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El cambio climático está alterando la forma de la Tierra: qué reveló un nuevo estudio

Un estudio satelital determinó que el cambio climático modifica la forma de la Tierra sólida con una elevación en los polos y un hundimiento en la región ecuatorial. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La imagen clásica de la Tierra como una esfera casi perfecta es apenas una aproximación. El planeta está achatado en los polos y ensanchado en el ecuador por efecto de su rotación. Ahora, un estudio basado en mediciones satelitales detectó que el cambio climático está modificando lentamente la forma de la Tierra sólida: los polos se elevan, mientras que la región ecuatorial registra un hundimiento relativo.

La variación es imperceptible para la vida cotidiana y se mide en milímetros por año. Sin embargo, permite observar desde el espacio cómo el deshielo de Groenlandia y la Antártida, junto con el desplazamiento de enormes masas de agua, afecta a la estructura física del planeta.

Para un país como Argentina, con una extensa costa atlántica, territorios australes y una presencia histórica en la Antártida, el hallazgo suma una nueva dimensión al impacto global de la crisis climática.

La investigación fue elaborada por Christoforos Kotsakis, profesor de Geodesia de la Universidad Aristóteles de Tesalónica, en Grecia, y publicada en la revista científica Journal of Geophysical Research: Solid Earth. El trabajo reconstruyó cambios en la geometría terrestre a partir de registros obtenidos entre 1997 y 2015.

Los polos se elevaron y el ecuador se contrajo a un ritmo de milímetros

Las estaciones del Sistema Global de Navegación por Satélite registraron una aceleración en la elevación polar cercana a 0,4 milímetros por año por década. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La Tierra no es una esfera: su diámetro ecuatorial es mayor que el que une ambos polos. Esa diferencia responde, entre otros factores, a la fuerza centrífuga generada por la rotación planetaria. Pero esa configuración no permanece fija. La distribución de masas de hielo, agua, océanos y rocas puede alterar muy lentamente la forma del planeta.

El estudio analizó la velocidad vertical de cientos de estaciones del Sistema Global de Navegación por Satélite, conocido como GNSS, distribuidas en distintas regiones del mundo. Con esos datos, el investigador estimó cuánto se mueve hacia arriba o hacia abajo la superficie de la Tierra sólida a gran escala.

Los resultados mostraron que la elevación de las zonas polares pasó de unos 0,5 milímetros por año a casi 1 milímetro anual entre fines de la década de 1990 y el período 2011-2015. En paralelo, las regiones cercanas al ecuador exhibieron una subsidencia, o descenso, de una magnitud similar.

La combinación de ambos procesos indica que la parte sólida del planeta pierde parte de su achatamiento polar. Se vuelve levemente más redonda. El trabajo calculó que el cambio se aceleró a un ritmo cercano a 0,4 milímetros por año por década.

Se trata de un efecto diminuto frente a los 12.756 kilómetros de diámetro ecuatorial terrestre. Aun así, las mediciones permiten identificar una señal global consistente, que supera la esperada solamente por procesos geológicos de largo plazo vinculados al final de la última glaciación.

El deshielo polar redistribuye peso sobre la corteza terrestre

El deshielo en Groenlandia y la Antártida alivia el peso sobre la corteza terrestre y permite la elevación gradual de las altas latitudes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La explicación central está en la pérdida de hielo de Groenlandia y la Antártida. Cuando las capas de hielo se derriten, disminuye el peso que ejercían sobre la corteza en las altas latitudes. Como respuesta, el terreno puede elevarse gradualmente, un fenómeno comparable a la recuperación de un colchón después de retirar un objeto pesado.

A la vez, el agua procedente del deshielo se redistribuye en los océanos. Una parte de esa masa se desplaza hacia latitudes más bajas, donde incrementa la presión sobre el fondo oceánico y favorece el descenso de la superficie sólida en la zona ecuatorial.

