Uno de los asuntos que más preocupa a las familias hoy en día es la gestión del tiempo que pasan con sus hijos. En un ritmo de vida acelerado, en el que la productividad marca los horarios, la convivencia diaria suele plantear una pregunta fundamental: ¿es suficiente con estar con nuestros hijos en el mismo espacio o es necesario que compartamos actividades para sentir que estamos juntos?
Un niño construye una torre con piezas de colores. Coloca una pieza encima de otra hasta que, de repente, toda la estructura se viene abajo. Vuelve a empezar, cambia el orden, prueba con una base más ancha y descubre que esta vez resiste. Para él no ha sido más que un juego, pero durante esos minutos ha observado, experimentado y buscado soluciones. Es decir, ha puesto en práctica algunas de las habilidades sobre las que se construye el pensamiento científico, aunque el niño todavía no sepa qué significa la palabra ingeniería. La escena permite plantear una pregunta: ¿Hasta qué punto las experiencias infantiles pueden influir en las vocaciones profesionales? Y, sobre todo, ¿cómo preparar a los hijos para un mundo laboral que cambia a tal velocidad que muchas de las profesiones que ejercerán serán diferentes de las existentes hoy?
La curiosidad puede manifestarse construyendo un circuito, desmontando un juguete, inventando una historia o intentando comprender por qué ocurre algo.