El tifo que se desplegó en el fondo de los ultras del PSG en que se veía a un seguidor radical enmascarado con una motosierra descuartizando el escudo del Barça y con el lema ‘Masacre a la parisina’ no fue considerado excesivo por el club francés, según el diario ‘L’Équipe’.
Magnus Carlsen (Tønsberg, Noruega, 1990) lo ha ganado prácticamente todo. Cinco veces campeón del mundo de ajedrez clásico, 15 años consecutivos como número 1 del mundo en el ranking de la FIDE, también ha acumulado numerosos títulos mundiales en las modalidades rápida y relámpago. A sus 35 años, el noruego es considerado por muchos el mejor ajedrecista de la historia y sigue instalado en la élite, aunque sus prioridades han cambiado. Ya no necesita grandes objetivos para competir. Le basta con disfrutar. Carlsen está en Barcelona para presentar la Move Cup, un torneo que se celebrará en enero y que aspira a devolver a España el protagonismo que tuvo durante años con el mítico torneo de Linares. Esta competición promete ahora traer a ocho de los mejores jugadores del mundo y está garantizada para los tres próximos años.
Hansi Flick puso buena cara a la derrota encajada en el Parque de los Príncipes frente al PSG. El entrenador alemán del Barça quiso destacar los aspectos positivos de una noche en la que también tuvo que elogiar a su rival. “El PSG ha demostrado que es un equipo mejor que nosotros. Aun así, ha sido un partido fantástico por parte de los dos equipos”, analizó.
El Barça cayó en París frente al bicampeón de Europa después un partido de máxima exigencia. Los azulgrana plantaron cara en terreno hostil, y solo en los últimos minutos los de Luis Enrique decidieron el partido con dos goles. Destacaron Joan García, Xavi Espart y Lamine Yamal.
El colectivo Lavapiés al Límite organiza este jueves Lavatapa, un concurso de tapas caseras para reivindicar los espacios de convivencia vecinal, después de la suspensión del festival gastronómico hasta 2027
Tapapiés cancela su edición de 2026 después de la saturación criticada por los vecinos el año pasado
Lavapiés se ha quedado este octubre sin su tradicional Tapapiés, pero no sin tapas. Un grupo de vecinos del barrio ha decidido organizar su propia versión del festival gastronómico, esta vez con recetas caseras y un objetivo muy distinto al de atraer visitantes: denunciar la gentrificación y la turistificación que, según sostienen, están transformando sus calles y desplazando los espacios de convivencia vecinal. La iniciativa se llama Lavatapa y tendrá lugar este jueves 22 de octubre, a partir de las 20.00 horas, en la calle Cabestreros.
Detrás de la convocatoria se encuentra el colectivo Lavapiés al Límite, que organiza encuentros mensuales en las calles del barrio para denunciar los problemas que afectan a sus vecinos. En octubre, sus reivindicaciones se centran en la gentrificación y la turistificación, dos fenómenos que quieren combatir con una jornada de encuentro comunitario en la que, además de comida, también habrá una performance del Centro de Creación e Investigación Cultural La Tortuga.
Lavatapa ha sido ideedo como un concurso de tapas caseras en el que los participantes deberán presentar al menos diez raciones de una receta elaborada por ellos mismos. La única condición, además de cocinar, es bautizar la propuesta con un nombre que plante cara a la gentrificación. La tapa ganadora recibirá como premio un “kit antigentrificación”, aunque el colectivo no ha detallado qué incluirá.
La participación está abierta a cualquier persona que quiera sumarse a la convocatoria. Quienes deseen concursar pueden inscribirse mediante un mensaje a Lavapiés al Límite en Instagram o a través de este formulario. También podrán acudir quienes no quieran presentar ninguna tapa, a los que la organización anima a llevar algo de picoteo para compartir e incluso una silla para sentarse a charlar. En cualquier caso, piden avisar previamente de la asistencia para poder calcular el aforo.
El lugar elegido para el encuentro tampoco es casual. Los vecinos se reunirán en la calle Cabestreros, frente al antiguo restaurante Baobab, un establecimiento que durante años formó parte de la identidad gastronómica de Lavapiés y que ha sido derribado para levantar un hotel en su lugar. El colectivo ha escogido este emplazamiento para despedirse del espacio y denunciar su transformación. “Elegimos esta calle para despedirnos de ese espacio y reivindicar que Lavapiés necesita lugares para vivir, encontrarnos y hacer barrio, no más espacios convertidos en negocio para visitantes”, explican desde Lavapiés al Límite.