El estudio señala que el levantamiento polar y la contracción ecuatorial registrados por las estaciones GNSS son mayores que los que cabría esperar solo por el denominado ajuste isostático glacial. Ese proceso describe la recuperación lenta de la corteza tras el retroceso de las grandes masas de hielo que cubrieron parte del hemisferio norte durante la última edad de hielo.

Por eso, Kotsakis atribuye una parte relevante de la aceleración detectada a procesos contemporáneos, en especial a la pérdida de masa helada y al traslado del agua desde las regiones polares. De todos modos, aclara que también pueden intervenir otros factores de escala planetaria, como movimientos internos del manto, variaciones en el almacenamiento de agua continental y cambios en la rotación terrestre.

La Tierra sólida y los océanos no cambian de forma de la misma manera

El desplazamiento de las masas de agua hacia latitudes más bajas incrementa la presión sobre el fondo oceánico y genera subsidencia en la zona ecuatorial. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El hallazgo puede generar una aparente contradicción. Si la Tierra sólida se vuelve menos achatada, ¿por qué algunas mediciones del campo gravitatorio indican que el planeta se aplana más en conjunto?

La respuesta está en distinguir entre la forma de la superficie rocosa y la distribución total de la masa terrestre. La investigación se concentró en la deformación de la corteza y el manto. En ese componente, los polos se elevan y la zona ecuatorial se contrae, lo que reduce el achatamiento.

Pero cuando se incorporan los océanos, la situación cambia. El agua que sale de las capas de hielo polares se redistribuye y tiende a aumentar el abultamiento ecuatorial. En consecuencia, el planeta considerado como un sistema completo, con océanos incluidos, puede mostrar una evolución distinta a la observada en la Tierra sólida.

El estudio no plantea que la Tierra se haya transformado en una esfera perfecta ni que esa metamorfosis vaya a ser visible en el corto plazo. Lo que detecta es una modificación gradual en la relación entre las zonas polares y ecuatoriales, suficiente para ser medida con instrumentos geodésicos de alta precisión.

Los científicos contrastaron las observaciones de GNSS con estimaciones del campo gravitatorio y con modelos de ajuste isostático glacial. Las diferentes técnicas no arrojan valores idénticos porque miden aspectos distintos: una sigue los desplazamientos físicos del suelo y otra registra cómo se reorganiza la masa del sistema terrestre.

Una medición que amplía el mapa de los efectos climáticos

Los especialistas afirman que la expansión de la red GNSS en zonas polares y oceánicas mejorará los modelos sobre la evolución del nivel del mar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El impacto del calentamiento global suele expresarse mediante imágenes de glaciares en retroceso, olas de calor, incendios, sequías e inundaciones. La nueva investigación incorpora una escala menos evidente: la respuesta de la estructura terrestre a la pérdida de hielo y al movimiento de agua alrededor del planeta.

En el caso argentino, la cuestión conecta con fenómenos que ya forman parte de la agenda climática y científica nacional. El retroceso de glaciares patagónicos, el monitoreo de las bases en la Antártida y la vulnerabilidad de las ciudades costeras ante el ascenso del nivel del mar forman parte de un mismo sistema global de redistribución de hielo y agua.

La evidencia disponible no permite usar esta variación de milímetros como un indicador aislado de los efectos que tendrá el cambio climático en cada región. Sí ofrece una herramienta adicional para seguir el comportamiento del planeta y mejorar los modelos que estudian la evolución de las masas de hielo, los océanos y el nivel del mar.

El trabajo analizó información hasta 2015 y plantea que una mayor cobertura de estaciones GNSS, en especial en áreas polares y oceánicas, permitirá precisar las estimaciones en los próximos años. Esa mejora será relevante para separar con mayor exactitud la influencia del deshielo actual de otros procesos geológicos y oceánicos que también moldean, milímetro a milímetro, la figura de la Tierra.

