'Solo Goya': del rey al mendigo, un recorrido en 40 cuadros por las luces y las sombras de la sociedad
Tres retratos de mujeres poderosas, carismáticas, seguras de sí mismas, por primera vez frente a frente: María del Rosario Fernández, más conocida como La Tirana, fue una reconocida actriz sevillana, elogiada por Moratín y triunfadora en los teatros de Madrid y Barcelona; María Tomasa de Palafox, marquesa de Villafranca, fue pintora y llegó a ser académica de mérito de la Academia de San Fernando; María Teresa de Silva, duquesa de Alba, la aristócrata con más títulos, la nobleza personificada.
"Aunque solo sea por reunir estos tres lienzos, merecía la pena hacer esta exposición", reconoce Luis Fernández-Galiano, comisario de la misma y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en una visita brindada a 20minutos. Estamos en el corazón de la exposición inaugural, Solo Goya. El arte de ver, el día de la reapertura del Museo Goya, en Zaragoza, tras la ampliación de la que ya dimos cuenta en nuestras páginas, efectuada gracias a la labor cultural de Fundación Ibercaja.
Solo Goya. El arte de ver reúne 40 obras de Francisco de Goya, llegadas desde las mejores entidades artísticas del mundo: Museo del Prado, The National Gallery, Museo Thyssen-Bornemisza, Gallerie degli Uffizi, The Hispanic Society of América, etc. Un recorrido que nos acerca a la luz y la oscuridad, captadas por un artista inconmensurable, a lo más abyecto del ser humano y a la despreocupación más gozosa. Llegó a ser retratista de la Corte, pero también posó su mirada en los más humildes y nos ofreció una imagen de la transición del siglo XVIII al XIX con lucidez y penetración inigualables.
"Goya representó a la mujer con una dignidad, un respeto y una empatía como ningún otro maestro antiguo había hecho hasta ese momento, y merece ese reconocimiento", afirma con rotundidad Fernández-Galiano. "En el retrato de la Tirana, restaurado especialmente para la ocasión, vemos a un artista que se aleja del neoclasicismo. Pinta con el color, no a partir del dibujo, transmitiendo una energía rotunda, con esas pupilas dilatadas, tan características en Goya, que nos aproximan de manera más emotiva al retratado", describe con pasión.
Enfrente de la actriz, el retrato de la marquesa de Villafranca, mujer excepcionalmente culta. "Es un juego muy velazqueño porque estamos ante un doble retrato; la representación de la representación. María Tomasa de Palafox está pintando a su marido, que debe estar enfrente de ella, al que vemos reflejado en el lienzo", indica el comisario. Goya dijo en algún momento que sus maestros fueron Velázquez y la naturaleza.
El Retrato de la Duquesa de Alba de blanco -recordemos que existe otro en negro que posee la Hispanic Society of America, de Nueva York-, nos llega desde el Palacio de Liria y es uno de los préstamos más relevantes. Lo evidencia la presencia de Fernando Fitz-James Stuart y Solís el día de la inauguración, descendiente directo de la retratada. En el fascinante óleo puede observarse lo que el comisario describe como una "sinfonía en rojo", marcada por los detalles de lazos, faja y collar. Ese dedo señalando la rúbrica de Goya le ofrece un protagonismo al pintor, fruto quizás de un trato íntimo.
Cada uno de los cuarenta cuadros prestados ha tenido sus condiciones particulares de cesión, haciendo muy laborioso conseguir que hoy estén reunidos en Zaragoza, excepcionalmente hasta el 10 de enero de 2027. El que ha llegado desde la National Gallery de Londres, por ejemplo, ha tenido que colgarse en un panel de madera y no en muro, porque expresamente se especifica en las premisas para su préstamo.
Goya aporta su agudeza casi en cualquier obra, por inocente que parezca. Así, en la citada Merienda campestre, resulta perturbador el modo en que unos hombres rodean a una dama en ese ambiente natural, pero de cierta oscuridad al abrigo de unos árboles. Un grupo murmurando a sus espaldas, un par de individuos medio derrengados por el alcohol y otro más ufano, alrededor de una chica con aspecto de frágil muñeca inexpresiva.