La convocatoria pretende así convertir una actividad gastronómica en un acto de reivindicación vecinal. “Frente a la gentrificación, organización vecinal. Frente al consumo, comunidad. Frente a quienes quieren hacer negocio con nuestro barrio, nosotras seguimos haciendo barrio”, defienden sus impulsores.
La alternativa vecinal al Tapapiés masificado
La celebración de Lavatapa coincide con un octubre especialmente significativo para el barrio. Por primera vez desde su puesta en marcha en 2011, Lavapiés no acogerá su tradicional Festival de Tapas y Música, conocido como Tapapiés, cuya decimosexta edición fue suspendida el pasado mes de septiembre.
La Asociación de Comerciantes de Lavapiés Distrito 12, responsable de organizar el festival, anunció entonces que aplazaba la cita hasta 2027 para trabajar en un formato “más sostenible”, capaz de compatibilizar la actividad hostelera con el descanso de los residentes. Su presidenta, Carmen Gordo, explicó que buscaban una fórmula “que no altere la convivencia con los vecinos y que satisfaga tanto a ellos como a los hosteleros y comerciantes”.
La decisión llegó después de las críticas que despertó la edición de 2025, cuando la Asociación Vecinal La Corrala denunció las molestias provocadas por las grandes concentraciones de visitantes en determinadas calles y plazas. El ruido, la suciedad, el consumo de alcohol en la vía pública y las dificultades para descansar y transitar por el barrio estuvieron entre las principales quejas de los residentes.
La asociación vecinal llegó a calificar de “desmadre” la situación que se vivía en algunos puntos durante el festival. Aunque aclaró que no se oponía a su celebración, consideraba inviable mantener el modelo en las zonas más saturadas y reclamaba medidas para evitar que la ruta gastronómica acabara generando aglomeraciones y botellones bajo las viviendas.
Tapapiés se había convertido, después de quince ediciones consecutivas, en uno de los grandes acontecimientos gastronómicos de Madrid. En 2025 participaron 92 establecimientos, entre bares, restaurantes y puestos de los mercados de San Fernando y Antón Martín, con tapas inspiradas en las cocinas de 30 países. La organización esperaba recibir a más de 90.000 visitantes durante los once días de celebración.
El festival también suponía un importante impulso económico para la hostelería local. Según los datos facilitados por sus organizadores, algunos establecimientos llegaban a incrementar su facturación hasta un 75% durante esos días, aunque otros habían optado por dejar de participar debido a la saturación.
Mientras la asociación de comerciantes busca una nueva fórmula para recuperar Tapapiés el próximo año, Lavapiés al Límite propone este jueves una celebración de dimensiones mucho más reducidas, organizada por y para los vecinos. En lugar de una ruta por decenas de establecimientos, una mesa compartida en plena calle. Y en vez de tapas comerciales, recetas caseras con nombres reivindicativos. Una manera de aprovechar la ausencia del festival para debatir sobre el futuro del barrio.
“Aquí estuvimos los españoles. En este castillo hacía guardia Alatriste”. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) recibe a la comitiva de periodistas que lo ha de acompañar a la isla de Procida a las puertas de la moderna terminal de ferris del puerto de Nápoles, una ciudad que visitó por primera vez en 1972, cuando tenía fama de peligrosa y nadie se acercaba, y de cuya transformación, a merced del turismo, ha sido testigo. “Ya no es como antes, pero Europa no la ha podido civilizar del todo”, observa sobre el bullicioso caos que caracteriza la urbe.
Lo más difícil de una manifestación, de una concentración o de una acampada reivindicativa es ponerle fin. Habitualmente, los grupos más extremistas, que no buscan soluciones a los problemas que movilizan a la inmensa mayoría de los participantes, suelen hacerse fuertes cuando la mayoría se disuelve.
Estos días estamos contemplando esta situación en la acampada por una vivienda digna y asequible que se desarrolla en la Puerta del Sol desde el 26 de septiembre.
Tras la división registrada en la última asamblea celebrada en Sol durante la votación sobre el levantamiento de la acampada, y después de que el Sindicato de Inquilinas anunciara públicamente su voluntad de abandonar la concentración instalada en las Setas de la Encarnación, en Sevilla, para concentrar sus esfuerzos en la huelga general convocada para el 11 de noviembre en todo el país, me vino a la memoria el desenlace de la acampada del 15-M.