El planeta Tierra aparece en el espacio con el océano Atlántico, África y América del Sur visibles bajo los patrones de nubes y la atmósfera luminosa. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Alimentación infantil en Argentina: un estudio alerta por exceso de proteínas y déficit de nutrientes esenciales

Un estudio de la Universidad ISALUD reveló que más de la mitad de los niños pequeños consume un exceso de proteínas pero carece de nutrientes esenciales. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un niño puede recibir más calorías de las que necesita y, aun así, no cubrir nutrientes decisivos para crecer. Esa es la alerta que deja un relevamiento de la Universidad ISALUD sobre la dieta en la primera infancia: más de la mitad de los chicos evaluados superó la recomendación de proteínas, mientras una parte no alcanzó las cantidades aconsejadas de vitamina D, hierro y calcio.

La investigación abarcó a 496 niñas y niños de hasta 36 meses de AMBA, Córdoba, Mendoza y Rosario. El trabajo analizó durante cuatro días el consumo de alimentos y bebidas, con el objetivo de medir el aporte de energía, proteínas, hierro, calcio, vitamina D, ácido fólico, vitaminas A y C y zinc. También examinó la variedad de los alimentos incorporados en cada etapa.

El resultado pone el foco en una discusión habitual entre las familias: la cantidad no alcanza para evaluar si la dieta es adecuada. En los primeros años, la calidad nutricional, la diversidad de productos y la fuente de los lácteos pueden modificar de manera marcada el perfil de nutrientes que recibe un niño.

Entre los 13 y los 36 meses, la ingesta de proteínas llegó a quintuplicar lo recomendado

El indicador más llamativo apareció entre los chicos de 13 a 36 meses. En ese grupo, el consumo de proteínas se ubicó entre tres y cinco veces por encima de lo recomendado de acuerdo con el peso corporal. Más del 50% superaba la recomendación proteica y entre el 26% y el 35% obtenía más del 15% de la energía diaria a partir de este nutriente.

Los niños de entre 13 y 36 meses superaron hasta cinco veces la ingesta diaria de proteínas recomendada para su peso corporal. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El patrón fue más frecuente entre quienes consumían leche de vaca. A la vez, el promedio de energía ingerida estuvo por encima de las recomendaciones tanto en los niños que tomaban fórmulas infantiles como en aquellos cuya alimentación incluía leche de vaca; el desvío fue mayor en este último grupo.

“Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que obliga a dejar de pensar la nutrición infantil solo en términos de cantidad. Encontramos niños con un aporte elevado de energía y proteínas que, al mismo tiempo, no necesariamente alcanzaban cantidades adecuadas de micronutrientes esenciales”, explica Vanesa Rodríguez García, licenciada en Nutrición e investigadora principal del trabajo.

La especialista remarca que durante esta etapa importa la cantidad que comen los chicos, pero también la calidad de los alimentos que integran su dieta. El hallazgo no implica que las proteínas dejen de ser necesarias para el desarrollo: apunta a observar su proporción dentro de una alimentación que debe cubrir múltiples requerimientos.

Vitamina D, hierro y calcio concentraron las principales brechas nutricionales

El cruce entre consumo calórico y micronutrientes mostró la otra cara de la dieta relevada. La vitamina D fue el nutriente con mayor proporción de ingestas inadecuadas, seguida por el hierro y el calcio. Según el micronutriente analizado, entre el 10% y el 35% de los participantes no alcanzó las recomendaciones, con una mayor frecuencia entre quienes recibían leche de vaca.

La vitamina D, el hierro y el calcio concentraron las mayores brechas nutricionales en la dieta de la primera infancia. (Imagen Ilustrativa Infobae)

“Que un niño reciba suficientes calorías o crezca adecuadamente no nos dice por sí solo todo lo que necesitamos saber sobre la calidad de su alimentación”, señaló la médica pediatra Irina Kovalskys, especialista en Nutrición e investigadora senior del proyecto. “Hierro, calcio, vitamina D y otros micronutrientes cumplen funciones esenciales y debemos mirar también si la dieta permite cubrirlos”, agregó.

La investigación detectó además diferencias vinculadas con las condiciones socioeconómicas. Los niños de los estratos más bajos tuvieron una ingesta media menor de micronutrientes y una mayor proporción de consumos por debajo de las recomendaciones. Las diferencias fueron significativas en hierro y vitamina D. También se registraron promedios inferiores de micronutrientes en Rosario y en AMBA frente a Córdoba y Mendoza.