"Otras obras apuntan rasgos de crítica social, por ejemplo el cartón que hemos traído del Museo del Prado, El albañil herido, que en el fondo nos está hablando de un accidente laboral. Es interesante, porque el primer boceto de Goya representaba a un albañil borracho, y los dos que lo sostienen estaban riéndose, pero en esta versión final Goya introdujo ese elemento social", sostiene Fernández-Galiano. "Ocurre en el par de pequeños cuadros sobre juegos infantiles, con unos niños harapientos recogiendo castañas o buscando nidos, donde también existe una crítica social; o en esa cucaña a la que se encaraman persiguiendo un botín de aves y panes, una competición organizada por la aristocracia para su distracción. Hasta en lo más amable, Goya introduce un elemento de preocupación, de inquietud".
El reflejo de la guerra o de los autos de la Inquisición se percibe, sin alcanzar la crudeza mostrada en su antológica serie de los Desastres de la Guerra, en un par de cuadros procedentes de Budapest u Oslo; o también en otro pavoroso fechado en 1798, que esboza a un par de caníbales descuartizando a sus víctimas. Al lado de ellos, en este apartado titulado Luces y sombras, la plácida estampa de El quitasol o El bebedor, tapices cedidos por Patrimonio Nacional.
En la sección denominada La condición humana tenemos una galería de retratos que se inicia con los tres femeninos citados, hasta conformar un catálogo de las capas sociales de aquella época. El retrato de María Teresa de Vallabriga a caballo es un cuadro mágico, y estamos muy contentos de que los Uffizi nos lo hayan prestado por tres meses. Realmente es un boceto para un cuadro de mayores dimensiones, pero con un nivel de detalle que casi lo convierte en una miniatura".
No se habían vuelto a ver desde que fueron subastados en Christie’s por la astronómica cifra de 16,4 millones de dólares. Se trata de los dos primeros retratos de personas de la burguesía pintados por Goya, y las protagonistas son Leonora Antonia Valdés de Barruso y su hija María Vicenta. El propietario sigue en el anonimato, aunque sabemos que llegan desde el Reino Unido.
Recorriendo la escala social y administrativa que poblaba nuestro país en aquellos convulsos años de ocupación napoleónica, tenemos espléndidos retratos de militares, como el de un joven general francés, Nicolas Philippe Guye, que había participado en Waterloo. Llega desde Virginia Museum of Fine Arts. "Goya pinta a patriotas, pero también pinta a afrancesados o directamente a miembros del ejército de ocupación. Es un juego muy democrático".
Entre los afectos al nuevo régimen, desde Sao Paulo nos llega el Retrato de Juan Antonio Llorente. "Se trata de un personaje extraordinario -avanza Fernández-Galiano-. Un canónigo riojano, secretario del Santo Oficio, que se puso del lado de los franceses y por eso se hizo retratar luciendo la orden de color rojo que distinguía a los partidarios de Napoleón. Luego tuvo que marchar al exilio cuando cambiaron las tornas, y allí escribió el más documentado libro de denuncia de la Inquisición que se había escrito hasta el momento".
La exposición muestra también a ese Goya íntimo, el de los familiares y amigos, como sus consuegros; o el de su amigo y pintor, Asensio Juliá, que colaboró con él en los trabajos de San Antonio de la Florida, y aparece junto a los andamios que se emplearían para ese trabajo.
Flanqueando la entrada a la última sala de la exposición, dos retratos: el del Infante don Luis Antonio de Borbón, y al otro lado Tío Paquete. "He querido hacer una pequeña reflexión sobre la extensión artística y social de Goya", nos avanza el comisario. "Lo más alto de la jerarquía social: el hermano del rey, retratado en 1783, y 40 años después al Tío paquete, un ciego que tocaba la guitarra y pedía limosna en las escaleras de una iglesia de Madrid. Los dos extremos de la condición humana y también los dos extremos de la historia pictórica de Goya, que comienza como un pintor heredero del neoclasicismo y acaba en los grandes trazos. Ese Goya tardío de las pinturas negras y la cúpula de San Antonio de la Florida, que parecía pintar con una esponja".
Como colofón de este recorrido, un cuadro que es pura delicia y un privilegio contar con él. "El autorretrato que tenemos en la Academia de Bellas Artes. Yo soy académico y tenemos una norma: hay media docena de obras que no se prestan nunca -comenta entre risas-, pero en este caso no podíamos decir que no. Es un cuadro maravilloso, porque encontramos a Goya con orgullo, vestido de gala, con un sombrero y una casaca. Sostiene el pincel como si fuera un lapicero y tiene una escribanía sobre la mesa, mostrando que además de pintor, es un intelectual, un influyente. Un retrato a contraluz, tan raro, tan difícil de pintar. Me parece una obra mágica".