Aquel 11 de junio de 2011, tras una votación similar en asamblea, se tomó la decisión de levantar la protesta para evitar un desalojo policial. Bajo el lema "No nos vamos, nos expandimos", aquella movilización dio paso a una nueva etapa de un movimiento político surgido de la indignación ciudadana que acabaría teniendo en Podemos su principal expresión partidista. La evolución de esta fuerza política ya la hemos visto todos, aunque todavía quede mucho por ver.
Volviendo a Sol, creo que muchos españoles coincidiremos en que las imágenes que hemos presenciado en las últimas horas son incívicas e injustificables y distan mucho de las que acapararon la atención de los medios de comunicación durante los primeros días.
Entonces destacaban unos organizadores que mantenían el orden en la concentración, conscientes de que se desarrollaba en la vía pública. La coordinación era permanente, la limpieza, constante, y la atención a los medios de comunicación se prestaba cada vez que estos la solicitaban. Además, se ponían sobre la mesa todas las medidas necesarias para mantener en primer plano la reivindicación de una vivienda digna y asequible.
Tras la decisión de la acampada de Sevilla de concentrar sus esfuerzos en la huelga general, y ante la desaparición progresiva de la primera línea pública de los portavoces del Sindicato de Inquilinas, que habían ejercido como tales durante los primeros días, resulta evidente que la acampada de la Puerta del Sol ha ido perdiendo parte de su orientación inicial.
El movimiento parece haber quedado cada vez más en manos de grupos menos representativos de la lucha contra los desahucios y más extremistas, que han encontrado una oportunidad para ocupar un espacio político y mediático del que antes carecían. Algunos de ellos eran prácticamente desconocidos antes de la acampada.
Las imágenes de personas vandalizando la fuente de Carlos III, de sillas de playa y colchonetas en su interior, así como las agresiones y los insultos dirigidos a los medios de comunicación, distan mucho de la imagen de los primeros días y de la simpatía que la protesta despertó en una parte importante de la sociedad española.
Quienes, en las votaciones de las últimas horas, se negaban a abandonar la acampada hasta el próximo 11 de noviembre deberían hacer un esfuerzo por evitar que la imagen de la protesta siguiera deteriorándose, especialmente si el objetivo es concentrar los esfuerzos en la huelga general. Sin embargo, a estas alturas, considero que revertir ese deterioro resulta prácticamente imposible.
Estos más de veinte días nos dejan imágenes de solidaridad con quienes carecen de algo tan básico para la dignidad humana como un techo. Nos dejan una protesta justa y una reivindicación necesaria, pero, desgraciadamente, también un desenlace incívico y absolutamente rechazable.
Entrevías, El Pozo del Tío Raimundo y Palomeras Bajas fueron escenario de algunas de las grandes movilizaciones ciudadanas que transformaron la periferia madrileña. Ahora, sus protagonistas cuentan cómo conquistaron derechos que hoy vuelven a estar en disputa a través de una cartografía sonora
Un barrio saliendo del barro: la oda de Santiago a las casas bajas de Vallecas y a su gente
Los barrios de la periferia madrileña no siempre fueron así. Donde ahora hay parques, colegios, centros de salud o bloques de viviendas, antes hubo barro, chabolas y casas levantadas a mano por familias que llegaron a la ciudad buscando una vida mejor. Es el caso de Vallecas, donde el crecimiento de Entrevías, El Pozo del Tío Raimundo y Palomeras Bajas estuvo marcado durante décadas por la falta de vivienda y de servicios básicos, pero también por la respuesta de quienes vivían allí. Vecinos y vecinas que decidieron organizarse para reclamar lo que no tenían y que acabaron convirtiendo sus problemas cotidianos en luchas colectivas.
Algunas de aquellas movilizaciones transformaron por completo Madrid. Otras dejaron espacios de encuentro, asociaciones y formas de hacer política desde abajo que todavía perviven. Ahora, esas voces podrán volver a escucharse mientras se camina por Entrevías, El Pozo del Tío Raimundo y Palomeras Bajas a través de una cartografía sonora que recoge los testimonios de quienes participaron en sus luchas.
