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Los baños de bares y restaurantes: el gran marrón

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Llego al restaurante, un bar de menú de currantes normal y corriente, a eso de las tres, con hambre. Me asignan una mesa, pero antes de sentarme a comer, necesito usar el baño. Lo encuentro al fondo del local. Tras una puerta, aparecen un lavamanos solitario y un pequeño pasillo con dos puertas más. Tras la primera puerta hay un bodegón de urinario masculino, retrete salpicado y charco en el suelo. En la segunda puerta hay un cartel pegado con celo con un mensaje a boli que reza “la puerta no cierra”. En efecto, la puerta no tiene ni pomo, y no cierra. Queda entreabierta. Es el baño adaptado para personas con movilidad reducida, y también el de mujeres, una habitación cuadrada de tres metros por tres. No tengo el brazo lo suficientemente largo (ni yo ni nadie, supongo) para resolver la situación como lo he hecho otras veces en circunstancias similares, pero más estrechas: manteniendo la puerta cerrada apoyándome en ella con una mano extendida mientras meo en cuclillas y de puntillas con el bolso colgando del cuello para que no toque el suelo, porque no hay ni gancho ni taburete a la vista donde dejarlo. Mientras sopeso la situación aparece otra mujer con intención de usar el baño. Tras un par de vistazos y de escuetas deliberaciones nos organizamos para aguantar la puerta, montar guardia la una para la otra y mear por turnos.

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