Menos de la mitad de los bebés de 7 a 12 meses alcanzó una dieta diversa

Otro de los ejes del estudio fue la diversidad de la alimentación. Para medirla, los investigadores tomaron como referencia el consumo de al menos cinco de ocho grupos de alimentos. Bajo ese criterio, menos de la mitad de los niños de 7 a 12 meses tuvo una dieta diversa. Después del primer año, la proporción mejoró, aunque se mantuvo entre el 51% y el 58%.

Menos de la mitad de los bebés de 7 a 12 meses alcanzó una dieta diversa con al menos cinco grupos de alimentos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los lácteos fueron el grupo más consumido, seguidos por cereales y carnes. En cambio, frutas, vegetales y huevos aparecieron con menor frecuencia. Las legumbres y los frutos secos tuvieron una presencia mínima o casi nula en los registros dietarios.

“La alimentación saludable no se define por un nutriente aislado. Estos resultados muestran por qué tenemos que mirar el patrón completo: variedad, calidad y equilibrio”, sostuvo Alberto Cormillot, investigador senior y director de la Licenciatura en Nutrición de la Universidad ISALUD. El especialista destacó que las preferencias y los hábitos que se construyen en estos años pueden perdurar durante mucho tiempo.

La diversidad fue mayor entre los niños que continuaban con lactancia materna. Les siguieron quienes recibían fórmulas infantiles y, en último lugar, los que consumían leche de vaca. La tendencia se repitió en los distintos grupos de edad incluidos en el relevamiento.

Las fórmulas infantiles mostraron un mayor aporte de hierro, vitamina D y zinc

Al comparar el componente lácteo de la alimentación, los niños que recibían fórmulas infantiles mostraron ingestas medias superiores de micronutrientes que aquellos que consumían leche de vaca. Las diferencias favorables se observaron en hierro, vitamina D y zinc. Sin embargo, el promedio de vitamina D permaneció por debajo de las recomendaciones en ambos grupos.

Las fórmulas infantiles fortificadas mostraron un aporte superior de hierro, zinc y vitamina D frente al consumo de leche de vaca. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El análisis del hierro en relación con las calorías consumidas también exhibió diferencias. Quienes tomaban fórmulas fortificadas recibían más hierro y presentaban una mayor proporción de ingestas adecuadas. En los niños que bebían leche de vaca, el aporte de este mineral dependía en mayor medida del resto de la dieta, sobre todo de las carnes.

Para Matías De Nicola, director institucional del proyecto, el valor de la investigación está en traducir los datos sobre lo que comen los chicos en herramientas que permitan orientar decisiones de alimentación según las necesidades de cada etapa del crecimiento.

La lactancia descendió del 72% en los primeros seis meses al 18% entre los 25 y 36 meses

El estudio relevó, además, cómo cambia la alimentación en los primeros años. El 72% de los bebés de 0 a 6 meses recibía leche materna. La proporción bajaba al 18% entre los 25 y los 36 meses, mientras que la edad promedio de abandono de la lactancia fue de 7 meses.

La prevalencia de la lactancia materna descendió del 72% en los primeros seis meses de vida al 18% entre los 25 y los 36 meses. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Entre las razones mencionadas para combinar la lactancia con fórmulas o reemplazarla figuraron el regreso de las madres al trabajo o a actividades académicas y la percepción de una producción insuficiente de leche. Para los investigadores, estos datos refuerzan la necesidad de promover condiciones que permitan sostener la lactancia cuando las familias así lo desean.

Los primeros 1.000 días de vida constituyen una ventana sensible para el crecimiento y el desarrollo. En ese período, los especialistas plantean que cada consulta pediátrica puede ser una oportunidad para revisar la alimentación y, si es necesario, recurrir a nutricionistas especializados en primera infancia. La orientación busca acompañar la introducción de alimentos desde los 6 meses y favorecer que todos los grupos alimentarios formen parte de un patrón equilibrado.

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