Con tan solo escanear un código QR, el paseo por los barrios vallecanos se convierte en un recorrido por la memoria de quienes pelearon por convertir la periferia madrileña en un lugar digno para vivir. La iniciativa forma parte de la serie Cartografía de Memorias de las luchas vecinales en Madrid, desarrollada por La Liminal, el colectivo formado por Beatriz Martins y Yolanda Riquelme, que en esta ocasión también ha contado con la participación de Sara Martín Terceño. El proyecto, impulsado en el marco de la Celebración de los 50 años de España en Libertad, se presentó el pasado 25 de septiembre en Entrevías y El Pozo, y este viernes lo hizo en Palomeras Bajas.
“El paisaje que tenemos hoy, y lo que son muchos de los barrios de Madrid, está ahí porque la gente se lo ha peleado. No ha llegado nada caído del cielo”, explica Beatriz Martins en conversación con Somos Madrid. Esa es, precisamente, una de las ideas que atraviesa la investigación: mirar el barrio actual y preguntarse qué hay detrás de cada calle, cada edificio y cada espacio público. “Me gustaría que estas cartografías nos ayudaran a tener una mirada más curiosa sobre la ciudad”, señala una de las impulsoras del proyecto.
Del barro al barrio
Para entender esa historia hay que retroceder varias décadas. Entrevías fue creciendo con la llegada de población procedente de otras regiones de España, mientras que El Pozo del Tío Raimundo comenzó a desarrollarse con fuerza a partir de los años cincuenta, en buena medida a través de la autoconstrucción. Palomeras Bajas siguió un proceso similar. Familias llegadas a Madrid durante el desarrollo industrial se asentaron en una periferia que crecía deprisa, sin planificación suficiente y con unas carencias básicas que afectaban a casi todos los ámbitos de la vida cotidiana.
La vivienda era una de ellas, pero no la única. El acceso al agua, la educación, la asistencia sanitaria, el transporte, las zonas verdes o los espacios de ocio se convirtieron en motivos para organizarse. Primero fueron redes informales de apoyo y, después, asociaciones capaces de convertir problemas cotidianos en reivindicaciones colectivas.
Vecinos trabajando en la colonia Sandi (1973)
El recorrido de Entrevías y El Pozo reúne trece puntos. Uno de ellos es la calle del Depósito del Agua, donde conseguir algo tan básico como agua corriente se convirtió en un elemento de unión entre el vecindario. Otro conduce hasta las llamadas Domingueras, viviendas unifamiliares construidas por sus propios habitantes durante domingos y festivos, reproduciendo en la periferia madrileña formas de vida que muchas familias habían dejado atrás al emigrar a la capital.
También aparecen colegios, asociaciones vecinales y parroquias. El Centro Pastoral San Carlos Borromeo fue uno de esos lugares desde los que se articularon respuestas a las necesidades del barrio, con sacerdotes que adoptaron una posición cercana a las demandas sociales de sus vecinos. Las asociaciones La Viña y La Paz, que cumplen medio siglo de actividad, forman parte de esa historia de organización y movilización.
En El Pozo aparece otro de los hitos del mapa, la Asociación Vecinal El Pozo del Tío Raimundo, constituida en 1969 y convertida en uno de los principales espacios desde los que el vecindario reclamó la transformación de un entorno marcado por el chabolismo y la infravivienda. También la educación ocupa un lugar destacado, con la Escuela Profesional 1º de Mayo y el CEIP Manuel Núñez de Arenas como ejemplos de una lucha por acceder a un futuro distinto.
Asociación de Vecinos Sección Deportiva del Pozo
“Hay una idea muy clara de que las asociaciones vecinales fueron escuelas de democracia”, resume Martins. En aquellos espacios, en un momento en el que todavía vivían bajo la dictadura franquista y sin libertades, muchas personas aprendieron a reunirse, discutir, tomar decisiones colectivas y defender sus derechos.
No es casualidad que Palomeras Bajas ocupe un lugar especialmente destacado en esta historia. Su asociación vecinal fue la primera de Madrid en constituirse al amparo de la Ley de Asociaciones de 1964. Una norma concebida por el franquismo para proyectar una imagen más aperturista acabó abriendo, de manera inesperada, una grieta que permitió organizarse a quienes buscaban transformar sus barrios.
“Se abre una puerta que no deseaban abrir”, explica Martins. Uno de los testimonios recogidos en el mapa es el de la histórica abogada laboralista Paca Sauquillo, que recuerda cómo un grupo de jóvenes profesionales identificó aquella posibilidad y empezó a trabajar para crear asociaciones vecinales. El resultado fue una estructura de organización que acabaría teniendo un papel relevante en la Transición.
