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'Clayface': un villano de Batman en una crisis de identidad, igual que su filme

Como tantos personajes de cómic, especialmente si son longevos, Clayface (el supervillano) vive en una crisis de identidad continua. No solo por sus poderes metamórficos, sino también por una trayectoria que le ha llevado a tener ocho identidades secretas a lo largo de más de 60 años: material de sobra para armar un nuevo relato con vistas al cine, pero también para perder el norte.

De la misma manera, Clayface (la película) parece una criatura que, pudiendo adoptar múltiples formas, sufre a la hora de decidirse por su aspecto definitivo. Conforme avanza su metraje, uno no sabe si el filme de James Watkins (con guion de Hosein Amini y argumento de un Mike Flanagan que se ha distanciado prudentemente del resultado final) aspira a ser La mosca, el Darkman de Sam Raimi, La sustancia o un híbrido de todas ellas, y alguna que otra más.

El calvario de Tom Rhys Harries (actor que apunta a lo más alto hasta que, en una noche de fiesta, se lía con quien no debe) podría ser tanto una historia body horror de aniquilación personal, una sátira de ese Hollywood obsesionado con las apariencias o un cuento de venganza con antihéroe sin escrúpulos. Y hay que reconocerle al intérprete el mérito de no haber acabado como una regadera tratando de aunar todas esas visiones en un solo trabajo.

A esto, para colmo, se suma una puesta en escena que se debate entre la nefasta Joker y sus pretensiones de realismo sucio y el punto de pesadilla con neones que Matt Reeves supo darle a The Batman. Por si no se nota, el que escribe esto es mucho más partidario del segundo enfoque que del primero, aunque eso son gustos.

Pese a todo, Clayface está lejos de ser un bodrio: sus momentos más crudos impactan de verdad, el protagonista se gana nuestra simpatía incluso en sus momentos más bajos e incluso los toques de humor negro funcionan a veces (aunque no siempre). Pero es esta suma de buenas ideas la que nos hace pensar que la cinta ganaría mucho, muchísimo, si hubiera apostado por un solo enfoque en lugar de dispersarse.

Así, puestos a especular, lo mejor que podría haberle pasado a Clayface hubiera sido no titularse Clayface ni ser una película de DC, desvinculándose así de los requisitos de una franquicia y de ese legado (el de los dibujantes, escritores, directores que la han precedido) con el que nunca parece ponerse de acuerdo. Así hubiera gozado de una libertad que ahora parece tan fuera de su alcance como del de su personaje principal: la libertad de ser ella misma.

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'Wildwood: El bosque salvaje': un nivel nunca visto en stop motion, un pequeño milagro hecho a mano

Los estudios Laika llevan desde sus inicios siendo un pequeño milagro, una rara avis en el medio de la animación dedicada por completo a la artesanía y a ensalzar la disciplina del stop motion. Gran parte de la razón es que existen por amor al arte, naciendo de esas apuestas, cada vez menos comunes, en las que un heredero millonario (aquí Travis Knight, hijo del fundador de Nike) decide usar su poder para invertir en las artes en vez de convertirse en un supervillano de tebeo dentro del capitalismo tardío.

Wildwood es su culminación hasta la fecha. Dirigida por el propio Knight, una década después de debutar con la notable Kubo. La película es tan ambiciosa en su forma, alcanzando un nivel de producción nunca antes visto en stop motion, que a ratos es fácil olvidar su fondo: un canto al arte hecho a mano, situado en Portland (hogar físico del propio estudio), sobre una adolescente que ha perdido la fe en la magia viéndose obligada a adentrarse en un mundo de fantasía.

En manos de otra productora, la premisa podría resultar cliché. Bajo Laika, es una oda a su propio lugar en el mundo, uno de los últimos bastiones de la capacidad del cine animado para resultar genuinamente mágico.

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Crítica de 'Leones en invierno', con Luis Zahera: una película de venganzas a la española sin freno ni sutilezas

A Leones en invierno, quinto largo como director de Albert Pintó, se le podría hacer (casi) la misma crítica que a cualquiera de las películas de venganza de Jason Statham, Liam Neeson, Jean-Claude Van Damme o Charles Bronson, géneros en sí mismos.

La parte negativa de ello es que aquellas cintas no eran ni son buenas. La parte positiva es que Pintó demuestra que se sabe hacer ese tipo de cine en España, y que la extrema violencia para desagraviar la muerte de un ser querido siempre tuvo su público.

Su eficaz cine de género (Malasaña 32; Sky rojo, en televisión) se tiñe además de algunos apuntes patrios con sentido: el pasado de Ultras Sur de los protagonistas (hoy, padre panadero, policía corrupto y yonqui de la calle), y curiosos guiños temporales, como esa canción de Los Nikis (“¡Mira cómo gana la selección…!”).

Sin embargo, todo es demasiado grueso, aunque, al menos, coherente en su conjunto y bien realizado: Pintó con su explicitud, y un cierto regodeo un tanto molesto y gratuito (la violación); el guion con su rudeza sentimental, moral y social; y los intérpretes (de lujo), todos sin freno en mayor o menor proporción, y ahí la recuperación de un desatado Jordi Mollà da una buena medida.

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