley pase por alejarse de Lee y volver a la palabra de la autora; a Elinor y Marianne, a su carácter antagónico y al amor de hermanas.

Este salto de las Dashwood al audiovisual ahonda en las dinámicas sociales y en las luchas internas y externas de sus heroínas en una sociedad patriarcal que les es desfavorable: expresa el autocontrol de una y la impulsividad de la otra a la hora de enfrentarse a cualquier aspecto de la vida. Es en ellas, en el magnetismo y la química entre Daisy Edgar-Jones (como Elinor, un papel hermético, menos agradecido, al que logra dar dimensión) y Esmé Creed-Miles (como Marianne, el espíritu rebelde y casi místico), donde la película encuentra su corazón latente.

Edgar-Jones vuelve a demostrar lo bien que se le da expresar con lo poco que le ofrecen sus personajes taciturnos y contenidos, y encuentra el contrapunto perfecto en Creed-Miles, etérea y libre en un rol más complejo y matizado que el de joven enamorada del amor. Ambas, con su personalidad extrema y contraria, resultan hipnóticas en esta oda al amor de hermanas. Una pena que el resto, sobre todo los hombres a su alrededor, no tenga esas capas en una historia tan de personajes.

La mejor compañía de las Dashwood es la naturaleza que las rodea: el mar tan poco habitual en la escritura de Austen que aquí vaticina un oleaje violento en el corazón de Marianne, el paisaje por el que correr de forma salvaje, o el amanecer que presencia un encuentro romántico. Oakley logra hacer poesía con la cámara, jugando con los planos y la posición de la lente, buscando un acabado terrenal con toques celestiales. La belleza visual es innegable. El problema reside en la sensación de déjà vu, de ese efecto Wright, que nos lleva a esperar que Darcy, y no Edward, aparezca en el horizonte.

Esta nueva Sentido y sensibilidad tiene sentido y sensibilidad temáticos y estéticos, pero le falta autoría, esa firma que la haga destacar dentro de un género desbordado de producciones. Oakley, que se ganó a la crítica con Blue Jean antes de lanzarse a los brazos de las adaptaciones de gran presupuesto, ha sucumbido a los lugares comunes en vez de seguir la estela de cineastas con inicios similares como Greta Gerwig o Emerald Fennell, que entregaron reinterpretaciones propias de un clásico. Porque la reciente Cumbres Borrascosas te gustará más o menos, pero es única.

La obra de Ang Lee tenía identidad propia, aunque descuidara más a sus protagonistas y desaprovechara a su estelar elenco. No era perfecta, pero sí perdurable en la cada vez más infiel memoria del cinéfilo. Lo mismo pasa con la interpretación de Emma, con Anya Taylor-Joy, que, pese a sus pequeños fallos y todas sus licencias, guardaba el alma de la novela y la punzante ironía de la autora, y era tremendamente disfrutable y diferente, justificando su existencia.

La actual Sentido y sensibilidad está, por suerte, más cerca de esa Emma que de la Persuasión de Dakota Johnson, cuya sola mención provoca un tic nervioso en cualquier seguidor de Austen. Es, en esencia, la secuela espiritual y visual de la Orgullo y prejuicio de Wright, a la que mira con ojos vidriosos de admiración de hermana pequeña. Es más fiel al libro que la versión de Lee, pero no resulta tan memorable. Y, a pesar del empeño de Edgar-Jones y Creed-Miles, si hay algo que jamás podremos perdonar a una adaptación de Austen es que sea olvidable.

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