Jornadas por la remodelación de Palomeras Bajas (1979)
El mapa de Palomeras Bajas reúne diez lugares que permiten seguir las huellas de aquellas movilizaciones: la antigua parroquia del Buen Pastor, donde se celebraban reuniones; el colegio del barrio, vinculado a una educación participativa; el antiguo Cine París, convertido en espacio de asambleas; o el conjunto escultórico levantado durante la remodelación. También la Casa de las Mujeres de Vallekas, que recuerda el papel de las vecinas y de las redes feministas en la construcción de comunidad. Todos forman parte de una misma historia, la de un barrio en el que la organización vecinal atravesó la vivienda, la educación, la cultura, el urbanismo y también las luchas de las mujeres.
La ciudad que se conquistó vuelve a estar en disputa
Una de las conclusiones que más ha sorprendido a La Liminal durante la investigación es precisamente que la historia del movimiento vecinal no termina cuando llegan la democracia y las grandes conquistas urbanas de los años setenta y ochenta. “La lucha sigue viva”, resume Martins. Lo que ha cambiado son las formas, los espacios y las generaciones que la protagonizan.
A mediados y finales de los ochenta aparecen en Vallecas nuevas generaciones que se enfrentan a otro paisaje social con tasas de paro muy elevadas, falta de oportunidades y la crisis de la droga. Es el contexto en el que surgen grupos como los Hijos del Agobio y espacios como el Hebe, que aglutinó a una nueva generación alrededor de la cultura y la música. También aparecen las Madres Contra la Droga, mujeres que decidieron organizarse ante una situación que estaba golpeando al barrio. “Muchas de ellas ni siquiera tenían hijos afectados por la droga, pero entendían que era un problema de todas”, recuerda Martins.
Mujeres en las calles de El Pozo del Tío Raimundo
Para La Liminal, esa evolución demuestra que el activismo de barrio nunca ha sido únicamente una cuestión de asociaciones vecinales. Es una red más amplia, con diferentes formas de organización que aparecen en distintos momentos y alrededor de distintos problemas. “Lo más bonito ha sido precisamente ver esa diversificación del activismo. Pensar que no es solo la asociación vecinal, sino que todo el barrio está respirando esa idea de que hay que organizarse para pelear desde distintos lugares, pero con un objetivo común”, señala Martins.
Basta mirar lo que está ocurriendo estos días en Madrid para encontrar un hilo directo con aquellas reivindicaciones. El pasado 23 de septiembre, Maricarmen, una vecina de 87 años, fue desahuciada de la vivienda en la que había vivido durante siete décadas en Retiro. Su caso desencadenó una acampada multitudinaria en la Puerta del Sol, donde vecinos, colectivos y organizaciones reclaman desde hace más de 20 días una respuesta ante una crisis de vivienda que vuelve a poner en primer plano una pregunta que ya estaba presente en las luchas de los barrios obreros de los años setenta: quién tiene derecho a permanecer en la ciudad y qué condiciones hacen posible una vida digna.
La distancia entre unas reivindicaciones y otras no es, quizá, tan grande como podría parecer. Entonces se reclamaban viviendas dignas, colegios, centros de salud, transporte, espacios verdes y barrios donde poder construir una vida. Hoy buena parte de las movilizaciones vuelven a hablar de vivienda, de expulsión de los vecinos, de cuidados y de la necesidad de poder seguir viviendo en los lugares donde se ha desarrollado una vida entera.
Para Martins, precisamente ahí está una de las claves de mirar hacia aquella historia. “Estamos en un momento en el que muchas cosas que creíamos garantizadas se nos están arrebatando con muchísima violencia”, apunta. La memoria de las luchas vecinales no sirve únicamente para recordar lo que se consiguió, sino también para preguntarse qué ocurre cuando derechos que parecían consolidados vuelven a estar en disputa.
Una calle de El Pozo en los años 70
Es también por eso que el proyecto evita plantearse como una mirada nostálgica hacia un pasado de grandes victorias. La memoria de las luchas vecinales sirve, en realidad, para formular preguntas sobre el presente. La vivienda aparece como la principal expresión de ese cambio. Pero detrás están también las formas de relacionarse con el lugar donde se vive, la precariedad y la dificultad para construir comunidad en una ciudad cada vez más móvil.
Después de cuatro años hablando con asociaciones vecinales, La Liminal ha detectado una preocupación por la falta de relevo generacional. “La gente ya no se sentía interpelada por estos movimientos de barrio”, explica Martins. Y eso abre otra pregunta: qué ha ocurrido para que una parte de la población haya dejado de sentirse vinculada a su entorno más inmediato.
La crisis de la vivienda lo hace todavía más evidente. “Estar en un barrio o en otro depende muchas veces de la duración de tu contrato de alquiler”, señala. Una ciudad en la que los alquileres expulsan y desplazan a sus habitantes dificulta la creación de vínculos duraderos. También lo hacen los horarios laborales, los hábitos sociales y una forma de vida que deja menos tiempo para relacionarse con quienes viven alrededor.
Sin embargo, la investigación también ha llevado a La Liminal a una conclusión menos pesimista. “Muchas de las personas con las que hemos hablado vinieron a vivir a una chabola en la que pasaban frío y calor, donde se les metía el agua y no tenían nada. Y encontraron la forma de hacerse con su lugar”, explica Martins.
Por eso, si dentro de 50 años alguien vuelve a recorrer Madrid con una cartografía sonora para contar las luchas de esta época, quizá encuentre formas de organización que todavía no tienen nombre. O espacios que hoy apenas empiezan a existir. “Creo que hay que confiar en que encontraremos maneras de resistir”, admite Beatriz.
Un ejercicio de memoria a través de la voz
La investigación de La Liminal sobre las luchas vecinales comenzó en 2022, aunque el colectivo llevaba tiempo encontrándose con ellas en sus trabajos sobre Madrid. El primer proyecto fue en Meseta de Orcasitas, junto a mujeres del barrio, y después llegaron nuevas investigaciones en Carabanchel Alto, San Isidro, Comillas y otros territorios, con el apoyo del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática y de la FRAVM. Pero a medida que acumulaban materiales y testimonios surgió la duda de cómo conseguir que aquella memoria saliera de los archivos y llegara a más gente.
“No queríamos ser nosotras quienes contáramos esas historias ni apropiarnos de esas voces. Queríamos que las contara la gente que las había protagonizado”, explica Martins. De ahí nacieron las cartografías sonoras, mapas que permiten recorrer físicamente los barrios mientras se escuchan las voces de quienes participaron en sus luchas. Un formato que, además, responde a una preocupación que las asociaciones les trasladaban con frecuencia: cómo llegar a generaciones que no conocen aquella historia o no sienten que forme parte de su propia vida.
“Muchas asociaciones organizan un montón de actividades y viene mucha gente, pero siempre es la misma gente, personas que ya conocen la historia”, cuenta. Frente a ello, el sonido permite otra forma de acercamiento. “Cuando escuchas una voz construyes un cuerpo, una imagen. Transmite mucho más que únicamente lo que está contando. Hay un cuerpo en esa voz que transmite historia”. En Vallecas, además, el material se ha elaborado en dos versiones; una reducida, pensada para acompañar el paseo, y otra extendida, de cinco o seis horas, que permite escuchar los testimonios desde casa.
Uno de los paseos organizados por La Liminal
La idea es que los mapas no se queden en un recorrido puntual. Se distribuirán a través de las asociaciones vecinales que han participado y estarán también disponibles en formato digital. En octubre, La Liminal presentará además una actualización de su guía didáctica y organizará tres formaciones abiertas, dos presenciales en Entrevías y Palomeras Bajas y otra online, para profesorado, dinamizadores comunitarios, asociaciones y otros colectivos interesados en utilizar estos materiales. Para ello, ha contado con el apoyo de material fotográfico cedido por la FRAVM, Santi Vaquero, Andrés Palomino, Javier Campano y Archivo Robert Capa y Cornell Capa (Centro Internacional de Fotografía).
Porque el objetivo último no es únicamente conocer la historia de Vallecas, sino aprender a mirar de otra manera el lugar que se habita. “Cuando vemos un paisaje, un tipo de vivienda, un tipo de calle, preguntarnos por qué está esto aquí, desde cuándo está aquí o si nos gustaría que fuera diferente”, plantea Martins. El paseo propone precisamente eso. Detenerse, escuchar y descubrir que detrás de lo que hoy parece cotidiano hubo personas que se organizaron para conseguirlo.
La Guardia Civil ha detenido a otras dos personas dentro de la investigación por el tiroteo de Isla Cristina, en Huelva, en el que fallecieron una mujer de 39 años embarazada de ocho meses, otra de 62 años y un menor de 16 años. Con esta actuación ya son cinco las personas arrestadas de las cuales tres ya han ingresado en prisión provisional, comunicada y sin fianza.